En el imaginario global decir ‘Estado fallido’ y ‘pucherazo’ («fraude electoral que consiste en alterar el escrutinio de los votos», señala el diccionario de la RAE) afecta en particular a las tradiciones políticas hispanas. Como si fuera una afectación particularmente nuestra que, en otras regiones del mundo, no se habría producido. Menuda broma. La querencia, la afición popular y populista a colocar al mando del gobierno a tipos fuertes y bravos, vendría a responder, según estudios de algunos politólogos, sociólogos y eruditos a la violeta, a una «peculiaridad» cultural . Es decir, a una mentalidad condicionada por la importancia de las relaciones personales y familiares, economías agropecuarias, corrupción y clientelismo. De tanta conversadera y pérdida de tiempo resultaría, según ellos, el caudillaje. Hasta tal punto existe ese sesgo que, desde Valle-Inclán con su ‘Tirano banderas’ (1926), –subtitulada ‘Novela de tierra caliente’– hasta ‘El otoño del patriarca», de García Márquez , la narcoliteratura y narcoseries actuales, existe una línea de continuidad y una industria cultural que ha alimentado, con beneficio, el estereotipo del fracaso hispano obligatorio , civil y político. En una categoría que, en realidad, se nutre de una profunda melancolía de raíces cervantinas, una de las joyas recientes es ‘Bestiario tropical’ , del colombiano Alfredo Iriarte, una suerte de enciclopedia que recoge «lo mejor de lo peor». En efecto, el libro, repleto de anécdotas inverosímiles, ridículas y atroces, recuerda la prologuista Patricia Lara Salive, incluye al presidente ecuatoriano Gabriel García Moreno, quien «jamás incurrió en el desliz de una sonrisa». Los generales Mariano Melgarejo y Agustín Morales «gobernaron Bolivia sin haber conocido un solo instante de sobriedad, el primero de 1864 a 1871 y el segundo, durante un año más, hasta 1872». Melgarejo dijo «que Napoleón había sido un estratega mucho más diestro y avezado que Bonaparte» y daba unas fiestas desenfrenadas presididas por él y por su concubina, Juana Sánchez, con la asistencia obligatoria de su caballo. Del venezolano Juan Vicente Gómez se dice que escribió: «Igual que el Libertador Simón Bolívar, nací un 24 de julio; y como él, moriré un 17 de diciembre, pero del año que yo elija de acuerdo con mi real gana». Inverosímilmente, así ocurrió. Gómez tuvo hijos por centenares a los que colocaba como patrones de las oficinas del telégrafo en provincias, de modo que era el primero en la República en enterarse cada día de lo que ocurría. El dominicano Trujillo, a quien Vargas Llosa dedicó su famosa novela –jamás pretendió que fuera otra cosa– ‘La fiesta del chivo’ , ganó unas elecciones amañadas en 1930 y ya no se movió del poder durante los 31 años siguientes.En otras latitudes geográficas caracterizadas, se supone, por la transparencia electoral y la seguridad jurídica, ¿existe algo similar a esta literatura de caudillos ? Por supuesto que existe, pero nadie pretende que los Estados Unidos retratados por Faulkner en su podredumbre ensimismada, o las sagas familiares británicas habitadas por elites fantasmales y viciosas constituyan otra cosa que ficción y, sin duda, gran literatura. El dato relevante procede de la historia. Ni el más brutal de los caudillos hispanos imaginó su ejercicio del ejecutivo sin pasar por un proceso electoral. Amañado, seguro, pero imprescindible para durar hasta la eternidad. En el imaginario global decir ‘Estado fallido’ y ‘pucherazo’ («fraude electoral que consiste en alterar el escrutinio de los votos», señala el diccionario de la RAE) afecta en particular a las tradiciones políticas hispanas. Como si fuera una afectación particularmente nuestra que, en otras regiones del mundo, no se habría producido. Menuda broma. La querencia, la afición popular y populista a colocar al mando del gobierno a tipos fuertes y bravos, vendría a responder, según estudios de algunos politólogos, sociólogos y eruditos a la violeta, a una «peculiaridad» cultural . Es decir, a una mentalidad condicionada por la importancia de las relaciones personales y familiares, economías agropecuarias, corrupción y clientelismo. De tanta conversadera y pérdida de tiempo resultaría, según ellos, el caudillaje. Hasta tal punto existe ese sesgo que, desde Valle-Inclán con su ‘Tirano banderas’ (1926), –subtitulada ‘Novela de tierra caliente’– hasta ‘El otoño del patriarca», de García Márquez , la narcoliteratura y narcoseries actuales, existe una línea de continuidad y una industria cultural que ha alimentado, con beneficio, el estereotipo del fracaso hispano obligatorio , civil y político. En una categoría que, en realidad, se nutre de una profunda melancolía de raíces cervantinas, una de las joyas recientes es ‘Bestiario tropical’ , del colombiano Alfredo Iriarte, una suerte de enciclopedia que recoge «lo mejor de lo peor». En efecto, el libro, repleto de anécdotas inverosímiles, ridículas y atroces, recuerda la prologuista Patricia Lara Salive, incluye al presidente ecuatoriano Gabriel García Moreno, quien «jamás incurrió en el desliz de una sonrisa». Los generales Mariano Melgarejo y Agustín Morales «gobernaron Bolivia sin haber conocido un solo instante de sobriedad, el primero de 1864 a 1871 y el segundo, durante un año más, hasta 1872». Melgarejo dijo «que Napoleón había sido un estratega mucho más diestro y avezado que Bonaparte» y daba unas fiestas desenfrenadas presididas por él y por su concubina, Juana Sánchez, con la asistencia obligatoria de su caballo. Del venezolano Juan Vicente Gómez se dice que escribió: «Igual que el Libertador Simón Bolívar, nací un 24 de julio; y como él, moriré un 17 de diciembre, pero del año que yo elija de acuerdo con mi real gana». Inverosímilmente, así ocurrió. Gómez tuvo hijos por centenares a los que colocaba como patrones de las oficinas del telégrafo en provincias, de modo que era el primero en la República en enterarse cada día de lo que ocurría. El dominicano Trujillo, a quien Vargas Llosa dedicó su famosa novela –jamás pretendió que fuera otra cosa– ‘La fiesta del chivo’ , ganó unas elecciones amañadas en 1930 y ya no se movió del poder durante los 31 años siguientes.En otras latitudes geográficas caracterizadas, se supone, por la transparencia electoral y la seguridad jurídica, ¿existe algo similar a esta literatura de caudillos ? Por supuesto que existe, pero nadie pretende que los Estados Unidos retratados por Faulkner en su podredumbre ensimismada, o las sagas familiares británicas habitadas por elites fantasmales y viciosas constituyan otra cosa que ficción y, sin duda, gran literatura. El dato relevante procede de la historia. Ni el más brutal de los caudillos hispanos imaginó su ejercicio del ejecutivo sin pasar por un proceso electoral. Amañado, seguro, pero imprescindible para durar hasta la eternidad. En el imaginario global decir ‘Estado fallido’ y ‘pucherazo’ («fraude electoral que consiste en alterar el escrutinio de los votos», señala el diccionario de la RAE) afecta en particular a las tradiciones políticas hispanas. Como si fuera una afectación particularmente nuestra que, en otras regiones del mundo, no se habría producido. Menuda broma. La querencia, la afición popular y populista a colocar al mando del gobierno a tipos fuertes y bravos, vendría a responder, según estudios de algunos politólogos, sociólogos y eruditos a la violeta, a una «peculiaridad» cultural . Es decir, a una mentalidad condicionada por la importancia de las relaciones personales y familiares, economías agropecuarias, corrupción y clientelismo. De tanta conversadera y pérdida de tiempo resultaría, según ellos, el caudillaje. Hasta tal punto existe ese sesgo que, desde Valle-Inclán con su ‘Tirano banderas’ (1926), –subtitulada ‘Novela de tierra caliente’– hasta ‘El otoño del patriarca», de García Márquez , la narcoliteratura y narcoseries actuales, existe una línea de continuidad y una industria cultural que ha alimentado, con beneficio, el estereotipo del fracaso hispano obligatorio , civil y político. En una categoría que, en realidad, se nutre de una profunda melancolía de raíces cervantinas, una de las joyas recientes es ‘Bestiario tropical’ , del colombiano Alfredo Iriarte, una suerte de enciclopedia que recoge «lo mejor de lo peor». En efecto, el libro, repleto de anécdotas inverosímiles, ridículas y atroces, recuerda la prologuista Patricia Lara Salive, incluye al presidente ecuatoriano Gabriel García Moreno, quien «jamás incurrió en el desliz de una sonrisa». Los generales Mariano Melgarejo y Agustín Morales «gobernaron Bolivia sin haber conocido un solo instante de sobriedad, el primero de 1864 a 1871 y el segundo, durante un año más, hasta 1872». Melgarejo dijo «que Napoleón había sido un estratega mucho más diestro y avezado que Bonaparte» y daba unas fiestas desenfrenadas presididas por él y por su concubina, Juana Sánchez, con la asistencia obligatoria de su caballo. Del venezolano Juan Vicente Gómez se dice que escribió: «Igual que el Libertador Simón Bolívar, nací un 24 de julio; y como él, moriré un 17 de diciembre, pero del año que yo elija de acuerdo con mi real gana». Inverosímilmente, así ocurrió. Gómez tuvo hijos por centenares a los que colocaba como patrones de las oficinas del telégrafo en provincias, de modo que era el primero en la República en enterarse cada día de lo que ocurría. El dominicano Trujillo, a quien Vargas Llosa dedicó su famosa novela –jamás pretendió que fuera otra cosa– ‘La fiesta del chivo’ , ganó unas elecciones amañadas en 1930 y ya no se movió del poder durante los 31 años siguientes.En otras latitudes geográficas caracterizadas, se supone, por la transparencia electoral y la seguridad jurídica, ¿existe algo similar a esta literatura de caudillos ? Por supuesto que existe, pero nadie pretende que los Estados Unidos retratados por Faulkner en su podredumbre ensimismada, o las sagas familiares británicas habitadas por elites fantasmales y viciosas constituyan otra cosa que ficción y, sin duda, gran literatura. El dato relevante procede de la historia. Ni el más brutal de los caudillos hispanos imaginó su ejercicio del ejecutivo sin pasar por un proceso electoral. Amañado, seguro, pero imprescindible para durar hasta la eternidad. RSS de noticias de cultura
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