Consulto la página de Juan Domingo Perón y enumero algunas características de la doctrina peronista: «La verdadera democracia es aquella donde el gobierno se ajusta a lo que el pueblo quiere y defiende un solo interés: el del pueblo… El peronismo es esencialmente popular… El peronista trabaja para el Movimiento… Para un peronista de bien, no puede haber nada mejor que otro peronista… La política no es para nosotros un fin, sino solo el medio para el bien de la Patria que es la felicidad de sus hijos y la grandeza nacional… Como doctrina política, el justicialismo realiza el equilibrio del derecho del individuo con la comunidad… Queremos una Argentina socialmente justa, económicamente libre, y políticamente soberana… En esta tierra lo mejor que tenemos es el Pueblo». Si ustedes sustituyen «peronismo», «justicialismo» y «peronista» por «independentismo» e «independentista», «movimiento» por «proceso», «patria» y «Argentina» por «Cataluña», si ustedes hacen eso, convendrán que el nacionalismo catalán es una variante mediterránea del peronismo. Ese nacionalismo que reclama que el «pueblo» –en un ejercicio de seducción e identificación populistas- delegue la soberanía en un proceso/movimiento –en un líder- que ha de llevar a buen puerto los derechos e intereses corporativos de la nación y el Estado en construcción. El 11 de marzo de 1949, la Convención Constituyente argentina sancionó un nuevo texto reformado que incorporaba lo siguiente en el Preámbulo: «la irrevocable decisión de constituir una Nación socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana» que promueva «el bienestar general» y «la cultura nacional». Sospecho que el Preámbulo de la Constitución de una hipotética República Catalana incorporaría –cortar y pegar- ese texto tal cual aparece.Pero, mientras llega esa República Catalana soñada y el regreso de Carles Puigdemont, el camarada Oriol Junqueras, al conocer la resolución del TJUE, dice que «la amnistía no cierra el conflicto político, confirma el conflicto político» y, por su parte, el camarada Jordi Turull afirma que «si alguno piensa que el conflicto entre Cataluña y España ha terminado, está equivocado». A eso llaman convivencia. El nacionalismo catalán tiene un parecido con la selección argentina de fútbol: marrullerías, malas artes y deshonestidad con el árbitro a favor. Peronismo. Por su parte, Salvador Illa que, en el principio no era partidario de la amnistía -«ni amnistía ni nada de eso», decía-, ahora tiene prisa. Así se perdonan los pecados y así se perdona uno a sí mismo. Un santo sin aureola con muchos intereses. No importa que los líderes estén amortizados. El pueblo es soberano -dicen aquellos que lo sacaron a la calle, prometiéndole que siempre sería suya- y ese pueblo empoderado volverá a buscar la felicidad y la grandeza nacional, como en octubre del 2017. La consigna está de nuevo ahí: «Lo volveremos a hacer». Aunque sea otra mentira. Un triste sueño. Consulto la página de Juan Domingo Perón y enumero algunas características de la doctrina peronista: «La verdadera democracia es aquella donde el gobierno se ajusta a lo que el pueblo quiere y defiende un solo interés: el del pueblo… El peronismo es esencialmente popular… El peronista trabaja para el Movimiento… Para un peronista de bien, no puede haber nada mejor que otro peronista… La política no es para nosotros un fin, sino solo el medio para el bien de la Patria que es la felicidad de sus hijos y la grandeza nacional… Como doctrina política, el justicialismo realiza el equilibrio del derecho del individuo con la comunidad… Queremos una Argentina socialmente justa, económicamente libre, y políticamente soberana… En esta tierra lo mejor que tenemos es el Pueblo». Si ustedes sustituyen «peronismo», «justicialismo» y «peronista» por «independentismo» e «independentista», «movimiento» por «proceso», «patria» y «Argentina» por «Cataluña», si ustedes hacen eso, convendrán que el nacionalismo catalán es una variante mediterránea del peronismo. Ese nacionalismo que reclama que el «pueblo» –en un ejercicio de seducción e identificación populistas- delegue la soberanía en un proceso/movimiento –en un líder- que ha de llevar a buen puerto los derechos e intereses corporativos de la nación y el Estado en construcción. El 11 de marzo de 1949, la Convención Constituyente argentina sancionó un nuevo texto reformado que incorporaba lo siguiente en el Preámbulo: «la irrevocable decisión de constituir una Nación socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana» que promueva «el bienestar general» y «la cultura nacional». Sospecho que el Preámbulo de la Constitución de una hipotética República Catalana incorporaría –cortar y pegar- ese texto tal cual aparece.Pero, mientras llega esa República Catalana soñada y el regreso de Carles Puigdemont, el camarada Oriol Junqueras, al conocer la resolución del TJUE, dice que «la amnistía no cierra el conflicto político, confirma el conflicto político» y, por su parte, el camarada Jordi Turull afirma que «si alguno piensa que el conflicto entre Cataluña y España ha terminado, está equivocado». A eso llaman convivencia. El nacionalismo catalán tiene un parecido con la selección argentina de fútbol: marrullerías, malas artes y deshonestidad con el árbitro a favor. Peronismo. Por su parte, Salvador Illa que, en el principio no era partidario de la amnistía -«ni amnistía ni nada de eso», decía-, ahora tiene prisa. Así se perdonan los pecados y así se perdona uno a sí mismo. Un santo sin aureola con muchos intereses. No importa que los líderes estén amortizados. El pueblo es soberano -dicen aquellos que lo sacaron a la calle, prometiéndole que siempre sería suya- y ese pueblo empoderado volverá a buscar la felicidad y la grandeza nacional, como en octubre del 2017. La consigna está de nuevo ahí: «Lo volveremos a hacer». Aunque sea otra mentira. Un triste sueño. Consulto la página de Juan Domingo Perón y enumero algunas características de la doctrina peronista: «La verdadera democracia es aquella donde el gobierno se ajusta a lo que el pueblo quiere y defiende un solo interés: el del pueblo… El peronismo es esencialmente popular… El peronista trabaja para el Movimiento… Para un peronista de bien, no puede haber nada mejor que otro peronista… La política no es para nosotros un fin, sino solo el medio para el bien de la Patria que es la felicidad de sus hijos y la grandeza nacional… Como doctrina política, el justicialismo realiza el equilibrio del derecho del individuo con la comunidad… Queremos una Argentina socialmente justa, económicamente libre, y políticamente soberana… En esta tierra lo mejor que tenemos es el Pueblo». Si ustedes sustituyen «peronismo», «justicialismo» y «peronista» por «independentismo» e «independentista», «movimiento» por «proceso», «patria» y «Argentina» por «Cataluña», si ustedes hacen eso, convendrán que el nacionalismo catalán es una variante mediterránea del peronismo. Ese nacionalismo que reclama que el «pueblo» –en un ejercicio de seducción e identificación populistas- delegue la soberanía en un proceso/movimiento –en un líder- que ha de llevar a buen puerto los derechos e intereses corporativos de la nación y el Estado en construcción. El 11 de marzo de 1949, la Convención Constituyente argentina sancionó un nuevo texto reformado que incorporaba lo siguiente en el Preámbulo: «la irrevocable decisión de constituir una Nación socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana» que promueva «el bienestar general» y «la cultura nacional». Sospecho que el Preámbulo de la Constitución de una hipotética República Catalana incorporaría –cortar y pegar- ese texto tal cual aparece.Pero, mientras llega esa República Catalana soñada y el regreso de Carles Puigdemont, el camarada Oriol Junqueras, al conocer la resolución del TJUE, dice que «la amnistía no cierra el conflicto político, confirma el conflicto político» y, por su parte, el camarada Jordi Turull afirma que «si alguno piensa que el conflicto entre Cataluña y España ha terminado, está equivocado». A eso llaman convivencia. El nacionalismo catalán tiene un parecido con la selección argentina de fútbol: marrullerías, malas artes y deshonestidad con el árbitro a favor. Peronismo. Por su parte, Salvador Illa que, en el principio no era partidario de la amnistía -«ni amnistía ni nada de eso», decía-, ahora tiene prisa. Así se perdonan los pecados y así se perdona uno a sí mismo. Un santo sin aureola con muchos intereses. No importa que los líderes estén amortizados. El pueblo es soberano -dicen aquellos que lo sacaron a la calle, prometiéndole que siempre sería suya- y ese pueblo empoderado volverá a buscar la felicidad y la grandeza nacional, como en octubre del 2017. La consigna está de nuevo ahí: «Lo volveremos a hacer». Aunque sea otra mentira. Un triste sueño. RSS de noticias de espana
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