A un lado la incomprensible no-traducción del título que ha viajado desde el original Dead Man’s Wire al mucho más castizo, español e identificable Prime Crime: A True Story, el regreso de Gus Van Sant a sus fueros más reconocibles, violentos y críticos, después del melodrama sobón al servicio de Joaquin Phoenix No te preocupes, no llegará lejosa pie, trae consigo una noticia buena y una mala. La buena es el simple hecho de que el director de obras capitales como Todo por un sueño, Elephant o, apurando, Paranoid Park vuelve y eso ya es de por sí un motivo de celebración. De nuevo, su mirada siempre ácida sobre una sociedad, la nuestra, herida y enferma de pesadillas como la soledad, la perversión de los medios de comunicación y la arrogancia criminal de los poderosos se revela como una provocación desesperada y muy cruda. La mala noticia viene provocada, precisamente, por ese mismo deseo, ahora ansia, de volver. Se diría que que el pulso calculadamente incómodo, casi silencioso, de sus mejores trabajos ahora es una celebración de la cacofonía entre el estruendo y el simple ruido. La provocación, decíamos, está ahí, pero lo está de manera tan descarada y evidente que agota.
El director de obras capitales como Elephant vuelve a su registro más identificable con un thriller alocado entre la revelación y el simple caos
A un lado la incomprensible no-traducción del título que ha viajado desde el original Dead Man’s Wire al mucho más castizo, español e identificable Prime Crime: A True Story, el regreso de Gus Van Sant a sus fueros más reconocibles, violentos y críticos, después del melodrama sobón al servicio de Joaquin Phoenix No te preocupes, no llegará lejosa pie, trae consigo una noticia buena y una mala. La buena es el simple hecho de que el director de obras capitales como Todo por un sueño, Elephant o, apurando, Paranoid Park vuelve y eso ya es de por sí un motivo de celebración. De nuevo, su mirada siempre ácida sobre una sociedad, la nuestra, herida y enferma de pesadillas como la soledad, la perversión de los medios de comunicación y la arrogancia criminal de los poderosos se revela como una provocación desesperada y muy cruda. La mala noticia viene provocada, precisamente, por ese mismo deseo, ahora ansia, de volver. Se diría que que el pulso calculadamente incómodo, casi silencioso, de sus mejores trabajos ahora es una celebración de la cacofonía entre el estruendo y el simple ruido. La provocación, decíamos, está ahí, pero lo está de manera tan descarada y evidente que agota.
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