«Llegada la hora sexta, hubo oscuridad sobre toda la Tierra hasta la hora nona»(Marcos 15:33-37)Cada noche, cuando la casa está ya en silencio, en calma, Natalia Saldaña enciende la luz de la mesita de su habitación y escribe en un cuaderno que lleva allí, junto a su cama, desde finales de enero. Cada palabra, cada línea están dedicadas a su hermano Jesús, el único que tiene: el diario es para ella una manera importante de mantener encendida, viva, la memoria de una de las cuarenta y seis víctimas mortales del accidente de trenes de Adamuz , del que hoy se cumplen seis meses. Para los suyos, Jesús es, no fue. «Sigo hablando de él en presente, no en pasado», confiesa la doctora malagueña, especializada en Neonatología, y algo más de una década mayor que el brillante cardiólogo de treinta años que el 18 de enero cogió un tren en la capital de la Costa del Sol con destino a Madrid, donde estaba empleado en el Hospital de la Paz .«Ese domingo habíamos estado comiendo juntos en casa de mis padres. El fin de semana que él bajaba yo me lo pedía libre siempre, eso lo sabían mis compañeros del Hospital. Esa tarde me despedí de Jesús para cinco días y ya han pasado, cuántos, casi ciento ochenta…», se lamenta la profesional del Servicio Andaluz de Salud (SAS) . «Esto no debería haber pasado: la gente no puede coger un tren pensando que se va a morir en él…», añade.Una vía rota en el término municipal de Adamuz , un pueblo a unos cuarenta kilómetros de Córdoba, le congeló el corazón a España entera cuando el año en curso no había cubierto su primer mes. El tren Iryo en el que viajaba Jesús descarriló a las ocho menos cuarto de la noche con tan mala fortuna que otro convoy, un Alvia procedente de Madrid y con destino a Huelva, pasó por ese mismo lugar a los pocos segundos a más de doscientos kilómetros por hora. La fatalidad y el azar se aliaron de un modo tétrico, radicalmente funesto, en la oscuridad de Sierra Morena. Y todo el país enmudeció, porque el colapso del sistema ferroviario dejó de pronto de ser un trastorno en la vida diaria de los viajeros por los retrasos que venían de lejos: los fallos del servicio se estaban cobrando ya daños personales irreparables que escalaban por decenas conforme la noche avanzaba, fría y cruel.Un domingo cualquieraEn Córdoba, ese domingo era un domingo cualquiera. Uno más del arranque del año. La salsa del fin de semana era que el equipo de fútbol local jugaba en casa esa noche, a las nueve, contra el Málaga . Como de costumbre, el tráfico se adensó en los alrededores del estadio a medida que se acercaba el momento en que los jugadores iban a poner el balón en juego, y a no pocos aficionados les llamó la atención que cuando quedaba una hora o así para el pitido inicial del partido empezaron a escucharse sirenas de ambulancias y de coches de bomberos y de la Policía cerca del campo de fútbol. Unos pensaron que había habido un accidente en la ronda de circunvalación de la ciudad, a un paso del estadio; otros que el atasco de las inmediaciones de El Arcángel se había desbordado. Pero no: lo que oían los aficionados, algunos ya tomando asiento en sus abonos, eran los vehículos de emergencia que se dirigían a Adamuz, a la zona cero del accidente de los trenes. En minutos, la ciudad pasó de la apacibilidad del broche del fin de semana al frenesí de una emergencia de primer orden: ululaban con prisa las señales sonoras de los coches de las fuerzas de seguridad y de los dispositivos sanitarios, que buscaban con urgencia la salida hacia la carretera de Madrid para llegar cuanto antes al sitio al que el infortunio le estaba haciendo sitio en la vitrina de las tragedias.Regreso al puesto«Me sonó el móvil. Era mi jefe. El Hospital. Que me esperaban en mi puesto, si podía. Que hacía falta en los quirófanos. Que me fuera rápido para allá. Y así hice. Estaba con el niño ya en la grada. Lo dejé en casa de mi madre, que vive cerca del estadio, y tiré para allá. Me impresionó lo rápido que montaron el dispositivo. Estábamos todos a una. Me quito el sombrero por mis compañeros», explica un sanitario que participó en una operación relámpago que movilizó a más de trescientos profesionales solo en el Hospital Universitario Reina Sofía y que prefiere preservar su identidad. «Desde entonces no dejamos de hablar de aquella noche, de aquella madrugada: uno de mis amigos más íntimos, que ese día sí estaba de guardia, fue a la primera línea, allí en Adamuz . Ha necesitado ayuda psicológica para digerir lo que vio, la situación a la que se enfrentó: recuerda con mucho dolor los gritos de auxilio de los viajeros que seguían atrapados en sus vagones cuando él llegó, a otros que vagaban como zombis cerca de las vías; y las maletas, los apuntes, las bolsas de regalos o los peluches esparcidos a un lado y otro de los trenes…», completa el enfermero del SAS.«Me despertó bruscamente lo que luego supe que era el impacto con el Iryo, y se produjo una desaceleración en seco, en ocho o nueve segundos» Mario Samper Presidente de la Asociación de VíctimasMario Samper iba en el coche número cuatro del Alvia y era un asiduo del trayecto entre Madrid y Huelva desde hacía años. Trabajador de una refinería y con 61 años, su pareja le acompañó a Atocha para despedirlo, y casi al pie del andén ella le dijo en tono de broma que a ver si por una vez llegaba con hora a casa. «Yo le contesté que me conformaba con que el tren llegara, simplemente, porque cualquier día iba a pasar algo grave…», recuerda Mario, que a las semanas del suceso asumió el puesto de presidente de la Asociación de Víctimas de Adamuz. Una casualidad le salvó la vida: «Yo iba en el vagón cuatro, en el de cola. Solo excepcionalmente los coches vienen numerados, y lo normal en esos trenes es que la cabecera del tren sea el número inverso, en este caso en cuatro, pero como el nuestro procedía de Valencia había cambiado el sentido de la marcha y mi plaza estuvo finalmente en la cola».El impacto con el IryoEl convoy partió de la capital de España diez minutos después de las seis de la tarde y Samper no tardó en dormirse en su asiento. «Me despertó bruscamente lo que luego supe que era el impacto con el Iryo , y se produjo una desaceleración en seco, en ocho o nueve segundos, según me han dicho luego los investigadores, porque pasamos de doscientos veinte kilómetros por hora a cero. Hubo un traqueteo tremendo, el tren se movía muchísimo, la luz se fue enseguida, todo se volvió oscuro porque ya estábamos en la noche cerrada», explica quien estaba viviendo en su propia carne una crisis parecida a la que había centrado multitud de conversaciones con su familia, pues su padre fue jefe de un vagón de socorro de Huelva y varios familiares más también son ferroviarios. «En casa, desde hacía muchos años, el tema del descarrilo no nos era extraño», subraya.El infierno en la TierraGritos de pánico. Gente que se duele de sus heridas. Desconcierto. Bolsas del equipaje que caen sobre los viajeros. Pasajeros que salen disparados y que van a parar al otro extremo del vagón. Móviles que se encienden y que enseguida se apagan de la pura impresión de sus dueños al comprobar que a lo que le están dando luz es al mismo infierno sobre la tierra. «Al principio, el tren se balanceaba de un sitio a otro. Lateralmente. Veníamos de Despeñaperros . Ante el pánico de la gente yo empecé a gritarle a los viajeros, a decirles que estuvieran calmados porque no paraban de moverse compulsivamente de un sitio para otro, y temía que estuviéramos sobre un puente y que el tren se desestabilizara aún más y nos precipitáramos al vacío». Contusionado en varias partes de su cuerpo y con un latigazo cervical del que aún no se ha recuperado, encontró fuerzas para romper con un martillo una ventanilla de seguridad, y en el empeño le ayudaron dos jóvenes, que empezaron a pegarle patadas al cristal.«Una se acuesta y levanta pensando que esto no es verdad… Quiero hablar con él, quiero verlo, quiero contarle cosas…» Natalia Saldaña Hermana de Jesús, fallecido en el accidente«Salí afuera y me fui a la parte trasera del tren . Aún no era consciente del todo del alcance de la situación. Grabé las piezas esparcidas sobre el balastro un poco con el móvil. Ayudé a personas a salir por la ventanilla de seguridad, y al cabo de una hora se abrió la puerta del tren y salieron las personas mayores. Caminé después hacia adelante, hacia el vagón número tres y ahí ya sí empecé a ver cosas muy desagradables: aparté a un niño de once años del tren y le cerré los ojos para no viera nada».Como a Mario, a Jesús Saldaña no le eran extraños los problemas en el servicio de la Alta Velocidad, que usaba desde hacía años para desplazarse desde su ciudad natal a Madrid. El 30 de diciembre de 2022, el joven médico escribió lo siguiente en cuenta de ‘X’, antes Twitter : «Retraso de más de 1:30h en el tren Madrid-Málaga de las 18:30 y nos tienen de pie esperando sin dar información, ya está bien @ Renfe ». Su hermana Natalia le dio difusión a esta queja de Jesús en la misma red social este 14 de mayo, casi cuatro meses después de perderlo.Los Reyes, durante el funeral diocesano en Huelva EFE«Una se acuesta y levanta pensando que esto no es verdad… Quiero hablar con él, quiero verlo, quiero contarle cosas…», se lamenta la doctora, que habla con devoción de su hermano. «Desde antes de nacer era una persona muy querida y muy deseada. Para nosotros fue un auténtico milagro. Mi madre tuvo varias pérdidas gestacionales, tuvo varios abortos antes de poder tenerlo a él y bueno, por eso decía pues que era como nuestro milagro: ella se tiró todo el embarazo en cama, con sangrados, con medicación, con reposo absoluto. Yo me acuerdo de todo perfectamente, era una niña de diez años… Jesús nació tan bonito, tan sano… Mi madre es muy creyente y por eso le puso Jesús de nombre», recuerda Natalia.«La principal obligación de los poderes públicos es la justicia y la verdad» Santiago Gómez Sierra Obispo de Huelva«Él ha estado siempre ayudando a los demás. Tenemos comentarios maravillosos de gente que él ha ido encontrando en su vida, desde compañeros de colegio, profesores de instituto, compañeros de Bachillerato, de la carrera, compañeros de profesión, tanto cardiólogos como de otras especialidades. Durante toda su vida, lo que hizo mi hermano fue repartir amor», completa quien hizo su formación como doctora en el Reina Sofía de Córdoba , y a cuyos compañeros acudió en los días inmediatamente posteriores al accidente para tratar de localizar a Jesús.Natalia expresa una queja severa. «Lo que nosotros queremos es justicia, que esto no pase más. La corrupción, la dejadez y la desidia se han llevado por delante a mi hermano y a cuarenta y cinco criaturas más. Y no pasa nada, todo el mundo sigue en su puesto. No hay consuelo posible», concluye la neonatóloga.En tragedias de estas dimensiones cualquier esfuerzo parece poco, y al final puede quedar la sensación de que las personas llamadas a dar auxilio y consuelo a quienes las padecen podían haber hecho más. Es la impresión que expresa Carmen de la Fuente, la jefa de la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) del Hospital Reina Sofía de Córdoba , el centro que atendió a la mayoría de los heridos en el choque de los trenes del que se cumple medio año.El plan de catástrofes«Era domingo y muchos compañeros estaban de descanso, y algunos de ellos en el estadio del Córdoba Club de Fútbol , que jugaba a primera hora de la noche con el Málaga. Hubo quien se vino directamente al Hospital desde el campo de fútbol. La movilización fue global del Hospital y la organizó un comité de crisis que reunió a la Dirección con los jefes de servicio, con los cargos intermedios responsables de anestesia, cirugía, trauma, UCI», indica la intensivista. «El bloque quirúrgico preparó bastantes quirófanos por si tenían que atender y bueno, en el área de urgencias había un plan de catástrofes bastante claro y se dividieron los circuitos», prosigue la doctora, que recuerda con nitidez la llegada de las ambulancias desde Adamuz con los supervivientes que necesitaban asistencia urgente. «Era una noche de mucho frío, esperábamos a los compañeros detrás de las puertas del Hospital , apenas hablábamos con ellos porque nos dejaban a los pacientes y se volvían a Adamuz …».Era una noche de mucho frío, esperábamos a los compañeros detrás de las puertas del Hospital, apenas hablábamos con ellos porque nos dejaban a los pacientes y se volvían a Adamuz». Carmen de la Fuente Jefa de la UCI del Reina Sofía¿Fue el siniestro ferroviario el reto de más enjundia al que se ha tenido que enfrentar la UCI del Reina Sofía? La doctora De la Fuente cita al Covid como el único episodio comparable y apunta que la burbuja que crea el trasiego frenético del trabajo les pudo apartar por momentos de una conciencia clara sobre qué estaba pasando en Adamuz.«Tenga en cuenta que nosotros acudimos al Hospital sin saber nada del accidente. Osea, los profesionales no sabíamos cuál era la trascendencia, y lo que íbamos sabiendo era por la información que nos llegaba poco a poco de los compañeros que venían de allí: realmente, cuando tuve conciencia de lo que había significó el accidente, de su alcance, fue a las cuatro de la madrugaba, cuando llegué a mi casa y puse la televisión y vi las imágenes», concreta.El funeral diocesanoEl obispo de Huelva , Santiago Gómez Sierra, comprendió también de un modo progresivo el alcance del suceso. «Fuimos conociendo la cifra de los fallecidos [veintiocho de los cuales eran onubenses] y decidimos que había que hacer un funeral diocesano», declara el prelado en una entrevista concedida a este periódico. No fue sencillo. A las miserias de la política se impuso la iniciativa popular, el corazón de la gente. «Huelva es mariana y rociera», sentenció la alcaldesa de Huelva, Pilar Miranda, cuando el Gobierno de España quería imponer un tributo laico a las víctimas. La cita fue en el Palacio de Deportes Carolina Marín el 29 de enero, y los Reyes Don Felipe y Doña Letizia le dieron la dignidad de un funeral de Estado por más que, en puridad, no lo fuese. Pedro Sánchez no acudió —envió a su aún vicepresidenta primera, María Jesús Montero, que entró por la puerta de atrás al recinto deportivo— y sí lo hizo el presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno, que unos días antes había llorado ante los periodistas y las cámaras en Adamuz al recordar lo que vio la madrugada del accidente. «El deber de los poderes públicos es la justicia y la búsqueda de la verdad», enfatiza monseñor Gómez Sierra en su conversación con ABC, y que en su homilía posterior a la lectura del Evangelio de San Marcos exhortó a los responsables políticos a honrar a los allegados de las personas que perdieron su vida y a los heridos con una explicación exhaustiva de qué había pasado, «para que su sacrificio no sea en balde».Sus Majestades y Juanma Moreno, acompañados del obispo, emplearon más de una hora al término del funeral en saludar y dar consuelo a los afectados por el choque de hacía once días. Pareció que el Espíritu de Adamuz cobraba forma, que abría una etapa de concordia entre administraciones dispares ante las tragedias. Pero a la vista está que la tregua duró lo que duró. «Llegada la hora sexta, hubo oscuridad sobre toda la Tierra hasta la hora nona»(Marcos 15:33-37)Cada noche, cuando la casa está ya en silencio, en calma, Natalia Saldaña enciende la luz de la mesita de su habitación y escribe en un cuaderno que lleva allí, junto a su cama, desde finales de enero. Cada palabra, cada línea están dedicadas a su hermano Jesús, el único que tiene: el diario es para ella una manera importante de mantener encendida, viva, la memoria de una de las cuarenta y seis víctimas mortales del accidente de trenes de Adamuz , del que hoy se cumplen seis meses. Para los suyos, Jesús es, no fue. «Sigo hablando de él en presente, no en pasado», confiesa la doctora malagueña, especializada en Neonatología, y algo más de una década mayor que el brillante cardiólogo de treinta años que el 18 de enero cogió un tren en la capital de la Costa del Sol con destino a Madrid, donde estaba empleado en el Hospital de la Paz .«Ese domingo habíamos estado comiendo juntos en casa de mis padres. El fin de semana que él bajaba yo me lo pedía libre siempre, eso lo sabían mis compañeros del Hospital. Esa tarde me despedí de Jesús para cinco días y ya han pasado, cuántos, casi ciento ochenta…», se lamenta la profesional del Servicio Andaluz de Salud (SAS) . «Esto no debería haber pasado: la gente no puede coger un tren pensando que se va a morir en él…», añade.Una vía rota en el término municipal de Adamuz , un pueblo a unos cuarenta kilómetros de Córdoba, le congeló el corazón a España entera cuando el año en curso no había cubierto su primer mes. El tren Iryo en el que viajaba Jesús descarriló a las ocho menos cuarto de la noche con tan mala fortuna que otro convoy, un Alvia procedente de Madrid y con destino a Huelva, pasó por ese mismo lugar a los pocos segundos a más de doscientos kilómetros por hora. La fatalidad y el azar se aliaron de un modo tétrico, radicalmente funesto, en la oscuridad de Sierra Morena. Y todo el país enmudeció, porque el colapso del sistema ferroviario dejó de pronto de ser un trastorno en la vida diaria de los viajeros por los retrasos que venían de lejos: los fallos del servicio se estaban cobrando ya daños personales irreparables que escalaban por decenas conforme la noche avanzaba, fría y cruel.Un domingo cualquieraEn Córdoba, ese domingo era un domingo cualquiera. Uno más del arranque del año. La salsa del fin de semana era que el equipo de fútbol local jugaba en casa esa noche, a las nueve, contra el Málaga . Como de costumbre, el tráfico se adensó en los alrededores del estadio a medida que se acercaba el momento en que los jugadores iban a poner el balón en juego, y a no pocos aficionados les llamó la atención que cuando quedaba una hora o así para el pitido inicial del partido empezaron a escucharse sirenas de ambulancias y de coches de bomberos y de la Policía cerca del campo de fútbol. Unos pensaron que había habido un accidente en la ronda de circunvalación de la ciudad, a un paso del estadio; otros que el atasco de las inmediaciones de El Arcángel se había desbordado. Pero no: lo que oían los aficionados, algunos ya tomando asiento en sus abonos, eran los vehículos de emergencia que se dirigían a Adamuz, a la zona cero del accidente de los trenes. En minutos, la ciudad pasó de la apacibilidad del broche del fin de semana al frenesí de una emergencia de primer orden: ululaban con prisa las señales sonoras de los coches de las fuerzas de seguridad y de los dispositivos sanitarios, que buscaban con urgencia la salida hacia la carretera de Madrid para llegar cuanto antes al sitio al que el infortunio le estaba haciendo sitio en la vitrina de las tragedias.Regreso al puesto«Me sonó el móvil. Era mi jefe. El Hospital. Que me esperaban en mi puesto, si podía. Que hacía falta en los quirófanos. Que me fuera rápido para allá. Y así hice. Estaba con el niño ya en la grada. Lo dejé en casa de mi madre, que vive cerca del estadio, y tiré para allá. Me impresionó lo rápido que montaron el dispositivo. Estábamos todos a una. Me quito el sombrero por mis compañeros», explica un sanitario que participó en una operación relámpago que movilizó a más de trescientos profesionales solo en el Hospital Universitario Reina Sofía y que prefiere preservar su identidad. «Desde entonces no dejamos de hablar de aquella noche, de aquella madrugada: uno de mis amigos más íntimos, que ese día sí estaba de guardia, fue a la primera línea, allí en Adamuz . Ha necesitado ayuda psicológica para digerir lo que vio, la situación a la que se enfrentó: recuerda con mucho dolor los gritos de auxilio de los viajeros que seguían atrapados en sus vagones cuando él llegó, a otros que vagaban como zombis cerca de las vías; y las maletas, los apuntes, las bolsas de regalos o los peluches esparcidos a un lado y otro de los trenes…», completa el enfermero del SAS.«Me despertó bruscamente lo que luego supe que era el impacto con el Iryo, y se produjo una desaceleración en seco, en ocho o nueve segundos» Mario Samper Presidente de la Asociación de VíctimasMario Samper iba en el coche número cuatro del Alvia y era un asiduo del trayecto entre Madrid y Huelva desde hacía años. Trabajador de una refinería y con 61 años, su pareja le acompañó a Atocha para despedirlo, y casi al pie del andén ella le dijo en tono de broma que a ver si por una vez llegaba con hora a casa. «Yo le contesté que me conformaba con que el tren llegara, simplemente, porque cualquier día iba a pasar algo grave…», recuerda Mario, que a las semanas del suceso asumió el puesto de presidente de la Asociación de Víctimas de Adamuz. Una casualidad le salvó la vida: «Yo iba en el vagón cuatro, en el de cola. Solo excepcionalmente los coches vienen numerados, y lo normal en esos trenes es que la cabecera del tren sea el número inverso, en este caso en cuatro, pero como el nuestro procedía de Valencia había cambiado el sentido de la marcha y mi plaza estuvo finalmente en la cola».El impacto con el IryoEl convoy partió de la capital de España diez minutos después de las seis de la tarde y Samper no tardó en dormirse en su asiento. «Me despertó bruscamente lo que luego supe que era el impacto con el Iryo , y se produjo una desaceleración en seco, en ocho o nueve segundos, según me han dicho luego los investigadores, porque pasamos de doscientos veinte kilómetros por hora a cero. Hubo un traqueteo tremendo, el tren se movía muchísimo, la luz se fue enseguida, todo se volvió oscuro porque ya estábamos en la noche cerrada», explica quien estaba viviendo en su propia carne una crisis parecida a la que había centrado multitud de conversaciones con su familia, pues su padre fue jefe de un vagón de socorro de Huelva y varios familiares más también son ferroviarios. «En casa, desde hacía muchos años, el tema del descarrilo no nos era extraño», subraya.El infierno en la TierraGritos de pánico. Gente que se duele de sus heridas. Desconcierto. Bolsas del equipaje que caen sobre los viajeros. Pasajeros que salen disparados y que van a parar al otro extremo del vagón. Móviles que se encienden y que enseguida se apagan de la pura impresión de sus dueños al comprobar que a lo que le están dando luz es al mismo infierno sobre la tierra. «Al principio, el tren se balanceaba de un sitio a otro. Lateralmente. Veníamos de Despeñaperros . Ante el pánico de la gente yo empecé a gritarle a los viajeros, a decirles que estuvieran calmados porque no paraban de moverse compulsivamente de un sitio para otro, y temía que estuviéramos sobre un puente y que el tren se desestabilizara aún más y nos precipitáramos al vacío». Contusionado en varias partes de su cuerpo y con un latigazo cervical del que aún no se ha recuperado, encontró fuerzas para romper con un martillo una ventanilla de seguridad, y en el empeño le ayudaron dos jóvenes, que empezaron a pegarle patadas al cristal.«Una se acuesta y levanta pensando que esto no es verdad… Quiero hablar con él, quiero verlo, quiero contarle cosas…» Natalia Saldaña Hermana de Jesús, fallecido en el accidente«Salí afuera y me fui a la parte trasera del tren . Aún no era consciente del todo del alcance de la situación. Grabé las piezas esparcidas sobre el balastro un poco con el móvil. Ayudé a personas a salir por la ventanilla de seguridad, y al cabo de una hora se abrió la puerta del tren y salieron las personas mayores. Caminé después hacia adelante, hacia el vagón número tres y ahí ya sí empecé a ver cosas muy desagradables: aparté a un niño de once años del tren y le cerré los ojos para no viera nada».Como a Mario, a Jesús Saldaña no le eran extraños los problemas en el servicio de la Alta Velocidad, que usaba desde hacía años para desplazarse desde su ciudad natal a Madrid. El 30 de diciembre de 2022, el joven médico escribió lo siguiente en cuenta de ‘X’, antes Twitter : «Retraso de más de 1:30h en el tren Madrid-Málaga de las 18:30 y nos tienen de pie esperando sin dar información, ya está bien @ Renfe ». Su hermana Natalia le dio difusión a esta queja de Jesús en la misma red social este 14 de mayo, casi cuatro meses después de perderlo.Los Reyes, durante el funeral diocesano en Huelva EFE«Una se acuesta y levanta pensando que esto no es verdad… Quiero hablar con él, quiero verlo, quiero contarle cosas…», se lamenta la doctora, que habla con devoción de su hermano. «Desde antes de nacer era una persona muy querida y muy deseada. Para nosotros fue un auténtico milagro. Mi madre tuvo varias pérdidas gestacionales, tuvo varios abortos antes de poder tenerlo a él y bueno, por eso decía pues que era como nuestro milagro: ella se tiró todo el embarazo en cama, con sangrados, con medicación, con reposo absoluto. Yo me acuerdo de todo perfectamente, era una niña de diez años… Jesús nació tan bonito, tan sano… Mi madre es muy creyente y por eso le puso Jesús de nombre», recuerda Natalia.«La principal obligación de los poderes públicos es la justicia y la verdad» Santiago Gómez Sierra Obispo de Huelva«Él ha estado siempre ayudando a los demás. Tenemos comentarios maravillosos de gente que él ha ido encontrando en su vida, desde compañeros de colegio, profesores de instituto, compañeros de Bachillerato, de la carrera, compañeros de profesión, tanto cardiólogos como de otras especialidades. Durante toda su vida, lo que hizo mi hermano fue repartir amor», completa quien hizo su formación como doctora en el Reina Sofía de Córdoba , y a cuyos compañeros acudió en los días inmediatamente posteriores al accidente para tratar de localizar a Jesús.Natalia expresa una queja severa. «Lo que nosotros queremos es justicia, que esto no pase más. La corrupción, la dejadez y la desidia se han llevado por delante a mi hermano y a cuarenta y cinco criaturas más. Y no pasa nada, todo el mundo sigue en su puesto. No hay consuelo posible», concluye la neonatóloga.En tragedias de estas dimensiones cualquier esfuerzo parece poco, y al final puede quedar la sensación de que las personas llamadas a dar auxilio y consuelo a quienes las padecen podían haber hecho más. Es la impresión que expresa Carmen de la Fuente, la jefa de la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) del Hospital Reina Sofía de Córdoba , el centro que atendió a la mayoría de los heridos en el choque de los trenes del que se cumple medio año.El plan de catástrofes«Era domingo y muchos compañeros estaban de descanso, y algunos de ellos en el estadio del Córdoba Club de Fútbol , que jugaba a primera hora de la noche con el Málaga. Hubo quien se vino directamente al Hospital desde el campo de fútbol. La movilización fue global del Hospital y la organizó un comité de crisis que reunió a la Dirección con los jefes de servicio, con los cargos intermedios responsables de anestesia, cirugía, trauma, UCI», indica la intensivista. «El bloque quirúrgico preparó bastantes quirófanos por si tenían que atender y bueno, en el área de urgencias había un plan de catástrofes bastante claro y se dividieron los circuitos», prosigue la doctora, que recuerda con nitidez la llegada de las ambulancias desde Adamuz con los supervivientes que necesitaban asistencia urgente. «Era una noche de mucho frío, esperábamos a los compañeros detrás de las puertas del Hospital , apenas hablábamos con ellos porque nos dejaban a los pacientes y se volvían a Adamuz …».Era una noche de mucho frío, esperábamos a los compañeros detrás de las puertas del Hospital, apenas hablábamos con ellos porque nos dejaban a los pacientes y se volvían a Adamuz». Carmen de la Fuente Jefa de la UCI del Reina Sofía¿Fue el siniestro ferroviario el reto de más enjundia al que se ha tenido que enfrentar la UCI del Reina Sofía? La doctora De la Fuente cita al Covid como el único episodio comparable y apunta que la burbuja que crea el trasiego frenético del trabajo les pudo apartar por momentos de una conciencia clara sobre qué estaba pasando en Adamuz.«Tenga en cuenta que nosotros acudimos al Hospital sin saber nada del accidente. Osea, los profesionales no sabíamos cuál era la trascendencia, y lo que íbamos sabiendo era por la información que nos llegaba poco a poco de los compañeros que venían de allí: realmente, cuando tuve conciencia de lo que había significó el accidente, de su alcance, fue a las cuatro de la madrugaba, cuando llegué a mi casa y puse la televisión y vi las imágenes», concreta.El funeral diocesanoEl obispo de Huelva , Santiago Gómez Sierra, comprendió también de un modo progresivo el alcance del suceso. «Fuimos conociendo la cifra de los fallecidos [veintiocho de los cuales eran onubenses] y decidimos que había que hacer un funeral diocesano», declara el prelado en una entrevista concedida a este periódico. No fue sencillo. A las miserias de la política se impuso la iniciativa popular, el corazón de la gente. «Huelva es mariana y rociera», sentenció la alcaldesa de Huelva, Pilar Miranda, cuando el Gobierno de España quería imponer un tributo laico a las víctimas. La cita fue en el Palacio de Deportes Carolina Marín el 29 de enero, y los Reyes Don Felipe y Doña Letizia le dieron la dignidad de un funeral de Estado por más que, en puridad, no lo fuese. Pedro Sánchez no acudió —envió a su aún vicepresidenta primera, María Jesús Montero, que entró por la puerta de atrás al recinto deportivo— y sí lo hizo el presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno, que unos días antes había llorado ante los periodistas y las cámaras en Adamuz al recordar lo que vio la madrugada del accidente. «El deber de los poderes públicos es la justicia y la búsqueda de la verdad», enfatiza monseñor Gómez Sierra en su conversación con ABC, y que en su homilía posterior a la lectura del Evangelio de San Marcos exhortó a los responsables políticos a honrar a los allegados de las personas que perdieron su vida y a los heridos con una explicación exhaustiva de qué había pasado, «para que su sacrificio no sea en balde».Sus Majestades y Juanma Moreno, acompañados del obispo, emplearon más de una hora al término del funeral en saludar y dar consuelo a los afectados por el choque de hacía once días. Pareció que el Espíritu de Adamuz cobraba forma, que abría una etapa de concordia entre administraciones dispares ante las tragedias. Pero a la vista está que la tregua duró lo que duró. «Llegada la hora sexta, hubo oscuridad sobre toda la Tierra hasta la hora nona»(Marcos 15:33-37)Cada noche, cuando la casa está ya en silencio, en calma, Natalia Saldaña enciende la luz de la mesita de su habitación y escribe en un cuaderno que lleva allí, junto a su cama, desde finales de enero. Cada palabra, cada línea están dedicadas a su hermano Jesús, el único que tiene: el diario es para ella una manera importante de mantener encendida, viva, la memoria de una de las cuarenta y seis víctimas mortales del accidente de trenes de Adamuz , del que hoy se cumplen seis meses. Para los suyos, Jesús es, no fue. «Sigo hablando de él en presente, no en pasado», confiesa la doctora malagueña, especializada en Neonatología, y algo más de una década mayor que el brillante cardiólogo de treinta años que el 18 de enero cogió un tren en la capital de la Costa del Sol con destino a Madrid, donde estaba empleado en el Hospital de la Paz .«Ese domingo habíamos estado comiendo juntos en casa de mis padres. El fin de semana que él bajaba yo me lo pedía libre siempre, eso lo sabían mis compañeros del Hospital. Esa tarde me despedí de Jesús para cinco días y ya han pasado, cuántos, casi ciento ochenta…», se lamenta la profesional del Servicio Andaluz de Salud (SAS) . «Esto no debería haber pasado: la gente no puede coger un tren pensando que se va a morir en él…», añade.Una vía rota en el término municipal de Adamuz , un pueblo a unos cuarenta kilómetros de Córdoba, le congeló el corazón a España entera cuando el año en curso no había cubierto su primer mes. El tren Iryo en el que viajaba Jesús descarriló a las ocho menos cuarto de la noche con tan mala fortuna que otro convoy, un Alvia procedente de Madrid y con destino a Huelva, pasó por ese mismo lugar a los pocos segundos a más de doscientos kilómetros por hora. La fatalidad y el azar se aliaron de un modo tétrico, radicalmente funesto, en la oscuridad de Sierra Morena. Y todo el país enmudeció, porque el colapso del sistema ferroviario dejó de pronto de ser un trastorno en la vida diaria de los viajeros por los retrasos que venían de lejos: los fallos del servicio se estaban cobrando ya daños personales irreparables que escalaban por decenas conforme la noche avanzaba, fría y cruel.Un domingo cualquieraEn Córdoba, ese domingo era un domingo cualquiera. Uno más del arranque del año. La salsa del fin de semana era que el equipo de fútbol local jugaba en casa esa noche, a las nueve, contra el Málaga . Como de costumbre, el tráfico se adensó en los alrededores del estadio a medida que se acercaba el momento en que los jugadores iban a poner el balón en juego, y a no pocos aficionados les llamó la atención que cuando quedaba una hora o así para el pitido inicial del partido empezaron a escucharse sirenas de ambulancias y de coches de bomberos y de la Policía cerca del campo de fútbol. Unos pensaron que había habido un accidente en la ronda de circunvalación de la ciudad, a un paso del estadio; otros que el atasco de las inmediaciones de El Arcángel se había desbordado. Pero no: lo que oían los aficionados, algunos ya tomando asiento en sus abonos, eran los vehículos de emergencia que se dirigían a Adamuz, a la zona cero del accidente de los trenes. En minutos, la ciudad pasó de la apacibilidad del broche del fin de semana al frenesí de una emergencia de primer orden: ululaban con prisa las señales sonoras de los coches de las fuerzas de seguridad y de los dispositivos sanitarios, que buscaban con urgencia la salida hacia la carretera de Madrid para llegar cuanto antes al sitio al que el infortunio le estaba haciendo sitio en la vitrina de las tragedias.Regreso al puesto«Me sonó el móvil. Era mi jefe. El Hospital. Que me esperaban en mi puesto, si podía. Que hacía falta en los quirófanos. Que me fuera rápido para allá. Y así hice. Estaba con el niño ya en la grada. Lo dejé en casa de mi madre, que vive cerca del estadio, y tiré para allá. Me impresionó lo rápido que montaron el dispositivo. Estábamos todos a una. Me quito el sombrero por mis compañeros», explica un sanitario que participó en una operación relámpago que movilizó a más de trescientos profesionales solo en el Hospital Universitario Reina Sofía y que prefiere preservar su identidad. «Desde entonces no dejamos de hablar de aquella noche, de aquella madrugada: uno de mis amigos más íntimos, que ese día sí estaba de guardia, fue a la primera línea, allí en Adamuz . Ha necesitado ayuda psicológica para digerir lo que vio, la situación a la que se enfrentó: recuerda con mucho dolor los gritos de auxilio de los viajeros que seguían atrapados en sus vagones cuando él llegó, a otros que vagaban como zombis cerca de las vías; y las maletas, los apuntes, las bolsas de regalos o los peluches esparcidos a un lado y otro de los trenes…», completa el enfermero del SAS.«Me despertó bruscamente lo que luego supe que era el impacto con el Iryo, y se produjo una desaceleración en seco, en ocho o nueve segundos» Mario Samper Presidente de la Asociación de VíctimasMario Samper iba en el coche número cuatro del Alvia y era un asiduo del trayecto entre Madrid y Huelva desde hacía años. Trabajador de una refinería y con 61 años, su pareja le acompañó a Atocha para despedirlo, y casi al pie del andén ella le dijo en tono de broma que a ver si por una vez llegaba con hora a casa. «Yo le contesté que me conformaba con que el tren llegara, simplemente, porque cualquier día iba a pasar algo grave…», recuerda Mario, que a las semanas del suceso asumió el puesto de presidente de la Asociación de Víctimas de Adamuz. Una casualidad le salvó la vida: «Yo iba en el vagón cuatro, en el de cola. Solo excepcionalmente los coches vienen numerados, y lo normal en esos trenes es que la cabecera del tren sea el número inverso, en este caso en cuatro, pero como el nuestro procedía de Valencia había cambiado el sentido de la marcha y mi plaza estuvo finalmente en la cola».El impacto con el IryoEl convoy partió de la capital de España diez minutos después de las seis de la tarde y Samper no tardó en dormirse en su asiento. «Me despertó bruscamente lo que luego supe que era el impacto con el Iryo , y se produjo una desaceleración en seco, en ocho o nueve segundos, según me han dicho luego los investigadores, porque pasamos de doscientos veinte kilómetros por hora a cero. Hubo un traqueteo tremendo, el tren se movía muchísimo, la luz se fue enseguida, todo se volvió oscuro porque ya estábamos en la noche cerrada», explica quien estaba viviendo en su propia carne una crisis parecida a la que había centrado multitud de conversaciones con su familia, pues su padre fue jefe de un vagón de socorro de Huelva y varios familiares más también son ferroviarios. «En casa, desde hacía muchos años, el tema del descarrilo no nos era extraño», subraya.El infierno en la TierraGritos de pánico. Gente que se duele de sus heridas. Desconcierto. Bolsas del equipaje que caen sobre los viajeros. Pasajeros que salen disparados y que van a parar al otro extremo del vagón. Móviles que se encienden y que enseguida se apagan de la pura impresión de sus dueños al comprobar que a lo que le están dando luz es al mismo infierno sobre la tierra. «Al principio, el tren se balanceaba de un sitio a otro. Lateralmente. Veníamos de Despeñaperros . Ante el pánico de la gente yo empecé a gritarle a los viajeros, a decirles que estuvieran calmados porque no paraban de moverse compulsivamente de un sitio para otro, y temía que estuviéramos sobre un puente y que el tren se desestabilizara aún más y nos precipitáramos al vacío». Contusionado en varias partes de su cuerpo y con un latigazo cervical del que aún no se ha recuperado, encontró fuerzas para romper con un martillo una ventanilla de seguridad, y en el empeño le ayudaron dos jóvenes, que empezaron a pegarle patadas al cristal.«Una se acuesta y levanta pensando que esto no es verdad… Quiero hablar con él, quiero verlo, quiero contarle cosas…» Natalia Saldaña Hermana de Jesús, fallecido en el accidente«Salí afuera y me fui a la parte trasera del tren . Aún no era consciente del todo del alcance de la situación. Grabé las piezas esparcidas sobre el balastro un poco con el móvil. Ayudé a personas a salir por la ventanilla de seguridad, y al cabo de una hora se abrió la puerta del tren y salieron las personas mayores. Caminé después hacia adelante, hacia el vagón número tres y ahí ya sí empecé a ver cosas muy desagradables: aparté a un niño de once años del tren y le cerré los ojos para no viera nada».Como a Mario, a Jesús Saldaña no le eran extraños los problemas en el servicio de la Alta Velocidad, que usaba desde hacía años para desplazarse desde su ciudad natal a Madrid. El 30 de diciembre de 2022, el joven médico escribió lo siguiente en cuenta de ‘X’, antes Twitter : «Retraso de más de 1:30h en el tren Madrid-Málaga de las 18:30 y nos tienen de pie esperando sin dar información, ya está bien @ Renfe ». Su hermana Natalia le dio difusión a esta queja de Jesús en la misma red social este 14 de mayo, casi cuatro meses después de perderlo.Los Reyes, durante el funeral diocesano en Huelva EFE«Una se acuesta y levanta pensando que esto no es verdad… Quiero hablar con él, quiero verlo, quiero contarle cosas…», se lamenta la doctora, que habla con devoción de su hermano. «Desde antes de nacer era una persona muy querida y muy deseada. Para nosotros fue un auténtico milagro. Mi madre tuvo varias pérdidas gestacionales, tuvo varios abortos antes de poder tenerlo a él y bueno, por eso decía pues que era como nuestro milagro: ella se tiró todo el embarazo en cama, con sangrados, con medicación, con reposo absoluto. Yo me acuerdo de todo perfectamente, era una niña de diez años… Jesús nació tan bonito, tan sano… Mi madre es muy creyente y por eso le puso Jesús de nombre», recuerda Natalia.«La principal obligación de los poderes públicos es la justicia y la verdad» Santiago Gómez Sierra Obispo de Huelva«Él ha estado siempre ayudando a los demás. Tenemos comentarios maravillosos de gente que él ha ido encontrando en su vida, desde compañeros de colegio, profesores de instituto, compañeros de Bachillerato, de la carrera, compañeros de profesión, tanto cardiólogos como de otras especialidades. Durante toda su vida, lo que hizo mi hermano fue repartir amor», completa quien hizo su formación como doctora en el Reina Sofía de Córdoba , y a cuyos compañeros acudió en los días inmediatamente posteriores al accidente para tratar de localizar a Jesús.Natalia expresa una queja severa. «Lo que nosotros queremos es justicia, que esto no pase más. La corrupción, la dejadez y la desidia se han llevado por delante a mi hermano y a cuarenta y cinco criaturas más. Y no pasa nada, todo el mundo sigue en su puesto. No hay consuelo posible», concluye la neonatóloga.En tragedias de estas dimensiones cualquier esfuerzo parece poco, y al final puede quedar la sensación de que las personas llamadas a dar auxilio y consuelo a quienes las padecen podían haber hecho más. Es la impresión que expresa Carmen de la Fuente, la jefa de la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) del Hospital Reina Sofía de Córdoba , el centro que atendió a la mayoría de los heridos en el choque de los trenes del que se cumple medio año.El plan de catástrofes«Era domingo y muchos compañeros estaban de descanso, y algunos de ellos en el estadio del Córdoba Club de Fútbol , que jugaba a primera hora de la noche con el Málaga. Hubo quien se vino directamente al Hospital desde el campo de fútbol. La movilización fue global del Hospital y la organizó un comité de crisis que reunió a la Dirección con los jefes de servicio, con los cargos intermedios responsables de anestesia, cirugía, trauma, UCI», indica la intensivista. «El bloque quirúrgico preparó bastantes quirófanos por si tenían que atender y bueno, en el área de urgencias había un plan de catástrofes bastante claro y se dividieron los circuitos», prosigue la doctora, que recuerda con nitidez la llegada de las ambulancias desde Adamuz con los supervivientes que necesitaban asistencia urgente. «Era una noche de mucho frío, esperábamos a los compañeros detrás de las puertas del Hospital , apenas hablábamos con ellos porque nos dejaban a los pacientes y se volvían a Adamuz …».Era una noche de mucho frío, esperábamos a los compañeros detrás de las puertas del Hospital, apenas hablábamos con ellos porque nos dejaban a los pacientes y se volvían a Adamuz». Carmen de la Fuente Jefa de la UCI del Reina Sofía¿Fue el siniestro ferroviario el reto de más enjundia al que se ha tenido que enfrentar la UCI del Reina Sofía? La doctora De la Fuente cita al Covid como el único episodio comparable y apunta que la burbuja que crea el trasiego frenético del trabajo les pudo apartar por momentos de una conciencia clara sobre qué estaba pasando en Adamuz.«Tenga en cuenta que nosotros acudimos al Hospital sin saber nada del accidente. Osea, los profesionales no sabíamos cuál era la trascendencia, y lo que íbamos sabiendo era por la información que nos llegaba poco a poco de los compañeros que venían de allí: realmente, cuando tuve conciencia de lo que había significó el accidente, de su alcance, fue a las cuatro de la madrugaba, cuando llegué a mi casa y puse la televisión y vi las imágenes», concreta.El funeral diocesanoEl obispo de Huelva , Santiago Gómez Sierra, comprendió también de un modo progresivo el alcance del suceso. «Fuimos conociendo la cifra de los fallecidos [veintiocho de los cuales eran onubenses] y decidimos que había que hacer un funeral diocesano», declara el prelado en una entrevista concedida a este periódico. No fue sencillo. A las miserias de la política se impuso la iniciativa popular, el corazón de la gente. «Huelva es mariana y rociera», sentenció la alcaldesa de Huelva, Pilar Miranda, cuando el Gobierno de España quería imponer un tributo laico a las víctimas. La cita fue en el Palacio de Deportes Carolina Marín el 29 de enero, y los Reyes Don Felipe y Doña Letizia le dieron la dignidad de un funeral de Estado por más que, en puridad, no lo fuese. Pedro Sánchez no acudió —envió a su aún vicepresidenta primera, María Jesús Montero, que entró por la puerta de atrás al recinto deportivo— y sí lo hizo el presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno, que unos días antes había llorado ante los periodistas y las cámaras en Adamuz al recordar lo que vio la madrugada del accidente. «El deber de los poderes públicos es la justicia y la búsqueda de la verdad», enfatiza monseñor Gómez Sierra en su conversación con ABC, y que en su homilía posterior a la lectura del Evangelio de San Marcos exhortó a los responsables políticos a honrar a los allegados de las personas que perdieron su vida y a los heridos con una explicación exhaustiva de qué había pasado, «para que su sacrificio no sea en balde».Sus Majestades y Juanma Moreno, acompañados del obispo, emplearon más de una hora al término del funeral en saludar y dar consuelo a los afectados por el choque de hacía once días. Pareció que el Espíritu de Adamuz cobraba forma, que abría una etapa de concordia entre administraciones dispares ante las tragedias. Pero a la vista está que la tregua duró lo que duró. RSS de noticias de espana
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