Sánchez se toma cuatro semanas en La Mareta mientras arde España y la neo Marcha Verde ocupa Ceuta. En la comparecencia por su Octavo Año Triunfal interpeló a la ciudadanía veraneante: olvidó al treinta por ciento que se queda en casa porque no puede costear una semana de vacaciones. En el país que va como un cohete de la macroeconomía sanchista no cabe la autocrítica. Y si algo va mal, la culpa será de la «fachosfera». El Presidente de la Gente, al que cada vez vota menos gente, cavilará sobre esa díscola facción que no valora las bondades de una ejecutoria difícilmente olvidable. «Una de las cosas por las que pasaré a la historia es por haber exhumado al dictador», proclamó cuando desenterró a Franco y lo trasladó de Cuelgamuros a El Pardo-Mingorrubio. Además de aquel episodio, Sánchez será recordado «sin duda alguna» (expresión marca de la casa) como el peor presidente de la democracia. Por presidir el apagón en toda España. Por el enchufe del hermano y la mujer. Por aquello de «la Fiscalía de quién depende pues ya está». Por quebrar la política española en el Sahara y entregárselo a Marruecos. Por esa otra frase: «Son las cinco, todavía no he comido». Por colocar a Ábalos y Cerdán en la Secretaría de Organización: los dos acabaron en la cárcel, pero él no sabía nada. Por no construir vivienda pública en ocho años y ponerse en ello al final de legislatura. Por erigirse en paladín del antitrumpismo y cultivar el antisemitismo (en Eurovisión). El presidente de cuando el AVE pasó de la alta velocidad al AVE motocarro. El colonizador de empresas públicas y cuerpos de seguridad del Estado. Aquella chulería en la dana de Valencia: «Si quieren recursos que los pidan» (luego salió por patas de Paiporta, lo que le valió el apodo de «el galgo»). El exterminador de la socialdemocracia para mutar en ultraizquierda populista. Por la colaboración con Bildu y la amnesia sobre los crímenes de ETA. Por la regularización-coladero y la «ley de nietos» que modificó el censo electoral. Aquel al que Hamás felicitó y cuya jeta adornó los misiles de los ayatolás. El impulsor del transgénero que fraccionó el movimiento feminista. El que atacó al poder judicial que investigaba la corrupción del PSOE. El que perdió cuatro elecciones autonómicas en cinco meses. El de la «Memoria Democrática» del rencor. El constructor del muro que divide a los españoles entre buenos y malos: su izquierdismo infantil nutrió a la extrema derecha que tan bien le va cuando ataca al PP y lo mete en el mismo saco. El que quiso amordazar a los medios de comunicación con la excusa de los bulos y los «pseudomedios». El que afirmó que traería a Puigdemont a España para ponerlo a disposición judicial y amnistió al fugado y su tropa. El que gobernó sin presupuestos y pretende presentarlos en los minutos de la basura. El que más utilizó el Falcon (con los hidroaviones averiados). El «’one’» de las ‘cloacas’, según Leire. El que quiso gobernar sin el Parlamento mediante decreto ley. Aquel que invoca la ciencia, pero exige fe ciega en su persona. Por rebautizar la mentira como «cambio de opinión». Entre ocios estivales y buceo, el Presidente de la Gente, al que insulta la gente, se preparará para el eclipse. La luna de sus desafueros tapa el sol de los presuntos aciertos. «Quiero la luna», clamaba el Calígula de Camus. «Quiero pasar a la Historia», reitera Sánchez. Debería escribir otra de esas cartas cursis y maniqueas. La última de su ominoso mandato. Dos tercios de los españoles la esperan. Sánchez se toma cuatro semanas en La Mareta mientras arde España y la neo Marcha Verde ocupa Ceuta. En la comparecencia por su Octavo Año Triunfal interpeló a la ciudadanía veraneante: olvidó al treinta por ciento que se queda en casa porque no puede costear una semana de vacaciones. En el país que va como un cohete de la macroeconomía sanchista no cabe la autocrítica. Y si algo va mal, la culpa será de la «fachosfera». El Presidente de la Gente, al que cada vez vota menos gente, cavilará sobre esa díscola facción que no valora las bondades de una ejecutoria difícilmente olvidable. «Una de las cosas por las que pasaré a la historia es por haber exhumado al dictador», proclamó cuando desenterró a Franco y lo trasladó de Cuelgamuros a El Pardo-Mingorrubio. Además de aquel episodio, Sánchez será recordado «sin duda alguna» (expresión marca de la casa) como el peor presidente de la democracia. Por presidir el apagón en toda España. Por el enchufe del hermano y la mujer. Por aquello de «la Fiscalía de quién depende pues ya está». Por quebrar la política española en el Sahara y entregárselo a Marruecos. Por esa otra frase: «Son las cinco, todavía no he comido». Por colocar a Ábalos y Cerdán en la Secretaría de Organización: los dos acabaron en la cárcel, pero él no sabía nada. Por no construir vivienda pública en ocho años y ponerse en ello al final de legislatura. Por erigirse en paladín del antitrumpismo y cultivar el antisemitismo (en Eurovisión). El presidente de cuando el AVE pasó de la alta velocidad al AVE motocarro. El colonizador de empresas públicas y cuerpos de seguridad del Estado. Aquella chulería en la dana de Valencia: «Si quieren recursos que los pidan» (luego salió por patas de Paiporta, lo que le valió el apodo de «el galgo»). El exterminador de la socialdemocracia para mutar en ultraizquierda populista. Por la colaboración con Bildu y la amnesia sobre los crímenes de ETA. Por la regularización-coladero y la «ley de nietos» que modificó el censo electoral. Aquel al que Hamás felicitó y cuya jeta adornó los misiles de los ayatolás. El impulsor del transgénero que fraccionó el movimiento feminista. El que atacó al poder judicial que investigaba la corrupción del PSOE. El que perdió cuatro elecciones autonómicas en cinco meses. El de la «Memoria Democrática» del rencor. El constructor del muro que divide a los españoles entre buenos y malos: su izquierdismo infantil nutrió a la extrema derecha que tan bien le va cuando ataca al PP y lo mete en el mismo saco. El que quiso amordazar a los medios de comunicación con la excusa de los bulos y los «pseudomedios». El que afirmó que traería a Puigdemont a España para ponerlo a disposición judicial y amnistió al fugado y su tropa. El que gobernó sin presupuestos y pretende presentarlos en los minutos de la basura. El que más utilizó el Falcon (con los hidroaviones averiados). El «’one’» de las ‘cloacas’, según Leire. El que quiso gobernar sin el Parlamento mediante decreto ley. Aquel que invoca la ciencia, pero exige fe ciega en su persona. Por rebautizar la mentira como «cambio de opinión». Entre ocios estivales y buceo, el Presidente de la Gente, al que insulta la gente, se preparará para el eclipse. La luna de sus desafueros tapa el sol de los presuntos aciertos. «Quiero la luna», clamaba el Calígula de Camus. «Quiero pasar a la Historia», reitera Sánchez. Debería escribir otra de esas cartas cursis y maniqueas. La última de su ominoso mandato. Dos tercios de los españoles la esperan. Sánchez se toma cuatro semanas en La Mareta mientras arde España y la neo Marcha Verde ocupa Ceuta. En la comparecencia por su Octavo Año Triunfal interpeló a la ciudadanía veraneante: olvidó al treinta por ciento que se queda en casa porque no puede costear una semana de vacaciones. En el país que va como un cohete de la macroeconomía sanchista no cabe la autocrítica. Y si algo va mal, la culpa será de la «fachosfera». El Presidente de la Gente, al que cada vez vota menos gente, cavilará sobre esa díscola facción que no valora las bondades de una ejecutoria difícilmente olvidable. «Una de las cosas por las que pasaré a la historia es por haber exhumado al dictador», proclamó cuando desenterró a Franco y lo trasladó de Cuelgamuros a El Pardo-Mingorrubio. Además de aquel episodio, Sánchez será recordado «sin duda alguna» (expresión marca de la casa) como el peor presidente de la democracia. Por presidir el apagón en toda España. Por el enchufe del hermano y la mujer. Por aquello de «la Fiscalía de quién depende pues ya está». Por quebrar la política española en el Sahara y entregárselo a Marruecos. Por esa otra frase: «Son las cinco, todavía no he comido». Por colocar a Ábalos y Cerdán en la Secretaría de Organización: los dos acabaron en la cárcel, pero él no sabía nada. Por no construir vivienda pública en ocho años y ponerse en ello al final de legislatura. Por erigirse en paladín del antitrumpismo y cultivar el antisemitismo (en Eurovisión). El presidente de cuando el AVE pasó de la alta velocidad al AVE motocarro. El colonizador de empresas públicas y cuerpos de seguridad del Estado. Aquella chulería en la dana de Valencia: «Si quieren recursos que los pidan» (luego salió por patas de Paiporta, lo que le valió el apodo de «el galgo»). El exterminador de la socialdemocracia para mutar en ultraizquierda populista. Por la colaboración con Bildu y la amnesia sobre los crímenes de ETA. Por la regularización-coladero y la «ley de nietos» que modificó el censo electoral. Aquel al que Hamás felicitó y cuya jeta adornó los misiles de los ayatolás. El impulsor del transgénero que fraccionó el movimiento feminista. El que atacó al poder judicial que investigaba la corrupción del PSOE. El que perdió cuatro elecciones autonómicas en cinco meses. El de la «Memoria Democrática» del rencor. El constructor del muro que divide a los españoles entre buenos y malos: su izquierdismo infantil nutrió a la extrema derecha que tan bien le va cuando ataca al PP y lo mete en el mismo saco. El que quiso amordazar a los medios de comunicación con la excusa de los bulos y los «pseudomedios». El que afirmó que traería a Puigdemont a España para ponerlo a disposición judicial y amnistió al fugado y su tropa. El que gobernó sin presupuestos y pretende presentarlos en los minutos de la basura. El que más utilizó el Falcon (con los hidroaviones averiados). El «’one’» de las ‘cloacas’, según Leire. El que quiso gobernar sin el Parlamento mediante decreto ley. Aquel que invoca la ciencia, pero exige fe ciega en su persona. Por rebautizar la mentira como «cambio de opinión». Entre ocios estivales y buceo, el Presidente de la Gente, al que insulta la gente, se preparará para el eclipse. La luna de sus desafueros tapa el sol de los presuntos aciertos. «Quiero la luna», clamaba el Calígula de Camus. «Quiero pasar a la Historia», reitera Sánchez. Debería escribir otra de esas cartas cursis y maniqueas. La última de su ominoso mandato. Dos tercios de los españoles la esperan. RSS de noticias de espana
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