Hay alzas que conviene observar de cerca. La del salario mínimo es una de ellas. Desde 2018, el SMI ha pasado de 736 euros mensuales a 1.221 en 2026. Un incremento nominal del 66% que permite al Gobierno presentar una de las transformaciones más visibles de su política laboral. El problema aparece cuando uno pregunta qué ha ocurrido con los salarios que estaban alrededor. La respuesta resulta bastante menos confortable: cada vez hay más trabajadores cobrando el mínimo o poco más que el mínimo .Los microdatos analizados por la AIReF , correspondientes a 2023 –cuando el SMI era de 1.080 euros–, permiten apreciar la magnitud del fenómeno. Aunque el mínimo ha seguido subiendo, no hay razones para pensar que la tendencia se haya invertido. En 2018, el 3,5% de los trabajadores cotizaba por la base mínima. Cinco años después eran el 7,4%. Más revelador todavía: quienes se encontraban hasta el 125% del SMI pasaron del 7,9% al 22,8%. Casi uno de cada cuatro trabajadores del régimen general quedó en esa estrecha franja.El SMI, por tanto, no sólo ha subido, se ha hecho más popular . Ha ido atrapando salarios. Y lo ha hecho, sobre todo, por extensión: la propia AIReF calcula que más del 80% del aumento en su indicador de intensidad del SMI en 2023 se explica por el crecimiento en el número de trabajadores afectados, no por la magnitud del ajuste salarial que requerían. No es que el mínimo golpee ahora con más fuerza a los mismos de siempre. Es que alcanza, cada año, a más gente. Esto no significa que elevarlo carezca de efectos positivos. Los trabajadores menos remunerados que conservan su empleo ganan más, y la mejora ha sido muy intensa en la parte baja de la distribución. Entre 2018 y 2023, el primer decil aumentó su remuneración un 13,5% por ciento en términos reales. El segundo, apenas un 3,7%. En el resto, los incrementos fueron inferiores al 2%. La base media sólo avanzó un 0,5% real.Ahí reside la paradoja. No estamos asistiendo a una escala salarial que se eleva peldaño a peldaño, sino a una compresión desde abajo. La AIReF observa que el valor más frecuente de la distribución salarial, claramente superior al SMI en 2018, había convergido hacia su entorno en 2023. Y existe un segundo problema. Cuanto más penetra el mínimo legal en la estructura salarial, más difícil resulta sostener que sus sucesivas subidas salen gratis . La AIReF calcula que el aumento del SMI de 2023 pudo traducirse en entre 55.000 y 85.000 afiliados menos. Eso no significa necesariamente que se destruyeran otros tantos puestos de trabajo: buena parte del efecto se produce porque empleos que podrían haberse creado simplemente no llegan a existir. La cuestión política debería haber cambiado hace tiempo. Ya no consiste en decidir si queremos salarios más altos. Naturalmente que sí. Consiste en preguntarse por qué la mejora salarial depende casi por entero del BOE. Un país próspero no es aquel donde el Gobierno eleva constantemente el salario mínimo. Es aquel donde productividad, inversión y competencia empresarial consiguen que cada vez menos ciudadanos tengan que cobrarlo. Medido así, quizá el gran éxito del SMI español consista precisamente en lo contrario de lo que se proclama: nunca había resultado tan fácil encontrar trabajadores a los que subírselo. Hay alzas que conviene observar de cerca. La del salario mínimo es una de ellas. Desde 2018, el SMI ha pasado de 736 euros mensuales a 1.221 en 2026. Un incremento nominal del 66% que permite al Gobierno presentar una de las transformaciones más visibles de su política laboral. El problema aparece cuando uno pregunta qué ha ocurrido con los salarios que estaban alrededor. La respuesta resulta bastante menos confortable: cada vez hay más trabajadores cobrando el mínimo o poco más que el mínimo .Los microdatos analizados por la AIReF , correspondientes a 2023 –cuando el SMI era de 1.080 euros–, permiten apreciar la magnitud del fenómeno. Aunque el mínimo ha seguido subiendo, no hay razones para pensar que la tendencia se haya invertido. En 2018, el 3,5% de los trabajadores cotizaba por la base mínima. Cinco años después eran el 7,4%. Más revelador todavía: quienes se encontraban hasta el 125% del SMI pasaron del 7,9% al 22,8%. Casi uno de cada cuatro trabajadores del régimen general quedó en esa estrecha franja.El SMI, por tanto, no sólo ha subido, se ha hecho más popular . Ha ido atrapando salarios. Y lo ha hecho, sobre todo, por extensión: la propia AIReF calcula que más del 80% del aumento en su indicador de intensidad del SMI en 2023 se explica por el crecimiento en el número de trabajadores afectados, no por la magnitud del ajuste salarial que requerían. No es que el mínimo golpee ahora con más fuerza a los mismos de siempre. Es que alcanza, cada año, a más gente. Esto no significa que elevarlo carezca de efectos positivos. Los trabajadores menos remunerados que conservan su empleo ganan más, y la mejora ha sido muy intensa en la parte baja de la distribución. Entre 2018 y 2023, el primer decil aumentó su remuneración un 13,5% por ciento en términos reales. El segundo, apenas un 3,7%. En el resto, los incrementos fueron inferiores al 2%. La base media sólo avanzó un 0,5% real.Ahí reside la paradoja. No estamos asistiendo a una escala salarial que se eleva peldaño a peldaño, sino a una compresión desde abajo. La AIReF observa que el valor más frecuente de la distribución salarial, claramente superior al SMI en 2018, había convergido hacia su entorno en 2023. Y existe un segundo problema. Cuanto más penetra el mínimo legal en la estructura salarial, más difícil resulta sostener que sus sucesivas subidas salen gratis . La AIReF calcula que el aumento del SMI de 2023 pudo traducirse en entre 55.000 y 85.000 afiliados menos. Eso no significa necesariamente que se destruyeran otros tantos puestos de trabajo: buena parte del efecto se produce porque empleos que podrían haberse creado simplemente no llegan a existir. La cuestión política debería haber cambiado hace tiempo. Ya no consiste en decidir si queremos salarios más altos. Naturalmente que sí. Consiste en preguntarse por qué la mejora salarial depende casi por entero del BOE. Un país próspero no es aquel donde el Gobierno eleva constantemente el salario mínimo. Es aquel donde productividad, inversión y competencia empresarial consiguen que cada vez menos ciudadanos tengan que cobrarlo. Medido así, quizá el gran éxito del SMI español consista precisamente en lo contrario de lo que se proclama: nunca había resultado tan fácil encontrar trabajadores a los que subírselo. Hay alzas que conviene observar de cerca. La del salario mínimo es una de ellas. Desde 2018, el SMI ha pasado de 736 euros mensuales a 1.221 en 2026. Un incremento nominal del 66% que permite al Gobierno presentar una de las transformaciones más visibles de su política laboral. El problema aparece cuando uno pregunta qué ha ocurrido con los salarios que estaban alrededor. La respuesta resulta bastante menos confortable: cada vez hay más trabajadores cobrando el mínimo o poco más que el mínimo .Los microdatos analizados por la AIReF , correspondientes a 2023 –cuando el SMI era de 1.080 euros–, permiten apreciar la magnitud del fenómeno. Aunque el mínimo ha seguido subiendo, no hay razones para pensar que la tendencia se haya invertido. En 2018, el 3,5% de los trabajadores cotizaba por la base mínima. Cinco años después eran el 7,4%. Más revelador todavía: quienes se encontraban hasta el 125% del SMI pasaron del 7,9% al 22,8%. Casi uno de cada cuatro trabajadores del régimen general quedó en esa estrecha franja.El SMI, por tanto, no sólo ha subido, se ha hecho más popular . Ha ido atrapando salarios. Y lo ha hecho, sobre todo, por extensión: la propia AIReF calcula que más del 80% del aumento en su indicador de intensidad del SMI en 2023 se explica por el crecimiento en el número de trabajadores afectados, no por la magnitud del ajuste salarial que requerían. No es que el mínimo golpee ahora con más fuerza a los mismos de siempre. Es que alcanza, cada año, a más gente. Esto no significa que elevarlo carezca de efectos positivos. Los trabajadores menos remunerados que conservan su empleo ganan más, y la mejora ha sido muy intensa en la parte baja de la distribución. Entre 2018 y 2023, el primer decil aumentó su remuneración un 13,5% por ciento en términos reales. El segundo, apenas un 3,7%. En el resto, los incrementos fueron inferiores al 2%. La base media sólo avanzó un 0,5% real.Ahí reside la paradoja. No estamos asistiendo a una escala salarial que se eleva peldaño a peldaño, sino a una compresión desde abajo. La AIReF observa que el valor más frecuente de la distribución salarial, claramente superior al SMI en 2018, había convergido hacia su entorno en 2023. Y existe un segundo problema. Cuanto más penetra el mínimo legal en la estructura salarial, más difícil resulta sostener que sus sucesivas subidas salen gratis . La AIReF calcula que el aumento del SMI de 2023 pudo traducirse en entre 55.000 y 85.000 afiliados menos. Eso no significa necesariamente que se destruyeran otros tantos puestos de trabajo: buena parte del efecto se produce porque empleos que podrían haberse creado simplemente no llegan a existir. La cuestión política debería haber cambiado hace tiempo. Ya no consiste en decidir si queremos salarios más altos. Naturalmente que sí. Consiste en preguntarse por qué la mejora salarial depende casi por entero del BOE. Un país próspero no es aquel donde el Gobierno eleva constantemente el salario mínimo. Es aquel donde productividad, inversión y competencia empresarial consiguen que cada vez menos ciudadanos tengan que cobrarlo. Medido así, quizá el gran éxito del SMI español consista precisamente en lo contrario de lo que se proclama: nunca había resultado tan fácil encontrar trabajadores a los que subírselo. RSS de noticias de economia
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