Cuando en 2019 una llamada de Juanma Moreno frustró sus vacaciones en Menorca, Jesús Aguirre (Córdoba, 70 años) no imaginaba que estaba a punto de convertirse en el capitán de la sanidad andaluza durante una tormenta perfecta: listeriosis, virus del Nilo y la irrupción descontrolada del covid-19. Siendo consejero de Salud (2019-2022), llegó a confesarse ante Salvador Illa como «Moisés, el de las plagas». Médico de familia casado con una doctora y padre de otra, el presidente saliente del Parlamento no toma una sola decisión sin consultar antes con la que él llama cariñosamente su «Capitanía General», su mujer. Ella comprende las renuncias de la vida pública, incluso cuando la oferta de una consejería arruinó los billetes para viajar a Baleares. Con un tono íntimo, divertido y reflexivo, Aguirre abre las puertas de su esfera personal y compara la compleja negociación con los portavoces de los partidos con la diplomacia directa y cotidiana de su hogar.—¿Le ha perdonado ya su mujer que la llamada de Juanma Moreno para ofrecerle ser consejero de Salud en 2019 frustrara su viaje a las Islas Baleares?—Era un viaje a Menorca, pero me devolvieron el dinero cuando presenté la certificación de que estaba de consejero. Por la fecha que marcamos, pues deberíamos tener una vida más de viaje. Pero, bueno, ella me comprende. Yo no tomo ninguna decisión sin consultar con Capitanía General.—¿Quiere decir con su mujer?—Cualquier cosa decisión que tome uno repercute directamente en el otro. Luego tiene que haber un consenso.—¿Le es más difícil ponerse de acuerdo con su mujer que con los portavoces de los partidos políticos?—No lo sé. Son líneas diferentes de actuación. Con los grupos políticos intento que ellos se pongan de acuerdo a través de la portavocía o las diferentes comisiones. Mi familia es un abordaje más directo.—¿Qué le enseñó la humilde sala de espera de un ambulatorio de pueblo sobre la condición humana que no haya aprendido en los despachos oficiales?—Todo. Sentar al paciente, decirle qué le pasa a usted, hablar con él, conseguir esa empatía. Eso es la esencia de la vida. Yo creo que un político es muy importante que pase por la Administración local. Pero si viene ya de una consulta de un médico de un pueblo, ya viene picardeado, ya sabe cómo hay que llevar al personal y cómo tiene que hablar. Cuando yo entré en política en el año 2008, desde 1979 estaba ya pasando consulta. Yo soy yo y mis circunstancias. Mi personalidad la empecé a formar cuando me dejé bigote porque tenía una cara de niño y mi mujer me decía: «Para que te tengan un poquito más de respeto en el pueblo y no vean que eres un niño, déjate el bigote». Y entonces me dejé el bigote. Pero sencillamente voy a intentar transmitir un poquito más. Ahí empecé yo. Me decía: «Niño, que don Jesús cura más que Jesús». Esas pequeñas cosas que se van aprendiendo son la vida. Gracias a mi aprendizaje en los pueblos, estoy hoy aquí.—¿Echa de menos volver a ponerse el fonendoscopio?—Me lo pongo. Mi mujer y mi niña son médicos. En mi familia hablamos de Medicina continuamente y la vivimos intensamente, la Medicina de Familia, de mirar al paciente a los ojos, de enterarte no solamente de lo que dice [el paciente] sino de todo el entorno. Ese tipo de Medicina vocacional me flipa. De esos polvos vienen estos lodos, mi temperamento, mi forma de hablar, que si el ‘culillo’, que si la jerga. Yo puedo decir en vez del culillo, los tres mililitros que quedan de la vacuna. Pero hablo para que la gente me entienda. En la consulta de mi pueblo, yo recuerdo que decían que te lo explique don Jesús que te enteras. Yo me acuerdo que en la pandemia, mucha gente, cuando salía en la televisión, decía a la familia: «Cállate, que de lo que dice éste, me entero», mientras otros hablaban que parecía que venían de la pata del Cid y no se enteraba nadie de lo que decían. Un político tiene que transmitir porque da confianza y credibilidad a la ciudadanía. —Su orden de rebañar los «culillos» de los viales de Pfizer para aprovechar la vacuna fue carne de meme, pero pudo salvar vidas. ¿Le duele que a menudo el debate político se quede con la caricatura del personaje en lugar de con los datos?—Eso fue un pelotazo. En la política pasa igual. Lo que tiene impacto mediático son las veces que sacamos los pies del plato. Cuando yo meto una gamba es cuando hay impacto. Pero las 32 leyes que hemos sacado en esta legislatura han sido a base de trabajo y eso sí que repercute. Yo me quedo no con la política del momento, sino con la del trabajo continuo de cuatro años de legislatura.«Lo de los ‘culillos’ de las vacunas fue un pelotazo. Lo que tiene impacto mediático son las veces que sacamos los pies del plato»—Durante la pandemia también aseguró que la cepa británica del covid estaba entrando en Andalucía «como un elefante en una cacharrería».—Nos estamos yendo ahora mismo a diciembre del año 2020. La ómicron entró por Gibraltar. Entonces me acuerdo que llamé al alcalde de Algeciras y al de la Línea y bloqueé toda la zona aquella. Yo sabía que la cepa iba a entrar, pero mientras más tardara, menos se colapsaba el hospital. —Si hoy pudiera viajar en el tiempo hasta marzo de 2020 con todo el saber científico que hemos acumulado, ¿qué decisión sanitaria o política cambiaría?—No teníamos ni idea. A mí me habían dicho que era una gripe distinguida. La información que llegaba de China era sesgada. Cuando ya empezó a llegarnos la información del norte de Italia, de la parte de Milán, vimos de que esto de gripe distinguida, nada. No sabíamos si era positivo ponerse mascarilla. Empezamos a tratarla con cloroquina, que no servía para nada. Entonces no se llamaba covid, era el virus de Wuhan. Andalucía fue muy proactiva. Yo me acuerdo que el 27 de enero del año 2020 no había ningún caso de un virus de en Andalucía y yo puse en marcha el grupo asesor del coronavirus con la sociedad científica. Me llamaron de Madrid y me dijeron: «Estás creando una alarma social». Había que tomar decisiones, salvar vidas. Al final murieron 14.000 andaluces a los que no les tocaba morirse.—Listeriosis, virus del Nilo y covid, las tres plagas bíblicas las llamó. ¿En algún momento pensó «no puedo más»?—Recuerdo que estando con mi mujer en el coche, me llamó Salvador Illa [entonces ministro de Sanidad] y le dije que teníamos informes del CSIC que mostraban la existencia del virus del Nilo desde hace muchos años. Había encefalitis con fallecimiento en la zona de Sevilla y no se sabía por qué. El virus del mono, el coronavirus, el virus del Nilo y yo le dije: «Salvador, a mí me llaman Moisés el de las plagas». Pero lo abordamos. Estábamos preparados. El tema de la salud pública era muy, muy importante.«El hecho de que haya demora en las listas de espera hace que haya muchas peticiones de los ciudadanos que no se pueden solventar»—¿Qué le piden los ciudadanos cuando se acercan a usted?—Tengo muchas llamadas de corte sanitario, muchísimas. El hecho de que haya demora en listas de espera hace que haya muchas peticiones de ese tipo, las cuales no se pueden solventar porque la lista es la que hay. —¿Ha visto al fantasma de sor Úrsula en el Parlamento?—Yo me acuerdo cuando llegué sor Úrsula, una monja del final del siglo XVIII, era toda una institución. Se dice que su fantasma estaba por aquí. Yo por si sí o por si no, cuando abro un puerta le cedo el paso siempre de forma muy caballerosa. Cuando en 2019 una llamada de Juanma Moreno frustró sus vacaciones en Menorca, Jesús Aguirre (Córdoba, 70 años) no imaginaba que estaba a punto de convertirse en el capitán de la sanidad andaluza durante una tormenta perfecta: listeriosis, virus del Nilo y la irrupción descontrolada del covid-19. Siendo consejero de Salud (2019-2022), llegó a confesarse ante Salvador Illa como «Moisés, el de las plagas». Médico de familia casado con una doctora y padre de otra, el presidente saliente del Parlamento no toma una sola decisión sin consultar antes con la que él llama cariñosamente su «Capitanía General», su mujer. Ella comprende las renuncias de la vida pública, incluso cuando la oferta de una consejería arruinó los billetes para viajar a Baleares. Con un tono íntimo, divertido y reflexivo, Aguirre abre las puertas de su esfera personal y compara la compleja negociación con los portavoces de los partidos con la diplomacia directa y cotidiana de su hogar.—¿Le ha perdonado ya su mujer que la llamada de Juanma Moreno para ofrecerle ser consejero de Salud en 2019 frustrara su viaje a las Islas Baleares?—Era un viaje a Menorca, pero me devolvieron el dinero cuando presenté la certificación de que estaba de consejero. Por la fecha que marcamos, pues deberíamos tener una vida más de viaje. Pero, bueno, ella me comprende. Yo no tomo ninguna decisión sin consultar con Capitanía General.—¿Quiere decir con su mujer?—Cualquier cosa decisión que tome uno repercute directamente en el otro. Luego tiene que haber un consenso.—¿Le es más difícil ponerse de acuerdo con su mujer que con los portavoces de los partidos políticos?—No lo sé. Son líneas diferentes de actuación. Con los grupos políticos intento que ellos se pongan de acuerdo a través de la portavocía o las diferentes comisiones. Mi familia es un abordaje más directo.—¿Qué le enseñó la humilde sala de espera de un ambulatorio de pueblo sobre la condición humana que no haya aprendido en los despachos oficiales?—Todo. Sentar al paciente, decirle qué le pasa a usted, hablar con él, conseguir esa empatía. Eso es la esencia de la vida. Yo creo que un político es muy importante que pase por la Administración local. Pero si viene ya de una consulta de un médico de un pueblo, ya viene picardeado, ya sabe cómo hay que llevar al personal y cómo tiene que hablar. Cuando yo entré en política en el año 2008, desde 1979 estaba ya pasando consulta. Yo soy yo y mis circunstancias. Mi personalidad la empecé a formar cuando me dejé bigote porque tenía una cara de niño y mi mujer me decía: «Para que te tengan un poquito más de respeto en el pueblo y no vean que eres un niño, déjate el bigote». Y entonces me dejé el bigote. Pero sencillamente voy a intentar transmitir un poquito más. Ahí empecé yo. Me decía: «Niño, que don Jesús cura más que Jesús». Esas pequeñas cosas que se van aprendiendo son la vida. Gracias a mi aprendizaje en los pueblos, estoy hoy aquí.—¿Echa de menos volver a ponerse el fonendoscopio?—Me lo pongo. Mi mujer y mi niña son médicos. En mi familia hablamos de Medicina continuamente y la vivimos intensamente, la Medicina de Familia, de mirar al paciente a los ojos, de enterarte no solamente de lo que dice [el paciente] sino de todo el entorno. Ese tipo de Medicina vocacional me flipa. De esos polvos vienen estos lodos, mi temperamento, mi forma de hablar, que si el ‘culillo’, que si la jerga. Yo puedo decir en vez del culillo, los tres mililitros que quedan de la vacuna. Pero hablo para que la gente me entienda. En la consulta de mi pueblo, yo recuerdo que decían que te lo explique don Jesús que te enteras. Yo me acuerdo que en la pandemia, mucha gente, cuando salía en la televisión, decía a la familia: «Cállate, que de lo que dice éste, me entero», mientras otros hablaban que parecía que venían de la pata del Cid y no se enteraba nadie de lo que decían. Un político tiene que transmitir porque da confianza y credibilidad a la ciudadanía. —Su orden de rebañar los «culillos» de los viales de Pfizer para aprovechar la vacuna fue carne de meme, pero pudo salvar vidas. ¿Le duele que a menudo el debate político se quede con la caricatura del personaje en lugar de con los datos?—Eso fue un pelotazo. En la política pasa igual. Lo que tiene impacto mediático son las veces que sacamos los pies del plato. Cuando yo meto una gamba es cuando hay impacto. Pero las 32 leyes que hemos sacado en esta legislatura han sido a base de trabajo y eso sí que repercute. Yo me quedo no con la política del momento, sino con la del trabajo continuo de cuatro años de legislatura.«Lo de los ‘culillos’ de las vacunas fue un pelotazo. Lo que tiene impacto mediático son las veces que sacamos los pies del plato»—Durante la pandemia también aseguró que la cepa británica del covid estaba entrando en Andalucía «como un elefante en una cacharrería».—Nos estamos yendo ahora mismo a diciembre del año 2020. La ómicron entró por Gibraltar. Entonces me acuerdo que llamé al alcalde de Algeciras y al de la Línea y bloqueé toda la zona aquella. Yo sabía que la cepa iba a entrar, pero mientras más tardara, menos se colapsaba el hospital. —Si hoy pudiera viajar en el tiempo hasta marzo de 2020 con todo el saber científico que hemos acumulado, ¿qué decisión sanitaria o política cambiaría?—No teníamos ni idea. A mí me habían dicho que era una gripe distinguida. La información que llegaba de China era sesgada. Cuando ya empezó a llegarnos la información del norte de Italia, de la parte de Milán, vimos de que esto de gripe distinguida, nada. No sabíamos si era positivo ponerse mascarilla. Empezamos a tratarla con cloroquina, que no servía para nada. Entonces no se llamaba covid, era el virus de Wuhan. Andalucía fue muy proactiva. Yo me acuerdo que el 27 de enero del año 2020 no había ningún caso de un virus de en Andalucía y yo puse en marcha el grupo asesor del coronavirus con la sociedad científica. Me llamaron de Madrid y me dijeron: «Estás creando una alarma social». Había que tomar decisiones, salvar vidas. Al final murieron 14.000 andaluces a los que no les tocaba morirse.—Listeriosis, virus del Nilo y covid, las tres plagas bíblicas las llamó. ¿En algún momento pensó «no puedo más»?—Recuerdo que estando con mi mujer en el coche, me llamó Salvador Illa [entonces ministro de Sanidad] y le dije que teníamos informes del CSIC que mostraban la existencia del virus del Nilo desde hace muchos años. Había encefalitis con fallecimiento en la zona de Sevilla y no se sabía por qué. El virus del mono, el coronavirus, el virus del Nilo y yo le dije: «Salvador, a mí me llaman Moisés el de las plagas». Pero lo abordamos. Estábamos preparados. El tema de la salud pública era muy, muy importante.«El hecho de que haya demora en las listas de espera hace que haya muchas peticiones de los ciudadanos que no se pueden solventar»—¿Qué le piden los ciudadanos cuando se acercan a usted?—Tengo muchas llamadas de corte sanitario, muchísimas. El hecho de que haya demora en listas de espera hace que haya muchas peticiones de ese tipo, las cuales no se pueden solventar porque la lista es la que hay. —¿Ha visto al fantasma de sor Úrsula en el Parlamento?—Yo me acuerdo cuando llegué sor Úrsula, una monja del final del siglo XVIII, era toda una institución. Se dice que su fantasma estaba por aquí. Yo por si sí o por si no, cuando abro un puerta le cedo el paso siempre de forma muy caballerosa. Cuando en 2019 una llamada de Juanma Moreno frustró sus vacaciones en Menorca, Jesús Aguirre (Córdoba, 70 años) no imaginaba que estaba a punto de convertirse en el capitán de la sanidad andaluza durante una tormenta perfecta: listeriosis, virus del Nilo y la irrupción descontrolada del covid-19. Siendo consejero de Salud (2019-2022), llegó a confesarse ante Salvador Illa como «Moisés, el de las plagas». Médico de familia casado con una doctora y padre de otra, el presidente saliente del Parlamento no toma una sola decisión sin consultar antes con la que él llama cariñosamente su «Capitanía General», su mujer. Ella comprende las renuncias de la vida pública, incluso cuando la oferta de una consejería arruinó los billetes para viajar a Baleares. Con un tono íntimo, divertido y reflexivo, Aguirre abre las puertas de su esfera personal y compara la compleja negociación con los portavoces de los partidos con la diplomacia directa y cotidiana de su hogar.—¿Le ha perdonado ya su mujer que la llamada de Juanma Moreno para ofrecerle ser consejero de Salud en 2019 frustrara su viaje a las Islas Baleares?—Era un viaje a Menorca, pero me devolvieron el dinero cuando presenté la certificación de que estaba de consejero. Por la fecha que marcamos, pues deberíamos tener una vida más de viaje. Pero, bueno, ella me comprende. Yo no tomo ninguna decisión sin consultar con Capitanía General.—¿Quiere decir con su mujer?—Cualquier cosa decisión que tome uno repercute directamente en el otro. Luego tiene que haber un consenso.—¿Le es más difícil ponerse de acuerdo con su mujer que con los portavoces de los partidos políticos?—No lo sé. Son líneas diferentes de actuación. Con los grupos políticos intento que ellos se pongan de acuerdo a través de la portavocía o las diferentes comisiones. Mi familia es un abordaje más directo.—¿Qué le enseñó la humilde sala de espera de un ambulatorio de pueblo sobre la condición humana que no haya aprendido en los despachos oficiales?—Todo. Sentar al paciente, decirle qué le pasa a usted, hablar con él, conseguir esa empatía. Eso es la esencia de la vida. Yo creo que un político es muy importante que pase por la Administración local. Pero si viene ya de una consulta de un médico de un pueblo, ya viene picardeado, ya sabe cómo hay que llevar al personal y cómo tiene que hablar. Cuando yo entré en política en el año 2008, desde 1979 estaba ya pasando consulta. Yo soy yo y mis circunstancias. Mi personalidad la empecé a formar cuando me dejé bigote porque tenía una cara de niño y mi mujer me decía: «Para que te tengan un poquito más de respeto en el pueblo y no vean que eres un niño, déjate el bigote». Y entonces me dejé el bigote. Pero sencillamente voy a intentar transmitir un poquito más. Ahí empecé yo. Me decía: «Niño, que don Jesús cura más que Jesús». Esas pequeñas cosas que se van aprendiendo son la vida. Gracias a mi aprendizaje en los pueblos, estoy hoy aquí.—¿Echa de menos volver a ponerse el fonendoscopio?—Me lo pongo. Mi mujer y mi niña son médicos. En mi familia hablamos de Medicina continuamente y la vivimos intensamente, la Medicina de Familia, de mirar al paciente a los ojos, de enterarte no solamente de lo que dice [el paciente] sino de todo el entorno. Ese tipo de Medicina vocacional me flipa. De esos polvos vienen estos lodos, mi temperamento, mi forma de hablar, que si el ‘culillo’, que si la jerga. Yo puedo decir en vez del culillo, los tres mililitros que quedan de la vacuna. Pero hablo para que la gente me entienda. En la consulta de mi pueblo, yo recuerdo que decían que te lo explique don Jesús que te enteras. Yo me acuerdo que en la pandemia, mucha gente, cuando salía en la televisión, decía a la familia: «Cállate, que de lo que dice éste, me entero», mientras otros hablaban que parecía que venían de la pata del Cid y no se enteraba nadie de lo que decían. Un político tiene que transmitir porque da confianza y credibilidad a la ciudadanía. —Su orden de rebañar los «culillos» de los viales de Pfizer para aprovechar la vacuna fue carne de meme, pero pudo salvar vidas. ¿Le duele que a menudo el debate político se quede con la caricatura del personaje en lugar de con los datos?—Eso fue un pelotazo. En la política pasa igual. Lo que tiene impacto mediático son las veces que sacamos los pies del plato. Cuando yo meto una gamba es cuando hay impacto. Pero las 32 leyes que hemos sacado en esta legislatura han sido a base de trabajo y eso sí que repercute. Yo me quedo no con la política del momento, sino con la del trabajo continuo de cuatro años de legislatura.«Lo de los ‘culillos’ de las vacunas fue un pelotazo. Lo que tiene impacto mediático son las veces que sacamos los pies del plato»—Durante la pandemia también aseguró que la cepa británica del covid estaba entrando en Andalucía «como un elefante en una cacharrería».—Nos estamos yendo ahora mismo a diciembre del año 2020. La ómicron entró por Gibraltar. Entonces me acuerdo que llamé al alcalde de Algeciras y al de la Línea y bloqueé toda la zona aquella. Yo sabía que la cepa iba a entrar, pero mientras más tardara, menos se colapsaba el hospital. —Si hoy pudiera viajar en el tiempo hasta marzo de 2020 con todo el saber científico que hemos acumulado, ¿qué decisión sanitaria o política cambiaría?—No teníamos ni idea. A mí me habían dicho que era una gripe distinguida. La información que llegaba de China era sesgada. Cuando ya empezó a llegarnos la información del norte de Italia, de la parte de Milán, vimos de que esto de gripe distinguida, nada. No sabíamos si era positivo ponerse mascarilla. Empezamos a tratarla con cloroquina, que no servía para nada. Entonces no se llamaba covid, era el virus de Wuhan. Andalucía fue muy proactiva. Yo me acuerdo que el 27 de enero del año 2020 no había ningún caso de un virus de en Andalucía y yo puse en marcha el grupo asesor del coronavirus con la sociedad científica. Me llamaron de Madrid y me dijeron: «Estás creando una alarma social». Había que tomar decisiones, salvar vidas. Al final murieron 14.000 andaluces a los que no les tocaba morirse.—Listeriosis, virus del Nilo y covid, las tres plagas bíblicas las llamó. ¿En algún momento pensó «no puedo más»?—Recuerdo que estando con mi mujer en el coche, me llamó Salvador Illa [entonces ministro de Sanidad] y le dije que teníamos informes del CSIC que mostraban la existencia del virus del Nilo desde hace muchos años. Había encefalitis con fallecimiento en la zona de Sevilla y no se sabía por qué. El virus del mono, el coronavirus, el virus del Nilo y yo le dije: «Salvador, a mí me llaman Moisés el de las plagas». Pero lo abordamos. Estábamos preparados. El tema de la salud pública era muy, muy importante.«El hecho de que haya demora en las listas de espera hace que haya muchas peticiones de los ciudadanos que no se pueden solventar»—¿Qué le piden los ciudadanos cuando se acercan a usted?—Tengo muchas llamadas de corte sanitario, muchísimas. El hecho de que haya demora en listas de espera hace que haya muchas peticiones de ese tipo, las cuales no se pueden solventar porque la lista es la que hay. —¿Ha visto al fantasma de sor Úrsula en el Parlamento?—Yo me acuerdo cuando llegué sor Úrsula, una monja del final del siglo XVIII, era toda una institución. Se dice que su fantasma estaba por aquí. Yo por si sí o por si no, cuando abro un puerta le cedo el paso siempre de forma muy caballerosa. RSS de noticias de espana/andalucia
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