Playa de El Tarajal de Ceuta . Mediodía del sábado 1 de agosto de 2026. Hace menos de cuarenta y ocho horas de que una marabunta juvenil en pleno éxtasis ha cruzado el paso fronterizo entre Marruecos y España y ha tomado, literalmente, la ciudad autónoma. Los magrebíes empiezan ya a volver por donde habían venido. Pero hay quien se queda: unos por simple desobediencia a las Fuerzas de Seguridad, que cuando se los encuentran por la calle les conminan, a veces porra en mano, a que cojan el camino de su país; y otros porque su edad no les permite regresar. Sí, se trata de los menores inmigrantes no acompañados, ‘ menas ‘ en la jerga administrativa. Quedan cuatro mil de ellos en Ceuta, como el que llega a la frontera de la mano de una enfermera del Hospital Universitario para acercarse al destacamento del Ejército de Tierra que vigila el enclave: «Nadó hasta aquí desde Marruecos . Llegó el viernes [por el día 31 de julio] por la mañana. Sus amigos lo llevaron al Hospital ese mismo día, porque le vieron muy enfermo. Ha estado ingresado por un problema respiratorio. Y ahora no sabe cómo volver. No sabe dónde está la gente con la que vino y no podemos contactar con su familia», le expone la sanitaria a los soldados. «Tenemos que buscarle una solución a este chico», añade.Municipio de Lubín, en el Levante de Almería . Sobremesa del sábado 11 de julio. Un fuego devastador asola la comarca y ha causado a esas alturas, dos días después de declararse, al menos diez fallecimientos —la cifra final de víctimas mortales ascenderá a catorce—, además de cientos de desalojos en las poblaciones cercadas por las llamas. Entre quienes tuvieron que dejar su hogar se encuentran los ‘menas’ internados en una antigua granja escuela de la pedanía de El Pocico. Gestionado por la Asociación Engloba, la instalación acoge a veinticinco chavales que se forman en las labores profesionales más comunes de la zona —el olivar, la miel— después de haber vivido la pesadilla del Estrecho a bordo de una patera. Los inmigrantes y quienes los tutelan acaban de retornar a su alojamiento después de pasar la noche en un equipamiento cultural de Lubín. «Pasamos momentos malos, de preocupación, ellos los primeros… Ahora, ya aquí de nuevo, están más tranquilos… Porque miran a las montañas y ya no ven fuego aunque sí humo… y porque temían que su salida semanal se suspendiera y parece que no va a ser así», explican las dos responsables del equipamiento social que depende de la Junta de Andalucía. Los magrebíes en régimen de acogida se protegen del fuerte sol de la tarde en la sombra del porche y miran el monte pelado por la furia del incendio, como si fuera una maldición que se suma a la de la travesía infernal entre las costas marroquí y española después de meses, incluso años, de un viaje más que incierto desde algún sitio remoto de las entrañas de África hacia Marruecos o Argelia .Menores inmigrantes en Ceuta EFE«Muchos vienen literalmente con lo puesto. No tienen ni siquiera una mochila, una maleta: llegan únicamente con la ropa que llevan puesta». La reflexión la hace una educadora social con amplia experiencia en el trabajo en centros de acogida de los menores inmigrantes, y que presta su testimonio a ABC de forma anónima, como lo hacen tres profesionales más. «Por lo general, en los centros de emergencia existe lo que podríamos llamar un pequeño ‘pack’ de bienvenida : unas mudas, un pijama, unas zapatillas de andar por casa y poco más. Si ellos no traen un cepillo de dientes, por ejemplo, se les proporciona. Es una atención muy básica», resume la educadora social. «También se les enseñan las instalaciones, la habitación y la cama en la que van a dormir, así como las normas de convivencia del centro; posteriormente se realiza una entrevista inicial con el equipo técnico para conocer su situación. Si disponen de documentación o ya han pasado por otro recurso, se parte de esa información; algunos, por ejemplo, llegan desde Canarias con determinados trámites ya iniciados, aunque no es lo más habitual», suscribe quien recalca que «lo más frecuente es que lleguen sin documentación o con muy poca información sobre cuál va a ser su situación administrativa».«Además de cobertura alimentaria y de ropa, tienen una paga semanal en función del comportamiento»En las horas más frenéticas de la avalancha de jóvenes marroquíes a Ceuta llamaba la atención que casi todos arribaban a la frontera española con sus teléfonos móviles de última generación envueltos en plásticos: algunos hacían cola junto a las máquinas exteriores de los edificios administrativos del límite territorial para tratar de que sus ventiladores secaran sus celulares. En este punto es oportuna la reflexión de otra educadora social que ha compartido su experiencia con este periódico. «Me gustaría destacar algo que se dice mucho: ‘No tienen nada en su país, pero todos vienen con un móvil’. Y, sí, muchos de ellos vienen con un teléfono móvil, pero eso no significa que tengan dinero o una buena situación económica en su país de origen», precisa la profesional. «No todos vienen con teléfonos caros; algunos pueden haberlo recibido como regalo y, además, los precios y las posibilidades de acceso a determinados dispositivos son diferentes según el país. Hay muchísimas situaciones distintas. Al final, ¿quién no tiene hoy un teléfono móvil? Además, el móvil puede ser un arma de doble filo». ¿Por qué? «Por un lado, es una herramienta fundamental para mantenerse en contacto con su familia y para orientarse durante el proceso migratorio; pero, por otro, también es una de las principales vías por las que reciben información que no siempre se corresponde con la realidad. La mayoría de ellos llegan con una imagen bastante idealizada de lo que se van a encontrar en España», responde.«Los chicos hablan continuamente con sus familias, a no ser que no tengan móvil»La conclusión generalizada de quienes están al lado de los menores inmigrantes en su proceso de integración en España hasta que cumplen la mayoría de edad es que «a través del móvil reciben mensajes, vídeos o información en los que les hacen creer que aquí van a tener una vida increíble, que van a encontrar trabajo fácilmente o que van a tener una vida muy próspera. Y cuando llegan, la realidad con la que se encuentran es muy diferente».Los teléfonos son, con todo, un elemento fundamental para que los magrebíes se comuniquen con sus allegados. Tercia otra trabajadora social: «Los chicos hablan continuamente con sus familias, a no ser que no tengan móvil, que también llegan muchos casos de chicos, o que les han robado el móvil, o lo han perdido, o que se les ha roto: en nuestro centro, por ejemplo, se entregan los móviles por la noche para que ellos tengan un descanso y se levanten a la hora, hagan sus tareas y estudien, aprendan la lengua».«Saben de mecánica, hostelería, peluquería, albañilería y fontanería pero aquí les sirve de poco porque les piden una FP, un título»La formación laboral es, junto con el aprendizaje del idioma , la base de la estancia de los ‘menas’ en los centros de acogida, que en su gran mayoría gestiona la Junta de Andalucía a través de convenios con entidades privadas sin ánimo de lucro. «Dejarlos en la calle sin recursos es el caldo de cultivo perfecto para que haya problemas» El trabajo en los centros de acogida de los menores inmigrantes es a contrarreloj, pues pueden residir en ellos hasta que cumplen 18 años: el objetivo, pues, es que lleguen a ese momento con el máximo agarre social y laboral posible. «Al final, dejar en la calle a personas sin recursos, sean o no menores, es el caldo de cultivo perfecto para que luego haya problemas a nivel social. Todo ello sin contar con las ‘mochilas’ que ya traen desde sus países de origen o por el propio trayecto migratorio», suscribe una trabajadora social con amplia experiencia. «Hablamos de personas que, en una gran parte de los casos, se han criado en contextos de pobreza, malos tratos intrafamiliares o que, durante el viaje migratorio, han visto cómo moría su amigo, su hermano o simplemente cómo fallecían mujeres, niños y hombres contados por decenas que viajaban en la misma patera y a quienes han tenido que tirar por la borda por mera supervivencia». La formación con la que los ‘menas’ arriban a España es dispar. «Muchos tienen conocimientos en mecánica, hostelería, peluquería, albañilería, fontanería… Oficios que han aprendido en sus países y que aquí, en muchos casos, les sirven de poco porque para acceder a determinados trabajos, ya les piden una FP o una titulación, cosa de la que carecen».Lo resume uno de los educadores consultados por ABC: «Además de la cobertura alimentaria y de ropa y alojamiento, los chicos tienen una paga semanal en función del comportamiento, y pueden tener alguna sanción económica temporal, por ejemplo por no haber asistido a las formaciones o haber caído en alguna falta de respeto», declara, para concluir con que es preciso reforzar la atención a la salud mental de estos inmigrantes. «Hemos tenido perfiles de psicosis, de autismo y de esquizofrenia: a estas personas hay que ayudarlas». Playa de El Tarajal de Ceuta . Mediodía del sábado 1 de agosto de 2026. Hace menos de cuarenta y ocho horas de que una marabunta juvenil en pleno éxtasis ha cruzado el paso fronterizo entre Marruecos y España y ha tomado, literalmente, la ciudad autónoma. Los magrebíes empiezan ya a volver por donde habían venido. Pero hay quien se queda: unos por simple desobediencia a las Fuerzas de Seguridad, que cuando se los encuentran por la calle les conminan, a veces porra en mano, a que cojan el camino de su país; y otros porque su edad no les permite regresar. Sí, se trata de los menores inmigrantes no acompañados, ‘ menas ‘ en la jerga administrativa. Quedan cuatro mil de ellos en Ceuta, como el que llega a la frontera de la mano de una enfermera del Hospital Universitario para acercarse al destacamento del Ejército de Tierra que vigila el enclave: «Nadó hasta aquí desde Marruecos . Llegó el viernes [por el día 31 de julio] por la mañana. Sus amigos lo llevaron al Hospital ese mismo día, porque le vieron muy enfermo. Ha estado ingresado por un problema respiratorio. Y ahora no sabe cómo volver. No sabe dónde está la gente con la que vino y no podemos contactar con su familia», le expone la sanitaria a los soldados. «Tenemos que buscarle una solución a este chico», añade.Municipio de Lubín, en el Levante de Almería . Sobremesa del sábado 11 de julio. Un fuego devastador asola la comarca y ha causado a esas alturas, dos días después de declararse, al menos diez fallecimientos —la cifra final de víctimas mortales ascenderá a catorce—, además de cientos de desalojos en las poblaciones cercadas por las llamas. Entre quienes tuvieron que dejar su hogar se encuentran los ‘menas’ internados en una antigua granja escuela de la pedanía de El Pocico. Gestionado por la Asociación Engloba, la instalación acoge a veinticinco chavales que se forman en las labores profesionales más comunes de la zona —el olivar, la miel— después de haber vivido la pesadilla del Estrecho a bordo de una patera. Los inmigrantes y quienes los tutelan acaban de retornar a su alojamiento después de pasar la noche en un equipamiento cultural de Lubín. «Pasamos momentos malos, de preocupación, ellos los primeros… Ahora, ya aquí de nuevo, están más tranquilos… Porque miran a las montañas y ya no ven fuego aunque sí humo… y porque temían que su salida semanal se suspendiera y parece que no va a ser así», explican las dos responsables del equipamiento social que depende de la Junta de Andalucía. Los magrebíes en régimen de acogida se protegen del fuerte sol de la tarde en la sombra del porche y miran el monte pelado por la furia del incendio, como si fuera una maldición que se suma a la de la travesía infernal entre las costas marroquí y española después de meses, incluso años, de un viaje más que incierto desde algún sitio remoto de las entrañas de África hacia Marruecos o Argelia .Menores inmigrantes en Ceuta EFE«Muchos vienen literalmente con lo puesto. No tienen ni siquiera una mochila, una maleta: llegan únicamente con la ropa que llevan puesta». La reflexión la hace una educadora social con amplia experiencia en el trabajo en centros de acogida de los menores inmigrantes, y que presta su testimonio a ABC de forma anónima, como lo hacen tres profesionales más. «Por lo general, en los centros de emergencia existe lo que podríamos llamar un pequeño ‘pack’ de bienvenida : unas mudas, un pijama, unas zapatillas de andar por casa y poco más. Si ellos no traen un cepillo de dientes, por ejemplo, se les proporciona. Es una atención muy básica», resume la educadora social. «También se les enseñan las instalaciones, la habitación y la cama en la que van a dormir, así como las normas de convivencia del centro; posteriormente se realiza una entrevista inicial con el equipo técnico para conocer su situación. Si disponen de documentación o ya han pasado por otro recurso, se parte de esa información; algunos, por ejemplo, llegan desde Canarias con determinados trámites ya iniciados, aunque no es lo más habitual», suscribe quien recalca que «lo más frecuente es que lleguen sin documentación o con muy poca información sobre cuál va a ser su situación administrativa».«Además de cobertura alimentaria y de ropa, tienen una paga semanal en función del comportamiento»En las horas más frenéticas de la avalancha de jóvenes marroquíes a Ceuta llamaba la atención que casi todos arribaban a la frontera española con sus teléfonos móviles de última generación envueltos en plásticos: algunos hacían cola junto a las máquinas exteriores de los edificios administrativos del límite territorial para tratar de que sus ventiladores secaran sus celulares. En este punto es oportuna la reflexión de otra educadora social que ha compartido su experiencia con este periódico. «Me gustaría destacar algo que se dice mucho: ‘No tienen nada en su país, pero todos vienen con un móvil’. Y, sí, muchos de ellos vienen con un teléfono móvil, pero eso no significa que tengan dinero o una buena situación económica en su país de origen», precisa la profesional. «No todos vienen con teléfonos caros; algunos pueden haberlo recibido como regalo y, además, los precios y las posibilidades de acceso a determinados dispositivos son diferentes según el país. Hay muchísimas situaciones distintas. Al final, ¿quién no tiene hoy un teléfono móvil? Además, el móvil puede ser un arma de doble filo». ¿Por qué? «Por un lado, es una herramienta fundamental para mantenerse en contacto con su familia y para orientarse durante el proceso migratorio; pero, por otro, también es una de las principales vías por las que reciben información que no siempre se corresponde con la realidad. La mayoría de ellos llegan con una imagen bastante idealizada de lo que se van a encontrar en España», responde.«Los chicos hablan continuamente con sus familias, a no ser que no tengan móvil»La conclusión generalizada de quienes están al lado de los menores inmigrantes en su proceso de integración en España hasta que cumplen la mayoría de edad es que «a través del móvil reciben mensajes, vídeos o información en los que les hacen creer que aquí van a tener una vida increíble, que van a encontrar trabajo fácilmente o que van a tener una vida muy próspera. Y cuando llegan, la realidad con la que se encuentran es muy diferente».Los teléfonos son, con todo, un elemento fundamental para que los magrebíes se comuniquen con sus allegados. Tercia otra trabajadora social: «Los chicos hablan continuamente con sus familias, a no ser que no tengan móvil, que también llegan muchos casos de chicos, o que les han robado el móvil, o lo han perdido, o que se les ha roto: en nuestro centro, por ejemplo, se entregan los móviles por la noche para que ellos tengan un descanso y se levanten a la hora, hagan sus tareas y estudien, aprendan la lengua».«Saben de mecánica, hostelería, peluquería, albañilería y fontanería pero aquí les sirve de poco porque les piden una FP, un título»La formación laboral es, junto con el aprendizaje del idioma , la base de la estancia de los ‘menas’ en los centros de acogida, que en su gran mayoría gestiona la Junta de Andalucía a través de convenios con entidades privadas sin ánimo de lucro. «Dejarlos en la calle sin recursos es el caldo de cultivo perfecto para que haya problemas» El trabajo en los centros de acogida de los menores inmigrantes es a contrarreloj, pues pueden residir en ellos hasta que cumplen 18 años: el objetivo, pues, es que lleguen a ese momento con el máximo agarre social y laboral posible. «Al final, dejar en la calle a personas sin recursos, sean o no menores, es el caldo de cultivo perfecto para que luego haya problemas a nivel social. Todo ello sin contar con las ‘mochilas’ que ya traen desde sus países de origen o por el propio trayecto migratorio», suscribe una trabajadora social con amplia experiencia. «Hablamos de personas que, en una gran parte de los casos, se han criado en contextos de pobreza, malos tratos intrafamiliares o que, durante el viaje migratorio, han visto cómo moría su amigo, su hermano o simplemente cómo fallecían mujeres, niños y hombres contados por decenas que viajaban en la misma patera y a quienes han tenido que tirar por la borda por mera supervivencia». La formación con la que los ‘menas’ arriban a España es dispar. «Muchos tienen conocimientos en mecánica, hostelería, peluquería, albañilería, fontanería… Oficios que han aprendido en sus países y que aquí, en muchos casos, les sirven de poco porque para acceder a determinados trabajos, ya les piden una FP o una titulación, cosa de la que carecen».Lo resume uno de los educadores consultados por ABC: «Además de la cobertura alimentaria y de ropa y alojamiento, los chicos tienen una paga semanal en función del comportamiento, y pueden tener alguna sanción económica temporal, por ejemplo por no haber asistido a las formaciones o haber caído en alguna falta de respeto», declara, para concluir con que es preciso reforzar la atención a la salud mental de estos inmigrantes. «Hemos tenido perfiles de psicosis, de autismo y de esquizofrenia: a estas personas hay que ayudarlas». Playa de El Tarajal de Ceuta . Mediodía del sábado 1 de agosto de 2026. Hace menos de cuarenta y ocho horas de que una marabunta juvenil en pleno éxtasis ha cruzado el paso fronterizo entre Marruecos y España y ha tomado, literalmente, la ciudad autónoma. Los magrebíes empiezan ya a volver por donde habían venido. Pero hay quien se queda: unos por simple desobediencia a las Fuerzas de Seguridad, que cuando se los encuentran por la calle les conminan, a veces porra en mano, a que cojan el camino de su país; y otros porque su edad no les permite regresar. Sí, se trata de los menores inmigrantes no acompañados, ‘ menas ‘ en la jerga administrativa. Quedan cuatro mil de ellos en Ceuta, como el que llega a la frontera de la mano de una enfermera del Hospital Universitario para acercarse al destacamento del Ejército de Tierra que vigila el enclave: «Nadó hasta aquí desde Marruecos . Llegó el viernes [por el día 31 de julio] por la mañana. Sus amigos lo llevaron al Hospital ese mismo día, porque le vieron muy enfermo. Ha estado ingresado por un problema respiratorio. Y ahora no sabe cómo volver. No sabe dónde está la gente con la que vino y no podemos contactar con su familia», le expone la sanitaria a los soldados. «Tenemos que buscarle una solución a este chico», añade.Municipio de Lubín, en el Levante de Almería . Sobremesa del sábado 11 de julio. Un fuego devastador asola la comarca y ha causado a esas alturas, dos días después de declararse, al menos diez fallecimientos —la cifra final de víctimas mortales ascenderá a catorce—, además de cientos de desalojos en las poblaciones cercadas por las llamas. Entre quienes tuvieron que dejar su hogar se encuentran los ‘menas’ internados en una antigua granja escuela de la pedanía de El Pocico. Gestionado por la Asociación Engloba, la instalación acoge a veinticinco chavales que se forman en las labores profesionales más comunes de la zona —el olivar, la miel— después de haber vivido la pesadilla del Estrecho a bordo de una patera. Los inmigrantes y quienes los tutelan acaban de retornar a su alojamiento después de pasar la noche en un equipamiento cultural de Lubín. «Pasamos momentos malos, de preocupación, ellos los primeros… Ahora, ya aquí de nuevo, están más tranquilos… Porque miran a las montañas y ya no ven fuego aunque sí humo… y porque temían que su salida semanal se suspendiera y parece que no va a ser así», explican las dos responsables del equipamiento social que depende de la Junta de Andalucía. Los magrebíes en régimen de acogida se protegen del fuerte sol de la tarde en la sombra del porche y miran el monte pelado por la furia del incendio, como si fuera una maldición que se suma a la de la travesía infernal entre las costas marroquí y española después de meses, incluso años, de un viaje más que incierto desde algún sitio remoto de las entrañas de África hacia Marruecos o Argelia .Menores inmigrantes en Ceuta EFE«Muchos vienen literalmente con lo puesto. No tienen ni siquiera una mochila, una maleta: llegan únicamente con la ropa que llevan puesta». La reflexión la hace una educadora social con amplia experiencia en el trabajo en centros de acogida de los menores inmigrantes, y que presta su testimonio a ABC de forma anónima, como lo hacen tres profesionales más. «Por lo general, en los centros de emergencia existe lo que podríamos llamar un pequeño ‘pack’ de bienvenida : unas mudas, un pijama, unas zapatillas de andar por casa y poco más. Si ellos no traen un cepillo de dientes, por ejemplo, se les proporciona. Es una atención muy básica», resume la educadora social. «También se les enseñan las instalaciones, la habitación y la cama en la que van a dormir, así como las normas de convivencia del centro; posteriormente se realiza una entrevista inicial con el equipo técnico para conocer su situación. Si disponen de documentación o ya han pasado por otro recurso, se parte de esa información; algunos, por ejemplo, llegan desde Canarias con determinados trámites ya iniciados, aunque no es lo más habitual», suscribe quien recalca que «lo más frecuente es que lleguen sin documentación o con muy poca información sobre cuál va a ser su situación administrativa».«Además de cobertura alimentaria y de ropa, tienen una paga semanal en función del comportamiento»En las horas más frenéticas de la avalancha de jóvenes marroquíes a Ceuta llamaba la atención que casi todos arribaban a la frontera española con sus teléfonos móviles de última generación envueltos en plásticos: algunos hacían cola junto a las máquinas exteriores de los edificios administrativos del límite territorial para tratar de que sus ventiladores secaran sus celulares. En este punto es oportuna la reflexión de otra educadora social que ha compartido su experiencia con este periódico. «Me gustaría destacar algo que se dice mucho: ‘No tienen nada en su país, pero todos vienen con un móvil’. Y, sí, muchos de ellos vienen con un teléfono móvil, pero eso no significa que tengan dinero o una buena situación económica en su país de origen», precisa la profesional. «No todos vienen con teléfonos caros; algunos pueden haberlo recibido como regalo y, además, los precios y las posibilidades de acceso a determinados dispositivos son diferentes según el país. Hay muchísimas situaciones distintas. Al final, ¿quién no tiene hoy un teléfono móvil? Además, el móvil puede ser un arma de doble filo». ¿Por qué? «Por un lado, es una herramienta fundamental para mantenerse en contacto con su familia y para orientarse durante el proceso migratorio; pero, por otro, también es una de las principales vías por las que reciben información que no siempre se corresponde con la realidad. La mayoría de ellos llegan con una imagen bastante idealizada de lo que se van a encontrar en España», responde.«Los chicos hablan continuamente con sus familias, a no ser que no tengan móvil»La conclusión generalizada de quienes están al lado de los menores inmigrantes en su proceso de integración en España hasta que cumplen la mayoría de edad es que «a través del móvil reciben mensajes, vídeos o información en los que les hacen creer que aquí van a tener una vida increíble, que van a encontrar trabajo fácilmente o que van a tener una vida muy próspera. Y cuando llegan, la realidad con la que se encuentran es muy diferente».Los teléfonos son, con todo, un elemento fundamental para que los magrebíes se comuniquen con sus allegados. Tercia otra trabajadora social: «Los chicos hablan continuamente con sus familias, a no ser que no tengan móvil, que también llegan muchos casos de chicos, o que les han robado el móvil, o lo han perdido, o que se les ha roto: en nuestro centro, por ejemplo, se entregan los móviles por la noche para que ellos tengan un descanso y se levanten a la hora, hagan sus tareas y estudien, aprendan la lengua».«Saben de mecánica, hostelería, peluquería, albañilería y fontanería pero aquí les sirve de poco porque les piden una FP, un título»La formación laboral es, junto con el aprendizaje del idioma , la base de la estancia de los ‘menas’ en los centros de acogida, que en su gran mayoría gestiona la Junta de Andalucía a través de convenios con entidades privadas sin ánimo de lucro. «Dejarlos en la calle sin recursos es el caldo de cultivo perfecto para que haya problemas» El trabajo en los centros de acogida de los menores inmigrantes es a contrarreloj, pues pueden residir en ellos hasta que cumplen 18 años: el objetivo, pues, es que lleguen a ese momento con el máximo agarre social y laboral posible. «Al final, dejar en la calle a personas sin recursos, sean o no menores, es el caldo de cultivo perfecto para que luego haya problemas a nivel social. Todo ello sin contar con las ‘mochilas’ que ya traen desde sus países de origen o por el propio trayecto migratorio», suscribe una trabajadora social con amplia experiencia. «Hablamos de personas que, en una gran parte de los casos, se han criado en contextos de pobreza, malos tratos intrafamiliares o que, durante el viaje migratorio, han visto cómo moría su amigo, su hermano o simplemente cómo fallecían mujeres, niños y hombres contados por decenas que viajaban en la misma patera y a quienes han tenido que tirar por la borda por mera supervivencia». La formación con la que los ‘menas’ arriban a España es dispar. «Muchos tienen conocimientos en mecánica, hostelería, peluquería, albañilería, fontanería… Oficios que han aprendido en sus países y que aquí, en muchos casos, les sirven de poco porque para acceder a determinados trabajos, ya les piden una FP o una titulación, cosa de la que carecen».Lo resume uno de los educadores consultados por ABC: «Además de la cobertura alimentaria y de ropa y alojamiento, los chicos tienen una paga semanal en función del comportamiento, y pueden tener alguna sanción económica temporal, por ejemplo por no haber asistido a las formaciones o haber caído en alguna falta de respeto», declara, para concluir con que es preciso reforzar la atención a la salud mental de estos inmigrantes. «Hemos tenido perfiles de psicosis, de autismo y de esquizofrenia: a estas personas hay que ayudarlas». RSS de noticias de espana/andalucia
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