La economía del comportamiento también sirve para estudiar los éxitos y fracasos de la acción pública. Lo ocurrido en Ceuta no puede explicarse únicamente desde la política migratoria o el juego de poder con Marruecos. También constituye un caso casi de manual sobre cómo la arquitectura de las decisiones puede alterar el comportamiento de decenas de miles de personas cuando el Estado modifica, voluntaria o involuntariamente, los incentivos que perciben.La secuencia es conocida. Una sentencia del Tribunal Supremo estableció que el rechazo inmediato en frontera no podía aplicarse a quienes eran interceptados en el agua porque no habían superado un elemento físico de contención. El propio fallo apuntaba la solución jurídica: la existencia de un obstáculo marítimo permitiría activar ese régimen. Sin embargo, entre esa resolución y la instalación de la barrera flotante (el sábado 1 de agosto) transcurrieron más de treinta días. Ese intervalo terminó coincidiendo con una avalancha migratoria sin precedentes, decenas de fallecidos y una grave crisis política.Richard Thaler y Cass Sunstein popularizaron el concepto de ‘nudge’ (empujón): pequeños cambios en el entorno que modifican las decisiones sin eliminar la libertad de elegir . Su teoría descansa sobre los trabajos de Daniel Kahneman y Amos Tversky, quienes demostraron que los seres humanos no decidimos como calculadoras racionales, sino mediante atajos mentales, intuiciones y percepciones de riesgo profundamente imperfectas.Eso fue lo que ocurrió en Ceuta. La sentencia no legalizó la inmigración irregular. Pero sí alteró el ‘default’, la opción percibida como normal. La percepción pasó a ser otra: quien alcanzara la costa a nado tendría acceso, al menos, a un procedimiento administrativo ordinario. A ello se añadió uno de los fenómenos descritos por Kahneman y Tversky: la heurística de disponibilidad. Los potenciales migrantes no elaboran modelos estadísticos antes de lanzarse al mar. Observan lo que circula por WhatsApp, TikTok o Instagram y el cerebro concluye que las posibilidades de éxito son mucho mayores de lo que realmente son.En ese contexto, la ausencia de un elemento de contención no fue una mera omisión administrativa. También actuó como una señal. La economía del comportamiento enseña que el entorno comunica incluso cuando nadie habla. Una puerta abierta transmite un mensaje diferente al de una puerta cerrada; una frontera sin obstáculo visible también. Naturalmente, la barrera instalada posteriormente no constituye un ‘nudge’ en sentido estricto. Es un instrumento físico destinado a producir consecuencias jurídicas concretas. Pero precisamente por eso resulta más difícil entender la demora en instalarlo .La política suele debatirse como si solo importaran las grandes declaraciones. La economía conductual nos recuerda que las personas responden sobre todo a los incentivos que perciben . También quienes emprenden una travesía desesperada. Cuando el Estado modifica esos incentivos, aunque sea por omisión, está enviando señales. Y las señales, cuando afectan a miles de personas dispuestas a jugarse la vida, pueden terminar convirtiéndose en la diferencia entre la disuasión y la tragedia . La economía del comportamiento también sirve para estudiar los éxitos y fracasos de la acción pública. Lo ocurrido en Ceuta no puede explicarse únicamente desde la política migratoria o el juego de poder con Marruecos. También constituye un caso casi de manual sobre cómo la arquitectura de las decisiones puede alterar el comportamiento de decenas de miles de personas cuando el Estado modifica, voluntaria o involuntariamente, los incentivos que perciben.La secuencia es conocida. Una sentencia del Tribunal Supremo estableció que el rechazo inmediato en frontera no podía aplicarse a quienes eran interceptados en el agua porque no habían superado un elemento físico de contención. El propio fallo apuntaba la solución jurídica: la existencia de un obstáculo marítimo permitiría activar ese régimen. Sin embargo, entre esa resolución y la instalación de la barrera flotante (el sábado 1 de agosto) transcurrieron más de treinta días. Ese intervalo terminó coincidiendo con una avalancha migratoria sin precedentes, decenas de fallecidos y una grave crisis política.Richard Thaler y Cass Sunstein popularizaron el concepto de ‘nudge’ (empujón): pequeños cambios en el entorno que modifican las decisiones sin eliminar la libertad de elegir . Su teoría descansa sobre los trabajos de Daniel Kahneman y Amos Tversky, quienes demostraron que los seres humanos no decidimos como calculadoras racionales, sino mediante atajos mentales, intuiciones y percepciones de riesgo profundamente imperfectas.Eso fue lo que ocurrió en Ceuta. La sentencia no legalizó la inmigración irregular. Pero sí alteró el ‘default’, la opción percibida como normal. La percepción pasó a ser otra: quien alcanzara la costa a nado tendría acceso, al menos, a un procedimiento administrativo ordinario. A ello se añadió uno de los fenómenos descritos por Kahneman y Tversky: la heurística de disponibilidad. Los potenciales migrantes no elaboran modelos estadísticos antes de lanzarse al mar. Observan lo que circula por WhatsApp, TikTok o Instagram y el cerebro concluye que las posibilidades de éxito son mucho mayores de lo que realmente son.En ese contexto, la ausencia de un elemento de contención no fue una mera omisión administrativa. También actuó como una señal. La economía del comportamiento enseña que el entorno comunica incluso cuando nadie habla. Una puerta abierta transmite un mensaje diferente al de una puerta cerrada; una frontera sin obstáculo visible también. Naturalmente, la barrera instalada posteriormente no constituye un ‘nudge’ en sentido estricto. Es un instrumento físico destinado a producir consecuencias jurídicas concretas. Pero precisamente por eso resulta más difícil entender la demora en instalarlo .La política suele debatirse como si solo importaran las grandes declaraciones. La economía conductual nos recuerda que las personas responden sobre todo a los incentivos que perciben . También quienes emprenden una travesía desesperada. Cuando el Estado modifica esos incentivos, aunque sea por omisión, está enviando señales. Y las señales, cuando afectan a miles de personas dispuestas a jugarse la vida, pueden terminar convirtiéndose en la diferencia entre la disuasión y la tragedia . La economía del comportamiento también sirve para estudiar los éxitos y fracasos de la acción pública. Lo ocurrido en Ceuta no puede explicarse únicamente desde la política migratoria o el juego de poder con Marruecos. También constituye un caso casi de manual sobre cómo la arquitectura de las decisiones puede alterar el comportamiento de decenas de miles de personas cuando el Estado modifica, voluntaria o involuntariamente, los incentivos que perciben.La secuencia es conocida. Una sentencia del Tribunal Supremo estableció que el rechazo inmediato en frontera no podía aplicarse a quienes eran interceptados en el agua porque no habían superado un elemento físico de contención. El propio fallo apuntaba la solución jurídica: la existencia de un obstáculo marítimo permitiría activar ese régimen. Sin embargo, entre esa resolución y la instalación de la barrera flotante (el sábado 1 de agosto) transcurrieron más de treinta días. Ese intervalo terminó coincidiendo con una avalancha migratoria sin precedentes, decenas de fallecidos y una grave crisis política.Richard Thaler y Cass Sunstein popularizaron el concepto de ‘nudge’ (empujón): pequeños cambios en el entorno que modifican las decisiones sin eliminar la libertad de elegir . Su teoría descansa sobre los trabajos de Daniel Kahneman y Amos Tversky, quienes demostraron que los seres humanos no decidimos como calculadoras racionales, sino mediante atajos mentales, intuiciones y percepciones de riesgo profundamente imperfectas.Eso fue lo que ocurrió en Ceuta. La sentencia no legalizó la inmigración irregular. Pero sí alteró el ‘default’, la opción percibida como normal. La percepción pasó a ser otra: quien alcanzara la costa a nado tendría acceso, al menos, a un procedimiento administrativo ordinario. A ello se añadió uno de los fenómenos descritos por Kahneman y Tversky: la heurística de disponibilidad. Los potenciales migrantes no elaboran modelos estadísticos antes de lanzarse al mar. Observan lo que circula por WhatsApp, TikTok o Instagram y el cerebro concluye que las posibilidades de éxito son mucho mayores de lo que realmente son.En ese contexto, la ausencia de un elemento de contención no fue una mera omisión administrativa. También actuó como una señal. La economía del comportamiento enseña que el entorno comunica incluso cuando nadie habla. Una puerta abierta transmite un mensaje diferente al de una puerta cerrada; una frontera sin obstáculo visible también. Naturalmente, la barrera instalada posteriormente no constituye un ‘nudge’ en sentido estricto. Es un instrumento físico destinado a producir consecuencias jurídicas concretas. Pero precisamente por eso resulta más difícil entender la demora en instalarlo .La política suele debatirse como si solo importaran las grandes declaraciones. La economía conductual nos recuerda que las personas responden sobre todo a los incentivos que perciben . También quienes emprenden una travesía desesperada. Cuando el Estado modifica esos incentivos, aunque sea por omisión, está enviando señales. Y las señales, cuando afectan a miles de personas dispuestas a jugarse la vida, pueden terminar convirtiéndose en la diferencia entre la disuasión y la tragedia . RSS de noticias de economia
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