Su emplazamiento geográfico, con el mar y el río Llobregat a sus pies, convirtió la montaña de Montjuïc en ubicación estratégica para la defensa de Barcelona. Antes de albergar un castillo, en su cima hubo una torre de vigía, cuya misión era alertar a los habitantes de la ciudad ante la eventual llegada de naves hostiles a la costa. No fue hasta el comienzo de la Guerra dels Segadors, en 1.640, cuando el faro se amuralló con un fortín, y se convirtió así en atalaya. A lo largo de su historia, sus usos han variado: de hospital, a prisión, pasando por almacén militar. Si en 1.808 fue ocupado por las tropas de Napoleón; un siglo después, durante la Semana Trágica, allí fusilaron a cinco de los detenidos, entre lo que estaba el creador de la Escuela Moderna, Francesc Ferrer i Guàrdia, tras ser condenado a muerte por un tribunal militar, al ser considerado uno de los instigadores. Allí también fue fusilado, en 1.940, en el foso de Santa Eulalia, el presidente de la Generalitat Lluís Companys. Siglos de historia que este miércoles han quedado eclipsados por el fenómeno astronómico que ha cruzado la Península durante escasos segundos. En el Castillo de Montjüic se han reunido 200 personas para observar, gafas de protección mediante, el eclipse total de Sol . La fortaleza, uno de los miradores más emblemáticos de Barcelona, se ha convertido así en testigo de excepción del fenómeno, aunque fuera de la franja de oscuridad total, lo que no ha restado ápice de emoción entre los asistentes, que agotaron las entradas disponibles con dos semanas de antelación. Entre estos, Liliana. «Falta poquito, faltan 25 minutos», susurraba a una de sus amigas, Ana, parapetada sobre un trozo de muralla. Luego llegó el turno de posar para varias fotos, ya con las lentes puestas. Aquí el público ha sido reducido, por el aforo limitado, no así en los diversos miradores -los habituales e improvisados- en varios puntos de la montaña. Y es que no sólo se han saturado, por la gran afluencia, varias líneas de tren con destino a Tarragona, lo que obligó a activar la prealerta de Protección Civil, sino también los accesos en transporte público a Montjüic. La línea habitual de autobús que sube hasta la montaña, la 150, sumó colas de miles de personas durante horas. El recorrido acababa en el funicular, el restante, tocaba culminarlo a pie, ya que también iba colapsado. «Mira, mira, se está yendo», volvía a susurrar Liliana. «Yo no veo nada», le respondía Ana. Aún eran las 20.26, y el Sol comenzaba a desaparecer sobre Barcelona, donde la franja de oscuridad sólo ha alcanzado el 99,7 por ciento. Dos minutos más tarde, cuando las luces de varios aviones parpadeaban, la intensidad del Sol seguía disminuyendo. «Ahora sí que no veo nada», acertaba entonces Ana. Contemplando el eclipse desde Montjüic. Adrián QuirogaMuchos turistas, sobre todo franceses, alguna familia con niños, grupos de jóvenes, extendido olor a cerveza y sudor, tras la caminata montaña arriba, donde incluso había desplegado un merendero con manteles a cuadros rojos y blancos, en el que sonaba Paolo Conte. Entre los miles de curiosos, una pareja de alemanes, de estricto lino blanco, como si fuesen a contemplar un atardecer en las Baleares, esos ante los que no pocos turistas aplauden cuando el Sol desaparece en el horizonte. También han aplaudido los concentrados en el castillo cuando el eclipse ha traído la oscuridad parcial. Han sido escasos segundos, como el parpadeo de los dos vuelos comerciales que lo han sobrevolado en el momento culmen. Aviones que muchos de los hoy desplegados en Montjüic para contemplar el eclipse –miles de personas- tomarán para regresar a sus países de origen al finalizar sus vacaciones. Entre los locales, algunos ‘arrastrados’ por sus familias. Uno de ellos, Josep, visiblemente cansado, y disgustado por la aglomeración, que zanjaba: «El Sol se pone cada día». Su emplazamiento geográfico, con el mar y el río Llobregat a sus pies, convirtió la montaña de Montjuïc en ubicación estratégica para la defensa de Barcelona. Antes de albergar un castillo, en su cima hubo una torre de vigía, cuya misión era alertar a los habitantes de la ciudad ante la eventual llegada de naves hostiles a la costa. No fue hasta el comienzo de la Guerra dels Segadors, en 1.640, cuando el faro se amuralló con un fortín, y se convirtió así en atalaya. A lo largo de su historia, sus usos han variado: de hospital, a prisión, pasando por almacén militar. Si en 1.808 fue ocupado por las tropas de Napoleón; un siglo después, durante la Semana Trágica, allí fusilaron a cinco de los detenidos, entre lo que estaba el creador de la Escuela Moderna, Francesc Ferrer i Guàrdia, tras ser condenado a muerte por un tribunal militar, al ser considerado uno de los instigadores. Allí también fue fusilado, en 1.940, en el foso de Santa Eulalia, el presidente de la Generalitat Lluís Companys. Siglos de historia que este miércoles han quedado eclipsados por el fenómeno astronómico que ha cruzado la Península durante escasos segundos. En el Castillo de Montjüic se han reunido 200 personas para observar, gafas de protección mediante, el eclipse total de Sol . La fortaleza, uno de los miradores más emblemáticos de Barcelona, se ha convertido así en testigo de excepción del fenómeno, aunque fuera de la franja de oscuridad total, lo que no ha restado ápice de emoción entre los asistentes, que agotaron las entradas disponibles con dos semanas de antelación. Entre estos, Liliana. «Falta poquito, faltan 25 minutos», susurraba a una de sus amigas, Ana, parapetada sobre un trozo de muralla. Luego llegó el turno de posar para varias fotos, ya con las lentes puestas. Aquí el público ha sido reducido, por el aforo limitado, no así en los diversos miradores -los habituales e improvisados- en varios puntos de la montaña. Y es que no sólo se han saturado, por la gran afluencia, varias líneas de tren con destino a Tarragona, lo que obligó a activar la prealerta de Protección Civil, sino también los accesos en transporte público a Montjüic. La línea habitual de autobús que sube hasta la montaña, la 150, sumó colas de miles de personas durante horas. El recorrido acababa en el funicular, el restante, tocaba culminarlo a pie, ya que también iba colapsado. «Mira, mira, se está yendo», volvía a susurrar Liliana. «Yo no veo nada», le respondía Ana. Aún eran las 20.26, y el Sol comenzaba a desaparecer sobre Barcelona, donde la franja de oscuridad sólo ha alcanzado el 99,7 por ciento. Dos minutos más tarde, cuando las luces de varios aviones parpadeaban, la intensidad del Sol seguía disminuyendo. «Ahora sí que no veo nada», acertaba entonces Ana. Contemplando el eclipse desde Montjüic. Adrián QuirogaMuchos turistas, sobre todo franceses, alguna familia con niños, grupos de jóvenes, extendido olor a cerveza y sudor, tras la caminata montaña arriba, donde incluso había desplegado un merendero con manteles a cuadros rojos y blancos, en el que sonaba Paolo Conte. Entre los miles de curiosos, una pareja de alemanes, de estricto lino blanco, como si fuesen a contemplar un atardecer en las Baleares, esos ante los que no pocos turistas aplauden cuando el Sol desaparece en el horizonte. También han aplaudido los concentrados en el castillo cuando el eclipse ha traído la oscuridad parcial. Han sido escasos segundos, como el parpadeo de los dos vuelos comerciales que lo han sobrevolado en el momento culmen. Aviones que muchos de los hoy desplegados en Montjüic para contemplar el eclipse –miles de personas- tomarán para regresar a sus países de origen al finalizar sus vacaciones. Entre los locales, algunos ‘arrastrados’ por sus familias. Uno de ellos, Josep, visiblemente cansado, y disgustado por la aglomeración, que zanjaba: «El Sol se pone cada día». Su emplazamiento geográfico, con el mar y el río Llobregat a sus pies, convirtió la montaña de Montjuïc en ubicación estratégica para la defensa de Barcelona. Antes de albergar un castillo, en su cima hubo una torre de vigía, cuya misión era alertar a los habitantes de la ciudad ante la eventual llegada de naves hostiles a la costa. No fue hasta el comienzo de la Guerra dels Segadors, en 1.640, cuando el faro se amuralló con un fortín, y se convirtió así en atalaya. A lo largo de su historia, sus usos han variado: de hospital, a prisión, pasando por almacén militar. Si en 1.808 fue ocupado por las tropas de Napoleón; un siglo después, durante la Semana Trágica, allí fusilaron a cinco de los detenidos, entre lo que estaba el creador de la Escuela Moderna, Francesc Ferrer i Guàrdia, tras ser condenado a muerte por un tribunal militar, al ser considerado uno de los instigadores. Allí también fue fusilado, en 1.940, en el foso de Santa Eulalia, el presidente de la Generalitat Lluís Companys. Siglos de historia que este miércoles han quedado eclipsados por el fenómeno astronómico que ha cruzado la Península durante escasos segundos. En el Castillo de Montjüic se han reunido 200 personas para observar, gafas de protección mediante, el eclipse total de Sol . La fortaleza, uno de los miradores más emblemáticos de Barcelona, se ha convertido así en testigo de excepción del fenómeno, aunque fuera de la franja de oscuridad total, lo que no ha restado ápice de emoción entre los asistentes, que agotaron las entradas disponibles con dos semanas de antelación. Entre estos, Liliana. «Falta poquito, faltan 25 minutos», susurraba a una de sus amigas, Ana, parapetada sobre un trozo de muralla. Luego llegó el turno de posar para varias fotos, ya con las lentes puestas. Aquí el público ha sido reducido, por el aforo limitado, no así en los diversos miradores -los habituales e improvisados- en varios puntos de la montaña. Y es que no sólo se han saturado, por la gran afluencia, varias líneas de tren con destino a Tarragona, lo que obligó a activar la prealerta de Protección Civil, sino también los accesos en transporte público a Montjüic. La línea habitual de autobús que sube hasta la montaña, la 150, sumó colas de miles de personas durante horas. El recorrido acababa en el funicular, el restante, tocaba culminarlo a pie, ya que también iba colapsado. «Mira, mira, se está yendo», volvía a susurrar Liliana. «Yo no veo nada», le respondía Ana. Aún eran las 20.26, y el Sol comenzaba a desaparecer sobre Barcelona, donde la franja de oscuridad sólo ha alcanzado el 99,7 por ciento. Dos minutos más tarde, cuando las luces de varios aviones parpadeaban, la intensidad del Sol seguía disminuyendo. «Ahora sí que no veo nada», acertaba entonces Ana. Contemplando el eclipse desde Montjüic. Adrián QuirogaMuchos turistas, sobre todo franceses, alguna familia con niños, grupos de jóvenes, extendido olor a cerveza y sudor, tras la caminata montaña arriba, donde incluso había desplegado un merendero con manteles a cuadros rojos y blancos, en el que sonaba Paolo Conte. Entre los miles de curiosos, una pareja de alemanes, de estricto lino blanco, como si fuesen a contemplar un atardecer en las Baleares, esos ante los que no pocos turistas aplauden cuando el Sol desaparece en el horizonte. También han aplaudido los concentrados en el castillo cuando el eclipse ha traído la oscuridad parcial. Han sido escasos segundos, como el parpadeo de los dos vuelos comerciales que lo han sobrevolado en el momento culmen. Aviones que muchos de los hoy desplegados en Montjüic para contemplar el eclipse –miles de personas- tomarán para regresar a sus países de origen al finalizar sus vacaciones. Entre los locales, algunos ‘arrastrados’ por sus familias. Uno de ellos, Josep, visiblemente cansado, y disgustado por la aglomeración, que zanjaba: «El Sol se pone cada día». RSS de noticias de espana
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