Sentía un vacío que la ahogaba, un agujero en sus entrañas que crecía día a día. Francisca, de 68 años, vivía sola a 40 kilómetros de Barcelona, donde residen sus dos hijos y sus dos nietos. Nunca había tenido problemas con la soledad, hasta que, dos años atrás, cayó en una depresión que la fue aislando de su entorno. Apenas salía a la calle, rechazaba las invitaciones de sus amigas y pasaba los días entre el sofá y la cama. Intentaba ocultar su sufrimiento para no preocupar a la familia, hasta que el dolor se volvió insoportable.«Me asusté cuando empecé a tener ideaciones suicidas. Pensaba en cómo quitarme la vida de la forma menos dolorosa para mis hijos», relata a ABC. Incluso llegó a imaginarse al volante de su coche, estrellándolo. «Pensé en hacerlo y acabar con todo pero lo descarté porque no quería causarles tanto daño», indica. Fue entonces cuando tomó una decisión que resultaría determinante: contarle a su hija hasta qué punto se encontraba mal.«Cuando me llamaban las amigas buscaba una excusa para no salir. Cada vez estaba peor», recuerda. Aunque sus hijos y sus nietos seguían siendo un vínculo fundamental, la sensación de ser un estorbo agravaba su desesperanza. «No encontraba sentido a nada y me sentía una carga para ellos». Finalmente, comprendió que necesitaba ayuda. «Sola, no me veía capaz de seguir adelante». Su caso ilustra una realidad que preocupa a los especialistas y que se ha agravado en los últimos años: la cifra de suicidios entre las personas de edad avanzada, especialmente entre los varones, es sensiblemente superior a la de la población general -en el caso de los varones de más de 85 años la quintuplica-. A la mayor letalidad del suicidio en edades avanzadas se suma la escasez de llamadas a los servicios de ayuda. Según datos presentados en el XXIII Congreso de la Sociedad Española de Psicogeriatría (SEPG), celebrado recientemente en Gerona, en 2024 la tasa de suicidio entre los varones de 85 a 89 años alcanzó las 40,2 muertes por cada 100.000 habitantes, frente a las 8,1 del conjunto de la población. Además, muchas de las tentativas acaban consumándose -se produce una muerte por cada cuatro intentos, frente a una por cada veinte entre los menores de 40 años-. Pese a lo impactante de las cifras, la voz de alerta de las personas mayores apenas se percibe en los servicios de ayuda. Según las últimas estadísticas que maneja el Ministerio de Sanidad , representan solo el 0,1% de las llamadas a la línea de atención a la conducta suicida, frente al 46% de las relacionadas con personas de 40 a 59 años. El caso de Francisca, por suerte, no engrosa esta estadística. Cuando vio asomar el precipicio pidió ayuda a su hija. Ésta contactó con los especialistas de la Unidad de Psiquiatría Geriátrica (UPG) de la Fundación Hospitalaria de Martorell (Barcelona), donde la afectada ingresó el pasado 10 de septiembre. La Unidad de Martorell, inaugurada en 1970, fue pionera en España y es una de las dos únicas instalaciones sanitarias específicas para pacientes geriátricos con trastornos psiquiátricos agudos que existen actualmente en el país. Dispone de 12 camas para estos casos y otras 18 plazas para personas con patología mental crónica que requieren atención de larga estancia.En las personas de edad avanzada se produce una muerte por suicidio por cada cuatro intentos, frente a una por cada veinte intentos en menores de 40 «Realizamos un abordaje integral para determinar si el origen del cuadro es físico o psíquico y estabilizar al paciente», explica a ABC Paul Ivanov , psiquiatra adjunto de la Unidad. El especialista reclama más recursos para atender la demanda. «Ofrecemos una atención que solo prestan dos centros en España, pero nuestro radio de acción es local. Nos llega gente de otras comunidades y zonas de Cataluña y no podemos atenderlos, aunque nos gustaría», lamenta.En el caso de Francisca, su sufrimiento respondía a la combinación de depresiones previas y a un problema social. «Se sentía sola y le hemos buscado una solución a medida», señala Ivanov. Además de ajustarle la medicación, los profesionales han propuesto su traslado a un centro asistido de Guissona (Lérida), donde pueda participar en actividades grupales y recuperar una red de relaciones sociales. «Está muy ilusionada», apunta el psiquiatra. Francisca teme regresar a su vivienda en Olesa de Montserrat y confía en pasar directamente del hospital al nuevo centro residencial. «Una cosa es estar sola y otra muy diferente es sentirse sola. Yo estaba rodeada de gente y me sentía sola»Mientras espera, ha empezado a poner palabras a una experiencia que mantuvo demasiado tiempo en silencio. «Una cosa es estar sola y otra cosa muy diferente es sentirse sola. Puedes estar rodeada de gente y sentirte sola, que es lo que me pasaba a mí», confiesa a este diario.La historia de Francisca refleja una de las dificultades a las que se enfrentan los profesionales de salud mental: detectar y tratar a tiempo el sufrimiento psicológico de las personas mayores, un colectivo que pide ayuda con menos frecuencia y en el que las conductas suicidas presentan una alta prevalencia. Aunque la tasa es inferior en las mujeres de esas edades el problema también persiste.«Entre las personas mayores de 65 años, tres de cada cuatro muertes por suicidio corresponden a hombres pero todos, por cuestión de edad, están expuestos a los mismos factores de riesgo», advierte a ABC el doctor Diego José Palao , coordinador del Plan de Prevención del Suicidio de Cataluña (Plapresc). El especialista subraya la necesidad de identificar las señales de alarma.El alcohol como refugio, en los hombresEl aislamiento, la falta de apoyo social y las enfermedades crónicas que provocan dolor o limitaciones funcionales figuran entre los principales factores de riesgo. «La vulnerabilidad es especialmente elevada entre los hombres viudos o solteros que viven solos», dice Palao y señala «las dificultades de éstos, a diferencia de las mujeres, para desarrollar relaciones sociales y afrontar las enfermedades crónicas, así como el consumo de alcohol para aliviar la angustia». A esta realidad se suma la escasa presencia de los más mayores en los servicios de atención a la conducta suicida, lo que reduce, según destacan los psiquiatras, las oportunidades de intervención y refuerza la importancia de detectar el sufrimiento antes de que se produzca una crisis.En este sentido, Manel Sánchez , presidente de la Sociedad Española de Psicogeriatría (SEPG), insiste en la necesidad de prestar atención a los cambios persistentes en el estado de ánimo. «Hay que estar muy atentos a las expresiones de sufrimiento psicológico en gente mayor. Deben motivar una valoración profesional, del mismo modo que lo hacen los problemas de memoria«. Un 20% de las personas que trata de suicidarse lo intenta al año siguiente Un estudio internacional con participación del Hospital del Mar de Barcelona revela que una de cada cinco personas ingresadas por un intento de suicidio vuelve a intentarlo durante el año siguiente. Publicado en ‘The Lancet Regional Health Europe’, el trabajo analizó a 1.730 pacientes de ocho hospitales españoles y detectó que el riesgo es especialmente elevado durante los tres primeros meses tras el ingreso. Entre los principales factores de riesgo figuran los antecedentes de autolesiones, la ideación suicida, el abandono emocional durante la infancia y los intentos previos. El psiquiatra del Hospital del Mar, Víctor Pérez, reclama reforzar el seguimiento y la atención en salud mental durante al menos un año tras el alta hospitalaria.«A diferencia de lo que ocurre en los suicidios de personas más jóvenes, añade-, en los de las personas mayores no podemos decir aquello de: ‘se veía venir’». Por este motivo, el presidente de la SEPG pide «mejorar la asistencia sanitaria a estas personas, también del estado emocional y psicológico».El objetivo, según coinciden los expertos, es que la atención no termine cuando remite la fase más aguda de la crisis. Porque, como demuestra la historia de Francisca, tratar la depresión puede ser imprescindible, pero encontrar un entorno en el que volver a sentirse acompañada, también lo es para recuperar las ganas de vivir. Sentía un vacío que la ahogaba, un agujero en sus entrañas que crecía día a día. Francisca, de 68 años, vivía sola a 40 kilómetros de Barcelona, donde residen sus dos hijos y sus dos nietos. Nunca había tenido problemas con la soledad, hasta que, dos años atrás, cayó en una depresión que la fue aislando de su entorno. Apenas salía a la calle, rechazaba las invitaciones de sus amigas y pasaba los días entre el sofá y la cama. Intentaba ocultar su sufrimiento para no preocupar a la familia, hasta que el dolor se volvió insoportable.«Me asusté cuando empecé a tener ideaciones suicidas. Pensaba en cómo quitarme la vida de la forma menos dolorosa para mis hijos», relata a ABC. Incluso llegó a imaginarse al volante de su coche, estrellándolo. «Pensé en hacerlo y acabar con todo pero lo descarté porque no quería causarles tanto daño», indica. Fue entonces cuando tomó una decisión que resultaría determinante: contarle a su hija hasta qué punto se encontraba mal.«Cuando me llamaban las amigas buscaba una excusa para no salir. Cada vez estaba peor», recuerda. Aunque sus hijos y sus nietos seguían siendo un vínculo fundamental, la sensación de ser un estorbo agravaba su desesperanza. «No encontraba sentido a nada y me sentía una carga para ellos». Finalmente, comprendió que necesitaba ayuda. «Sola, no me veía capaz de seguir adelante». Su caso ilustra una realidad que preocupa a los especialistas y que se ha agravado en los últimos años: la cifra de suicidios entre las personas de edad avanzada, especialmente entre los varones, es sensiblemente superior a la de la población general -en el caso de los varones de más de 85 años la quintuplica-. A la mayor letalidad del suicidio en edades avanzadas se suma la escasez de llamadas a los servicios de ayuda. Según datos presentados en el XXIII Congreso de la Sociedad Española de Psicogeriatría (SEPG), celebrado recientemente en Gerona, en 2024 la tasa de suicidio entre los varones de 85 a 89 años alcanzó las 40,2 muertes por cada 100.000 habitantes, frente a las 8,1 del conjunto de la población. Además, muchas de las tentativas acaban consumándose -se produce una muerte por cada cuatro intentos, frente a una por cada veinte entre los menores de 40 años-. Pese a lo impactante de las cifras, la voz de alerta de las personas mayores apenas se percibe en los servicios de ayuda. Según las últimas estadísticas que maneja el Ministerio de Sanidad , representan solo el 0,1% de las llamadas a la línea de atención a la conducta suicida, frente al 46% de las relacionadas con personas de 40 a 59 años. El caso de Francisca, por suerte, no engrosa esta estadística. Cuando vio asomar el precipicio pidió ayuda a su hija. Ésta contactó con los especialistas de la Unidad de Psiquiatría Geriátrica (UPG) de la Fundación Hospitalaria de Martorell (Barcelona), donde la afectada ingresó el pasado 10 de septiembre. La Unidad de Martorell, inaugurada en 1970, fue pionera en España y es una de las dos únicas instalaciones sanitarias específicas para pacientes geriátricos con trastornos psiquiátricos agudos que existen actualmente en el país. Dispone de 12 camas para estos casos y otras 18 plazas para personas con patología mental crónica que requieren atención de larga estancia.En las personas de edad avanzada se produce una muerte por suicidio por cada cuatro intentos, frente a una por cada veinte intentos en menores de 40 «Realizamos un abordaje integral para determinar si el origen del cuadro es físico o psíquico y estabilizar al paciente», explica a ABC Paul Ivanov , psiquiatra adjunto de la Unidad. El especialista reclama más recursos para atender la demanda. «Ofrecemos una atención que solo prestan dos centros en España, pero nuestro radio de acción es local. Nos llega gente de otras comunidades y zonas de Cataluña y no podemos atenderlos, aunque nos gustaría», lamenta.En el caso de Francisca, su sufrimiento respondía a la combinación de depresiones previas y a un problema social. «Se sentía sola y le hemos buscado una solución a medida», señala Ivanov. Además de ajustarle la medicación, los profesionales han propuesto su traslado a un centro asistido de Guissona (Lérida), donde pueda participar en actividades grupales y recuperar una red de relaciones sociales. «Está muy ilusionada», apunta el psiquiatra. Francisca teme regresar a su vivienda en Olesa de Montserrat y confía en pasar directamente del hospital al nuevo centro residencial. «Una cosa es estar sola y otra muy diferente es sentirse sola. Yo estaba rodeada de gente y me sentía sola»Mientras espera, ha empezado a poner palabras a una experiencia que mantuvo demasiado tiempo en silencio. «Una cosa es estar sola y otra cosa muy diferente es sentirse sola. Puedes estar rodeada de gente y sentirte sola, que es lo que me pasaba a mí», confiesa a este diario.La historia de Francisca refleja una de las dificultades a las que se enfrentan los profesionales de salud mental: detectar y tratar a tiempo el sufrimiento psicológico de las personas mayores, un colectivo que pide ayuda con menos frecuencia y en el que las conductas suicidas presentan una alta prevalencia. Aunque la tasa es inferior en las mujeres de esas edades el problema también persiste.«Entre las personas mayores de 65 años, tres de cada cuatro muertes por suicidio corresponden a hombres pero todos, por cuestión de edad, están expuestos a los mismos factores de riesgo», advierte a ABC el doctor Diego José Palao , coordinador del Plan de Prevención del Suicidio de Cataluña (Plapresc). El especialista subraya la necesidad de identificar las señales de alarma.El alcohol como refugio, en los hombresEl aislamiento, la falta de apoyo social y las enfermedades crónicas que provocan dolor o limitaciones funcionales figuran entre los principales factores de riesgo. «La vulnerabilidad es especialmente elevada entre los hombres viudos o solteros que viven solos», dice Palao y señala «las dificultades de éstos, a diferencia de las mujeres, para desarrollar relaciones sociales y afrontar las enfermedades crónicas, así como el consumo de alcohol para aliviar la angustia». A esta realidad se suma la escasa presencia de los más mayores en los servicios de atención a la conducta suicida, lo que reduce, según destacan los psiquiatras, las oportunidades de intervención y refuerza la importancia de detectar el sufrimiento antes de que se produzca una crisis.En este sentido, Manel Sánchez , presidente de la Sociedad Española de Psicogeriatría (SEPG), insiste en la necesidad de prestar atención a los cambios persistentes en el estado de ánimo. «Hay que estar muy atentos a las expresiones de sufrimiento psicológico en gente mayor. Deben motivar una valoración profesional, del mismo modo que lo hacen los problemas de memoria«. Un 20% de las personas que trata de suicidarse lo intenta al año siguiente Un estudio internacional con participación del Hospital del Mar de Barcelona revela que una de cada cinco personas ingresadas por un intento de suicidio vuelve a intentarlo durante el año siguiente. Publicado en ‘The Lancet Regional Health Europe’, el trabajo analizó a 1.730 pacientes de ocho hospitales españoles y detectó que el riesgo es especialmente elevado durante los tres primeros meses tras el ingreso. Entre los principales factores de riesgo figuran los antecedentes de autolesiones, la ideación suicida, el abandono emocional durante la infancia y los intentos previos. El psiquiatra del Hospital del Mar, Víctor Pérez, reclama reforzar el seguimiento y la atención en salud mental durante al menos un año tras el alta hospitalaria.«A diferencia de lo que ocurre en los suicidios de personas más jóvenes, añade-, en los de las personas mayores no podemos decir aquello de: ‘se veía venir’». Por este motivo, el presidente de la SEPG pide «mejorar la asistencia sanitaria a estas personas, también del estado emocional y psicológico».El objetivo, según coinciden los expertos, es que la atención no termine cuando remite la fase más aguda de la crisis. Porque, como demuestra la historia de Francisca, tratar la depresión puede ser imprescindible, pero encontrar un entorno en el que volver a sentirse acompañada, también lo es para recuperar las ganas de vivir. Sentía un vacío que la ahogaba, un agujero en sus entrañas que crecía día a día. Francisca, de 68 años, vivía sola a 40 kilómetros de Barcelona, donde residen sus dos hijos y sus dos nietos. Nunca había tenido problemas con la soledad, hasta que, dos años atrás, cayó en una depresión que la fue aislando de su entorno. Apenas salía a la calle, rechazaba las invitaciones de sus amigas y pasaba los días entre el sofá y la cama. Intentaba ocultar su sufrimiento para no preocupar a la familia, hasta que el dolor se volvió insoportable.«Me asusté cuando empecé a tener ideaciones suicidas. Pensaba en cómo quitarme la vida de la forma menos dolorosa para mis hijos», relata a ABC. Incluso llegó a imaginarse al volante de su coche, estrellándolo. «Pensé en hacerlo y acabar con todo pero lo descarté porque no quería causarles tanto daño», indica. Fue entonces cuando tomó una decisión que resultaría determinante: contarle a su hija hasta qué punto se encontraba mal.«Cuando me llamaban las amigas buscaba una excusa para no salir. Cada vez estaba peor», recuerda. Aunque sus hijos y sus nietos seguían siendo un vínculo fundamental, la sensación de ser un estorbo agravaba su desesperanza. «No encontraba sentido a nada y me sentía una carga para ellos». Finalmente, comprendió que necesitaba ayuda. «Sola, no me veía capaz de seguir adelante». Su caso ilustra una realidad que preocupa a los especialistas y que se ha agravado en los últimos años: la cifra de suicidios entre las personas de edad avanzada, especialmente entre los varones, es sensiblemente superior a la de la población general -en el caso de los varones de más de 85 años la quintuplica-. A la mayor letalidad del suicidio en edades avanzadas se suma la escasez de llamadas a los servicios de ayuda. Según datos presentados en el XXIII Congreso de la Sociedad Española de Psicogeriatría (SEPG), celebrado recientemente en Gerona, en 2024 la tasa de suicidio entre los varones de 85 a 89 años alcanzó las 40,2 muertes por cada 100.000 habitantes, frente a las 8,1 del conjunto de la población. Además, muchas de las tentativas acaban consumándose -se produce una muerte por cada cuatro intentos, frente a una por cada veinte entre los menores de 40 años-. Pese a lo impactante de las cifras, la voz de alerta de las personas mayores apenas se percibe en los servicios de ayuda. Según las últimas estadísticas que maneja el Ministerio de Sanidad , representan solo el 0,1% de las llamadas a la línea de atención a la conducta suicida, frente al 46% de las relacionadas con personas de 40 a 59 años. El caso de Francisca, por suerte, no engrosa esta estadística. Cuando vio asomar el precipicio pidió ayuda a su hija. Ésta contactó con los especialistas de la Unidad de Psiquiatría Geriátrica (UPG) de la Fundación Hospitalaria de Martorell (Barcelona), donde la afectada ingresó el pasado 10 de septiembre. La Unidad de Martorell, inaugurada en 1970, fue pionera en España y es una de las dos únicas instalaciones sanitarias específicas para pacientes geriátricos con trastornos psiquiátricos agudos que existen actualmente en el país. Dispone de 12 camas para estos casos y otras 18 plazas para personas con patología mental crónica que requieren atención de larga estancia.En las personas de edad avanzada se produce una muerte por suicidio por cada cuatro intentos, frente a una por cada veinte intentos en menores de 40 «Realizamos un abordaje integral para determinar si el origen del cuadro es físico o psíquico y estabilizar al paciente», explica a ABC Paul Ivanov , psiquiatra adjunto de la Unidad. El especialista reclama más recursos para atender la demanda. «Ofrecemos una atención que solo prestan dos centros en España, pero nuestro radio de acción es local. Nos llega gente de otras comunidades y zonas de Cataluña y no podemos atenderlos, aunque nos gustaría», lamenta.En el caso de Francisca, su sufrimiento respondía a la combinación de depresiones previas y a un problema social. «Se sentía sola y le hemos buscado una solución a medida», señala Ivanov. Además de ajustarle la medicación, los profesionales han propuesto su traslado a un centro asistido de Guissona (Lérida), donde pueda participar en actividades grupales y recuperar una red de relaciones sociales. «Está muy ilusionada», apunta el psiquiatra. Francisca teme regresar a su vivienda en Olesa de Montserrat y confía en pasar directamente del hospital al nuevo centro residencial. «Una cosa es estar sola y otra muy diferente es sentirse sola. Yo estaba rodeada de gente y me sentía sola»Mientras espera, ha empezado a poner palabras a una experiencia que mantuvo demasiado tiempo en silencio. «Una cosa es estar sola y otra cosa muy diferente es sentirse sola. Puedes estar rodeada de gente y sentirte sola, que es lo que me pasaba a mí», confiesa a este diario.La historia de Francisca refleja una de las dificultades a las que se enfrentan los profesionales de salud mental: detectar y tratar a tiempo el sufrimiento psicológico de las personas mayores, un colectivo que pide ayuda con menos frecuencia y en el que las conductas suicidas presentan una alta prevalencia. Aunque la tasa es inferior en las mujeres de esas edades el problema también persiste.«Entre las personas mayores de 65 años, tres de cada cuatro muertes por suicidio corresponden a hombres pero todos, por cuestión de edad, están expuestos a los mismos factores de riesgo», advierte a ABC el doctor Diego José Palao , coordinador del Plan de Prevención del Suicidio de Cataluña (Plapresc). El especialista subraya la necesidad de identificar las señales de alarma.El alcohol como refugio, en los hombresEl aislamiento, la falta de apoyo social y las enfermedades crónicas que provocan dolor o limitaciones funcionales figuran entre los principales factores de riesgo. «La vulnerabilidad es especialmente elevada entre los hombres viudos o solteros que viven solos», dice Palao y señala «las dificultades de éstos, a diferencia de las mujeres, para desarrollar relaciones sociales y afrontar las enfermedades crónicas, así como el consumo de alcohol para aliviar la angustia». A esta realidad se suma la escasa presencia de los más mayores en los servicios de atención a la conducta suicida, lo que reduce, según destacan los psiquiatras, las oportunidades de intervención y refuerza la importancia de detectar el sufrimiento antes de que se produzca una crisis.En este sentido, Manel Sánchez , presidente de la Sociedad Española de Psicogeriatría (SEPG), insiste en la necesidad de prestar atención a los cambios persistentes en el estado de ánimo. «Hay que estar muy atentos a las expresiones de sufrimiento psicológico en gente mayor. Deben motivar una valoración profesional, del mismo modo que lo hacen los problemas de memoria«. Un 20% de las personas que trata de suicidarse lo intenta al año siguiente Un estudio internacional con participación del Hospital del Mar de Barcelona revela que una de cada cinco personas ingresadas por un intento de suicidio vuelve a intentarlo durante el año siguiente. Publicado en ‘The Lancet Regional Health Europe’, el trabajo analizó a 1.730 pacientes de ocho hospitales españoles y detectó que el riesgo es especialmente elevado durante los tres primeros meses tras el ingreso. Entre los principales factores de riesgo figuran los antecedentes de autolesiones, la ideación suicida, el abandono emocional durante la infancia y los intentos previos. El psiquiatra del Hospital del Mar, Víctor Pérez, reclama reforzar el seguimiento y la atención en salud mental durante al menos un año tras el alta hospitalaria.«A diferencia de lo que ocurre en los suicidios de personas más jóvenes, añade-, en los de las personas mayores no podemos decir aquello de: ‘se veía venir’». Por este motivo, el presidente de la SEPG pide «mejorar la asistencia sanitaria a estas personas, también del estado emocional y psicológico».El objetivo, según coinciden los expertos, es que la atención no termine cuando remite la fase más aguda de la crisis. Porque, como demuestra la historia de Francisca, tratar la depresión puede ser imprescindible, pero encontrar un entorno en el que volver a sentirse acompañada, también lo es para recuperar las ganas de vivir. RSS de noticias de sociedad
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