Como crítico había recorrido la Bienal de Venecia. Estaba metido en un berenjenal y, lo peor de todo, es que ni siquiera sabía qué significaba esa expresión o si era intercambiable por la sapiencia agrario proverbial de que no hay que pedirle peras al olmo. Con tal mareo, a la manera de la perdiz, intenté camuflar el vértigo del sinsentido con toda clase de palabros, confiando en el poder vigorizante de las esdrújulas. Al menos podría jactarme de poder pronunciar sin trabucarme expresiones rizomáticas como ‘desterritorialización’ o ‘fármaco-porno-político’. Poco importa que aquellos desatinos terminológicos taparan menos la indigencia que la capa del hidalgo del ‘Lazarillo’, especialmente cuando no estaba dispuesto a parecer un idiota pluscuamperfecto en los latifundios colonizados por aquellos que hablan ‘latín internacional de discoteca’. El pasmo y la indignación en el patatal, sigo con el recurso apetitoso de las hortalizas, frente a las ‘notas menores’ de la Bienal de Venecia impulsó una reactivación esquizoanalítica aunque, tal vez, habría sido más oportuno ingerir un analgésico o el trasiego de un Aperol spritz (elixir de rigor para sobrellevar la sudada casi a la manera de Camacho en el banquillo) que ha desbancado al Bellini coctelero y pictórico-academizante. No entendía nada de nada y acaso esa fuera la reacción razonable en medio la cacofonía circundante. Pero, de ninguna manera, podía refrenar la impetuosidad charlatanística como si hubiera tenido un don de lenguas a la manera de aquellos dubitativos apóstoles que incluso tuvieron que meter literalmente el dedo en la llaga.De nada servía la evocación del sermón lacrimógeno o lluvioso del replicante de ‘Blade Runner’, lo que había visto era el colmo de lo pedestre: bebés con códigos QR en sus partes pudendas que permitían leer poemas en el Pabellón del Japón, porno-stars hipersiliconadas que, en una clave distópica y acalorada, planteaban una reproducción espermática en tiempos frígidos en clave danesa, una discoteca griega donde Platón era mancillado impunemente, un badajo austriaco encarnado por una ‘performer’ en pelotas, un maremágnum chino con videojuegos para la chiquillada o un montón de postales alicatando los muros del espacio de España como si nuestra cosa siguiera siendo ‘different’. Mi heroica misión era plantar cara al despropósito sin degenerar como un ‘performer’El discurso curatorial (suena muy imponente cuando, en realidad, no es otra cosa que un ensamblaje de topicazos y arbitrariedad) parecía buscar ‘claves menores’, materializándose en un estratégico afán de canonizar lo marginal. No es, ni mucho menos, algo apto para todos los estómagos: el peregrino tiene que haber realizado todos los ejercicios ‘espiritistas’ oportunos para no desesperarse o mearse de la risa ante la acumulación de patrañas, basurillas y otras sandeces propias del ‘clan del artisteo’.Puede que fuera la sobredosis de cartonaje lo que me llevó a convertirme en un clon del deleznable tiparraco que hace vídeos en YouTube en los que amenaza con ‘empaquetar’ a gente por la calle. Tanto pedestal ‘reciclable’ se me atragantó. En el Arsenal, tras seis horas peripatéticas, experimenté una epifanía: todo era un complot para destruir el sacrosanto arte, «nada es verdad y todo está permitido», llegué a sospechar que Tobias Hessen era el responsable de este desaguisado. Cuando me topé con unas pinturas patateras, perpetradas por una artista canadiense con su biografía marginal perfectamente compuesta, sentí una llamada propia de la Marina. Mi heroica misión era plantar cara al despropósito sin degenerar como un ‘performer’. La cosa no era, como los pocos ‘iluminati’ que sobrevivan en esta inmundicia cultural saben, ni mucho menos moco de pavo.Dejé pasar a la comitiva familiar que iba a estricto paso de tortuga y ejecuté mi hermético acto de crítica materialista al disparate bienalizante. Me inspiraba una frase de Adorno que es todo menos ornamental: «¡La postura adecuada del arte sería con los ojos cerrados y los dientes apretados!». Así, de forma perogrullesca, me planté junto a unos cuadritos infames colgados de cables que hacían que todo pareciera un homenaje a las salas de exposiciones más casposas de los pueblos de cuyos nombres no quiero acordarme. Apenas habían pasado dos minutos (para mí se hicieron, no exagero, eternos, llegando a dolerme los dientes horrendos que tengo) cuando una mano ‘mediadora’ intentó sacarme de mi ofuscación. Escuché, desde mi estado proto-marmolizado, la frase «Non si deve fare questo», a la que yo, sin cambiar mi ‘adorniana’ y metacrítica actitud, respondí: «Arto estas feko». Aguardé alguna réplica y entré en una dimensión equivalente a los cuatro minutos y medio de silencio-resonante de Cage. La cosa no podía quedar así, era absolutamente inaceptable que me dieran la callada por respuesta. Grité de nuevo lo mismo sin que los efectos fueran otros que lo que puedo calificar como ‘morbidez acusmática’. Resulta que, con tanta globalización y descolonizaciones, todos esos estetas del batiburrillo eran incapaces de entender el esperanto. Había nombrado la mismísima mierda en el territorio de la sublimación escatológica, estaba atrapado en el pantano, soñando con el ‘acqua alta’ que podría ahogar estas inmundicias. «Calma, buen hombre» , me susurró un buen samaritano extraviado también en esa selva oscura de la pseudo-cultura post-dantesca. «Tenga cuidado con la cabeza», añadió con la ancestral astucia de un gondolero. Esos piratas venecianos, maestros del remo y la fórcola que sacan las mantecas de los turistas atolondrados, son, no tengo ninguna duda, los anhelados curadores del futuro. Ellos nos librarán de las cantinelas ‘menores’ y hasta evitarán que tengamos nostalgia del abuelo de Heidi. Como crítico había recorrido la Bienal de Venecia. Estaba metido en un berenjenal y, lo peor de todo, es que ni siquiera sabía qué significaba esa expresión o si era intercambiable por la sapiencia agrario proverbial de que no hay que pedirle peras al olmo. Con tal mareo, a la manera de la perdiz, intenté camuflar el vértigo del sinsentido con toda clase de palabros, confiando en el poder vigorizante de las esdrújulas. Al menos podría jactarme de poder pronunciar sin trabucarme expresiones rizomáticas como ‘desterritorialización’ o ‘fármaco-porno-político’. Poco importa que aquellos desatinos terminológicos taparan menos la indigencia que la capa del hidalgo del ‘Lazarillo’, especialmente cuando no estaba dispuesto a parecer un idiota pluscuamperfecto en los latifundios colonizados por aquellos que hablan ‘latín internacional de discoteca’. El pasmo y la indignación en el patatal, sigo con el recurso apetitoso de las hortalizas, frente a las ‘notas menores’ de la Bienal de Venecia impulsó una reactivación esquizoanalítica aunque, tal vez, habría sido más oportuno ingerir un analgésico o el trasiego de un Aperol spritz (elixir de rigor para sobrellevar la sudada casi a la manera de Camacho en el banquillo) que ha desbancado al Bellini coctelero y pictórico-academizante. No entendía nada de nada y acaso esa fuera la reacción razonable en medio la cacofonía circundante. Pero, de ninguna manera, podía refrenar la impetuosidad charlatanística como si hubiera tenido un don de lenguas a la manera de aquellos dubitativos apóstoles que incluso tuvieron que meter literalmente el dedo en la llaga.De nada servía la evocación del sermón lacrimógeno o lluvioso del replicante de ‘Blade Runner’, lo que había visto era el colmo de lo pedestre: bebés con códigos QR en sus partes pudendas que permitían leer poemas en el Pabellón del Japón, porno-stars hipersiliconadas que, en una clave distópica y acalorada, planteaban una reproducción espermática en tiempos frígidos en clave danesa, una discoteca griega donde Platón era mancillado impunemente, un badajo austriaco encarnado por una ‘performer’ en pelotas, un maremágnum chino con videojuegos para la chiquillada o un montón de postales alicatando los muros del espacio de España como si nuestra cosa siguiera siendo ‘different’. Mi heroica misión era plantar cara al despropósito sin degenerar como un ‘performer’El discurso curatorial (suena muy imponente cuando, en realidad, no es otra cosa que un ensamblaje de topicazos y arbitrariedad) parecía buscar ‘claves menores’, materializándose en un estratégico afán de canonizar lo marginal. No es, ni mucho menos, algo apto para todos los estómagos: el peregrino tiene que haber realizado todos los ejercicios ‘espiritistas’ oportunos para no desesperarse o mearse de la risa ante la acumulación de patrañas, basurillas y otras sandeces propias del ‘clan del artisteo’.Puede que fuera la sobredosis de cartonaje lo que me llevó a convertirme en un clon del deleznable tiparraco que hace vídeos en YouTube en los que amenaza con ‘empaquetar’ a gente por la calle. Tanto pedestal ‘reciclable’ se me atragantó. En el Arsenal, tras seis horas peripatéticas, experimenté una epifanía: todo era un complot para destruir el sacrosanto arte, «nada es verdad y todo está permitido», llegué a sospechar que Tobias Hessen era el responsable de este desaguisado. Cuando me topé con unas pinturas patateras, perpetradas por una artista canadiense con su biografía marginal perfectamente compuesta, sentí una llamada propia de la Marina. Mi heroica misión era plantar cara al despropósito sin degenerar como un ‘performer’. La cosa no era, como los pocos ‘iluminati’ que sobrevivan en esta inmundicia cultural saben, ni mucho menos moco de pavo.Dejé pasar a la comitiva familiar que iba a estricto paso de tortuga y ejecuté mi hermético acto de crítica materialista al disparate bienalizante. Me inspiraba una frase de Adorno que es todo menos ornamental: «¡La postura adecuada del arte sería con los ojos cerrados y los dientes apretados!». Así, de forma perogrullesca, me planté junto a unos cuadritos infames colgados de cables que hacían que todo pareciera un homenaje a las salas de exposiciones más casposas de los pueblos de cuyos nombres no quiero acordarme. Apenas habían pasado dos minutos (para mí se hicieron, no exagero, eternos, llegando a dolerme los dientes horrendos que tengo) cuando una mano ‘mediadora’ intentó sacarme de mi ofuscación. Escuché, desde mi estado proto-marmolizado, la frase «Non si deve fare questo», a la que yo, sin cambiar mi ‘adorniana’ y metacrítica actitud, respondí: «Arto estas feko». Aguardé alguna réplica y entré en una dimensión equivalente a los cuatro minutos y medio de silencio-resonante de Cage. La cosa no podía quedar así, era absolutamente inaceptable que me dieran la callada por respuesta. Grité de nuevo lo mismo sin que los efectos fueran otros que lo que puedo calificar como ‘morbidez acusmática’. Resulta que, con tanta globalización y descolonizaciones, todos esos estetas del batiburrillo eran incapaces de entender el esperanto. Había nombrado la mismísima mierda en el territorio de la sublimación escatológica, estaba atrapado en el pantano, soñando con el ‘acqua alta’ que podría ahogar estas inmundicias. «Calma, buen hombre» , me susurró un buen samaritano extraviado también en esa selva oscura de la pseudo-cultura post-dantesca. «Tenga cuidado con la cabeza», añadió con la ancestral astucia de un gondolero. Esos piratas venecianos, maestros del remo y la fórcola que sacan las mantecas de los turistas atolondrados, son, no tengo ninguna duda, los anhelados curadores del futuro. Ellos nos librarán de las cantinelas ‘menores’ y hasta evitarán que tengamos nostalgia del abuelo de Heidi. Como crítico había recorrido la Bienal de Venecia. Estaba metido en un berenjenal y, lo peor de todo, es que ni siquiera sabía qué significaba esa expresión o si era intercambiable por la sapiencia agrario proverbial de que no hay que pedirle peras al olmo. Con tal mareo, a la manera de la perdiz, intenté camuflar el vértigo del sinsentido con toda clase de palabros, confiando en el poder vigorizante de las esdrújulas. Al menos podría jactarme de poder pronunciar sin trabucarme expresiones rizomáticas como ‘desterritorialización’ o ‘fármaco-porno-político’. Poco importa que aquellos desatinos terminológicos taparan menos la indigencia que la capa del hidalgo del ‘Lazarillo’, especialmente cuando no estaba dispuesto a parecer un idiota pluscuamperfecto en los latifundios colonizados por aquellos que hablan ‘latín internacional de discoteca’. El pasmo y la indignación en el patatal, sigo con el recurso apetitoso de las hortalizas, frente a las ‘notas menores’ de la Bienal de Venecia impulsó una reactivación esquizoanalítica aunque, tal vez, habría sido más oportuno ingerir un analgésico o el trasiego de un Aperol spritz (elixir de rigor para sobrellevar la sudada casi a la manera de Camacho en el banquillo) que ha desbancado al Bellini coctelero y pictórico-academizante. No entendía nada de nada y acaso esa fuera la reacción razonable en medio la cacofonía circundante. Pero, de ninguna manera, podía refrenar la impetuosidad charlatanística como si hubiera tenido un don de lenguas a la manera de aquellos dubitativos apóstoles que incluso tuvieron que meter literalmente el dedo en la llaga.De nada servía la evocación del sermón lacrimógeno o lluvioso del replicante de ‘Blade Runner’, lo que había visto era el colmo de lo pedestre: bebés con códigos QR en sus partes pudendas que permitían leer poemas en el Pabellón del Japón, porno-stars hipersiliconadas que, en una clave distópica y acalorada, planteaban una reproducción espermática en tiempos frígidos en clave danesa, una discoteca griega donde Platón era mancillado impunemente, un badajo austriaco encarnado por una ‘performer’ en pelotas, un maremágnum chino con videojuegos para la chiquillada o un montón de postales alicatando los muros del espacio de España como si nuestra cosa siguiera siendo ‘different’. Mi heroica misión era plantar cara al despropósito sin degenerar como un ‘performer’El discurso curatorial (suena muy imponente cuando, en realidad, no es otra cosa que un ensamblaje de topicazos y arbitrariedad) parecía buscar ‘claves menores’, materializándose en un estratégico afán de canonizar lo marginal. No es, ni mucho menos, algo apto para todos los estómagos: el peregrino tiene que haber realizado todos los ejercicios ‘espiritistas’ oportunos para no desesperarse o mearse de la risa ante la acumulación de patrañas, basurillas y otras sandeces propias del ‘clan del artisteo’.Puede que fuera la sobredosis de cartonaje lo que me llevó a convertirme en un clon del deleznable tiparraco que hace vídeos en YouTube en los que amenaza con ‘empaquetar’ a gente por la calle. Tanto pedestal ‘reciclable’ se me atragantó. En el Arsenal, tras seis horas peripatéticas, experimenté una epifanía: todo era un complot para destruir el sacrosanto arte, «nada es verdad y todo está permitido», llegué a sospechar que Tobias Hessen era el responsable de este desaguisado. Cuando me topé con unas pinturas patateras, perpetradas por una artista canadiense con su biografía marginal perfectamente compuesta, sentí una llamada propia de la Marina. Mi heroica misión era plantar cara al despropósito sin degenerar como un ‘performer’. La cosa no era, como los pocos ‘iluminati’ que sobrevivan en esta inmundicia cultural saben, ni mucho menos moco de pavo.Dejé pasar a la comitiva familiar que iba a estricto paso de tortuga y ejecuté mi hermético acto de crítica materialista al disparate bienalizante. Me inspiraba una frase de Adorno que es todo menos ornamental: «¡La postura adecuada del arte sería con los ojos cerrados y los dientes apretados!». Así, de forma perogrullesca, me planté junto a unos cuadritos infames colgados de cables que hacían que todo pareciera un homenaje a las salas de exposiciones más casposas de los pueblos de cuyos nombres no quiero acordarme. Apenas habían pasado dos minutos (para mí se hicieron, no exagero, eternos, llegando a dolerme los dientes horrendos que tengo) cuando una mano ‘mediadora’ intentó sacarme de mi ofuscación. Escuché, desde mi estado proto-marmolizado, la frase «Non si deve fare questo», a la que yo, sin cambiar mi ‘adorniana’ y metacrítica actitud, respondí: «Arto estas feko». Aguardé alguna réplica y entré en una dimensión equivalente a los cuatro minutos y medio de silencio-resonante de Cage. La cosa no podía quedar así, era absolutamente inaceptable que me dieran la callada por respuesta. Grité de nuevo lo mismo sin que los efectos fueran otros que lo que puedo calificar como ‘morbidez acusmática’. Resulta que, con tanta globalización y descolonizaciones, todos esos estetas del batiburrillo eran incapaces de entender el esperanto. Había nombrado la mismísima mierda en el territorio de la sublimación escatológica, estaba atrapado en el pantano, soñando con el ‘acqua alta’ que podría ahogar estas inmundicias. «Calma, buen hombre» , me susurró un buen samaritano extraviado también en esa selva oscura de la pseudo-cultura post-dantesca. «Tenga cuidado con la cabeza», añadió con la ancestral astucia de un gondolero. Esos piratas venecianos, maestros del remo y la fórcola que sacan las mantecas de los turistas atolondrados, son, no tengo ninguna duda, los anhelados curadores del futuro. Ellos nos librarán de las cantinelas ‘menores’ y hasta evitarán que tengamos nostalgia del abuelo de Heidi. RSS de noticias de cultura
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