«Papá, ¿cuántas personas has rescatado hoy?». «Siete, hijo». «¡Qué poquitas!».Víctor, bombero del Parque de Orgaz, recuerda las palabras de su hijo mientras habla por teléfono con este diario dos días después de haber participado en el rescate de las víctimas del accidente ferroviario de Urda . Al recordar aquel momento, se le quiebra la voz. Se rompe. Detrás de esas siete vidas hay horas de rescate entre hierros, personas atrapadas, decisiones difíciles y escenas que «no podré quitarme de la memoria». Pero también hay un recuerdo doloroso: haber estado junto a personas vivas y, que horas después, no hayan conseguido sobrevivir.El aviso de aquel fatídico día llegó poco antes de las nueve de la mañana. A las 9.16 horas, su equipo ya estaba en el lugar del siniestro. Víctor no olvidará esa hora porque mientras se dirigían hacia Urda, escribió a su mujer para contarle que los habían movilizado por un accidente entre dos trenes. «Cuando ya vimos que estaba a lo lejos el tren, le dije: «Esto es gordo, no voy a poder hablar»».Y así fue. La primera imagen confirmó sus peores sospechas. Dos trenes colisionados, humo y una escena enormemente compleja. Víctor formaba parte de una primera dotación de cuatro efectivos. Detrás llegaba otro vehículo con más compañeros. Nada más bajar del camión, cogió el botiquín sanitario y comenzó a hacer el triaje. Su primera intervención fue en el segundo vagón de cola del Iryo que estaba volcado en el terraplén. En su interior permanecían atrapados entre los restos del tren, dos pasajeros, Silvia y David. «Había mucho escombro. Mucho metal por lo que había que utilizar herramienta hidráulica para cortar y poder sacar a las personas que estaban atrapadas». La escena, recuerda, era especialmente complicada porque los dos pasajeros estaban vivos, pero en un estado muy delicado. « Estaban semiinconscientes. Balbuceaban y respondían a estímulos , pero tenían una respiración bastante complicada », recuerda. La prioridad era liberarlos y trasladarlos cuanto antes para que recibieran atención sanitaria. Silvia se encontraba en una posición que permitía una extracción más rápida. Sin embargo, David era un hombre corpulento, estaba más atrapado y cualquier movimiento le provocaba dolor. «A ella la sacamos muy rápido. Pesaba muy poquito, se le colocó rápido en el tablero. Fue una extracción rápida, sencilla. Pero el hombre tardamos más tiempo en sacarle del vagón». El espacio tampoco facilitaba las maniobras. El vagón estaba volcado y los bomberos tenían que apoyar los pies sobre las ventanillas y los laterales para mantener la estabilidad. No podían utilizar la camilla de la manera habitual. «Teníamos que hacer movimientos cortos, seguros, para no perder el control de la persona», recuerda el bombero. En aquellas labores de rescate también participaron dos viajeros que se encontraban en el vagón y que se convirtieron en una ayuda fundamental. Sujetaban la bala de oxígeno y permanecían junto a los heridos mientras los bomberos iban al camión a buscar material, camillas o collarines. También agentes de la Guardia Civil colaboraron en la extracción de hierros para despejar el espacio y facilitar el rescate y bomberos de Alcázar de San Juan (Ciudad Real). La operación fue larga y, aunque los horarios se le mezclan en su memoria, recuerda que comenzaron a trabajar en torno a las 9.30 y que estuvieron ocupados hasta bien entrada la mañana. El equipo de Víctor también participó en el rescate de los pasajeros del vagón ocho del Iryo, el último del tren, contra el que impactó la cabeza del AVE. En su interior, consiguieron sacar con vida a dos jóvenes. En total, rescataron siete personas ; dos de ellas fueron liberadas por el equipo de Víctor; otras dos, por compañeros del servicio, y otras tres, por efectivos de Villacañas.Preguntas difíciles de responder«El peor servicio es en el que tú llegas a alguien, está vivo y se muere estando tú en el servicio», reflexiona. Porque los bomberos están acostumbrados a enfrentarse a accidentes de tráfico, a situaciones difíciles y también a fallecidos. Pero lo ocurrido en Urda tuvo para Víctor una particularidad que hizo que la intervención fuera más dolorosa: rescatar a pasajeros vivos y que terminaran falleciendo .«Esto era como si hubiera caído una bomba. Había personas deambulando junto a los trenes, muchas en estado de shock, sin saber siquiera dónde estaban» Víctor Bombero del Parque de OrgazAdmite que, inevitablemente, aparecen las preguntas. Si se podría haber hecho algo más. Si habría sido posible quedarse unos minutos más en una zona o intentar otro rescate .«Piensas: ‘Si me hubiera quedado e hubiera hecho, hubiéramos intentado ese rescate…’». Pero no había tiempo para detenerse a tomar las decisiones.Víctor ha participado en numerosos accidentes de tráfico, algunos muy graves. Sin embargo, nunca había vivido una catástrofe de estas características. «Esto era como si hubiera caído una bomba» . Cuando llegaron, recuerda, había personas deambulando junto a los trenes, muchas en estado de shock, sin saber siquiera dónde estaban«. A lo largo de la mañana fueron llegando efectivos de distintos puntos. Bomberos de Orgaz, Villacañas, Illescas, Talavera, Toledo y Alcázar de San Juan. También sanitarios, Guardia Civil, Protección Civil y otros equipos de emergencia llegando al millar de personas en la zona. Y destaca: «Yo vi una gestión y una coordinación de todos los servicios extraordinaria». Víctor no olvida las imágenes pero tampoco se puede desprender de los olores. «El olor se nos queda empapado. No era olor a quemado, como podría imaginarse. Era algo distinto, difícil de describir. Es un olor de hierro, aceite, gente que ha fallecido . Ese es el olor», explica, mientras reconoce que esa primera noche le costó conciliar el sueño.Resume que ser bombero «es un trabajo muy satisfactorio porque salvas vidas». Y entonces vuelve a aparecer la familia. La casa. Los niños esperando a su padre. La pregunta que, sin pretenderlo, terminó convirtiéndose en la frase que mejor resume el peso de aquella jornada para Víctor. «Papá, ¿cuántos habéis salvado?». Le digo: «Siete». Y me dice: «¡Qué poquitos, papá!»». Porque para un niño siete pueden parecer pocas personas pero para un bombero que ha pasado horas entre los restos de dos trenes, que ha visto el sufrimiento de los supervivientes y que ha tenido que aceptar que no todos podían ser salvados, siete son siete vidas que regresan a casa, siete familias que todavía pueden abrazar a los suyos y siete razones para recordar por qué merece la pena ponerse el uniforme cada día. «Papá, ¿cuántas personas has rescatado hoy?». «Siete, hijo». «¡Qué poquitas!».Víctor, bombero del Parque de Orgaz, recuerda las palabras de su hijo mientras habla por teléfono con este diario dos días después de haber participado en el rescate de las víctimas del accidente ferroviario de Urda . Al recordar aquel momento, se le quiebra la voz. Se rompe. Detrás de esas siete vidas hay horas de rescate entre hierros, personas atrapadas, decisiones difíciles y escenas que «no podré quitarme de la memoria». Pero también hay un recuerdo doloroso: haber estado junto a personas vivas y, que horas después, no hayan conseguido sobrevivir.El aviso de aquel fatídico día llegó poco antes de las nueve de la mañana. A las 9.16 horas, su equipo ya estaba en el lugar del siniestro. Víctor no olvidará esa hora porque mientras se dirigían hacia Urda, escribió a su mujer para contarle que los habían movilizado por un accidente entre dos trenes. «Cuando ya vimos que estaba a lo lejos el tren, le dije: «Esto es gordo, no voy a poder hablar»».Y así fue. La primera imagen confirmó sus peores sospechas. Dos trenes colisionados, humo y una escena enormemente compleja. Víctor formaba parte de una primera dotación de cuatro efectivos. Detrás llegaba otro vehículo con más compañeros. Nada más bajar del camión, cogió el botiquín sanitario y comenzó a hacer el triaje. Su primera intervención fue en el segundo vagón de cola del Iryo que estaba volcado en el terraplén. En su interior permanecían atrapados entre los restos del tren, dos pasajeros, Silvia y David. «Había mucho escombro. Mucho metal por lo que había que utilizar herramienta hidráulica para cortar y poder sacar a las personas que estaban atrapadas». La escena, recuerda, era especialmente complicada porque los dos pasajeros estaban vivos, pero en un estado muy delicado. « Estaban semiinconscientes. Balbuceaban y respondían a estímulos , pero tenían una respiración bastante complicada », recuerda. La prioridad era liberarlos y trasladarlos cuanto antes para que recibieran atención sanitaria. Silvia se encontraba en una posición que permitía una extracción más rápida. Sin embargo, David era un hombre corpulento, estaba más atrapado y cualquier movimiento le provocaba dolor. «A ella la sacamos muy rápido. Pesaba muy poquito, se le colocó rápido en el tablero. Fue una extracción rápida, sencilla. Pero el hombre tardamos más tiempo en sacarle del vagón». El espacio tampoco facilitaba las maniobras. El vagón estaba volcado y los bomberos tenían que apoyar los pies sobre las ventanillas y los laterales para mantener la estabilidad. No podían utilizar la camilla de la manera habitual. «Teníamos que hacer movimientos cortos, seguros, para no perder el control de la persona», recuerda el bombero. En aquellas labores de rescate también participaron dos viajeros que se encontraban en el vagón y que se convirtieron en una ayuda fundamental. Sujetaban la bala de oxígeno y permanecían junto a los heridos mientras los bomberos iban al camión a buscar material, camillas o collarines. También agentes de la Guardia Civil colaboraron en la extracción de hierros para despejar el espacio y facilitar el rescate y bomberos de Alcázar de San Juan (Ciudad Real). La operación fue larga y, aunque los horarios se le mezclan en su memoria, recuerda que comenzaron a trabajar en torno a las 9.30 y que estuvieron ocupados hasta bien entrada la mañana. El equipo de Víctor también participó en el rescate de los pasajeros del vagón ocho del Iryo, el último del tren, contra el que impactó la cabeza del AVE. En su interior, consiguieron sacar con vida a dos jóvenes. En total, rescataron siete personas ; dos de ellas fueron liberadas por el equipo de Víctor; otras dos, por compañeros del servicio, y otras tres, por efectivos de Villacañas.Preguntas difíciles de responder«El peor servicio es en el que tú llegas a alguien, está vivo y se muere estando tú en el servicio», reflexiona. Porque los bomberos están acostumbrados a enfrentarse a accidentes de tráfico, a situaciones difíciles y también a fallecidos. Pero lo ocurrido en Urda tuvo para Víctor una particularidad que hizo que la intervención fuera más dolorosa: rescatar a pasajeros vivos y que terminaran falleciendo .«Esto era como si hubiera caído una bomba. Había personas deambulando junto a los trenes, muchas en estado de shock, sin saber siquiera dónde estaban» Víctor Bombero del Parque de OrgazAdmite que, inevitablemente, aparecen las preguntas. Si se podría haber hecho algo más. Si habría sido posible quedarse unos minutos más en una zona o intentar otro rescate .«Piensas: ‘Si me hubiera quedado e hubiera hecho, hubiéramos intentado ese rescate…’». Pero no había tiempo para detenerse a tomar las decisiones.Víctor ha participado en numerosos accidentes de tráfico, algunos muy graves. Sin embargo, nunca había vivido una catástrofe de estas características. «Esto era como si hubiera caído una bomba» . Cuando llegaron, recuerda, había personas deambulando junto a los trenes, muchas en estado de shock, sin saber siquiera dónde estaban«. A lo largo de la mañana fueron llegando efectivos de distintos puntos. Bomberos de Orgaz, Villacañas, Illescas, Talavera, Toledo y Alcázar de San Juan. También sanitarios, Guardia Civil, Protección Civil y otros equipos de emergencia llegando al millar de personas en la zona. Y destaca: «Yo vi una gestión y una coordinación de todos los servicios extraordinaria». Víctor no olvida las imágenes pero tampoco se puede desprender de los olores. «El olor se nos queda empapado. No era olor a quemado, como podría imaginarse. Era algo distinto, difícil de describir. Es un olor de hierro, aceite, gente que ha fallecido . Ese es el olor», explica, mientras reconoce que esa primera noche le costó conciliar el sueño.Resume que ser bombero «es un trabajo muy satisfactorio porque salvas vidas». Y entonces vuelve a aparecer la familia. La casa. Los niños esperando a su padre. La pregunta que, sin pretenderlo, terminó convirtiéndose en la frase que mejor resume el peso de aquella jornada para Víctor. «Papá, ¿cuántos habéis salvado?». Le digo: «Siete». Y me dice: «¡Qué poquitos, papá!»». Porque para un niño siete pueden parecer pocas personas pero para un bombero que ha pasado horas entre los restos de dos trenes, que ha visto el sufrimiento de los supervivientes y que ha tenido que aceptar que no todos podían ser salvados, siete son siete vidas que regresan a casa, siete familias que todavía pueden abrazar a los suyos y siete razones para recordar por qué merece la pena ponerse el uniforme cada día. «Papá, ¿cuántas personas has rescatado hoy?». «Siete, hijo». «¡Qué poquitas!».Víctor, bombero del Parque de Orgaz, recuerda las palabras de su hijo mientras habla por teléfono con este diario dos días después de haber participado en el rescate de las víctimas del accidente ferroviario de Urda . Al recordar aquel momento, se le quiebra la voz. Se rompe. Detrás de esas siete vidas hay horas de rescate entre hierros, personas atrapadas, decisiones difíciles y escenas que «no podré quitarme de la memoria». Pero también hay un recuerdo doloroso: haber estado junto a personas vivas y, que horas después, no hayan conseguido sobrevivir.El aviso de aquel fatídico día llegó poco antes de las nueve de la mañana. A las 9.16 horas, su equipo ya estaba en el lugar del siniestro. Víctor no olvidará esa hora porque mientras se dirigían hacia Urda, escribió a su mujer para contarle que los habían movilizado por un accidente entre dos trenes. «Cuando ya vimos que estaba a lo lejos el tren, le dije: «Esto es gordo, no voy a poder hablar»».Y así fue. La primera imagen confirmó sus peores sospechas. Dos trenes colisionados, humo y una escena enormemente compleja. Víctor formaba parte de una primera dotación de cuatro efectivos. Detrás llegaba otro vehículo con más compañeros. Nada más bajar del camión, cogió el botiquín sanitario y comenzó a hacer el triaje. Su primera intervención fue en el segundo vagón de cola del Iryo que estaba volcado en el terraplén. En su interior permanecían atrapados entre los restos del tren, dos pasajeros, Silvia y David. «Había mucho escombro. Mucho metal por lo que había que utilizar herramienta hidráulica para cortar y poder sacar a las personas que estaban atrapadas». La escena, recuerda, era especialmente complicada porque los dos pasajeros estaban vivos, pero en un estado muy delicado. « Estaban semiinconscientes. Balbuceaban y respondían a estímulos , pero tenían una respiración bastante complicada », recuerda. La prioridad era liberarlos y trasladarlos cuanto antes para que recibieran atención sanitaria. Silvia se encontraba en una posición que permitía una extracción más rápida. Sin embargo, David era un hombre corpulento, estaba más atrapado y cualquier movimiento le provocaba dolor. «A ella la sacamos muy rápido. Pesaba muy poquito, se le colocó rápido en el tablero. Fue una extracción rápida, sencilla. Pero el hombre tardamos más tiempo en sacarle del vagón». El espacio tampoco facilitaba las maniobras. El vagón estaba volcado y los bomberos tenían que apoyar los pies sobre las ventanillas y los laterales para mantener la estabilidad. No podían utilizar la camilla de la manera habitual. «Teníamos que hacer movimientos cortos, seguros, para no perder el control de la persona», recuerda el bombero. En aquellas labores de rescate también participaron dos viajeros que se encontraban en el vagón y que se convirtieron en una ayuda fundamental. Sujetaban la bala de oxígeno y permanecían junto a los heridos mientras los bomberos iban al camión a buscar material, camillas o collarines. También agentes de la Guardia Civil colaboraron en la extracción de hierros para despejar el espacio y facilitar el rescate y bomberos de Alcázar de San Juan (Ciudad Real). La operación fue larga y, aunque los horarios se le mezclan en su memoria, recuerda que comenzaron a trabajar en torno a las 9.30 y que estuvieron ocupados hasta bien entrada la mañana. El equipo de Víctor también participó en el rescate de los pasajeros del vagón ocho del Iryo, el último del tren, contra el que impactó la cabeza del AVE. En su interior, consiguieron sacar con vida a dos jóvenes. En total, rescataron siete personas ; dos de ellas fueron liberadas por el equipo de Víctor; otras dos, por compañeros del servicio, y otras tres, por efectivos de Villacañas.Preguntas difíciles de responder«El peor servicio es en el que tú llegas a alguien, está vivo y se muere estando tú en el servicio», reflexiona. Porque los bomberos están acostumbrados a enfrentarse a accidentes de tráfico, a situaciones difíciles y también a fallecidos. Pero lo ocurrido en Urda tuvo para Víctor una particularidad que hizo que la intervención fuera más dolorosa: rescatar a pasajeros vivos y que terminaran falleciendo .«Esto era como si hubiera caído una bomba. Había personas deambulando junto a los trenes, muchas en estado de shock, sin saber siquiera dónde estaban» Víctor Bombero del Parque de OrgazAdmite que, inevitablemente, aparecen las preguntas. Si se podría haber hecho algo más. Si habría sido posible quedarse unos minutos más en una zona o intentar otro rescate .«Piensas: ‘Si me hubiera quedado e hubiera hecho, hubiéramos intentado ese rescate…’». Pero no había tiempo para detenerse a tomar las decisiones.Víctor ha participado en numerosos accidentes de tráfico, algunos muy graves. Sin embargo, nunca había vivido una catástrofe de estas características. «Esto era como si hubiera caído una bomba» . Cuando llegaron, recuerda, había personas deambulando junto a los trenes, muchas en estado de shock, sin saber siquiera dónde estaban«. A lo largo de la mañana fueron llegando efectivos de distintos puntos. Bomberos de Orgaz, Villacañas, Illescas, Talavera, Toledo y Alcázar de San Juan. También sanitarios, Guardia Civil, Protección Civil y otros equipos de emergencia llegando al millar de personas en la zona. Y destaca: «Yo vi una gestión y una coordinación de todos los servicios extraordinaria». Víctor no olvida las imágenes pero tampoco se puede desprender de los olores. «El olor se nos queda empapado. No era olor a quemado, como podría imaginarse. Era algo distinto, difícil de describir. Es un olor de hierro, aceite, gente que ha fallecido . Ese es el olor», explica, mientras reconoce que esa primera noche le costó conciliar el sueño.Resume que ser bombero «es un trabajo muy satisfactorio porque salvas vidas». Y entonces vuelve a aparecer la familia. La casa. Los niños esperando a su padre. La pregunta que, sin pretenderlo, terminó convirtiéndose en la frase que mejor resume el peso de aquella jornada para Víctor. «Papá, ¿cuántos habéis salvado?». Le digo: «Siete». Y me dice: «¡Qué poquitos, papá!»». Porque para un niño siete pueden parecer pocas personas pero para un bombero que ha pasado horas entre los restos de dos trenes, que ha visto el sufrimiento de los supervivientes y que ha tenido que aceptar que no todos podían ser salvados, siete son siete vidas que regresan a casa, siete familias que todavía pueden abrazar a los suyos y siete razones para recordar por qué merece la pena ponerse el uniforme cada día. RSS de noticias de espana
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