<p>A la épica periodística, que nunca descansa (de ella vivimos), le gusta aludir a <strong>John Le Carré</strong> cuando se interna en el divertido y lamentable juego de espejos del <i>Caso Kitchen</i> -la presunta operación de Estado para encubrir, desde el Ministerio de Interior de <strong>Jorge Fernández-Díaz </strong>y <strong>Rajoy</strong>, la contabilidad B del PP espiando a su tesorero, <strong>Luis Bárcenas</strong>-, pero la historia de <strong>Sergio Ríos</strong>, el ex chófer del espiado, y sus esperpénticos perfiles remiten más a la cutrez hispánica de un <strong>Torrente </strong>(la figura del ex comisario Villarejo es un trasunto innegable, como saben quienes le han tratado), o a la inmortal TIA de <strong>Mortadelo y Filemón</strong>.</p>
El conductor del ex tesorero del PP, que estuvo años espiándole por orden de Villarejo y a quien la trama pagaba «dos mil pavos en crudo», sigue en el cuerpo porque no se halló prueba de que le regalaran la plaza, como le prometió el ex comisario. Hoy declara
<p>A la épica periodística, que nunca descansa (de ella vivimos), le gusta aludir a <strong>John Le Carré</strong> cuando se interna en el divertido y lamentable juego de espejos del <i>Caso Kitchen</i> -la presunta operación de Estado para encubrir, desde el Ministerio de Interior de <strong>Jorge Fernández-Díaz </strong>y <strong>Rajoy</strong>, la contabilidad B del PP espiando a su tesorero, <strong>Luis Bárcenas</strong>-, pero la historia de <strong>Sergio Ríos</strong>, el ex chófer del espiado, y sus esperpénticos perfiles remiten más a la cutrez hispánica de un <strong>Torrente </strong>(la figura del ex comisario Villarejo es un trasunto innegable, como saben quienes le han tratado), o a la inmortal TIA de <strong>Mortadelo y Filemón</strong>.</p>
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