A los diez años, Mariana Enríquez , una niña solitaria y llena de imaginación, decidió que se escaparía de casa e iría a ver el estreno de ‘Pesadilla en Elm Street’. Sus padres no le dejaban ver ‘El exorcista’, que acababa de salir en VHS, y estaba decidida a no perderse la que todo el mundo calificaba como la película más terrorífica del momento. Convenció a su mejor amiga y juntas fueron a ver a escondidas las andanzas de Freddy Kruger en un cine de La Plata que tenían cerca de casa. «Nos quedamos atrás y conseguimos entrar sin mayores problemas. Para mí fue como un recital, con un montón de gente pasando miedo al mismo tiempo y todo fue super intenso. Mi amiga se asustó mucho y se puso a llorar. Fue horrible. No paraba y tuvieron que llamar a nuestros padres», afirma la escritora.Esta y muchas otras historias dan forma a ‘Conversación con la oscuridad’ (Páginas de Espuma) , ensayo donde intenta armar un fuerte brazo teórico alrededor del género de terror y cómo se mezcla irremediablemente con la vida. «Al salir del cine, me di cuenta que valía la pena hacer cosas así. Para mí fue como esos grandes momentos de la cultura pop, como los chicos que se quedaban sin dormir haciendo cola cuando salía el nuevo Harry Potter. Siempre he vivido con intensidad el objeto cultural y más con el género de terror», asegura.—Lo del gusto por el horror le viene de la más tierna infancia.—Bueno, no tengo hermanos y tuve una infancia bastante solitaria. Ahora soy muy sociable, pero antes no lo era. Ten en cuenta que la mía era una infancia marcada por la dictadura, con lo que nuestros movimientos estaban bastante restringidos. Había que pedir permiso a la policía incluso para hacer un cumpleaños. No es que no hubiera sociabilidad, sólo que era una con muchísima desconfianza.—¿La dictadura marcó entonces definitivamente su infancia y, por tanto, su sensibilidad?—No lo notaba en ese momento, me doy cuenta ahora en retrospectiva. Cada familia es un mundo, pero en casa mis padres estaban paranoicos y no les culpo. Vivíamos en Lanús, un suburbio industrial bastante hostil. No hay demasiados parques y era en definitiva un espacio no muy estimulante. En un ambiente así, el refugio de la imaginación es absolutamente necesario. Y poco a poco me armé mentalmente de claves para sobrevivir, sobre todo a partir de las cosas que leía. —Los libros tienen la culpa siempre, como El Quijote.—No sé por qué me entusiasmaban tanto las historias paranormales, de fantasmas, de terror. Lo único que sé es que las encontré rápidamente en la biblioteca. Cuando tenía 10 años ya había leído un montón. No sé exactamente de dónde me viene. Está bien que nuestras sensibilidades sean un poco misteriosas. Mi abuela, por ejemplo, era una persona que contaba muchos cuentos de aparecidos y muchas leyendas. Hay toda una parte de mi familia que también tiene mucha relación con lo supersticioso, que son medio brujas.—¿Recuerda un momento en que notase que esta fascinación no era ‘normal’, por decirlo de alguna manera?—Iba a una escuela católica. Le tenía miedo al diablo porque era la encarnación del mal. Había una mancha de cemento en el techo de mi habitación que para mí tenía cuernos. Estaba aterrada, pero al mismo tiempo nunca se lo dije a mis padres, ni pedía que me la sacaran. La adrenalina del terror era un gran entretenimiento y me gustaba. Entonces empezó a interesarme los mecanismos del terror.—Asegura que se inició en el género de terror de forma solitaria, autodidacta e intuitiva. ¿Necesitaba ahora ordenar todo su universo en una explicación teórica? —No necesariamente. Llevo mucho años de investigación sobre el tema, que se expresa en clases, charlas, entrevistas, coloquios, en definitiva, en textos sobre el tema. Sin embargo, todo eso estaba diseminado en diferentes lugares de internet. Son muchos años leyendo, hablando, escribiendo, sistematizando sobre el tema y era un buen momento para recopilarlo y armar un corpus más o menos coherente.«Para mí Stephen King siempre ha sido uno de los grandes escritores realistas norteamericanos»—Comenta que en esos primeros años el género del terror era un gusto que podía compartir con muy pocas personas. —Muy poca gente, sí. Mi primera novela, ‘Bajar es lo peor’ (Anagrama), que publiqué con 19 años, no es una historia de terror per se, pero sí que contenía elementos del género, muchos, pero nadie se dio cuenta en ese momento. Hay tres personajes que se le aparecen al protagonista que son un robo directo a la película ‘Hellreiser’ y a la novela de Clive Barker, que en los 80 era como un dios y que hoy está un poco olvidado. Cuando lo escribí pensé, ‘¡buff, esto es super obvio!’, pero nadie se dio cuenta. Pero ten en cuenta que estamos en los 90, no hay internet, no hay redes, los gustos ‘frikis’ estaban muy dispersos—¿No era sencillo abastecerse de novelas y películas de terror?—No, ni mucho menos. Estaban los clásicos del terror, luego Stephen King y los ‘best sellers’ asociados, pero era una odisea encontrar nuevos escritores. Yo buscaba las recomendaciones que hacía el propio King, como Shirley Jackson, pero era difícil conseguirlas. Tenías que ir buscando en colecciones, como las de Minotauro, e ir haciendo tus mapas de influencias. Descubres, leyendo el prólogo de Borges a ‘Crónicas Marcianas’, que Bradbury también tiene cuentos de miedo como los de ‘El país de octubre’. Así van creciendo tus referentes. Y encontrar autores hispanoamericanos que escribieran en ese momento de género era imposible, no como ocurre ahora.—Describe su introducción como autora al género como una mezcla del realismo de Stephen King y el romanticismo atormentado a lo Emily Brönte.—Sí, hay más cosas, pero esa sería una primera síntesis que tuve muy clara desde el principio. Para mí King siempre ha sido uno de los grandes escritores realistas norteamericanos. Te puede hacer morir de miedo, pero tiene dentro esa tradición norteamericana a lo Mark Twain. En sus novelas tienes a los chicos medio abandonados por los padres andando por el pueblo, a la chica que sufre ‘bulling’, al fanatismo religioso, la violencia familiar, y ves que todo parte de un terror muy basado en el realismo de base, reconocible, en lugares muy familiares para el lector común. Si a eso le añades la estilización, el aire de maldición y la poesía del gótico de las Brönte, creo que ahí estoy yo. —¿Cuándo empieza a utilizar los códigos del género para hablar de situaciones como la dictadura argentina y el terrorismo de estado?—El primer cuento en que utilicé la dictadura y los desaparecidos como base se llamaba ‘Cuando hablábamos con los muertos’. Nació de algo que me contó una amiga, hija de desaparecidos. Aseguraba que se reunían con amigos para hacer ouija e invocar a los espíritus de sus padres para saber dónde estaban sus cuerpos. Iban a una casa apartada, se emborrachaban, era algo muy catártico y juvenil. Cuando lo escuché, en seguida pensé que tenía que hacer un cuento. —Siempre se ha tratado a las novelas de género como entretenimiento menor, ¿tuvo miedo a que la acusasen de frivolizar temas muy serios?—Cuando lo publiqué, pensé que las asociaciones pro derechos humanos me iban a llevar presa por frivolizar sobre estos temas, pero no pasó nada. La traslación no era tanto hablar directamente del terrorismo de estado, sino de sus efectos. Hay un cuento en mi último libro, por ejemplo, donde un antiguo torturador reaparece como fantasma y repite sus actos en cuerpos vivos. Y esto nace porque en la ESMA, lugar donde se encarcelaba y torturaba a ciudadanos durante la dictadura, ahora es un centro de oficinas normal del Estado y es un lugar cargadísimo de historia negra y a mucha gente le da miedo. Hay un punto donde el terror real, sobre todo en lugares donde pasaron circunstancias macabras, transmuta en fantasías relacionadas con lo paranormal.«El terror nombra como ningún género la el miedo que tenemos a los cambios de este mundo» —Antes se decía que la novela negra era la que mejor reflejaba la sociedad y sus problemas. En el contexto actual, ¿podría decirse que la novela de terror es la que mejor refleja el momento que vivimos?—Posiblemente. Lo que tiene el terror, y lo que tenía el gótico en el siglo XIX, es que nombra como ninguno la perplejidad, inseguridad y la incomprensión frente a la realidad que vivimos ahora. El terror trata de poner en palabras lo que no se puede decir, lo que está prácticamente fuera del lenguaje. Con un cambio de paradigma como el que estamos viviendo, hay que expresar ese miedo. En el XIX, la señora que escuchaba que descendía del mono se volvía loca. Le habían cambiado por completo la idea que tenía de ser humano. Ahora estamos en un momento parecido, con la IA, la transhumanización, la fragmentación de lo real, el cambio climático. Es muy difícil distinguir qué es real y qué no, que es ser humano y qué no. Los niveles de perturbación cognitiva que eso genera son enormes y claro que el giro para expresar esa perplejidad es el terror. Vivimos, por así decirlo, un gótico digital.—En 2016, con ‘Las cosas que perdimos en el fuego’, salta a España y de allí al mundo entero, ¿el nuevo nivel de atención le cambió de algún modo su forma de escribir?—Lo curioso del caso es que vivimos en una era de contención nacional, así que si quieres que una argentina se lea en Chile, en México o donde sea, primero tienes que pasar por España. No tiene mucho sentido, pero a nivel comercial es lo que ocurre. Así que me publicaran en España fue un salto importante para que me publicaran en todo el mundo. Claro, ya hacía 20 años que publicaba y ya era mayor. Es importante que te empiecen a leer de forma masiva cuando ya tienes más herramientas para asimilarlo.—En 2019 gana el Premio Herralde con ‘Nuestra parte de la noche’ y su popularidad se dispara, ¿cómo ve ahora esa novela en su corpus literario?—Es curioso, porque una de sus premisas era la muerte de la definición tradicional de familia. En esa época, se publicaron libros y se estrenaron películas, como la misma ‘Hereditary’, que también cuestionaban el convencimiento que tu familia siempre busca lo mejor para ti. Algo había en el aire, la irrupción de una desconfianza colectiva hacia las instituciones más clásicas. Está bien cuestionar que no tienes que cuidar a un padre abusador o a un hijo violento, pero al mismo tiempo hay allí un vacío que no sabes como llenar y que genera irremediablemente inquietud. —El éxito masivo ha hecho que la reclamen por todas partes, ¿tiene tiempo de escribir? ¿Para cuando nuevas ficciones?—Desde que me mudé a Tasmania cuesta mucho dinero sacarme de aquí y ya no me lo piden tanto [ríe]. Pero sí, sí, tengo tiempo. Estoy terminando dos novelas, que no sé si al final tiraré o no, famosamente no sería la primera vez, pero allí estoy. A los diez años, Mariana Enríquez , una niña solitaria y llena de imaginación, decidió que se escaparía de casa e iría a ver el estreno de ‘Pesadilla en Elm Street’. Sus padres no le dejaban ver ‘El exorcista’, que acababa de salir en VHS, y estaba decidida a no perderse la que todo el mundo calificaba como la película más terrorífica del momento. Convenció a su mejor amiga y juntas fueron a ver a escondidas las andanzas de Freddy Kruger en un cine de La Plata que tenían cerca de casa. «Nos quedamos atrás y conseguimos entrar sin mayores problemas. Para mí fue como un recital, con un montón de gente pasando miedo al mismo tiempo y todo fue super intenso. Mi amiga se asustó mucho y se puso a llorar. Fue horrible. No paraba y tuvieron que llamar a nuestros padres», afirma la escritora.Esta y muchas otras historias dan forma a ‘Conversación con la oscuridad’ (Páginas de Espuma) , ensayo donde intenta armar un fuerte brazo teórico alrededor del género de terror y cómo se mezcla irremediablemente con la vida. «Al salir del cine, me di cuenta que valía la pena hacer cosas así. Para mí fue como esos grandes momentos de la cultura pop, como los chicos que se quedaban sin dormir haciendo cola cuando salía el nuevo Harry Potter. Siempre he vivido con intensidad el objeto cultural y más con el género de terror», asegura.—Lo del gusto por el horror le viene de la más tierna infancia.—Bueno, no tengo hermanos y tuve una infancia bastante solitaria. Ahora soy muy sociable, pero antes no lo era. Ten en cuenta que la mía era una infancia marcada por la dictadura, con lo que nuestros movimientos estaban bastante restringidos. Había que pedir permiso a la policía incluso para hacer un cumpleaños. No es que no hubiera sociabilidad, sólo que era una con muchísima desconfianza.—¿La dictadura marcó entonces definitivamente su infancia y, por tanto, su sensibilidad?—No lo notaba en ese momento, me doy cuenta ahora en retrospectiva. Cada familia es un mundo, pero en casa mis padres estaban paranoicos y no les culpo. Vivíamos en Lanús, un suburbio industrial bastante hostil. No hay demasiados parques y era en definitiva un espacio no muy estimulante. En un ambiente así, el refugio de la imaginación es absolutamente necesario. Y poco a poco me armé mentalmente de claves para sobrevivir, sobre todo a partir de las cosas que leía. —Los libros tienen la culpa siempre, como El Quijote.—No sé por qué me entusiasmaban tanto las historias paranormales, de fantasmas, de terror. Lo único que sé es que las encontré rápidamente en la biblioteca. Cuando tenía 10 años ya había leído un montón. No sé exactamente de dónde me viene. Está bien que nuestras sensibilidades sean un poco misteriosas. Mi abuela, por ejemplo, era una persona que contaba muchos cuentos de aparecidos y muchas leyendas. Hay toda una parte de mi familia que también tiene mucha relación con lo supersticioso, que son medio brujas.—¿Recuerda un momento en que notase que esta fascinación no era ‘normal’, por decirlo de alguna manera?—Iba a una escuela católica. Le tenía miedo al diablo porque era la encarnación del mal. Había una mancha de cemento en el techo de mi habitación que para mí tenía cuernos. Estaba aterrada, pero al mismo tiempo nunca se lo dije a mis padres, ni pedía que me la sacaran. La adrenalina del terror era un gran entretenimiento y me gustaba. Entonces empezó a interesarme los mecanismos del terror.—Asegura que se inició en el género de terror de forma solitaria, autodidacta e intuitiva. ¿Necesitaba ahora ordenar todo su universo en una explicación teórica? —No necesariamente. Llevo mucho años de investigación sobre el tema, que se expresa en clases, charlas, entrevistas, coloquios, en definitiva, en textos sobre el tema. Sin embargo, todo eso estaba diseminado en diferentes lugares de internet. Son muchos años leyendo, hablando, escribiendo, sistematizando sobre el tema y era un buen momento para recopilarlo y armar un corpus más o menos coherente.«Para mí Stephen King siempre ha sido uno de los grandes escritores realistas norteamericanos»—Comenta que en esos primeros años el género del terror era un gusto que podía compartir con muy pocas personas. —Muy poca gente, sí. Mi primera novela, ‘Bajar es lo peor’ (Anagrama), que publiqué con 19 años, no es una historia de terror per se, pero sí que contenía elementos del género, muchos, pero nadie se dio cuenta en ese momento. Hay tres personajes que se le aparecen al protagonista que son un robo directo a la película ‘Hellreiser’ y a la novela de Clive Barker, que en los 80 era como un dios y que hoy está un poco olvidado. Cuando lo escribí pensé, ‘¡buff, esto es super obvio!’, pero nadie se dio cuenta. Pero ten en cuenta que estamos en los 90, no hay internet, no hay redes, los gustos ‘frikis’ estaban muy dispersos—¿No era sencillo abastecerse de novelas y películas de terror?—No, ni mucho menos. Estaban los clásicos del terror, luego Stephen King y los ‘best sellers’ asociados, pero era una odisea encontrar nuevos escritores. Yo buscaba las recomendaciones que hacía el propio King, como Shirley Jackson, pero era difícil conseguirlas. Tenías que ir buscando en colecciones, como las de Minotauro, e ir haciendo tus mapas de influencias. Descubres, leyendo el prólogo de Borges a ‘Crónicas Marcianas’, que Bradbury también tiene cuentos de miedo como los de ‘El país de octubre’. Así van creciendo tus referentes. Y encontrar autores hispanoamericanos que escribieran en ese momento de género era imposible, no como ocurre ahora.—Describe su introducción como autora al género como una mezcla del realismo de Stephen King y el romanticismo atormentado a lo Emily Brönte.—Sí, hay más cosas, pero esa sería una primera síntesis que tuve muy clara desde el principio. Para mí King siempre ha sido uno de los grandes escritores realistas norteamericanos. Te puede hacer morir de miedo, pero tiene dentro esa tradición norteamericana a lo Mark Twain. En sus novelas tienes a los chicos medio abandonados por los padres andando por el pueblo, a la chica que sufre ‘bulling’, al fanatismo religioso, la violencia familiar, y ves que todo parte de un terror muy basado en el realismo de base, reconocible, en lugares muy familiares para el lector común. Si a eso le añades la estilización, el aire de maldición y la poesía del gótico de las Brönte, creo que ahí estoy yo. —¿Cuándo empieza a utilizar los códigos del género para hablar de situaciones como la dictadura argentina y el terrorismo de estado?—El primer cuento en que utilicé la dictadura y los desaparecidos como base se llamaba ‘Cuando hablábamos con los muertos’. Nació de algo que me contó una amiga, hija de desaparecidos. Aseguraba que se reunían con amigos para hacer ouija e invocar a los espíritus de sus padres para saber dónde estaban sus cuerpos. Iban a una casa apartada, se emborrachaban, era algo muy catártico y juvenil. Cuando lo escuché, en seguida pensé que tenía que hacer un cuento. —Siempre se ha tratado a las novelas de género como entretenimiento menor, ¿tuvo miedo a que la acusasen de frivolizar temas muy serios?—Cuando lo publiqué, pensé que las asociaciones pro derechos humanos me iban a llevar presa por frivolizar sobre estos temas, pero no pasó nada. La traslación no era tanto hablar directamente del terrorismo de estado, sino de sus efectos. Hay un cuento en mi último libro, por ejemplo, donde un antiguo torturador reaparece como fantasma y repite sus actos en cuerpos vivos. Y esto nace porque en la ESMA, lugar donde se encarcelaba y torturaba a ciudadanos durante la dictadura, ahora es un centro de oficinas normal del Estado y es un lugar cargadísimo de historia negra y a mucha gente le da miedo. Hay un punto donde el terror real, sobre todo en lugares donde pasaron circunstancias macabras, transmuta en fantasías relacionadas con lo paranormal.«El terror nombra como ningún género la el miedo que tenemos a los cambios de este mundo» —Antes se decía que la novela negra era la que mejor reflejaba la sociedad y sus problemas. En el contexto actual, ¿podría decirse que la novela de terror es la que mejor refleja el momento que vivimos?—Posiblemente. Lo que tiene el terror, y lo que tenía el gótico en el siglo XIX, es que nombra como ninguno la perplejidad, inseguridad y la incomprensión frente a la realidad que vivimos ahora. El terror trata de poner en palabras lo que no se puede decir, lo que está prácticamente fuera del lenguaje. Con un cambio de paradigma como el que estamos viviendo, hay que expresar ese miedo. En el XIX, la señora que escuchaba que descendía del mono se volvía loca. Le habían cambiado por completo la idea que tenía de ser humano. Ahora estamos en un momento parecido, con la IA, la transhumanización, la fragmentación de lo real, el cambio climático. Es muy difícil distinguir qué es real y qué no, que es ser humano y qué no. Los niveles de perturbación cognitiva que eso genera son enormes y claro que el giro para expresar esa perplejidad es el terror. Vivimos, por así decirlo, un gótico digital.—En 2016, con ‘Las cosas que perdimos en el fuego’, salta a España y de allí al mundo entero, ¿el nuevo nivel de atención le cambió de algún modo su forma de escribir?—Lo curioso del caso es que vivimos en una era de contención nacional, así que si quieres que una argentina se lea en Chile, en México o donde sea, primero tienes que pasar por España. No tiene mucho sentido, pero a nivel comercial es lo que ocurre. Así que me publicaran en España fue un salto importante para que me publicaran en todo el mundo. Claro, ya hacía 20 años que publicaba y ya era mayor. Es importante que te empiecen a leer de forma masiva cuando ya tienes más herramientas para asimilarlo.—En 2019 gana el Premio Herralde con ‘Nuestra parte de la noche’ y su popularidad se dispara, ¿cómo ve ahora esa novela en su corpus literario?—Es curioso, porque una de sus premisas era la muerte de la definición tradicional de familia. En esa época, se publicaron libros y se estrenaron películas, como la misma ‘Hereditary’, que también cuestionaban el convencimiento que tu familia siempre busca lo mejor para ti. Algo había en el aire, la irrupción de una desconfianza colectiva hacia las instituciones más clásicas. Está bien cuestionar que no tienes que cuidar a un padre abusador o a un hijo violento, pero al mismo tiempo hay allí un vacío que no sabes como llenar y que genera irremediablemente inquietud. —El éxito masivo ha hecho que la reclamen por todas partes, ¿tiene tiempo de escribir? ¿Para cuando nuevas ficciones?—Desde que me mudé a Tasmania cuesta mucho dinero sacarme de aquí y ya no me lo piden tanto [ríe]. Pero sí, sí, tengo tiempo. Estoy terminando dos novelas, que no sé si al final tiraré o no, famosamente no sería la primera vez, pero allí estoy. A los diez años, Mariana Enríquez , una niña solitaria y llena de imaginación, decidió que se escaparía de casa e iría a ver el estreno de ‘Pesadilla en Elm Street’. Sus padres no le dejaban ver ‘El exorcista’, que acababa de salir en VHS, y estaba decidida a no perderse la que todo el mundo calificaba como la película más terrorífica del momento. Convenció a su mejor amiga y juntas fueron a ver a escondidas las andanzas de Freddy Kruger en un cine de La Plata que tenían cerca de casa. «Nos quedamos atrás y conseguimos entrar sin mayores problemas. Para mí fue como un recital, con un montón de gente pasando miedo al mismo tiempo y todo fue super intenso. Mi amiga se asustó mucho y se puso a llorar. Fue horrible. No paraba y tuvieron que llamar a nuestros padres», afirma la escritora.Esta y muchas otras historias dan forma a ‘Conversación con la oscuridad’ (Páginas de Espuma) , ensayo donde intenta armar un fuerte brazo teórico alrededor del género de terror y cómo se mezcla irremediablemente con la vida. «Al salir del cine, me di cuenta que valía la pena hacer cosas así. Para mí fue como esos grandes momentos de la cultura pop, como los chicos que se quedaban sin dormir haciendo cola cuando salía el nuevo Harry Potter. Siempre he vivido con intensidad el objeto cultural y más con el género de terror», asegura.—Lo del gusto por el horror le viene de la más tierna infancia.—Bueno, no tengo hermanos y tuve una infancia bastante solitaria. Ahora soy muy sociable, pero antes no lo era. Ten en cuenta que la mía era una infancia marcada por la dictadura, con lo que nuestros movimientos estaban bastante restringidos. Había que pedir permiso a la policía incluso para hacer un cumpleaños. No es que no hubiera sociabilidad, sólo que era una con muchísima desconfianza.—¿La dictadura marcó entonces definitivamente su infancia y, por tanto, su sensibilidad?—No lo notaba en ese momento, me doy cuenta ahora en retrospectiva. Cada familia es un mundo, pero en casa mis padres estaban paranoicos y no les culpo. Vivíamos en Lanús, un suburbio industrial bastante hostil. No hay demasiados parques y era en definitiva un espacio no muy estimulante. En un ambiente así, el refugio de la imaginación es absolutamente necesario. Y poco a poco me armé mentalmente de claves para sobrevivir, sobre todo a partir de las cosas que leía. —Los libros tienen la culpa siempre, como El Quijote.—No sé por qué me entusiasmaban tanto las historias paranormales, de fantasmas, de terror. Lo único que sé es que las encontré rápidamente en la biblioteca. Cuando tenía 10 años ya había leído un montón. No sé exactamente de dónde me viene. Está bien que nuestras sensibilidades sean un poco misteriosas. Mi abuela, por ejemplo, era una persona que contaba muchos cuentos de aparecidos y muchas leyendas. Hay toda una parte de mi familia que también tiene mucha relación con lo supersticioso, que son medio brujas.—¿Recuerda un momento en que notase que esta fascinación no era ‘normal’, por decirlo de alguna manera?—Iba a una escuela católica. Le tenía miedo al diablo porque era la encarnación del mal. Había una mancha de cemento en el techo de mi habitación que para mí tenía cuernos. Estaba aterrada, pero al mismo tiempo nunca se lo dije a mis padres, ni pedía que me la sacaran. La adrenalina del terror era un gran entretenimiento y me gustaba. Entonces empezó a interesarme los mecanismos del terror.—Asegura que se inició en el género de terror de forma solitaria, autodidacta e intuitiva. ¿Necesitaba ahora ordenar todo su universo en una explicación teórica? —No necesariamente. Llevo mucho años de investigación sobre el tema, que se expresa en clases, charlas, entrevistas, coloquios, en definitiva, en textos sobre el tema. Sin embargo, todo eso estaba diseminado en diferentes lugares de internet. Son muchos años leyendo, hablando, escribiendo, sistematizando sobre el tema y era un buen momento para recopilarlo y armar un corpus más o menos coherente.«Para mí Stephen King siempre ha sido uno de los grandes escritores realistas norteamericanos»—Comenta que en esos primeros años el género del terror era un gusto que podía compartir con muy pocas personas. —Muy poca gente, sí. Mi primera novela, ‘Bajar es lo peor’ (Anagrama), que publiqué con 19 años, no es una historia de terror per se, pero sí que contenía elementos del género, muchos, pero nadie se dio cuenta en ese momento. Hay tres personajes que se le aparecen al protagonista que son un robo directo a la película ‘Hellreiser’ y a la novela de Clive Barker, que en los 80 era como un dios y que hoy está un poco olvidado. Cuando lo escribí pensé, ‘¡buff, esto es super obvio!’, pero nadie se dio cuenta. Pero ten en cuenta que estamos en los 90, no hay internet, no hay redes, los gustos ‘frikis’ estaban muy dispersos—¿No era sencillo abastecerse de novelas y películas de terror?—No, ni mucho menos. Estaban los clásicos del terror, luego Stephen King y los ‘best sellers’ asociados, pero era una odisea encontrar nuevos escritores. Yo buscaba las recomendaciones que hacía el propio King, como Shirley Jackson, pero era difícil conseguirlas. Tenías que ir buscando en colecciones, como las de Minotauro, e ir haciendo tus mapas de influencias. Descubres, leyendo el prólogo de Borges a ‘Crónicas Marcianas’, que Bradbury también tiene cuentos de miedo como los de ‘El país de octubre’. Así van creciendo tus referentes. Y encontrar autores hispanoamericanos que escribieran en ese momento de género era imposible, no como ocurre ahora.—Describe su introducción como autora al género como una mezcla del realismo de Stephen King y el romanticismo atormentado a lo Emily Brönte.—Sí, hay más cosas, pero esa sería una primera síntesis que tuve muy clara desde el principio. Para mí King siempre ha sido uno de los grandes escritores realistas norteamericanos. Te puede hacer morir de miedo, pero tiene dentro esa tradición norteamericana a lo Mark Twain. En sus novelas tienes a los chicos medio abandonados por los padres andando por el pueblo, a la chica que sufre ‘bulling’, al fanatismo religioso, la violencia familiar, y ves que todo parte de un terror muy basado en el realismo de base, reconocible, en lugares muy familiares para el lector común. Si a eso le añades la estilización, el aire de maldición y la poesía del gótico de las Brönte, creo que ahí estoy yo. —¿Cuándo empieza a utilizar los códigos del género para hablar de situaciones como la dictadura argentina y el terrorismo de estado?—El primer cuento en que utilicé la dictadura y los desaparecidos como base se llamaba ‘Cuando hablábamos con los muertos’. Nació de algo que me contó una amiga, hija de desaparecidos. Aseguraba que se reunían con amigos para hacer ouija e invocar a los espíritus de sus padres para saber dónde estaban sus cuerpos. Iban a una casa apartada, se emborrachaban, era algo muy catártico y juvenil. Cuando lo escuché, en seguida pensé que tenía que hacer un cuento. —Siempre se ha tratado a las novelas de género como entretenimiento menor, ¿tuvo miedo a que la acusasen de frivolizar temas muy serios?—Cuando lo publiqué, pensé que las asociaciones pro derechos humanos me iban a llevar presa por frivolizar sobre estos temas, pero no pasó nada. La traslación no era tanto hablar directamente del terrorismo de estado, sino de sus efectos. Hay un cuento en mi último libro, por ejemplo, donde un antiguo torturador reaparece como fantasma y repite sus actos en cuerpos vivos. Y esto nace porque en la ESMA, lugar donde se encarcelaba y torturaba a ciudadanos durante la dictadura, ahora es un centro de oficinas normal del Estado y es un lugar cargadísimo de historia negra y a mucha gente le da miedo. Hay un punto donde el terror real, sobre todo en lugares donde pasaron circunstancias macabras, transmuta en fantasías relacionadas con lo paranormal.«El terror nombra como ningún género la el miedo que tenemos a los cambios de este mundo» —Antes se decía que la novela negra era la que mejor reflejaba la sociedad y sus problemas. En el contexto actual, ¿podría decirse que la novela de terror es la que mejor refleja el momento que vivimos?—Posiblemente. Lo que tiene el terror, y lo que tenía el gótico en el siglo XIX, es que nombra como ninguno la perplejidad, inseguridad y la incomprensión frente a la realidad que vivimos ahora. El terror trata de poner en palabras lo que no se puede decir, lo que está prácticamente fuera del lenguaje. Con un cambio de paradigma como el que estamos viviendo, hay que expresar ese miedo. En el XIX, la señora que escuchaba que descendía del mono se volvía loca. Le habían cambiado por completo la idea que tenía de ser humano. Ahora estamos en un momento parecido, con la IA, la transhumanización, la fragmentación de lo real, el cambio climático. Es muy difícil distinguir qué es real y qué no, que es ser humano y qué no. Los niveles de perturbación cognitiva que eso genera son enormes y claro que el giro para expresar esa perplejidad es el terror. Vivimos, por así decirlo, un gótico digital.—En 2016, con ‘Las cosas que perdimos en el fuego’, salta a España y de allí al mundo entero, ¿el nuevo nivel de atención le cambió de algún modo su forma de escribir?—Lo curioso del caso es que vivimos en una era de contención nacional, así que si quieres que una argentina se lea en Chile, en México o donde sea, primero tienes que pasar por España. No tiene mucho sentido, pero a nivel comercial es lo que ocurre. Así que me publicaran en España fue un salto importante para que me publicaran en todo el mundo. Claro, ya hacía 20 años que publicaba y ya era mayor. Es importante que te empiecen a leer de forma masiva cuando ya tienes más herramientas para asimilarlo.—En 2019 gana el Premio Herralde con ‘Nuestra parte de la noche’ y su popularidad se dispara, ¿cómo ve ahora esa novela en su corpus literario?—Es curioso, porque una de sus premisas era la muerte de la definición tradicional de familia. En esa época, se publicaron libros y se estrenaron películas, como la misma ‘Hereditary’, que también cuestionaban el convencimiento que tu familia siempre busca lo mejor para ti. Algo había en el aire, la irrupción de una desconfianza colectiva hacia las instituciones más clásicas. Está bien cuestionar que no tienes que cuidar a un padre abusador o a un hijo violento, pero al mismo tiempo hay allí un vacío que no sabes como llenar y que genera irremediablemente inquietud. —El éxito masivo ha hecho que la reclamen por todas partes, ¿tiene tiempo de escribir? ¿Para cuando nuevas ficciones?—Desde que me mudé a Tasmania cuesta mucho dinero sacarme de aquí y ya no me lo piden tanto [ríe]. Pero sí, sí, tengo tiempo. Estoy terminando dos novelas, que no sé si al final tiraré o no, famosamente no sería la primera vez, pero allí estoy. RSS de noticias de cultura
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