Se estrenó hace casi diez días en el Festival de Cine San Sebastián , como largometraje, y hace tres en Netflix , como serie. Me bastó una mañana para verla completa. Cuatro episodios de golpe, sin parar. ‘Mis muertos tristes’, de Pablo Larraín, basada en las historias de Mariana Enriquez, es una máquina perfecta, un retablo de los horrores y almas en pena. La ambientación es argentina, pero podría transcurrir en cualquiera de los ocho círculos del infierno dantesco. Hay contrapaso, a cada instante. La protagonista, Ema, interpretada por Mercedes Morán , es una médica jubilada capaz de ver y escuchar a los muertos. Ese personaje, extraído del libro ‘Mis muertos tristes’, sirve de hilo conductor que incorpora a su historia personajes que aparecen en otros libros de Mariana, por ejemplo, Julie, un ser mostrenco (distinto, repudiado) que conecta el deseo insatisfecho y la muerte ahogándose en un tanque de agua que contamina al resto. Los personajes separados acaban formando un linaje femenino . El terror que experimentan es en realidad la pobreza, el sistema que no funciona, la familia que es una avería, la enfermedad mental, colectiva y física. El verdadero terror es social . El terror es cuidar de los dementes y los enfermos sin poder hacer en realidad nada; el terror adquiere forma en el selfi de unas chicas abaleadas porque su vida no vale un carajo; el terror es la muerte de los ancianos para ahorrar el oxígeno a los que sí pueden salvarse; el terror es la culpa de Carolina, interpretada por Dolores Fonzi, actriz y directora de ‘Belén’. En esta historia los fantasmas son asuntos por resolver, almas en pena morales que aparecen ante el espectador en su forma última: ajusticiados, suicidas, personas que no recibieron asistencia, drogodependientes, yonquis, ancianos, enfermos… «Dejar morir a alguien es igual que matarlo», dice Ema, la única capaz de apaciguar a los muertos que no paran de atormentar a los vivos. Se escuchan a todas horas, por todas partes: heredan la tragedia o se la contagian. ‘Mis muertos tristes’ es una absoluta joya. El universo literario de Mariana Enriquez, proyectado sin mácula. No le sobra nada. Lo tiene todo. Se estrenó hace casi diez días en el Festival de Cine San Sebastián , como largometraje, y hace tres en Netflix , como serie. Me bastó una mañana para verla completa. Cuatro episodios de golpe, sin parar. ‘Mis muertos tristes’, de Pablo Larraín, basada en las historias de Mariana Enriquez, es una máquina perfecta, un retablo de los horrores y almas en pena. La ambientación es argentina, pero podría transcurrir en cualquiera de los ocho círculos del infierno dantesco. Hay contrapaso, a cada instante. La protagonista, Ema, interpretada por Mercedes Morán , es una médica jubilada capaz de ver y escuchar a los muertos. Ese personaje, extraído del libro ‘Mis muertos tristes’, sirve de hilo conductor que incorpora a su historia personajes que aparecen en otros libros de Mariana, por ejemplo, Julie, un ser mostrenco (distinto, repudiado) que conecta el deseo insatisfecho y la muerte ahogándose en un tanque de agua que contamina al resto. Los personajes separados acaban formando un linaje femenino . El terror que experimentan es en realidad la pobreza, el sistema que no funciona, la familia que es una avería, la enfermedad mental, colectiva y física. El verdadero terror es social . El terror es cuidar de los dementes y los enfermos sin poder hacer en realidad nada; el terror adquiere forma en el selfi de unas chicas abaleadas porque su vida no vale un carajo; el terror es la muerte de los ancianos para ahorrar el oxígeno a los que sí pueden salvarse; el terror es la culpa de Carolina, interpretada por Dolores Fonzi, actriz y directora de ‘Belén’. En esta historia los fantasmas son asuntos por resolver, almas en pena morales que aparecen ante el espectador en su forma última: ajusticiados, suicidas, personas que no recibieron asistencia, drogodependientes, yonquis, ancianos, enfermos… «Dejar morir a alguien es igual que matarlo», dice Ema, la única capaz de apaciguar a los muertos que no paran de atormentar a los vivos. Se escuchan a todas horas, por todas partes: heredan la tragedia o se la contagian. ‘Mis muertos tristes’ es una absoluta joya. El universo literario de Mariana Enriquez, proyectado sin mácula. No le sobra nada. Lo tiene todo. Se estrenó hace casi diez días en el Festival de Cine San Sebastián , como largometraje, y hace tres en Netflix , como serie. Me bastó una mañana para verla completa. Cuatro episodios de golpe, sin parar. ‘Mis muertos tristes’, de Pablo Larraín, basada en las historias de Mariana Enriquez, es una máquina perfecta, un retablo de los horrores y almas en pena. La ambientación es argentina, pero podría transcurrir en cualquiera de los ocho círculos del infierno dantesco. Hay contrapaso, a cada instante. La protagonista, Ema, interpretada por Mercedes Morán , es una médica jubilada capaz de ver y escuchar a los muertos. Ese personaje, extraído del libro ‘Mis muertos tristes’, sirve de hilo conductor que incorpora a su historia personajes que aparecen en otros libros de Mariana, por ejemplo, Julie, un ser mostrenco (distinto, repudiado) que conecta el deseo insatisfecho y la muerte ahogándose en un tanque de agua que contamina al resto. Los personajes separados acaban formando un linaje femenino . El terror que experimentan es en realidad la pobreza, el sistema que no funciona, la familia que es una avería, la enfermedad mental, colectiva y física. El verdadero terror es social . El terror es cuidar de los dementes y los enfermos sin poder hacer en realidad nada; el terror adquiere forma en el selfi de unas chicas abaleadas porque su vida no vale un carajo; el terror es la muerte de los ancianos para ahorrar el oxígeno a los que sí pueden salvarse; el terror es la culpa de Carolina, interpretada por Dolores Fonzi, actriz y directora de ‘Belén’. En esta historia los fantasmas son asuntos por resolver, almas en pena morales que aparecen ante el espectador en su forma última: ajusticiados, suicidas, personas que no recibieron asistencia, drogodependientes, yonquis, ancianos, enfermos… «Dejar morir a alguien es igual que matarlo», dice Ema, la única capaz de apaciguar a los muertos que no paran de atormentar a los vivos. Se escuchan a todas horas, por todas partes: heredan la tragedia o se la contagian. ‘Mis muertos tristes’ es una absoluta joya. El universo literario de Mariana Enriquez, proyectado sin mácula. No le sobra nada. Lo tiene todo. 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