Comenzó como periodista. Primero en la prensa escrita y la televisión de Valencia, luego dio el salto a los medios nacionales. Fue presentador de informativos y, durante una década, uno de los rostros de ‘El programa de Ana Rosa’. De ahí dio el salto a la ficción. Debutó como novelista con ‘Que sea la última vez…’ (2009), seguida por ‘El susurro de la caracola’ (2011), ‘Una tienda en París’ (2012) y ‘La noche soñada’ (2014), Premio Primavera de Novela. ‘Adiós, pequeño’ (2022) , también reconocida con Premio de Novela Fernando Lara es la antesala de ‘Mamá está dormida’ (2026) , un ciclo de tintes autobiográficos que retrata la forma en que un hijo cuida de una madre enferma. Su incursión política fue tan breve como sonada: en junio de 2018 Pedro Sánchez lo nombró ministro de Cultura y Deporte. Dimitió apenas una semana después tras conocerse un conflicto tributario anterior a su nombramiento. Eso lo convirtió en el ministro más breve de la democracia española. Sobre la invención y la reinvención habla el escritor y periodista Máximo Huerta en esta entrevista.—¿Cuál de sus novelas representa mejor la idea de volver a empezar?—La que habla de manera más clara es ‘Una tienda en París’. Todas las novelas dependen de un estado de ánimo y uno nunca es ajeno al lugar en el que está viviendo. Si viajo en el tiempo hasta el momento en que escribí aquella novela, en mí también había una necesidad de cambiar. La protagonista necesita dejar Madrid e irse fuera para empezar de cero. Es la reinvención por excelencia. Creo que utilizaba una frase de Marguerite Duras que hablaba precisamente de esa necesidad de empezar de cero en otro lugar.—Reinventarse puede significar también volver.—Esa quizá sea la reinvención más absoluta. Aparece en ‘Adiós, pequeño’. Yo había vuelto al pueblo, estaba viviendo en Buñol, monté una librería y veía cómo mi madre se estaba evaporando. Entonces empecé a escribir ‘Adiós, pequeño’, que después ganó el Premio Fernando Lara. Esa novela habla de reinventarte recuperando aquello que fuiste: volver al pueblo con 55 años y buscar al niño que jugaba, que se metía en las balsas, que recorría el río. No se trata exactamente de volver, sino de buscar aquello que fuiste.—Ha dicho en varias ocasiones que cuidar a alguien es algo épico. ¿Cambia también nuestra idea de la victoria?—Sin duda. Cuidar supone un trabajo continuo, estar constantemente volviendo a empezar. Es también una despedida. Esta mañana, mientras desayunaba, se me han acercado tres personas: dos muy jóvenes y una señora. Tenían madres o padres con alzhéimer. Ahí está la épica: en compartir algo tan íntimo sin romperse. Yo no soy psicólogo ni quiero serlo, pero creo que la épica está en esos pequeños lugares. No hay titulares, aplausos ni reconocimiento. Es algo íntimo, doloroso, triste y desolador. Cada día supone una reinvención para quien cuida y también para la persona cuidada: que no recuerde la casa o que no se acuerde de ti. —La ausencia y la memoria son experiencias recurrentes en su escritura.—A mí me gustaría olvidar algunos episodios de mi vida, pero no lo consigo. La memoria es muy traicionera, muy juguetona, incluso muy novelera. Agranda momentos que no fueron para tanto, disminuye otros que te gustaría recordar al detalle y hay algunos que vuelven permanentemente a tu cabeza. Ojalá pudiéramos manejar la memoria. También como país. Estaría muy bien poder manejar la memoria del ciudadano y la propia historia de un país. Pero va sola, es autónoma. Borra lo que le apetece y conserva otras cosas. Algunas que me gustaría recordar ya no las recuerdo; otras permanecen con todos sus restos. Hablar, escribir y leer sobre la memoria me interesa muchísimo. No me gustan las novelas en presente: siempre estás buceando en algo. La memoria es el único patrimonio que tenemos. Lo que has vivido tú, lo que ha vivido tu país. Olvidar puede ser dramático y, a veces, sanador. —Es usted un lector entusiasta de Ana María Matute. ¿Es ella el ejemplo canónico de remontar?—Si ha habido alguien que representa la remontada es Ana María Matute. Ojalá pudiera parecerme a ella en algún sentido. Incluso he sentido alguna vez el miedo a la sequía que tuvo ella. Ese miedo provocado por el amor, el desamor, el dolor o una ruptura, que llegó a colapsarla, siempre lo he visto como un espejo dramático. Matute representa muchas remontadas: remontar desde la infancia, desde un matrimonio terrorífico, remontar mediante la escritura e incluso superar el olvido. Durante un tiempo parecía que Ana María Matute había quedado reducida a los cuentos de ‘Los niños tontos’, hasta que España volvió a comprobar que era una escritora gigantesca con ‘Olvidado Rey Gudú’. Y todo desde la discreción, sin demostrar nada. Debió de ser un trabajo interior enorme. Esa parte no pude hablarla con ella porque hablábamos de otras cosas mucho más frívolas. —También existen las remontadas tardías.—Claro. Yo soy muy de Luis Landero. Él protagoniza otro tipo de remontada, un giro de guion bestial con ‘Juegos de la edad tardía’, después de haber sido guitarrista y de haber tenido otra vida. Me fascina. Creo que muchos de los autores que me gustan juegan en esa liga.Máximo Huerta durante la entrevista ENRIQUE FALCÓN—¿Puede una persona reconstruirse del todo?—Sí, pero lo que no puedes cambiar es la mirada de los demás. Esa reconstrucción no te corresponde y a veces es la que más duele. Uno puede reconstruirse en todos los sentidos: remontar, cambiar. Pero siempre quedará un compartimento que pertenece a los demás. Algunos lo llamarán mochila; otros, un vagón extra en el tren. Personalmente podemos reconstruirnos. Los países también. Pero siempre habrá alguien que recuerde aquello que tú ya dejaste atrás.—¿Qué sabe ahora del poder que no sabía antes?—Que es muy ordinario, muy vulgar. Desde fuera existe una mirada engrandecida hacia el poder y, cuando estás dentro, descubres que detrás hay un enanito con un altavoz. Hay muchos tipos de poder, pero ahora lo miro como alguien que ha descubierto el truco. Cuando descubres cómo funciona, ya no puedes encontrar la magia. Si ves el truco de un jugador de cartas, nunca vuelves a contemplarlo de la misma manera.—Si pudiera advertir al hombre que entró entonces en política, ¿qué le diría?—Que, como en el cuento de Ana María Matute, yo era uno de ‘Los niños tontos’ entrando allí. Ahora aquello es casi un exotismo en mi vida. Además, lo he literaturizado tanto en mi memoria que ya no sé cuánto tiene de verdad y cuánto de ficción. Si algún día lo escribiera, lo haría desde una mirada limpia, no desde el odio. Una mirada que contuviese también toda la imaginación y la ficción que he añadido después. Ya no sé cuánto había de verdad y cuánto de mentira en aquel capítulo de mi vida.—¿Cuál es la victoria más silenciosa que atesora?—Ser capaz de estar cuidando a mi madre. Es la victoria más importante de mi vida. Ya cuidé a mi padre con la ayuda de mi madre. Él murió de alzhéimer. En mi casa enfermamos por orden. Mi gran victoria ha sido ser capaz de cogerlo todo, vaciar el piso de Madrid y que Madrid dejara de importarme al día siguiente. Ni siquiera paso por la zona. No siento melancolía. He vuelto al pueblo sin que el pueblo se convierta en una bomba de relojería de melancolía. He vuelto a desayunar con mis amigos, me he apuntado a mis cosas. Allí hay mucha música, muchos conciertos de música clásica, bandas; culturalmente es muy potente. No echo de menos ni siquiera la oferta cultural de Madrid. Esa es mi gran victoria: estar con mi madre sin sentir que estoy sufriendo por la vida que he dejado.—Si pudiera ponerle un título a tu vida, ¿cuál sería?—Algo que tuviera que ver con llegar siempre tarde a todo. Creo que he llegado tarde a muchas cosas, casi a todas. Luego las he disfrutado, pero probablemente no era el momento. Seguramente la titularía así.—¿Qué relación tiene con el verano?—El verano tiene algo que parece obligarte a estar feliz. Me pasa como a otros con la Navidad. A mí el verano me incomoda. No me gusta el calor ni el sudor. Me parece que el verano está hecho para ricos: para quienes tienen aire acondicionado en todas partes, pueden irse en un barco o tienen piscina en casa. Yo no tengo. Nunca me ha gustado. Además, no empiezo a disfrutarlo hasta las nueve de la noche, cuando ya puedes salir a la calle. Comenzó como periodista. Primero en la prensa escrita y la televisión de Valencia, luego dio el salto a los medios nacionales. Fue presentador de informativos y, durante una década, uno de los rostros de ‘El programa de Ana Rosa’. De ahí dio el salto a la ficción. Debutó como novelista con ‘Que sea la última vez…’ (2009), seguida por ‘El susurro de la caracola’ (2011), ‘Una tienda en París’ (2012) y ‘La noche soñada’ (2014), Premio Primavera de Novela. ‘Adiós, pequeño’ (2022) , también reconocida con Premio de Novela Fernando Lara es la antesala de ‘Mamá está dormida’ (2026) , un ciclo de tintes autobiográficos que retrata la forma en que un hijo cuida de una madre enferma. Su incursión política fue tan breve como sonada: en junio de 2018 Pedro Sánchez lo nombró ministro de Cultura y Deporte. Dimitió apenas una semana después tras conocerse un conflicto tributario anterior a su nombramiento. Eso lo convirtió en el ministro más breve de la democracia española. Sobre la invención y la reinvención habla el escritor y periodista Máximo Huerta en esta entrevista.—¿Cuál de sus novelas representa mejor la idea de volver a empezar?—La que habla de manera más clara es ‘Una tienda en París’. Todas las novelas dependen de un estado de ánimo y uno nunca es ajeno al lugar en el que está viviendo. Si viajo en el tiempo hasta el momento en que escribí aquella novela, en mí también había una necesidad de cambiar. La protagonista necesita dejar Madrid e irse fuera para empezar de cero. Es la reinvención por excelencia. Creo que utilizaba una frase de Marguerite Duras que hablaba precisamente de esa necesidad de empezar de cero en otro lugar.—Reinventarse puede significar también volver.—Esa quizá sea la reinvención más absoluta. Aparece en ‘Adiós, pequeño’. Yo había vuelto al pueblo, estaba viviendo en Buñol, monté una librería y veía cómo mi madre se estaba evaporando. Entonces empecé a escribir ‘Adiós, pequeño’, que después ganó el Premio Fernando Lara. Esa novela habla de reinventarte recuperando aquello que fuiste: volver al pueblo con 55 años y buscar al niño que jugaba, que se metía en las balsas, que recorría el río. No se trata exactamente de volver, sino de buscar aquello que fuiste.—Ha dicho en varias ocasiones que cuidar a alguien es algo épico. ¿Cambia también nuestra idea de la victoria?—Sin duda. Cuidar supone un trabajo continuo, estar constantemente volviendo a empezar. Es también una despedida. Esta mañana, mientras desayunaba, se me han acercado tres personas: dos muy jóvenes y una señora. Tenían madres o padres con alzhéimer. Ahí está la épica: en compartir algo tan íntimo sin romperse. Yo no soy psicólogo ni quiero serlo, pero creo que la épica está en esos pequeños lugares. No hay titulares, aplausos ni reconocimiento. Es algo íntimo, doloroso, triste y desolador. Cada día supone una reinvención para quien cuida y también para la persona cuidada: que no recuerde la casa o que no se acuerde de ti. —La ausencia y la memoria son experiencias recurrentes en su escritura.—A mí me gustaría olvidar algunos episodios de mi vida, pero no lo consigo. La memoria es muy traicionera, muy juguetona, incluso muy novelera. Agranda momentos que no fueron para tanto, disminuye otros que te gustaría recordar al detalle y hay algunos que vuelven permanentemente a tu cabeza. Ojalá pudiéramos manejar la memoria. También como país. Estaría muy bien poder manejar la memoria del ciudadano y la propia historia de un país. Pero va sola, es autónoma. Borra lo que le apetece y conserva otras cosas. Algunas que me gustaría recordar ya no las recuerdo; otras permanecen con todos sus restos. Hablar, escribir y leer sobre la memoria me interesa muchísimo. No me gustan las novelas en presente: siempre estás buceando en algo. La memoria es el único patrimonio que tenemos. Lo que has vivido tú, lo que ha vivido tu país. Olvidar puede ser dramático y, a veces, sanador. —Es usted un lector entusiasta de Ana María Matute. ¿Es ella el ejemplo canónico de remontar?—Si ha habido alguien que representa la remontada es Ana María Matute. Ojalá pudiera parecerme a ella en algún sentido. Incluso he sentido alguna vez el miedo a la sequía que tuvo ella. Ese miedo provocado por el amor, el desamor, el dolor o una ruptura, que llegó a colapsarla, siempre lo he visto como un espejo dramático. Matute representa muchas remontadas: remontar desde la infancia, desde un matrimonio terrorífico, remontar mediante la escritura e incluso superar el olvido. Durante un tiempo parecía que Ana María Matute había quedado reducida a los cuentos de ‘Los niños tontos’, hasta que España volvió a comprobar que era una escritora gigantesca con ‘Olvidado Rey Gudú’. Y todo desde la discreción, sin demostrar nada. Debió de ser un trabajo interior enorme. Esa parte no pude hablarla con ella porque hablábamos de otras cosas mucho más frívolas. —También existen las remontadas tardías.—Claro. Yo soy muy de Luis Landero. Él protagoniza otro tipo de remontada, un giro de guion bestial con ‘Juegos de la edad tardía’, después de haber sido guitarrista y de haber tenido otra vida. Me fascina. Creo que muchos de los autores que me gustan juegan en esa liga.Máximo Huerta durante la entrevista ENRIQUE FALCÓN—¿Puede una persona reconstruirse del todo?—Sí, pero lo que no puedes cambiar es la mirada de los demás. Esa reconstrucción no te corresponde y a veces es la que más duele. Uno puede reconstruirse en todos los sentidos: remontar, cambiar. Pero siempre quedará un compartimento que pertenece a los demás. Algunos lo llamarán mochila; otros, un vagón extra en el tren. Personalmente podemos reconstruirnos. Los países también. Pero siempre habrá alguien que recuerde aquello que tú ya dejaste atrás.—¿Qué sabe ahora del poder que no sabía antes?—Que es muy ordinario, muy vulgar. Desde fuera existe una mirada engrandecida hacia el poder y, cuando estás dentro, descubres que detrás hay un enanito con un altavoz. Hay muchos tipos de poder, pero ahora lo miro como alguien que ha descubierto el truco. Cuando descubres cómo funciona, ya no puedes encontrar la magia. Si ves el truco de un jugador de cartas, nunca vuelves a contemplarlo de la misma manera.—Si pudiera advertir al hombre que entró entonces en política, ¿qué le diría?—Que, como en el cuento de Ana María Matute, yo era uno de ‘Los niños tontos’ entrando allí. Ahora aquello es casi un exotismo en mi vida. Además, lo he literaturizado tanto en mi memoria que ya no sé cuánto tiene de verdad y cuánto de ficción. Si algún día lo escribiera, lo haría desde una mirada limpia, no desde el odio. Una mirada que contuviese también toda la imaginación y la ficción que he añadido después. Ya no sé cuánto había de verdad y cuánto de mentira en aquel capítulo de mi vida.—¿Cuál es la victoria más silenciosa que atesora?—Ser capaz de estar cuidando a mi madre. Es la victoria más importante de mi vida. Ya cuidé a mi padre con la ayuda de mi madre. Él murió de alzhéimer. En mi casa enfermamos por orden. Mi gran victoria ha sido ser capaz de cogerlo todo, vaciar el piso de Madrid y que Madrid dejara de importarme al día siguiente. Ni siquiera paso por la zona. No siento melancolía. He vuelto al pueblo sin que el pueblo se convierta en una bomba de relojería de melancolía. He vuelto a desayunar con mis amigos, me he apuntado a mis cosas. Allí hay mucha música, muchos conciertos de música clásica, bandas; culturalmente es muy potente. No echo de menos ni siquiera la oferta cultural de Madrid. Esa es mi gran victoria: estar con mi madre sin sentir que estoy sufriendo por la vida que he dejado.—Si pudiera ponerle un título a tu vida, ¿cuál sería?—Algo que tuviera que ver con llegar siempre tarde a todo. Creo que he llegado tarde a muchas cosas, casi a todas. Luego las he disfrutado, pero probablemente no era el momento. Seguramente la titularía así.—¿Qué relación tiene con el verano?—El verano tiene algo que parece obligarte a estar feliz. Me pasa como a otros con la Navidad. A mí el verano me incomoda. No me gusta el calor ni el sudor. Me parece que el verano está hecho para ricos: para quienes tienen aire acondicionado en todas partes, pueden irse en un barco o tienen piscina en casa. Yo no tengo. Nunca me ha gustado. Además, no empiezo a disfrutarlo hasta las nueve de la noche, cuando ya puedes salir a la calle. Comenzó como periodista. Primero en la prensa escrita y la televisión de Valencia, luego dio el salto a los medios nacionales. Fue presentador de informativos y, durante una década, uno de los rostros de ‘El programa de Ana Rosa’. De ahí dio el salto a la ficción. Debutó como novelista con ‘Que sea la última vez…’ (2009), seguida por ‘El susurro de la caracola’ (2011), ‘Una tienda en París’ (2012) y ‘La noche soñada’ (2014), Premio Primavera de Novela. ‘Adiós, pequeño’ (2022) , también reconocida con Premio de Novela Fernando Lara es la antesala de ‘Mamá está dormida’ (2026) , un ciclo de tintes autobiográficos que retrata la forma en que un hijo cuida de una madre enferma. Su incursión política fue tan breve como sonada: en junio de 2018 Pedro Sánchez lo nombró ministro de Cultura y Deporte. Dimitió apenas una semana después tras conocerse un conflicto tributario anterior a su nombramiento. Eso lo convirtió en el ministro más breve de la democracia española. Sobre la invención y la reinvención habla el escritor y periodista Máximo Huerta en esta entrevista.—¿Cuál de sus novelas representa mejor la idea de volver a empezar?—La que habla de manera más clara es ‘Una tienda en París’. Todas las novelas dependen de un estado de ánimo y uno nunca es ajeno al lugar en el que está viviendo. Si viajo en el tiempo hasta el momento en que escribí aquella novela, en mí también había una necesidad de cambiar. La protagonista necesita dejar Madrid e irse fuera para empezar de cero. Es la reinvención por excelencia. Creo que utilizaba una frase de Marguerite Duras que hablaba precisamente de esa necesidad de empezar de cero en otro lugar.—Reinventarse puede significar también volver.—Esa quizá sea la reinvención más absoluta. Aparece en ‘Adiós, pequeño’. Yo había vuelto al pueblo, estaba viviendo en Buñol, monté una librería y veía cómo mi madre se estaba evaporando. Entonces empecé a escribir ‘Adiós, pequeño’, que después ganó el Premio Fernando Lara. Esa novela habla de reinventarte recuperando aquello que fuiste: volver al pueblo con 55 años y buscar al niño que jugaba, que se metía en las balsas, que recorría el río. No se trata exactamente de volver, sino de buscar aquello que fuiste.—Ha dicho en varias ocasiones que cuidar a alguien es algo épico. ¿Cambia también nuestra idea de la victoria?—Sin duda. Cuidar supone un trabajo continuo, estar constantemente volviendo a empezar. Es también una despedida. Esta mañana, mientras desayunaba, se me han acercado tres personas: dos muy jóvenes y una señora. Tenían madres o padres con alzhéimer. Ahí está la épica: en compartir algo tan íntimo sin romperse. Yo no soy psicólogo ni quiero serlo, pero creo que la épica está en esos pequeños lugares. No hay titulares, aplausos ni reconocimiento. Es algo íntimo, doloroso, triste y desolador. Cada día supone una reinvención para quien cuida y también para la persona cuidada: que no recuerde la casa o que no se acuerde de ti. —La ausencia y la memoria son experiencias recurrentes en su escritura.—A mí me gustaría olvidar algunos episodios de mi vida, pero no lo consigo. La memoria es muy traicionera, muy juguetona, incluso muy novelera. Agranda momentos que no fueron para tanto, disminuye otros que te gustaría recordar al detalle y hay algunos que vuelven permanentemente a tu cabeza. Ojalá pudiéramos manejar la memoria. También como país. Estaría muy bien poder manejar la memoria del ciudadano y la propia historia de un país. Pero va sola, es autónoma. Borra lo que le apetece y conserva otras cosas. Algunas que me gustaría recordar ya no las recuerdo; otras permanecen con todos sus restos. Hablar, escribir y leer sobre la memoria me interesa muchísimo. No me gustan las novelas en presente: siempre estás buceando en algo. La memoria es el único patrimonio que tenemos. Lo que has vivido tú, lo que ha vivido tu país. Olvidar puede ser dramático y, a veces, sanador. —Es usted un lector entusiasta de Ana María Matute. ¿Es ella el ejemplo canónico de remontar?—Si ha habido alguien que representa la remontada es Ana María Matute. Ojalá pudiera parecerme a ella en algún sentido. Incluso he sentido alguna vez el miedo a la sequía que tuvo ella. Ese miedo provocado por el amor, el desamor, el dolor o una ruptura, que llegó a colapsarla, siempre lo he visto como un espejo dramático. Matute representa muchas remontadas: remontar desde la infancia, desde un matrimonio terrorífico, remontar mediante la escritura e incluso superar el olvido. Durante un tiempo parecía que Ana María Matute había quedado reducida a los cuentos de ‘Los niños tontos’, hasta que España volvió a comprobar que era una escritora gigantesca con ‘Olvidado Rey Gudú’. Y todo desde la discreción, sin demostrar nada. Debió de ser un trabajo interior enorme. Esa parte no pude hablarla con ella porque hablábamos de otras cosas mucho más frívolas. —También existen las remontadas tardías.—Claro. Yo soy muy de Luis Landero. Él protagoniza otro tipo de remontada, un giro de guion bestial con ‘Juegos de la edad tardía’, después de haber sido guitarrista y de haber tenido otra vida. Me fascina. Creo que muchos de los autores que me gustan juegan en esa liga.Máximo Huerta durante la entrevista ENRIQUE FALCÓN—¿Puede una persona reconstruirse del todo?—Sí, pero lo que no puedes cambiar es la mirada de los demás. Esa reconstrucción no te corresponde y a veces es la que más duele. Uno puede reconstruirse en todos los sentidos: remontar, cambiar. Pero siempre quedará un compartimento que pertenece a los demás. Algunos lo llamarán mochila; otros, un vagón extra en el tren. Personalmente podemos reconstruirnos. Los países también. Pero siempre habrá alguien que recuerde aquello que tú ya dejaste atrás.—¿Qué sabe ahora del poder que no sabía antes?—Que es muy ordinario, muy vulgar. Desde fuera existe una mirada engrandecida hacia el poder y, cuando estás dentro, descubres que detrás hay un enanito con un altavoz. Hay muchos tipos de poder, pero ahora lo miro como alguien que ha descubierto el truco. Cuando descubres cómo funciona, ya no puedes encontrar la magia. Si ves el truco de un jugador de cartas, nunca vuelves a contemplarlo de la misma manera.—Si pudiera advertir al hombre que entró entonces en política, ¿qué le diría?—Que, como en el cuento de Ana María Matute, yo era uno de ‘Los niños tontos’ entrando allí. Ahora aquello es casi un exotismo en mi vida. Además, lo he literaturizado tanto en mi memoria que ya no sé cuánto tiene de verdad y cuánto de ficción. Si algún día lo escribiera, lo haría desde una mirada limpia, no desde el odio. Una mirada que contuviese también toda la imaginación y la ficción que he añadido después. Ya no sé cuánto había de verdad y cuánto de mentira en aquel capítulo de mi vida.—¿Cuál es la victoria más silenciosa que atesora?—Ser capaz de estar cuidando a mi madre. Es la victoria más importante de mi vida. Ya cuidé a mi padre con la ayuda de mi madre. Él murió de alzhéimer. En mi casa enfermamos por orden. Mi gran victoria ha sido ser capaz de cogerlo todo, vaciar el piso de Madrid y que Madrid dejara de importarme al día siguiente. Ni siquiera paso por la zona. No siento melancolía. He vuelto al pueblo sin que el pueblo se convierta en una bomba de relojería de melancolía. He vuelto a desayunar con mis amigos, me he apuntado a mis cosas. Allí hay mucha música, muchos conciertos de música clásica, bandas; culturalmente es muy potente. No echo de menos ni siquiera la oferta cultural de Madrid. Esa es mi gran victoria: estar con mi madre sin sentir que estoy sufriendo por la vida que he dejado.—Si pudiera ponerle un título a tu vida, ¿cuál sería?—Algo que tuviera que ver con llegar siempre tarde a todo. Creo que he llegado tarde a muchas cosas, casi a todas. Luego las he disfrutado, pero probablemente no era el momento. Seguramente la titularía así.—¿Qué relación tiene con el verano?—El verano tiene algo que parece obligarte a estar feliz. Me pasa como a otros con la Navidad. A mí el verano me incomoda. No me gusta el calor ni el sudor. Me parece que el verano está hecho para ricos: para quienes tienen aire acondicionado en todas partes, pueden irse en un barco o tienen piscina en casa. Yo no tengo. Nunca me ha gustado. Además, no empiezo a disfrutarlo hasta las nueve de la noche, cuando ya puedes salir a la calle. RSS de noticias de cultura
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