Era 14 de julio, jornada de despedida. Los sanfermines morían como mueren las grandes cosas, con un nudo en las gargantas, desatadas cuando un panda desplegó sus trapos sucios, su pancartas miserables contra España, otra vez la selección, otra vez el Mundial. Otra vez enturbiaban un paseíllo que brillaba con el color de lo excepcional: el toro de la feria, la faena de la feria y la corrida de la feria se condensaron en el broche. Al mar de ikurriñas en el sol respondió la sombra con un océano rojigualda. La buena gente de Navarra, harta de adoctrinamientos, de quien escupe sobre su propia casa, respondió con el pecho al descubierto. Un grito de libertad en medio de tanto sentimiento herido, de ese amor propio que se niega a agachar la cabeza ante los provocadores. Fue triste y hermosísimo a la vez. Frente a los que embisten con odio, la vergüenza torera de los cabales, de un clamor navarro que colocó lágrimas en los ojos de esos abuelos que han sufrido demasiado. «Aquí lo hemos pasado muy mal, a esos tipos nos los cruzamos por la calle». ¿Dónde estaban las fuerzas del orden cuando se tachó de ‘puta’ a España? Mucho Joker detenido y manga ancha ante el delito de odio de los que se meaban en el vino (o el calimocho) de la concordia. Pero a los eralitos que simpatizan con los pistoleros etarras -a las cosas hay que llamarlas por su nombre y dejarse de eufemismos, como escribió magistralmente Ignacio Camacho, el gran señor de las columnas- les salió el tiro por la culata: quisieron agujerear el corazón de España y solo consiguieron que brotara, más fuerte y más roja, la sangre navarra, la sangre española con aquel tsunami de banderas. Que viva España y que los jodan, con perdón.Y que viva Jandilla, tan castigada en los incendios y con la bravura necesaria para prender la llama del toreo e incendiar los tendidos. Soberbia su presencia, por seriedad y por armonía: así se viene a un puerto de primera. De bandera el lote de Tomás Rufo, que conquistó Pamplona con cuatro orejas. Castigado alumbró su brava entrega desde la bienvenida por faroles. Aquella clase la difrutó Ortega en unas chicuelinas que disfrutamos todos. Qué maravilla, Juan. ¡Cómo fue la media! En el platillo se colocó Tomás Rufo para poner en práctica el cambiado por la columna vertebral. Tardeó el jandilla y tuvo que acortar terrenos, pero cuando se arrancó lo hizo con carbón. Y entonces el toledano se echó de rodillas con explosivos muletazos, con Castigado empujando las telas con una categoría que no se había visto en todos los sanfermines. Notable la faena, presidida por la ligazón y el asiento, con rotundos derechazos y no tanto con la mano del tenedor. Un conjunto de triunfo, rematado de un espadazo. Indiscutibles las dos orejas, así como la vuelta al ruedo a Castigado, cuya cabeza pidió el matador. Si a ese tercero lo cuajó en conjunto, dio un paso adelante en el sexto, donde se agigantó para cincelar la obra más extraordinaria del serial. Hubo que esperar al último de un ciclo que no terminaba de remontar, pero Jandilla y Rufo pusieron la coda por todo lo alto. Tuvieron que venir la devisa extremeña y el torero de Pepino para dictar la fábula de San Fermín. Concedió distancia para ceñirse en ocho o diez muletazos de tremenda quietud. Sin pestañear. Ardían los tendidos y Tomás se abandonaba a derechas, olvidándose del cuerpo, gozando de la estupenda embestida. Sonreía el torero, más torero que nunca esta temporada en su faena del año. La Pamplonesa interpretaba la puerta grande, que ya era suya. Pero ambicionaba más y lo cuajó a placer por los dos pitones en series de mucha expresión, tan relajado, tan sentido. Como si estuviera en el patio de su casa cuando tenía delante todo un tío. Muy noble, sí, pero con un serio trapío. Inconformista -como debe ser-, se echó de hinojos para torear con todo. Enorme Rufo, con una contundente espada, aunque esta ver con el lunar de caída. No le importó al público ni al presidente: el delirio colectivo le entregó el doble galardón en la tarde de su vida.Sabía la MECA que el 14 era una fecha difícil y quiso que Roca Rey, el ídolo pamplonica, cerrase una feria de dos llenos diarios, mañana y tarde. Y vino como tiene que venir una primerísima figura, con una corrida de primera división, con una presencia lujosa. El peruano la eligió, pero Rufo se llevó el lote de la grandeza. Una oreja paseó del serísimo Chismoso. Cantaban las peñas por última vez ‘sigo siendo el rey’ cuando se estiró a la verónica, combinadas con chicuelinas muy ceñidas. Se picó el peruano en el quite de Rufo por saltilleras y gaoneras y semarchó al platillo, también con el capote a la espalda. Demasiado capotazo recibió el toro entre pitos y flauta. Andrés colocó la montera sobre la segunda raya y principió de rodillas sobre la primera, con dos pendulares de valor estratosférico. Silbó la bala izquierda por la hombrera y se estremeció el tendido. «¡Perú, Perú, Perú!». Enorme el asiento a derechas, con un luminoso y despacioso cambio de mano. Una belleza. Tanto mando aplicó desde el principio que el toro lo acusó en en unos zurdazos sin limpieza, de mejor embroque pero soltando mucho la cara en los finales. Remontó por el otro lado con aplomo, ya en las cercanías y paseó un trofeo tras el espadazo. Pinchó antes de la estocada al serio quinto, que se arrancaba con más disparo que ritmo. Muy centrado con Adinerado, al que sopló una poderosa tanda de naturales sobre una moneda antes del arrimón. Las peñas andaban ahora a otra cosa, a villancicos navideños, y el pinchazo no ayudó. Si en su primera cita se marchó a hombros, en esta segunda lo hizo a pie. Feria de San Fermín Monumental de Pamplona Martes, 14 de julio de 2026. Última corrida. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de Vegahermosa (1º, 2º y 4º) y Jandilla (3º, 5º y 6º), muy bien presentados, serios y con armonía, de variado juego, buenos en conjunto; el 3º premiado con la vuelta al ruedo. Juan Ortega, de tórtola y oro: bajonazo (oreja); estocada (petición y saludos). Roca Rey, de nazareno y oro: estocada desprendida (oreja); pinchazo hondo y estocada desprendida (silenico). Tomás Rufo, de azul metálico y oro: estocada (dos orejas); La divinidad reinaba en el cuello de Zarabanda -con el hocico hacia delante desde la salida-, al que Juan Ortega cuajó un racimo de verónicas faraónicas, con el pecho ofrecido, con una hondura que eclipsaba rencores políticos. El arte puede con todo. Qué sabor tuvo el prólogo, de otro tiempo, sentado en el estribo. Punteó el toro en los engaños a derechas, pero el zurdo tenía una clase superior. Y con la mano del tenedor degustó al natural puro caviar, con esa obsesión del trianero de saborear todo lentamente. No merecían el toro ni la faena ese infame bajonazo. Pelillos a la mar: oreja y sartenazo a la categoría de esta plaza. Dos velas imponentes alumbraban al cinqueño quinto, de menor entrega. Dispuesto anduvo el sevillano, que sorprendió con unas manoletinas rodilla en tierra. Con qué fe ejecutó la suerte suprema: fulminante la estocada, que desató una petición sin el quórum suficiente para alzarse en volandas. Ese privilegio fue para Tomás Rufo, que se encaramó a la gloria con un señorial lote. Era 14 de julio, jornada de despedida. Los sanfermines morían como mueren las grandes cosas, con un nudo en las gargantas, desatadas cuando un panda desplegó sus trapos sucios, su pancartas miserables contra España, otra vez la selección, otra vez el Mundial. Otra vez enturbiaban un paseíllo que brillaba con el color de lo excepcional: el toro de la feria, la faena de la feria y la corrida de la feria se condensaron en el broche. Al mar de ikurriñas en el sol respondió la sombra con un océano rojigualda. La buena gente de Navarra, harta de adoctrinamientos, de quien escupe sobre su propia casa, respondió con el pecho al descubierto. Un grito de libertad en medio de tanto sentimiento herido, de ese amor propio que se niega a agachar la cabeza ante los provocadores. Fue triste y hermosísimo a la vez. Frente a los que embisten con odio, la vergüenza torera de los cabales, de un clamor navarro que colocó lágrimas en los ojos de esos abuelos que han sufrido demasiado. «Aquí lo hemos pasado muy mal, a esos tipos nos los cruzamos por la calle». ¿Dónde estaban las fuerzas del orden cuando se tachó de ‘puta’ a España? Mucho Joker detenido y manga ancha ante el delito de odio de los que se meaban en el vino (o el calimocho) de la concordia. Pero a los eralitos que simpatizan con los pistoleros etarras -a las cosas hay que llamarlas por su nombre y dejarse de eufemismos, como escribió magistralmente Ignacio Camacho, el gran señor de las columnas- les salió el tiro por la culata: quisieron agujerear el corazón de España y solo consiguieron que brotara, más fuerte y más roja, la sangre navarra, la sangre española con aquel tsunami de banderas. Que viva España y que los jodan, con perdón.Y que viva Jandilla, tan castigada en los incendios y con la bravura necesaria para prender la llama del toreo e incendiar los tendidos. Soberbia su presencia, por seriedad y por armonía: así se viene a un puerto de primera. De bandera el lote de Tomás Rufo, que conquistó Pamplona con cuatro orejas. Castigado alumbró su brava entrega desde la bienvenida por faroles. Aquella clase la difrutó Ortega en unas chicuelinas que disfrutamos todos. Qué maravilla, Juan. ¡Cómo fue la media! En el platillo se colocó Tomás Rufo para poner en práctica el cambiado por la columna vertebral. Tardeó el jandilla y tuvo que acortar terrenos, pero cuando se arrancó lo hizo con carbón. Y entonces el toledano se echó de rodillas con explosivos muletazos, con Castigado empujando las telas con una categoría que no se había visto en todos los sanfermines. Notable la faena, presidida por la ligazón y el asiento, con rotundos derechazos y no tanto con la mano del tenedor. Un conjunto de triunfo, rematado de un espadazo. Indiscutibles las dos orejas, así como la vuelta al ruedo a Castigado, cuya cabeza pidió el matador. Si a ese tercero lo cuajó en conjunto, dio un paso adelante en el sexto, donde se agigantó para cincelar la obra más extraordinaria del serial. Hubo que esperar al último de un ciclo que no terminaba de remontar, pero Jandilla y Rufo pusieron la coda por todo lo alto. Tuvieron que venir la devisa extremeña y el torero de Pepino para dictar la fábula de San Fermín. Concedió distancia para ceñirse en ocho o diez muletazos de tremenda quietud. Sin pestañear. Ardían los tendidos y Tomás se abandonaba a derechas, olvidándose del cuerpo, gozando de la estupenda embestida. Sonreía el torero, más torero que nunca esta temporada en su faena del año. La Pamplonesa interpretaba la puerta grande, que ya era suya. Pero ambicionaba más y lo cuajó a placer por los dos pitones en series de mucha expresión, tan relajado, tan sentido. Como si estuviera en el patio de su casa cuando tenía delante todo un tío. Muy noble, sí, pero con un serio trapío. Inconformista -como debe ser-, se echó de hinojos para torear con todo. Enorme Rufo, con una contundente espada, aunque esta ver con el lunar de caída. No le importó al público ni al presidente: el delirio colectivo le entregó el doble galardón en la tarde de su vida.Sabía la MECA que el 14 era una fecha difícil y quiso que Roca Rey, el ídolo pamplonica, cerrase una feria de dos llenos diarios, mañana y tarde. Y vino como tiene que venir una primerísima figura, con una corrida de primera división, con una presencia lujosa. El peruano la eligió, pero Rufo se llevó el lote de la grandeza. Una oreja paseó del serísimo Chismoso. Cantaban las peñas por última vez ‘sigo siendo el rey’ cuando se estiró a la verónica, combinadas con chicuelinas muy ceñidas. Se picó el peruano en el quite de Rufo por saltilleras y gaoneras y semarchó al platillo, también con el capote a la espalda. Demasiado capotazo recibió el toro entre pitos y flauta. Andrés colocó la montera sobre la segunda raya y principió de rodillas sobre la primera, con dos pendulares de valor estratosférico. Silbó la bala izquierda por la hombrera y se estremeció el tendido. «¡Perú, Perú, Perú!». Enorme el asiento a derechas, con un luminoso y despacioso cambio de mano. Una belleza. Tanto mando aplicó desde el principio que el toro lo acusó en en unos zurdazos sin limpieza, de mejor embroque pero soltando mucho la cara en los finales. Remontó por el otro lado con aplomo, ya en las cercanías y paseó un trofeo tras el espadazo. Pinchó antes de la estocada al serio quinto, que se arrancaba con más disparo que ritmo. Muy centrado con Adinerado, al que sopló una poderosa tanda de naturales sobre una moneda antes del arrimón. Las peñas andaban ahora a otra cosa, a villancicos navideños, y el pinchazo no ayudó. Si en su primera cita se marchó a hombros, en esta segunda lo hizo a pie. Feria de San Fermín Monumental de Pamplona Martes, 14 de julio de 2026. Última corrida. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de Vegahermosa (1º, 2º y 4º) y Jandilla (3º, 5º y 6º), muy bien presentados, serios y con armonía, de variado juego, buenos en conjunto; el 3º premiado con la vuelta al ruedo. Juan Ortega, de tórtola y oro: bajonazo (oreja); estocada (petición y saludos). Roca Rey, de nazareno y oro: estocada desprendida (oreja); pinchazo hondo y estocada desprendida (silenico). Tomás Rufo, de azul metálico y oro: estocada (dos orejas); La divinidad reinaba en el cuello de Zarabanda -con el hocico hacia delante desde la salida-, al que Juan Ortega cuajó un racimo de verónicas faraónicas, con el pecho ofrecido, con una hondura que eclipsaba rencores políticos. El arte puede con todo. Qué sabor tuvo el prólogo, de otro tiempo, sentado en el estribo. Punteó el toro en los engaños a derechas, pero el zurdo tenía una clase superior. Y con la mano del tenedor degustó al natural puro caviar, con esa obsesión del trianero de saborear todo lentamente. No merecían el toro ni la faena ese infame bajonazo. Pelillos a la mar: oreja y sartenazo a la categoría de esta plaza. Dos velas imponentes alumbraban al cinqueño quinto, de menor entrega. Dispuesto anduvo el sevillano, que sorprendió con unas manoletinas rodilla en tierra. Con qué fe ejecutó la suerte suprema: fulminante la estocada, que desató una petición sin el quórum suficiente para alzarse en volandas. Ese privilegio fue para Tomás Rufo, que se encaramó a la gloria con un señorial lote. Era 14 de julio, jornada de despedida. Los sanfermines morían como mueren las grandes cosas, con un nudo en las gargantas, desatadas cuando un panda desplegó sus trapos sucios, su pancartas miserables contra España, otra vez la selección, otra vez el Mundial. Otra vez enturbiaban un paseíllo que brillaba con el color de lo excepcional: el toro de la feria, la faena de la feria y la corrida de la feria se condensaron en el broche. Al mar de ikurriñas en el sol respondió la sombra con un océano rojigualda. La buena gente de Navarra, harta de adoctrinamientos, de quien escupe sobre su propia casa, respondió con el pecho al descubierto. Un grito de libertad en medio de tanto sentimiento herido, de ese amor propio que se niega a agachar la cabeza ante los provocadores. Fue triste y hermosísimo a la vez. Frente a los que embisten con odio, la vergüenza torera de los cabales, de un clamor navarro que colocó lágrimas en los ojos de esos abuelos que han sufrido demasiado. «Aquí lo hemos pasado muy mal, a esos tipos nos los cruzamos por la calle». ¿Dónde estaban las fuerzas del orden cuando se tachó de ‘puta’ a España? Mucho Joker detenido y manga ancha ante el delito de odio de los que se meaban en el vino (o el calimocho) de la concordia. Pero a los eralitos que simpatizan con los pistoleros etarras -a las cosas hay que llamarlas por su nombre y dejarse de eufemismos, como escribió magistralmente Ignacio Camacho, el gran señor de las columnas- les salió el tiro por la culata: quisieron agujerear el corazón de España y solo consiguieron que brotara, más fuerte y más roja, la sangre navarra, la sangre española con aquel tsunami de banderas. Que viva España y que los jodan, con perdón.Y que viva Jandilla, tan castigada en los incendios y con la bravura necesaria para prender la llama del toreo e incendiar los tendidos. Soberbia su presencia, por seriedad y por armonía: así se viene a un puerto de primera. De bandera el lote de Tomás Rufo, que conquistó Pamplona con cuatro orejas. Castigado alumbró su brava entrega desde la bienvenida por faroles. Aquella clase la difrutó Ortega en unas chicuelinas que disfrutamos todos. Qué maravilla, Juan. ¡Cómo fue la media! En el platillo se colocó Tomás Rufo para poner en práctica el cambiado por la columna vertebral. Tardeó el jandilla y tuvo que acortar terrenos, pero cuando se arrancó lo hizo con carbón. Y entonces el toledano se echó de rodillas con explosivos muletazos, con Castigado empujando las telas con una categoría que no se había visto en todos los sanfermines. Notable la faena, presidida por la ligazón y el asiento, con rotundos derechazos y no tanto con la mano del tenedor. Un conjunto de triunfo, rematado de un espadazo. Indiscutibles las dos orejas, así como la vuelta al ruedo a Castigado, cuya cabeza pidió el matador. Si a ese tercero lo cuajó en conjunto, dio un paso adelante en el sexto, donde se agigantó para cincelar la obra más extraordinaria del serial. Hubo que esperar al último de un ciclo que no terminaba de remontar, pero Jandilla y Rufo pusieron la coda por todo lo alto. Tuvieron que venir la devisa extremeña y el torero de Pepino para dictar la fábula de San Fermín. Concedió distancia para ceñirse en ocho o diez muletazos de tremenda quietud. Sin pestañear. Ardían los tendidos y Tomás se abandonaba a derechas, olvidándose del cuerpo, gozando de la estupenda embestida. Sonreía el torero, más torero que nunca esta temporada en su faena del año. La Pamplonesa interpretaba la puerta grande, que ya era suya. Pero ambicionaba más y lo cuajó a placer por los dos pitones en series de mucha expresión, tan relajado, tan sentido. Como si estuviera en el patio de su casa cuando tenía delante todo un tío. Muy noble, sí, pero con un serio trapío. Inconformista -como debe ser-, se echó de hinojos para torear con todo. Enorme Rufo, con una contundente espada, aunque esta ver con el lunar de caída. No le importó al público ni al presidente: el delirio colectivo le entregó el doble galardón en la tarde de su vida.Sabía la MECA que el 14 era una fecha difícil y quiso que Roca Rey, el ídolo pamplonica, cerrase una feria de dos llenos diarios, mañana y tarde. Y vino como tiene que venir una primerísima figura, con una corrida de primera división, con una presencia lujosa. El peruano la eligió, pero Rufo se llevó el lote de la grandeza. Una oreja paseó del serísimo Chismoso. Cantaban las peñas por última vez ‘sigo siendo el rey’ cuando se estiró a la verónica, combinadas con chicuelinas muy ceñidas. Se picó el peruano en el quite de Rufo por saltilleras y gaoneras y semarchó al platillo, también con el capote a la espalda. Demasiado capotazo recibió el toro entre pitos y flauta. Andrés colocó la montera sobre la segunda raya y principió de rodillas sobre la primera, con dos pendulares de valor estratosférico. Silbó la bala izquierda por la hombrera y se estremeció el tendido. «¡Perú, Perú, Perú!». Enorme el asiento a derechas, con un luminoso y despacioso cambio de mano. Una belleza. Tanto mando aplicó desde el principio que el toro lo acusó en en unos zurdazos sin limpieza, de mejor embroque pero soltando mucho la cara en los finales. Remontó por el otro lado con aplomo, ya en las cercanías y paseó un trofeo tras el espadazo. Pinchó antes de la estocada al serio quinto, que se arrancaba con más disparo que ritmo. Muy centrado con Adinerado, al que sopló una poderosa tanda de naturales sobre una moneda antes del arrimón. Las peñas andaban ahora a otra cosa, a villancicos navideños, y el pinchazo no ayudó. Si en su primera cita se marchó a hombros, en esta segunda lo hizo a pie. Feria de San Fermín Monumental de Pamplona Martes, 14 de julio de 2026. Última corrida. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de Vegahermosa (1º, 2º y 4º) y Jandilla (3º, 5º y 6º), muy bien presentados, serios y con armonía, de variado juego, buenos en conjunto; el 3º premiado con la vuelta al ruedo. Juan Ortega, de tórtola y oro: bajonazo (oreja); estocada (petición y saludos). Roca Rey, de nazareno y oro: estocada desprendida (oreja); pinchazo hondo y estocada desprendida (silenico). Tomás Rufo, de azul metálico y oro: estocada (dos orejas); La divinidad reinaba en el cuello de Zarabanda -con el hocico hacia delante desde la salida-, al que Juan Ortega cuajó un racimo de verónicas faraónicas, con el pecho ofrecido, con una hondura que eclipsaba rencores políticos. El arte puede con todo. Qué sabor tuvo el prólogo, de otro tiempo, sentado en el estribo. Punteó el toro en los engaños a derechas, pero el zurdo tenía una clase superior. Y con la mano del tenedor degustó al natural puro caviar, con esa obsesión del trianero de saborear todo lentamente. No merecían el toro ni la faena ese infame bajonazo. Pelillos a la mar: oreja y sartenazo a la categoría de esta plaza. Dos velas imponentes alumbraban al cinqueño quinto, de menor entrega. Dispuesto anduvo el sevillano, que sorprendió con unas manoletinas rodilla en tierra. Con qué fe ejecutó la suerte suprema: fulminante la estocada, que desató una petición sin el quórum suficiente para alzarse en volandas. Ese privilegio fue para Tomás Rufo, que se encaramó a la gloria con un señorial lote. RSS de noticias de cultura
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