En 1995, la revista ‘Harper’ mandó a David Foster Wallace a un crucero de lujo por el Caribe para escribir una crónica de sus impresiones: fueron siete días con todo pagado –comidas, bebidas, caprichos–, siete días de sol, mar y turistas, siete días que se convirtieron en un texto mítico, que hoy conocemos por su segundo título, ‘Algo supuestamente divertido que no volveré a hacer’. A mí me han dado un ticket para subirme a un bus turístico de Madrid y me han dicho: escribe algo divertido. Precio total: treinta y tres euros . En fin, rebajen sus expectativas. Así que aquí estamos, de nuevo en la brecha, un miércoles de julio a mediodía, esperando a que llegue mi BigBus a Neptuno, el punto cero de un recorrido por el Madrid histórico en el que todos los pasajeros tenemos derecho a bajarnos en cualquiera de las trece paradas y subirnos a otro, con el mismo billete: ‘ hop on, hop off’, dice el cartel. El plan es más o menos el de una película de Woody Allen: Cibeles, Gran Vía, Plaza de España, el arco de Moncloa, el Palacio Real, La Latina… En octubre viene a rodar, por lo visto, así que esto podría ser un tráiler o un espóiler.Cuento a siete personas en la cola, dos alemanes y cinco hispanohablantes, y sigue sorprendiéndome el turismo de verano en Madrid: hay una ciudad que sale huyendo, y otra que llega y le echa un pulso al calor, al planeta, al sistema solar. Es por esa gente, por ese turista que pasea por aquí o por Sevilla a las cuatro de la tarde, que se recupera un Sorolla perdido y el mundo es un poco mejor, más divertido, más literario. El autobús, qué les voy a decir, es un autobús. Tiene dos plantas. En una hay aire acondicionado, en la otra hay vistas: vivir es elegir, definirse es limitarse, nadie es perfecto, etcétera. En esa azotea móvil si pones el toldo te queda un invernadero; si lo quitas, una sartén, así que se deja a medias, para tener sombra y algo que muy generosamente podríamos llamar brisa, una brisa cansada de tanto viajar. Desde esa altura no te fijas en el tráfico, sino en la ciudad, en los edificios que pasan como postales… Hay audioguía, claro, y por tanto hay diversión: todo va incluido en el precio. La lengua de las audioguías tiene un poco de anuncio y otro poco de vídeo de ‘influencer’, y nos lleva por un mundo donde todo se parece a todo. El Palacio de Cibeles es «imponente», la Gran Vía es una «calle emblemática», el «corazón del Madrid moderno», la torre de Plaza España es un «icono local», la rosaleda del Parque del Oeste es «impresionante», y puedes bajar para «deleitarte» con ella…—Pues tienen limpias las calles—, dice una señora, mientras el autobús se hace hueco en la Gran Vía.—Y Madrid, ¿cuántos habitantes tendrá? —responde su pareja.Aquí a mí me estaba saliendo una teoría sociológica sobre el género y los intereses, pero de repente empecé a escuchar por los cascos a George Gershwin y me despisté, con la cabeza ya en el inicio de ‘Manhattan’: otra vez Woody Allen… «A la derecha tenemos el edificio de Telefónica, que le da un toque ‘art déco’ estadounidense a la ciudad», dice la audioguía, que de repente habla de las telefonistas, un hito imprescindible de la historia de España, y empieza a encadenar datos: el edificio Capitol tiene 14 plantas, el cine Capitol tiene una sala con 1.300 butacas, un sábado cualquiera pueden pasar por Gran Vía unas 150.000 personas, la Casa de Campo es cinco veces más grande que Central Park… O sea, las matemáticas del turista. Llegamos a Plaza de España, donde nos espera un poco más de magia: «A su izquierda, la estatua de Miguel de Cervantes, que escribió ‘El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha’ (…) Se la recomiendo, es de lo más entretenida».A las doce y media somos ya más de veinte personas en el BigBus: varias parejas, una familia y yo, que sería el sospechoso de no ser por un hombre que está sentado al sol, como echándole un pulso al clima o convirtiendo la fotosíntesis en un deporte de riesgo. Lo miro y pienso en Marcos Llorente, y cuanto más lo miro más lo admiro, y recuerdo las palabras de Pedro Sánchez después de la condena de Ábalos: bebe agua, utiliza crema solar, evita el deporte al aire libre…La lengua de las audioguías tiene un poco de anuncio y otro poco de vídeo de influencer, y nos lleva por un mundo donde todo se parece a todoLa gente se baja, sube, utiliza el BigBus como taxi. Y como taxi es lento, aparte de caro, algo que pienso mientras veo subir a una familia de argentinos, con padre, madre, hijos, abuelo, tío, tía, sobrinos y tal vez otros parentescos que no llego a adivinar. Y multiplico. Pero no es caro si lo comparas con un crucero, y bien mirado los buses turísticos son los cruceros de las ciudades, pues estorban igual, dan el mismo servicio y ofrecen la misma experiencia, esa sensación de estar y no estar, de moverte sin moverte, de ver muchas cosas muy rápido y lo más cómodamente posible. Falta, eso sí, el bufé libre , las piscinas y algunos detallitos más: todos los símiles tienen sus puntos ciegos, pero aquí hay gente que podría estar en la piscina sin necesidad de cambiarse… Y además: en Madrid hay tiendas de yates y un Museo Naval. —Mamá, quiero sombra.—Pues toma agua.—Qué lindo jardín –dice el abuelo.—Yo quiero ir al Bernabéu.Y la audioguía a lo suyo: «El Teatro Apolo tiene 1.161 butacas». «Este barrio fue hogar de Lope de Vega, Miguel de Cervantes, Luis de Góngora y Francisco de Quevedo. En el pavimento hay poemas grabados en su honor». ¿Cuántas oportunidades tiene uno en la vida de decir pavimento? No hay que desaprovecharlas.Al pasar por Moncloa, la audioguía nos avisa en varios idiomas que España ha intentado dejar atrás su «oscuro pasado dictatorial», pero aún quedan en pie ese arco de la victoria. Al rato, recomienda una excursión perfecta si nos sobran días en Madrid: ir a Toledo. Yo no le recomendaría ir a Toledo en julio ni a mi peor enemigo, pero la mujer del audio le pone mucho empeño: es una «ciudad mágica», llena de «multiculturalidad», y además forjan espadas. De hecho, en verano basta con sacar el metal a la calle y dejarlo un rato al sol para forjarlo, que es la versión toledana de sacar la sartén al sol para freír un huevo y luego contarlo en un programa de televisión.En estas –35 grados– se sube una señora con uno de esos sombreros de caminar por el desierto que también cubren el cuello. Me la imagino recién llegada de Toledo, aún traumatizada. Claro que a lo mejor mañana le toca ir a Sevilla, porque alguien le ha dicho que tiene un color especial. Sobre todo en verano. En 1995, la revista ‘Harper’ mandó a David Foster Wallace a un crucero de lujo por el Caribe para escribir una crónica de sus impresiones: fueron siete días con todo pagado –comidas, bebidas, caprichos–, siete días de sol, mar y turistas, siete días que se convirtieron en un texto mítico, que hoy conocemos por su segundo título, ‘Algo supuestamente divertido que no volveré a hacer’. A mí me han dado un ticket para subirme a un bus turístico de Madrid y me han dicho: escribe algo divertido. Precio total: treinta y tres euros . En fin, rebajen sus expectativas. Así que aquí estamos, de nuevo en la brecha, un miércoles de julio a mediodía, esperando a que llegue mi BigBus a Neptuno, el punto cero de un recorrido por el Madrid histórico en el que todos los pasajeros tenemos derecho a bajarnos en cualquiera de las trece paradas y subirnos a otro, con el mismo billete: ‘ hop on, hop off’, dice el cartel. El plan es más o menos el de una película de Woody Allen: Cibeles, Gran Vía, Plaza de España, el arco de Moncloa, el Palacio Real, La Latina… En octubre viene a rodar, por lo visto, así que esto podría ser un tráiler o un espóiler.Cuento a siete personas en la cola, dos alemanes y cinco hispanohablantes, y sigue sorprendiéndome el turismo de verano en Madrid: hay una ciudad que sale huyendo, y otra que llega y le echa un pulso al calor, al planeta, al sistema solar. Es por esa gente, por ese turista que pasea por aquí o por Sevilla a las cuatro de la tarde, que se recupera un Sorolla perdido y el mundo es un poco mejor, más divertido, más literario. El autobús, qué les voy a decir, es un autobús. Tiene dos plantas. En una hay aire acondicionado, en la otra hay vistas: vivir es elegir, definirse es limitarse, nadie es perfecto, etcétera. En esa azotea móvil si pones el toldo te queda un invernadero; si lo quitas, una sartén, así que se deja a medias, para tener sombra y algo que muy generosamente podríamos llamar brisa, una brisa cansada de tanto viajar. Desde esa altura no te fijas en el tráfico, sino en la ciudad, en los edificios que pasan como postales… Hay audioguía, claro, y por tanto hay diversión: todo va incluido en el precio. La lengua de las audioguías tiene un poco de anuncio y otro poco de vídeo de ‘influencer’, y nos lleva por un mundo donde todo se parece a todo. El Palacio de Cibeles es «imponente», la Gran Vía es una «calle emblemática», el «corazón del Madrid moderno», la torre de Plaza España es un «icono local», la rosaleda del Parque del Oeste es «impresionante», y puedes bajar para «deleitarte» con ella…—Pues tienen limpias las calles—, dice una señora, mientras el autobús se hace hueco en la Gran Vía.—Y Madrid, ¿cuántos habitantes tendrá? —responde su pareja.Aquí a mí me estaba saliendo una teoría sociológica sobre el género y los intereses, pero de repente empecé a escuchar por los cascos a George Gershwin y me despisté, con la cabeza ya en el inicio de ‘Manhattan’: otra vez Woody Allen… «A la derecha tenemos el edificio de Telefónica, que le da un toque ‘art déco’ estadounidense a la ciudad», dice la audioguía, que de repente habla de las telefonistas, un hito imprescindible de la historia de España, y empieza a encadenar datos: el edificio Capitol tiene 14 plantas, el cine Capitol tiene una sala con 1.300 butacas, un sábado cualquiera pueden pasar por Gran Vía unas 150.000 personas, la Casa de Campo es cinco veces más grande que Central Park… O sea, las matemáticas del turista. Llegamos a Plaza de España, donde nos espera un poco más de magia: «A su izquierda, la estatua de Miguel de Cervantes, que escribió ‘El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha’ (…) Se la recomiendo, es de lo más entretenida».A las doce y media somos ya más de veinte personas en el BigBus: varias parejas, una familia y yo, que sería el sospechoso de no ser por un hombre que está sentado al sol, como echándole un pulso al clima o convirtiendo la fotosíntesis en un deporte de riesgo. Lo miro y pienso en Marcos Llorente, y cuanto más lo miro más lo admiro, y recuerdo las palabras de Pedro Sánchez después de la condena de Ábalos: bebe agua, utiliza crema solar, evita el deporte al aire libre…La lengua de las audioguías tiene un poco de anuncio y otro poco de vídeo de influencer, y nos lleva por un mundo donde todo se parece a todoLa gente se baja, sube, utiliza el BigBus como taxi. Y como taxi es lento, aparte de caro, algo que pienso mientras veo subir a una familia de argentinos, con padre, madre, hijos, abuelo, tío, tía, sobrinos y tal vez otros parentescos que no llego a adivinar. Y multiplico. Pero no es caro si lo comparas con un crucero, y bien mirado los buses turísticos son los cruceros de las ciudades, pues estorban igual, dan el mismo servicio y ofrecen la misma experiencia, esa sensación de estar y no estar, de moverte sin moverte, de ver muchas cosas muy rápido y lo más cómodamente posible. Falta, eso sí, el bufé libre , las piscinas y algunos detallitos más: todos los símiles tienen sus puntos ciegos, pero aquí hay gente que podría estar en la piscina sin necesidad de cambiarse… Y además: en Madrid hay tiendas de yates y un Museo Naval. —Mamá, quiero sombra.—Pues toma agua.—Qué lindo jardín –dice el abuelo.—Yo quiero ir al Bernabéu.Y la audioguía a lo suyo: «El Teatro Apolo tiene 1.161 butacas». «Este barrio fue hogar de Lope de Vega, Miguel de Cervantes, Luis de Góngora y Francisco de Quevedo. En el pavimento hay poemas grabados en su honor». ¿Cuántas oportunidades tiene uno en la vida de decir pavimento? No hay que desaprovecharlas.Al pasar por Moncloa, la audioguía nos avisa en varios idiomas que España ha intentado dejar atrás su «oscuro pasado dictatorial», pero aún quedan en pie ese arco de la victoria. Al rato, recomienda una excursión perfecta si nos sobran días en Madrid: ir a Toledo. Yo no le recomendaría ir a Toledo en julio ni a mi peor enemigo, pero la mujer del audio le pone mucho empeño: es una «ciudad mágica», llena de «multiculturalidad», y además forjan espadas. De hecho, en verano basta con sacar el metal a la calle y dejarlo un rato al sol para forjarlo, que es la versión toledana de sacar la sartén al sol para freír un huevo y luego contarlo en un programa de televisión.En estas –35 grados– se sube una señora con uno de esos sombreros de caminar por el desierto que también cubren el cuello. Me la imagino recién llegada de Toledo, aún traumatizada. Claro que a lo mejor mañana le toca ir a Sevilla, porque alguien le ha dicho que tiene un color especial. Sobre todo en verano. En 1995, la revista ‘Harper’ mandó a David Foster Wallace a un crucero de lujo por el Caribe para escribir una crónica de sus impresiones: fueron siete días con todo pagado –comidas, bebidas, caprichos–, siete días de sol, mar y turistas, siete días que se convirtieron en un texto mítico, que hoy conocemos por su segundo título, ‘Algo supuestamente divertido que no volveré a hacer’. A mí me han dado un ticket para subirme a un bus turístico de Madrid y me han dicho: escribe algo divertido. Precio total: treinta y tres euros . En fin, rebajen sus expectativas. Así que aquí estamos, de nuevo en la brecha, un miércoles de julio a mediodía, esperando a que llegue mi BigBus a Neptuno, el punto cero de un recorrido por el Madrid histórico en el que todos los pasajeros tenemos derecho a bajarnos en cualquiera de las trece paradas y subirnos a otro, con el mismo billete: ‘ hop on, hop off’, dice el cartel. El plan es más o menos el de una película de Woody Allen: Cibeles, Gran Vía, Plaza de España, el arco de Moncloa, el Palacio Real, La Latina… En octubre viene a rodar, por lo visto, así que esto podría ser un tráiler o un espóiler.Cuento a siete personas en la cola, dos alemanes y cinco hispanohablantes, y sigue sorprendiéndome el turismo de verano en Madrid: hay una ciudad que sale huyendo, y otra que llega y le echa un pulso al calor, al planeta, al sistema solar. Es por esa gente, por ese turista que pasea por aquí o por Sevilla a las cuatro de la tarde, que se recupera un Sorolla perdido y el mundo es un poco mejor, más divertido, más literario. El autobús, qué les voy a decir, es un autobús. Tiene dos plantas. En una hay aire acondicionado, en la otra hay vistas: vivir es elegir, definirse es limitarse, nadie es perfecto, etcétera. En esa azotea móvil si pones el toldo te queda un invernadero; si lo quitas, una sartén, así que se deja a medias, para tener sombra y algo que muy generosamente podríamos llamar brisa, una brisa cansada de tanto viajar. Desde esa altura no te fijas en el tráfico, sino en la ciudad, en los edificios que pasan como postales… Hay audioguía, claro, y por tanto hay diversión: todo va incluido en el precio. La lengua de las audioguías tiene un poco de anuncio y otro poco de vídeo de ‘influencer’, y nos lleva por un mundo donde todo se parece a todo. El Palacio de Cibeles es «imponente», la Gran Vía es una «calle emblemática», el «corazón del Madrid moderno», la torre de Plaza España es un «icono local», la rosaleda del Parque del Oeste es «impresionante», y puedes bajar para «deleitarte» con ella…—Pues tienen limpias las calles—, dice una señora, mientras el autobús se hace hueco en la Gran Vía.—Y Madrid, ¿cuántos habitantes tendrá? —responde su pareja.Aquí a mí me estaba saliendo una teoría sociológica sobre el género y los intereses, pero de repente empecé a escuchar por los cascos a George Gershwin y me despisté, con la cabeza ya en el inicio de ‘Manhattan’: otra vez Woody Allen… «A la derecha tenemos el edificio de Telefónica, que le da un toque ‘art déco’ estadounidense a la ciudad», dice la audioguía, que de repente habla de las telefonistas, un hito imprescindible de la historia de España, y empieza a encadenar datos: el edificio Capitol tiene 14 plantas, el cine Capitol tiene una sala con 1.300 butacas, un sábado cualquiera pueden pasar por Gran Vía unas 150.000 personas, la Casa de Campo es cinco veces más grande que Central Park… O sea, las matemáticas del turista. Llegamos a Plaza de España, donde nos espera un poco más de magia: «A su izquierda, la estatua de Miguel de Cervantes, que escribió ‘El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha’ (…) Se la recomiendo, es de lo más entretenida».A las doce y media somos ya más de veinte personas en el BigBus: varias parejas, una familia y yo, que sería el sospechoso de no ser por un hombre que está sentado al sol, como echándole un pulso al clima o convirtiendo la fotosíntesis en un deporte de riesgo. Lo miro y pienso en Marcos Llorente, y cuanto más lo miro más lo admiro, y recuerdo las palabras de Pedro Sánchez después de la condena de Ábalos: bebe agua, utiliza crema solar, evita el deporte al aire libre…La lengua de las audioguías tiene un poco de anuncio y otro poco de vídeo de influencer, y nos lleva por un mundo donde todo se parece a todoLa gente se baja, sube, utiliza el BigBus como taxi. Y como taxi es lento, aparte de caro, algo que pienso mientras veo subir a una familia de argentinos, con padre, madre, hijos, abuelo, tío, tía, sobrinos y tal vez otros parentescos que no llego a adivinar. Y multiplico. Pero no es caro si lo comparas con un crucero, y bien mirado los buses turísticos son los cruceros de las ciudades, pues estorban igual, dan el mismo servicio y ofrecen la misma experiencia, esa sensación de estar y no estar, de moverte sin moverte, de ver muchas cosas muy rápido y lo más cómodamente posible. Falta, eso sí, el bufé libre , las piscinas y algunos detallitos más: todos los símiles tienen sus puntos ciegos, pero aquí hay gente que podría estar en la piscina sin necesidad de cambiarse… Y además: en Madrid hay tiendas de yates y un Museo Naval. —Mamá, quiero sombra.—Pues toma agua.—Qué lindo jardín –dice el abuelo.—Yo quiero ir al Bernabéu.Y la audioguía a lo suyo: «El Teatro Apolo tiene 1.161 butacas». «Este barrio fue hogar de Lope de Vega, Miguel de Cervantes, Luis de Góngora y Francisco de Quevedo. En el pavimento hay poemas grabados en su honor». ¿Cuántas oportunidades tiene uno en la vida de decir pavimento? No hay que desaprovecharlas.Al pasar por Moncloa, la audioguía nos avisa en varios idiomas que España ha intentado dejar atrás su «oscuro pasado dictatorial», pero aún quedan en pie ese arco de la victoria. Al rato, recomienda una excursión perfecta si nos sobran días en Madrid: ir a Toledo. Yo no le recomendaría ir a Toledo en julio ni a mi peor enemigo, pero la mujer del audio le pone mucho empeño: es una «ciudad mágica», llena de «multiculturalidad», y además forjan espadas. De hecho, en verano basta con sacar el metal a la calle y dejarlo un rato al sol para forjarlo, que es la versión toledana de sacar la sartén al sol para freír un huevo y luego contarlo en un programa de televisión.En estas –35 grados– se sube una señora con uno de esos sombreros de caminar por el desierto que también cubren el cuello. Me la imagino recién llegada de Toledo, aún traumatizada. Claro que a lo mejor mañana le toca ir a Sevilla, porque alguien le ha dicho que tiene un color especial. Sobre todo en verano. RSS de noticias de cultura
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