Georg Simmel, sociólogo alemán no necesariamente rico, definió los límites de la modernidad desde el puntual análisis de algo tan indefinible y líquido como el dinero. El dinero fluidifica todo lo que toca y lo convierte en materia intercambiable. El dinero unifica. El dinero hace desaparecer los rasgos identificables y únicos de lo distinto. El dinero posee la virtud de extender y diversificar las relaciones humanas a la vez que excluye todo lo personal y específico, todo lo sólido. Y, pese a ello, prodigios de la contradicción monetaria, nada tan metafórica, machista y obscenamente duro (con perdón) como el dinero. Un buen católico sabe que el dinero es pecado, que de dinero no se habla en la mesa, que el dinero no es marca de nobleza. Pero también sabe que el dinero es la puerta más directa de entrada en el cielo, que es él el que abastece la mesa y que sin dinero no hay título nobiliario que se mantenga.
El escándalo alrededor de Liliane Bettencourt da para una farsa desequilibrada que no encuentra su sitio entre la crónica rosa y la fábula moral
Georg Simmel, sociólogo alemán no necesariamente rico, definió los límites de la modernidad desde el puntual análisis de algo tan indefinible y líquido como el dinero. El dinero fluidifica todo lo que toca y lo convierte en materia intercambiable. El dinero unifica. El dinero hace desaparecer los rasgos identificables y únicos de lo distinto. El dinero posee la virtud de extender y diversificar las relaciones humanas a la vez que excluye todo lo personal y específico, todo lo sólido. Y, pese a ello, prodigios de la contradicción monetaria, nada tan metafórica, machista y obscenamente duro (con perdón) como el dinero. Un buen católico sabe que el dinero es pecado, que de dinero no se habla en la mesa, que el dinero no es marca de nobleza. Pero también sabe que el dinero es la puerta más directa de entrada en el cielo, que es él el que abastece la mesa y que sin dinero no hay título nobiliario que se mantenga.
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