No hay español que haya vivido más que Rogelio Álvarez en Nueva York. Que haya vivido más fútbol o cualquier otra cosa. Este gallego llegó en 1956 en un barco, como tantos otros, de todo el mundo, para buscar una vida mejor, su sueño americano.Siete décadas después, Rogelio se sentará en el sofá de su apartamento para ver lo que ha sido el ‘sueño americano’ para la hinchada española: la final del Mundial, el España-Argentina . Seguirá el partido con su familia, con su mujer -Rosina, que no se separa de su lado-, con hijos y nietos en el mismo sofá desde donde habla con este periódico, a pocas horas del partido.«Si pudiera ir a verlo al estadio, lo haría», asegura Rogelio, que el mes que viene cumple 94 años. Casi un siglo de afición al fútbol, entre los dos continentes, que ahora cristaliza en la final en la misma ciudad donde vino a partirse el lomo, como el resto de inmigrantes españoles. «Voy a verlo en televisión».Entrar en su apartamento es como abrir una pequeña ventana a España: las fotos de los nietos en las estanterías, los cuadros, las flores, las cortinas, todo tiene un aire español. Está en un edificio modesto de la calle 17. Hace no tanto, para ver el partido, Rogelio caminaría las pocas manzanas que le separan de su otro hogar, La Nacional, el nombre por el que se conoce a la Spanish Benevolent Society . Es el reducto de lo que era ‘Little Spain’, la Pequeña España, un barrio con unos diez mil españoles, vertebrado alrededor de la calle 14, lleno de restaurantes, ultramarinos y negocios regentados por inmigrantes gallegos, asturianos o andaluces. «Es tan casa como esta», dice Rogelio de la La Nacional, fundada en 1868 para asistir a los españoles que llegaban a la ciudad. Y, aunque ya no quede casi nada de Little Spain -los negocios desaparecieron, los españoles se fueron a los suburbios- sigue siendo un punto de encuentro y un refugio para los españoles de Nueva York.Allí acudía Rogelio de forma religiosa a ver los partidos del equipo de sus amores -«igual lo que digo no le gusta, pero soy del Barça hasta la médula», advierte- y de España. En casi un siglo de afición al fútbol, ha tenido que estar a las duras -en la mayoría de las ocasiones- y a las maduras, como podría ser en la final de este domingo.Aunque para Rogelio cualquier resultado podrá ser bueno. Porque es español, pero también argentino. Él nació en Buenos Aires, a donde sus padres emigraron entre las turbulencias y las dificultades de los años previos a la Guerra Civil. A los pocos años, la familia regresó a España, y volvieron a regresar al Río de la Plata. Después de regresar de nuevo a España, Rogelio se fue solo a Nueva York a buscarse la vida, como tantos gallegos.Entre tantas idas y venidas trasatlánticas, después de tantos años, las afinidades y los recuerdos se entremezclan en Rogelio. Pero sin embargo tiene muy claros sus primeros recuerdos del fútbol. «Soy del Barça de siempre, porque se dio que el primer partido que vi en mi vida fue al Barça, que fue a jugar a Vigo», donde teníamos unas primas. Desde Celanova, donde vivían en Orense, fueron a ver este partido que le marcó.Ocurrió lo mismo con San Lorenzo de Almagro, el otro club que está en su corazón. Recita los sobrenombres del equipo bonaerense -«los Santos, los Cuervos»- y recuerda los duelos en el Viejo Gasómetro : «Entraban 70.000 personas y los tablones de madera y metal se movían así», dice gesticulando. Su padre fue socio del equipo de Boedo y cuando a él se le pregunta quiénes fueron sus ídolos de entonces, no habla de jugadores del Barça. Cita a Ernesto ‘Negro’ Picot, genio de San Lorenzo, «tenía unas piernas así, como mi dedo de delgadas, pero era un fenómeno jugando». También recuerda al zaguero Oscar Basso. De los jugadores de ahora de la Selección española, se queda con Lamine Yamal -«es fabuloso»- y con Mikel Oyarzábal: «Siempre hace su gol, siempre marca», dice golpeándose el pecho.Él fútbol formó parte de la vida de Rogelio en las dos orillas. «Mi madre me decía que me compraba alpargatas para que no arruinara mis botas jugando a fútbol», recuerdo. Ya en Nueva York, jugaba con amigos de La Nacional. Muchas veces, contra polacos, a un deporte que aquí solo practicaban los europeos.«Yo jugaba de extremo derecha, de delantero, de mediapunta», dice de aquellos partidos en Randalls Island, donde hoy se sigue jugando a fútbol, una forma de escapar de la dureza de la vida del inmigrante en Nueva York. «Pagué con mi cuerpo en sangre viva», dice sobre los sacrificios de aquella época, trabajando entre 12 y 14 horas todos los días en los restaurantes. Llegó a tener su propio restaurante -‘El Mediterráneo’, era su nombre- y se trabajaba «a destajo», recuerda.Pero Rogelio debe al fútbol más que una afición, una distracción o una gran alegría, ojalá, este domingo. Le debe a su mujer, Rosina, también inmigrante gallega. Ella se trasladó a Nueva York para vivir con una tía que regentaba un ultramarinos en la calle 11. Allí la conoció Rogelio, que se cortaba el pelo en una barbería al lado. En una ocasión, vino a jugar el Real Madrid a Nueva York y Rosina fue a verlo con su familia. Rogelio se sumó a la excursión, aunque Rosina estaba citada en el campo con un pretendiente portugués. Pero Rogelio le echó el brazo por el hombro en medio del partido, el portugués se largó enfadado y ellos ya no se separaron más.Cuando se le pregunta quién quiere que gane la final, Rogelio se pierde en sus recuerdos, entre tantos viajes y vivencias. En una ocasión responde «Argentina». Pero después insiste: «Yo voy con España» y Rosina le recuerda que ha apostado cien dólares por el equipo de Luis de la Fuente.«¿Pero qué camiseta quiere usted? ¿La roja de España o la celeste y blanca de Argentina?», le pregunta este periódico. «La roja», responde. No hay español que haya vivido más que Rogelio Álvarez en Nueva York. Que haya vivido más fútbol o cualquier otra cosa. Este gallego llegó en 1956 en un barco, como tantos otros, de todo el mundo, para buscar una vida mejor, su sueño americano.Siete décadas después, Rogelio se sentará en el sofá de su apartamento para ver lo que ha sido el ‘sueño americano’ para la hinchada española: la final del Mundial, el España-Argentina . Seguirá el partido con su familia, con su mujer -Rosina, que no se separa de su lado-, con hijos y nietos en el mismo sofá desde donde habla con este periódico, a pocas horas del partido.«Si pudiera ir a verlo al estadio, lo haría», asegura Rogelio, que el mes que viene cumple 94 años. Casi un siglo de afición al fútbol, entre los dos continentes, que ahora cristaliza en la final en la misma ciudad donde vino a partirse el lomo, como el resto de inmigrantes españoles. «Voy a verlo en televisión».Entrar en su apartamento es como abrir una pequeña ventana a España: las fotos de los nietos en las estanterías, los cuadros, las flores, las cortinas, todo tiene un aire español. Está en un edificio modesto de la calle 17. Hace no tanto, para ver el partido, Rogelio caminaría las pocas manzanas que le separan de su otro hogar, La Nacional, el nombre por el que se conoce a la Spanish Benevolent Society . Es el reducto de lo que era ‘Little Spain’, la Pequeña España, un barrio con unos diez mil españoles, vertebrado alrededor de la calle 14, lleno de restaurantes, ultramarinos y negocios regentados por inmigrantes gallegos, asturianos o andaluces. «Es tan casa como esta», dice Rogelio de la La Nacional, fundada en 1868 para asistir a los españoles que llegaban a la ciudad. Y, aunque ya no quede casi nada de Little Spain -los negocios desaparecieron, los españoles se fueron a los suburbios- sigue siendo un punto de encuentro y un refugio para los españoles de Nueva York.Allí acudía Rogelio de forma religiosa a ver los partidos del equipo de sus amores -«igual lo que digo no le gusta, pero soy del Barça hasta la médula», advierte- y de España. En casi un siglo de afición al fútbol, ha tenido que estar a las duras -en la mayoría de las ocasiones- y a las maduras, como podría ser en la final de este domingo.Aunque para Rogelio cualquier resultado podrá ser bueno. Porque es español, pero también argentino. Él nació en Buenos Aires, a donde sus padres emigraron entre las turbulencias y las dificultades de los años previos a la Guerra Civil. A los pocos años, la familia regresó a España, y volvieron a regresar al Río de la Plata. Después de regresar de nuevo a España, Rogelio se fue solo a Nueva York a buscarse la vida, como tantos gallegos.Entre tantas idas y venidas trasatlánticas, después de tantos años, las afinidades y los recuerdos se entremezclan en Rogelio. Pero sin embargo tiene muy claros sus primeros recuerdos del fútbol. «Soy del Barça de siempre, porque se dio que el primer partido que vi en mi vida fue al Barça, que fue a jugar a Vigo», donde teníamos unas primas. Desde Celanova, donde vivían en Orense, fueron a ver este partido que le marcó.Ocurrió lo mismo con San Lorenzo de Almagro, el otro club que está en su corazón. Recita los sobrenombres del equipo bonaerense -«los Santos, los Cuervos»- y recuerda los duelos en el Viejo Gasómetro : «Entraban 70.000 personas y los tablones de madera y metal se movían así», dice gesticulando. Su padre fue socio del equipo de Boedo y cuando a él se le pregunta quiénes fueron sus ídolos de entonces, no habla de jugadores del Barça. Cita a Ernesto ‘Negro’ Picot, genio de San Lorenzo, «tenía unas piernas así, como mi dedo de delgadas, pero era un fenómeno jugando». También recuerda al zaguero Oscar Basso. De los jugadores de ahora de la Selección española, se queda con Lamine Yamal -«es fabuloso»- y con Mikel Oyarzábal: «Siempre hace su gol, siempre marca», dice golpeándose el pecho.Él fútbol formó parte de la vida de Rogelio en las dos orillas. «Mi madre me decía que me compraba alpargatas para que no arruinara mis botas jugando a fútbol», recuerdo. Ya en Nueva York, jugaba con amigos de La Nacional. Muchas veces, contra polacos, a un deporte que aquí solo practicaban los europeos.«Yo jugaba de extremo derecha, de delantero, de mediapunta», dice de aquellos partidos en Randalls Island, donde hoy se sigue jugando a fútbol, una forma de escapar de la dureza de la vida del inmigrante en Nueva York. «Pagué con mi cuerpo en sangre viva», dice sobre los sacrificios de aquella época, trabajando entre 12 y 14 horas todos los días en los restaurantes. Llegó a tener su propio restaurante -‘El Mediterráneo’, era su nombre- y se trabajaba «a destajo», recuerda.Pero Rogelio debe al fútbol más que una afición, una distracción o una gran alegría, ojalá, este domingo. Le debe a su mujer, Rosina, también inmigrante gallega. Ella se trasladó a Nueva York para vivir con una tía que regentaba un ultramarinos en la calle 11. Allí la conoció Rogelio, que se cortaba el pelo en una barbería al lado. En una ocasión, vino a jugar el Real Madrid a Nueva York y Rosina fue a verlo con su familia. Rogelio se sumó a la excursión, aunque Rosina estaba citada en el campo con un pretendiente portugués. Pero Rogelio le echó el brazo por el hombro en medio del partido, el portugués se largó enfadado y ellos ya no se separaron más.Cuando se le pregunta quién quiere que gane la final, Rogelio se pierde en sus recuerdos, entre tantos viajes y vivencias. En una ocasión responde «Argentina». Pero después insiste: «Yo voy con España» y Rosina le recuerda que ha apostado cien dólares por el equipo de Luis de la Fuente.«¿Pero qué camiseta quiere usted? ¿La roja de España o la celeste y blanca de Argentina?», le pregunta este periódico. «La roja», responde. No hay español que haya vivido más que Rogelio Álvarez en Nueva York. Que haya vivido más fútbol o cualquier otra cosa. Este gallego llegó en 1956 en un barco, como tantos otros, de todo el mundo, para buscar una vida mejor, su sueño americano.Siete décadas después, Rogelio se sentará en el sofá de su apartamento para ver lo que ha sido el ‘sueño americano’ para la hinchada española: la final del Mundial, el España-Argentina . Seguirá el partido con su familia, con su mujer -Rosina, que no se separa de su lado-, con hijos y nietos en el mismo sofá desde donde habla con este periódico, a pocas horas del partido.«Si pudiera ir a verlo al estadio, lo haría», asegura Rogelio, que el mes que viene cumple 94 años. Casi un siglo de afición al fútbol, entre los dos continentes, que ahora cristaliza en la final en la misma ciudad donde vino a partirse el lomo, como el resto de inmigrantes españoles. «Voy a verlo en televisión».Entrar en su apartamento es como abrir una pequeña ventana a España: las fotos de los nietos en las estanterías, los cuadros, las flores, las cortinas, todo tiene un aire español. Está en un edificio modesto de la calle 17. Hace no tanto, para ver el partido, Rogelio caminaría las pocas manzanas que le separan de su otro hogar, La Nacional, el nombre por el que se conoce a la Spanish Benevolent Society . Es el reducto de lo que era ‘Little Spain’, la Pequeña España, un barrio con unos diez mil españoles, vertebrado alrededor de la calle 14, lleno de restaurantes, ultramarinos y negocios regentados por inmigrantes gallegos, asturianos o andaluces. «Es tan casa como esta», dice Rogelio de la La Nacional, fundada en 1868 para asistir a los españoles que llegaban a la ciudad. Y, aunque ya no quede casi nada de Little Spain -los negocios desaparecieron, los españoles se fueron a los suburbios- sigue siendo un punto de encuentro y un refugio para los españoles de Nueva York.Allí acudía Rogelio de forma religiosa a ver los partidos del equipo de sus amores -«igual lo que digo no le gusta, pero soy del Barça hasta la médula», advierte- y de España. En casi un siglo de afición al fútbol, ha tenido que estar a las duras -en la mayoría de las ocasiones- y a las maduras, como podría ser en la final de este domingo.Aunque para Rogelio cualquier resultado podrá ser bueno. Porque es español, pero también argentino. Él nació en Buenos Aires, a donde sus padres emigraron entre las turbulencias y las dificultades de los años previos a la Guerra Civil. A los pocos años, la familia regresó a España, y volvieron a regresar al Río de la Plata. Después de regresar de nuevo a España, Rogelio se fue solo a Nueva York a buscarse la vida, como tantos gallegos.Entre tantas idas y venidas trasatlánticas, después de tantos años, las afinidades y los recuerdos se entremezclan en Rogelio. Pero sin embargo tiene muy claros sus primeros recuerdos del fútbol. «Soy del Barça de siempre, porque se dio que el primer partido que vi en mi vida fue al Barça, que fue a jugar a Vigo», donde teníamos unas primas. Desde Celanova, donde vivían en Orense, fueron a ver este partido que le marcó.Ocurrió lo mismo con San Lorenzo de Almagro, el otro club que está en su corazón. Recita los sobrenombres del equipo bonaerense -«los Santos, los Cuervos»- y recuerda los duelos en el Viejo Gasómetro : «Entraban 70.000 personas y los tablones de madera y metal se movían así», dice gesticulando. Su padre fue socio del equipo de Boedo y cuando a él se le pregunta quiénes fueron sus ídolos de entonces, no habla de jugadores del Barça. Cita a Ernesto ‘Negro’ Picot, genio de San Lorenzo, «tenía unas piernas así, como mi dedo de delgadas, pero era un fenómeno jugando». También recuerda al zaguero Oscar Basso. De los jugadores de ahora de la Selección española, se queda con Lamine Yamal -«es fabuloso»- y con Mikel Oyarzábal: «Siempre hace su gol, siempre marca», dice golpeándose el pecho.Él fútbol formó parte de la vida de Rogelio en las dos orillas. «Mi madre me decía que me compraba alpargatas para que no arruinara mis botas jugando a fútbol», recuerdo. Ya en Nueva York, jugaba con amigos de La Nacional. Muchas veces, contra polacos, a un deporte que aquí solo practicaban los europeos.«Yo jugaba de extremo derecha, de delantero, de mediapunta», dice de aquellos partidos en Randalls Island, donde hoy se sigue jugando a fútbol, una forma de escapar de la dureza de la vida del inmigrante en Nueva York. «Pagué con mi cuerpo en sangre viva», dice sobre los sacrificios de aquella época, trabajando entre 12 y 14 horas todos los días en los restaurantes. Llegó a tener su propio restaurante -‘El Mediterráneo’, era su nombre- y se trabajaba «a destajo», recuerda.Pero Rogelio debe al fútbol más que una afición, una distracción o una gran alegría, ojalá, este domingo. Le debe a su mujer, Rosina, también inmigrante gallega. Ella se trasladó a Nueva York para vivir con una tía que regentaba un ultramarinos en la calle 11. Allí la conoció Rogelio, que se cortaba el pelo en una barbería al lado. En una ocasión, vino a jugar el Real Madrid a Nueva York y Rosina fue a verlo con su familia. Rogelio se sumó a la excursión, aunque Rosina estaba citada en el campo con un pretendiente portugués. Pero Rogelio le echó el brazo por el hombro en medio del partido, el portugués se largó enfadado y ellos ya no se separaron más.Cuando se le pregunta quién quiere que gane la final, Rogelio se pierde en sus recuerdos, entre tantos viajes y vivencias. En una ocasión responde «Argentina». Pero después insiste: «Yo voy con España» y Rosina le recuerda que ha apostado cien dólares por el equipo de Luis de la Fuente.«¿Pero qué camiseta quiere usted? ¿La roja de España o la celeste y blanca de Argentina?», le pregunta este periódico. «La roja», responde. RSS de noticias de deportes
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