Hace cien años, el 28 de octubre de 1926, el Papa Pío XI ordenó en la basílica de San Pedro a los seis primeros obispos chinos en la historia de la Iglesia. Aquella fue una decisión clarividente dentro de un largo camino para logar la inculturación del catolicismo en China , y no estuvo exenta de dificultades y resistencias dentro de la propia Iglesia. Ya en el siglo XVII, el papa Gregorio XV había encomendado a Propaganda Fide la tarea de promover la formación de un clero chino autóctono. Más tarde, la carta apostólica de Benedicto XV «Maximum Ilud», de 1919, supuso un impulso decisivo para dar un rostro chino a una Iglesia que de diversas formas llevaba ya varios siglos en el inmenso territorio del Celeste Imperio. Con todo, el Delegado Apostólico en China, Celso Costantini, debió superar numerosas dificultades para designar a los primeros seis obispos chinos y definir los territorios que quedarían bajo su jurisdicción. Las incomprensiones y resistencias quedaron reflejadas por el propio monseñor Costantini de esta manera: «los misioneros más jóvenes acogen con entusiasmo las nuevas directrices; los mayores —con muchas excepciones significativas— inclinan la cabeza en señal de obediencia». El 10 de septiembre, los seis candidatos al episcopado embarcaron junto con Mons. Costantini en Shanghái, en el buque estadounidense «Presidente Adams», una elección que buscaba evitar a los barcos franceses o italianos y reafirmar así la imparcialidad e independencia respecto de las potencias europeas que tenían la tentación de tutelar a la Iglesia en China . Tras una larga travesía llegaron a Nápoles el 16 de octubre y, finalmente, el 28 de octubre se celebró su ordenación en la basílica de San Pedro. Fue un acontecimiento de extraordinaria importancia, no solo para la Iglesia china, sino también para la Iglesia universal.Veintitrés años más tarde, en 1949, se fundaba la República Popular China y comenzaba una dura persecución , que incluyó la expulsión de todos los misioneros extranjeros y la prisión e incluso el martirio de no pocos sacerdotes y obispos. Bajo enormes sufrimientos, los católicos han mostrado a lo largo de cinco generaciones que pueden ser plenamente católicos, y plenamente chinos. Todavía hoy, esa cuestión sigue siendo piedra de tropiezo, y mientras la Iglesia habla de «inculturación», la consigna gubernamental de la «sinización» pende como una espada sobre la vida cotidiana de la Iglesia. Hace apenas dos semanas fue ordenado el décimo noveno obispo en el marco del Acuerdo alcanzado por la Santa Sede y el gobierno de Beijing en 2018, un acuerdo que busca, dentro de una situación muy difícil y no totalmente clarificada, asegurar la unidad de los obispos con el Papa, curar las heridas internas de la Iglesia provocadas por la persecución y una mínima garantía para la vida diaria de las comunidades católicas. Esta aventura nunca fue fácil, pero cada vez es más clara su trascendencia para el futuro de la Iglesia. Hace cien años, el 28 de octubre de 1926, el Papa Pío XI ordenó en la basílica de San Pedro a los seis primeros obispos chinos en la historia de la Iglesia. Aquella fue una decisión clarividente dentro de un largo camino para logar la inculturación del catolicismo en China , y no estuvo exenta de dificultades y resistencias dentro de la propia Iglesia. Ya en el siglo XVII, el papa Gregorio XV había encomendado a Propaganda Fide la tarea de promover la formación de un clero chino autóctono. Más tarde, la carta apostólica de Benedicto XV «Maximum Ilud», de 1919, supuso un impulso decisivo para dar un rostro chino a una Iglesia que de diversas formas llevaba ya varios siglos en el inmenso territorio del Celeste Imperio. Con todo, el Delegado Apostólico en China, Celso Costantini, debió superar numerosas dificultades para designar a los primeros seis obispos chinos y definir los territorios que quedarían bajo su jurisdicción. Las incomprensiones y resistencias quedaron reflejadas por el propio monseñor Costantini de esta manera: «los misioneros más jóvenes acogen con entusiasmo las nuevas directrices; los mayores —con muchas excepciones significativas— inclinan la cabeza en señal de obediencia». El 10 de septiembre, los seis candidatos al episcopado embarcaron junto con Mons. Costantini en Shanghái, en el buque estadounidense «Presidente Adams», una elección que buscaba evitar a los barcos franceses o italianos y reafirmar así la imparcialidad e independencia respecto de las potencias europeas que tenían la tentación de tutelar a la Iglesia en China . Tras una larga travesía llegaron a Nápoles el 16 de octubre y, finalmente, el 28 de octubre se celebró su ordenación en la basílica de San Pedro. Fue un acontecimiento de extraordinaria importancia, no solo para la Iglesia china, sino también para la Iglesia universal.Veintitrés años más tarde, en 1949, se fundaba la República Popular China y comenzaba una dura persecución , que incluyó la expulsión de todos los misioneros extranjeros y la prisión e incluso el martirio de no pocos sacerdotes y obispos. Bajo enormes sufrimientos, los católicos han mostrado a lo largo de cinco generaciones que pueden ser plenamente católicos, y plenamente chinos. Todavía hoy, esa cuestión sigue siendo piedra de tropiezo, y mientras la Iglesia habla de «inculturación», la consigna gubernamental de la «sinización» pende como una espada sobre la vida cotidiana de la Iglesia. Hace apenas dos semanas fue ordenado el décimo noveno obispo en el marco del Acuerdo alcanzado por la Santa Sede y el gobierno de Beijing en 2018, un acuerdo que busca, dentro de una situación muy difícil y no totalmente clarificada, asegurar la unidad de los obispos con el Papa, curar las heridas internas de la Iglesia provocadas por la persecución y una mínima garantía para la vida diaria de las comunidades católicas. Esta aventura nunca fue fácil, pero cada vez es más clara su trascendencia para el futuro de la Iglesia. Hace cien años, el 28 de octubre de 1926, el Papa Pío XI ordenó en la basílica de San Pedro a los seis primeros obispos chinos en la historia de la Iglesia. Aquella fue una decisión clarividente dentro de un largo camino para logar la inculturación del catolicismo en China , y no estuvo exenta de dificultades y resistencias dentro de la propia Iglesia. Ya en el siglo XVII, el papa Gregorio XV había encomendado a Propaganda Fide la tarea de promover la formación de un clero chino autóctono. Más tarde, la carta apostólica de Benedicto XV «Maximum Ilud», de 1919, supuso un impulso decisivo para dar un rostro chino a una Iglesia que de diversas formas llevaba ya varios siglos en el inmenso territorio del Celeste Imperio. Con todo, el Delegado Apostólico en China, Celso Costantini, debió superar numerosas dificultades para designar a los primeros seis obispos chinos y definir los territorios que quedarían bajo su jurisdicción. Las incomprensiones y resistencias quedaron reflejadas por el propio monseñor Costantini de esta manera: «los misioneros más jóvenes acogen con entusiasmo las nuevas directrices; los mayores —con muchas excepciones significativas— inclinan la cabeza en señal de obediencia». El 10 de septiembre, los seis candidatos al episcopado embarcaron junto con Mons. Costantini en Shanghái, en el buque estadounidense «Presidente Adams», una elección que buscaba evitar a los barcos franceses o italianos y reafirmar así la imparcialidad e independencia respecto de las potencias europeas que tenían la tentación de tutelar a la Iglesia en China . Tras una larga travesía llegaron a Nápoles el 16 de octubre y, finalmente, el 28 de octubre se celebró su ordenación en la basílica de San Pedro. Fue un acontecimiento de extraordinaria importancia, no solo para la Iglesia china, sino también para la Iglesia universal.Veintitrés años más tarde, en 1949, se fundaba la República Popular China y comenzaba una dura persecución , que incluyó la expulsión de todos los misioneros extranjeros y la prisión e incluso el martirio de no pocos sacerdotes y obispos. Bajo enormes sufrimientos, los católicos han mostrado a lo largo de cinco generaciones que pueden ser plenamente católicos, y plenamente chinos. Todavía hoy, esa cuestión sigue siendo piedra de tropiezo, y mientras la Iglesia habla de «inculturación», la consigna gubernamental de la «sinización» pende como una espada sobre la vida cotidiana de la Iglesia. Hace apenas dos semanas fue ordenado el décimo noveno obispo en el marco del Acuerdo alcanzado por la Santa Sede y el gobierno de Beijing en 2018, un acuerdo que busca, dentro de una situación muy difícil y no totalmente clarificada, asegurar la unidad de los obispos con el Papa, curar las heridas internas de la Iglesia provocadas por la persecución y una mínima garantía para la vida diaria de las comunidades católicas. Esta aventura nunca fue fácil, pero cada vez es más clara su trascendencia para el futuro de la Iglesia. RSS de noticias de sociedad
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