El destino suele escribir las peores tragedias con renglones torcidos. Sin piedad y sin contemplaciones. Un día estás tan tranquilo en mitad del campo, en el Levante de Almería, dentro de un paisaje en el que, según el imaginario español, se tiende a creer que nunca pasa nada (el pueblo situado en la zona cero de la catástrofe tiene poco más de tres mil habitantes), igual que en Fargo, la película de los hermanos Cohen, pero sin nieve, y de repente un fuego súbito y abrasador aparece a las puertas de tu casa para llevarte al infierno.
Un cable eléctrico que cae al suelo y calcina, igual que el dedo del Dios hebreo en el monte Sinaí, una zona de matorrales bajos, secos y olvidados
El destino suele escribir las peores tragedias con renglones torcidos. Sin piedad y sin contemplaciones. Un día estás tan tranquilo en mitad del campo, en el Levante de Almería, dentro de un paisaje en el que, según el imaginario español, se tiende a creer que nunca pasa nada (el pueblo situado en la zona cero de la catástrofe tiene poco más de tres mil habitantes), igual que en Fargo, la película de los hermanos Cohen, pero sin nieve, y de repente un fuego súbito y abrasador aparece a las puertas de tu casa para llevarte al infierno.
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