El reconocimiento del genocidio armenio, un paso que acaba de dar Israel, siempre ha sido mucho más que una cuestión de memoria histórica. Los Estados no reconocen genocidios solo porque, de pronto, descubran la verdad. La verdad estaba ahí. Los supervivientes hablaron durante décadas. La diáspora armenia empujó, escribió, presionó y recordó una y otra vez. Si el respeto a las víctimas hubiera bastado, el reconocimiento habría llegado hace mucho tiempo. Lo que cambia es el momento político: el coste de incomodar a Turquía y la utilidad de convertir una memoria ajena en un mensaje diplomático propio.
El reconocimiento del exterminio de 1915, reclamado durante décadas por los armenios, avanza muchas veces no cuando lo exige la memoria, sino cuando sirve para incomodar a Turquía. Israel es el último ejemplo
El reconocimiento del genocidio armenio, un paso que acaba de dar Israel, siempre ha sido mucho más que una cuestión de memoria histórica. Los Estados no reconocen genocidios solo porque, de pronto, descubran la verdad. La verdad estaba ahí. Los supervivientes hablaron durante décadas. La diáspora armenia empujó, escribió, presionó y recordó una y otra vez. Si el respeto a las víctimas hubiera bastado, el reconocimiento habría llegado hace mucho tiempo. Lo que cambia es el momento político: el coste de incomodar a Turquía y la utilidad de convertir una memoria ajena en un mensaje diplomático propio.
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