La crisis de Ceuta no comenzó este agosto, ni puede explicarse atendiendo únicamente a las imágenes de miles de personas concentrándose frente a una frontera que Marruecos abre y cierra según sus necesidades políticas. El verdadero punto de inflexión hay que buscarlo cuatro años atrás, en marzo de 2022, cuando Pedro Sánchez decidió respaldar el plan marroquí de autonomía para el Sahara Occidental y rompió una posición española mantenida durante décadas. Aquella decisión produjo consecuencias que todavía no hemos terminado de medir. Rabat obtuvo algo mucho más valioso que una carta diplomática favorable a sus tesis sobre el Sahara. Obtuvo la confirmación de que la presión funciona, de que España puede modificar posiciones estratégicas cuando el coste de mantenerlas aumenta y de que una política suficientemente persistente de hechos consumados acaba encontrando interlocutores dispuestos a convertir la cesión en pragmatismo. Desde entonces Marruecos se ha sentido envalentonado, porque cada concesión española ha sido interpretada en Rabat de acuerdo con una lógica de poder bastante elemental. Quien cede bajo presión demuestra hasta dónde puede volver a ser presionado.Para comprender lo que está ocurriendo conviene abandonar durante unos minutos la mirada española y observar el mapa desde Rabat. El expansionismo marroquí tiene una historia, una doctrina y una construcción ideológica que preceden ampliamente al actual monarca. El proyecto del llamado Gran Marruecos, formulado por Allal el Fassi y el nacionalismo del Istiqlal, dibujaba unas fronteras que desbordaban ampliamente las internacionalmente reconocidas y alcanzaban territorios de sus vecinos. Aquella cartografía maximalista no se convirtió íntegramente en política oficial del Estado, pero parte de su lógica territorial sobrevivió y encontró expresiones sucesivas en la política exterior marroquí. La ocupación del Sáhara Occidental en 1975 constituye su manifestación más evidente. Ceuta y Melilla permanecen dentro del imaginario reivindicativo marroquí y determinados discursos nacionalistas extienden incluso sus fantasías territoriales hacia otros espacios. Cambian las circunstancias, cambian los instrumentos y cambia el lenguaje diplomático, pero permanece una concepción según la cual las fronteras actuales todavía pueden ser revisadas si las condiciones históricas y las correlaciones de fuerza lo permiten.Alianza con EE.UU.Por eso tienen especial importancia las recientes palabras del ministro de Justicia marroquí cuando habla de la paciencia de Marruecos respecto a Ceuta y Melilla. La palabra paciencia describe bastante bien el método. Marruecos sabe esperar. Sabe acumular posiciones, fabricar dependencias, explotar vulnerabilidades y escoger el momento en el que una reivindicación que ayer parecía imposible comienza a presentarse como una cuestión susceptible de discusión. Pensar que Rabat pretende ocupar militarmente Ceuta mañana sería caricaturizar su estrategia y, precisamente por eso, no comprenderla. La presión contemporánea sobre un territorio puede ejercerse mediante la demografía, la economía, la migración, la diplomacia, la información, las relaciones comerciales y la creación progresiva de una percepción de conflicto. Antes de discutir quién tiene razón sobre un territorio hay que conseguir que alguien acepte que existe algo que discutir. Ahí reside uno de los peligros que el Gobierno de España parece empeñada en ignorar.La palabra paciencia describe bastante bien el método. Marruecos sabe esperar.Marruecos lleva años construyendo pacientemente las condiciones internacionales que necesita. Reforzó su alianza estratégica y militar con Estados Unidos, profundizó extraordinariamente su cooperación con Israel y obtuvo en diciembre de 2020 el reconocimiento estadounidense de su pretendida soberanía sobre el Sahara Occidental. Después dedicó enormes recursos diplomáticos a intentar ampliar ese reconocimiento y a presentar su plan de autonomía como única salida posible a un conflicto cuya naturaleza jurídica continúa siendo la de un territorio pendiente de descolonización. El objetivo prioritario era cerrar el frente saharaui en las mejores condiciones posibles para Rabat.Resulta difícil olvidar, a la luz de los acontecimientos actuales, las palabras pronunciadas en 2020 por Saadeddine El Othmani, entonces jefe del Gobierno marroquí, cuando afirmó que Ceuta y Melilla eran territorio marroquí. Aquello fue tratado por muchos como una salida de tono, una declaración inoportuna de un primer ministro que había ido demasiado lejos. Pero hace apenas unos días El Othmani volvió sobre la cuestión durante una entrevista en la televisión libanesa Al Ghad. El prestigioso periodista libanés Sami Kleib le recordó aquellas declaraciones y le preguntó si mantenía «esa controvertida opinión que expresó en 2020» sobre Ceuta y Melilla. La reacción de El Othmani fue particularmente reveladora. Rechazó de inmediato que aquello pudiera calificarse de opinión. «No es una cuestión de opinión», respondió, antes de afirmar que Ceuta y Melilla están «ocupadas de hecho» y que esa consideración cuenta con un consenso nacional en Marruecos.«No es una cuestión de opinión», respondió, antes de afirmar que Ceuta y Melilla están «ocupadas de hecho»La política marroquí avanza mediante etapas y sabe adaptarse a la resistencia que encuentra. Primero consolida una posición, después eleva el coste de discutirla y finalmente desplaza el centro de gravedad hacia el siguiente objetivo. En ese contexto debe analizarse la utilización de la migración en la frontera española. Resulta poco creíble sostener que un Estado con uno de los aparatos de seguridad más desarrollados de la región, capaz de mantener durante décadas un gigantesco dispositivo militar en el Sáhara Occidental, sea incapaz de controlar trece kilómetros de frontera terrestre cuando realmente decide hacerlo. Las entradas masivas aparecen y desaparecen en momentos políticamente significativos. La vigilancia se endurece cuando Rabat necesita demostrar que es un socio indispensable de Europa y se relaja cuando necesita recordar cuál sería el precio de dejar de serlo. España termina atrapada en una relación en la que quien posee la capacidad de generar el problema se ofrece periódicamente como garante de la solución.Ya ocurrió en 2021, cuando miles de personas, entre ellas numerosos menores, entraron en Ceuta en plena crisis diplomática provocada por la hospitalización en España del presidente saharaui Brahim Ghali. La Unión Europea llegó entonces a denunciar la utilización de la migración y de menores como instrumento de presión política. Cinco años después resulta difícil alegar sorpresa. Cuando el mecanismo se repite deja de ser un accidente fronterizo y pasa a formar parte de un patrón de comportamiento estatal. El error español consiste en responder a cada episodio como si fuera autónomo, negociando la vuelta a la normalidad y celebrando después esa normalidad como una victoria diplomática. Pero en una relación construida sobre crisis sucesivas, la normalidad puede ser simplemente el intervalo durante el cual se prepara la siguiente presión.Europa, mirada retóricaArgelia comprendió hace décadas una dimensión del conflicto saharaui que Europa continúa mirando casi exclusivamente desde la retórica humanitaria. La defensa del derecho del pueblo saharaui a la autodeterminación tiene una dimensión jurídica evidente, respaldada por la naturaleza internacional del territorio y por décadas de resoluciones de Naciones Unidas, pero posee también una dimensión geopolítica que ningún Estado serio del norte de África puede ignorar. Una República Saharaui independiente representa un límite territorial y político a la expansión marroquí hacia el sur y modifica profundamente el equilibrio regional. Para Argelia, la existencia de ese dique estratégico afecta directamente a su propia seguridad nacional. Para los saharauis, que llevamos medio siglo sufriendo las consecuencias del expansionismo marroquí, esto no constituye una hipótesis académica. Conocemos el método porque lo hemos padecido antes.España termina atrapada en una relación en la que quien posee la capacidad de generar el problema se ofrece periódicamente como garante de la solución.España debería comprender que la cuestión saharaui tampoco está tan lejos de su propia seguridad como algunos gobiernos han querido creer. Durante años se presentó el abandono progresivo de la posición tradicional española como el precio necesario para comprar estabilidad con Marruecos. La experiencia está demostrando exactamente lo contrario. España cedió en la cuestión que Rabat consideraba prioritaria y las reivindicaciones no desaparecieron. Se desplazaron. El Sáhara Occidental no era el final de la política territorial marroquí y quienes llevamos décadas estudiando el nacionalismo marroquí nunca tuvimos demasiadas dudas al respecto. Si una potencia descubre que la presión modifica las posiciones de su vecino, la conclusión racional desde su perspectiva consiste en aumentar la presión, no en renunciar a sus siguientes objetivos.Ceuta y Melilla entran así en una fase especialmente delicada. El peligro inmediato no consiste necesariamente en una acción militar ni en una anexión repentina. Consiste en acostumbrar a España, a Europa y a la opinión pública internacional a hablar de ambas ciudades como un contencioso pendiente. Una crisis migratoria hoy, una declaración ministerial mañana, una controversia comercial después, mapas, campañas mediáticas, reivindicaciones históricas, incidentes fronterizos y períodos calculados de distensión pueden terminar creando en unos años un marco político que hoy España rechazaría frontalmente. El tiempo es una herramienta de poder cuando uno de los actores posee una estrategia de décadas y el otro gobierna pendiente del próximo ciclo electoral.Ante semejante escenario, la respuesta del Gobierno español resulta difícil de justificar.Ante semejante escenario, la respuesta del Gobierno español resulta difícil de justificar. La política seguida desde 2022 ha confundido estabilidad con concesión y cooperación con dependencia. Se ha querido evitar cada crisis aceptando progresivamente el marco impuesto por quien dispone de los instrumentos para provocarla. Mientras Rabat piensa en términos históricos, España responde administrativamente a cada episodio. Mientras Marruecos acumula posiciones, Madrid intenta recuperar la fotografía de normalidad. Y mientras se habla de una relación excelente entre ambos países, desde el otro lado de la frontera altos responsables políticos reivindican abiertamente dos ciudades españolas y explican que su país sabe tener paciencia.España está asistiendo a uno de los desafíos más graves contra su soberanía e integridad territorial de las últimas décadas mientras una parte de su clase política continúa comportándose como si reconocer la naturaleza del problema pudiera resultar más peligroso que el propio problema. La presión procede de Rabat, pero su eficacia depende de la debilidad que encuentre enfrente. El expansionismo marroquí ha demostrado durante medio siglo que sabe esperar, presionar y aprovechar cada retroceso de sus adversarios. Después del Sahara llegaron las palabras sobre Ceuta y Melilla. España debería preguntarse cuánto territorio político está dispuesta a ceder antes de comprender que, para quien interpreta cada concesión como una victoria, la última concesión nunca es realmente la última.Taleb Alisalem Es analista y activista saharaui. La crisis de Ceuta no comenzó este agosto, ni puede explicarse atendiendo únicamente a las imágenes de miles de personas concentrándose frente a una frontera que Marruecos abre y cierra según sus necesidades políticas. El verdadero punto de inflexión hay que buscarlo cuatro años atrás, en marzo de 2022, cuando Pedro Sánchez decidió respaldar el plan marroquí de autonomía para el Sahara Occidental y rompió una posición española mantenida durante décadas. Aquella decisión produjo consecuencias que todavía no hemos terminado de medir. Rabat obtuvo algo mucho más valioso que una carta diplomática favorable a sus tesis sobre el Sahara. Obtuvo la confirmación de que la presión funciona, de que España puede modificar posiciones estratégicas cuando el coste de mantenerlas aumenta y de que una política suficientemente persistente de hechos consumados acaba encontrando interlocutores dispuestos a convertir la cesión en pragmatismo. Desde entonces Marruecos se ha sentido envalentonado, porque cada concesión española ha sido interpretada en Rabat de acuerdo con una lógica de poder bastante elemental. Quien cede bajo presión demuestra hasta dónde puede volver a ser presionado.Para comprender lo que está ocurriendo conviene abandonar durante unos minutos la mirada española y observar el mapa desde Rabat. El expansionismo marroquí tiene una historia, una doctrina y una construcción ideológica que preceden ampliamente al actual monarca. El proyecto del llamado Gran Marruecos, formulado por Allal el Fassi y el nacionalismo del Istiqlal, dibujaba unas fronteras que desbordaban ampliamente las internacionalmente reconocidas y alcanzaban territorios de sus vecinos. Aquella cartografía maximalista no se convirtió íntegramente en política oficial del Estado, pero parte de su lógica territorial sobrevivió y encontró expresiones sucesivas en la política exterior marroquí. La ocupación del Sáhara Occidental en 1975 constituye su manifestación más evidente. Ceuta y Melilla permanecen dentro del imaginario reivindicativo marroquí y determinados discursos nacionalistas extienden incluso sus fantasías territoriales hacia otros espacios. Cambian las circunstancias, cambian los instrumentos y cambia el lenguaje diplomático, pero permanece una concepción según la cual las fronteras actuales todavía pueden ser revisadas si las condiciones históricas y las correlaciones de fuerza lo permiten.Alianza con EE.UU.Por eso tienen especial importancia las recientes palabras del ministro de Justicia marroquí cuando habla de la paciencia de Marruecos respecto a Ceuta y Melilla. La palabra paciencia describe bastante bien el método. Marruecos sabe esperar. Sabe acumular posiciones, fabricar dependencias, explotar vulnerabilidades y escoger el momento en el que una reivindicación que ayer parecía imposible comienza a presentarse como una cuestión susceptible de discusión. Pensar que Rabat pretende ocupar militarmente Ceuta mañana sería caricaturizar su estrategia y, precisamente por eso, no comprenderla. La presión contemporánea sobre un territorio puede ejercerse mediante la demografía, la economía, la migración, la diplomacia, la información, las relaciones comerciales y la creación progresiva de una percepción de conflicto. Antes de discutir quién tiene razón sobre un territorio hay que conseguir que alguien acepte que existe algo que discutir. Ahí reside uno de los peligros que el Gobierno de España parece empeñada en ignorar.La palabra paciencia describe bastante bien el método. Marruecos sabe esperar.Marruecos lleva años construyendo pacientemente las condiciones internacionales que necesita. Reforzó su alianza estratégica y militar con Estados Unidos, profundizó extraordinariamente su cooperación con Israel y obtuvo en diciembre de 2020 el reconocimiento estadounidense de su pretendida soberanía sobre el Sahara Occidental. Después dedicó enormes recursos diplomáticos a intentar ampliar ese reconocimiento y a presentar su plan de autonomía como única salida posible a un conflicto cuya naturaleza jurídica continúa siendo la de un territorio pendiente de descolonización. El objetivo prioritario era cerrar el frente saharaui en las mejores condiciones posibles para Rabat.Resulta difícil olvidar, a la luz de los acontecimientos actuales, las palabras pronunciadas en 2020 por Saadeddine El Othmani, entonces jefe del Gobierno marroquí, cuando afirmó que Ceuta y Melilla eran territorio marroquí. Aquello fue tratado por muchos como una salida de tono, una declaración inoportuna de un primer ministro que había ido demasiado lejos. Pero hace apenas unos días El Othmani volvió sobre la cuestión durante una entrevista en la televisión libanesa Al Ghad. El prestigioso periodista libanés Sami Kleib le recordó aquellas declaraciones y le preguntó si mantenía «esa controvertida opinión que expresó en 2020» sobre Ceuta y Melilla. La reacción de El Othmani fue particularmente reveladora. Rechazó de inmediato que aquello pudiera calificarse de opinión. «No es una cuestión de opinión», respondió, antes de afirmar que Ceuta y Melilla están «ocupadas de hecho» y que esa consideración cuenta con un consenso nacional en Marruecos.«No es una cuestión de opinión», respondió, antes de afirmar que Ceuta y Melilla están «ocupadas de hecho»La política marroquí avanza mediante etapas y sabe adaptarse a la resistencia que encuentra. Primero consolida una posición, después eleva el coste de discutirla y finalmente desplaza el centro de gravedad hacia el siguiente objetivo. En ese contexto debe analizarse la utilización de la migración en la frontera española. Resulta poco creíble sostener que un Estado con uno de los aparatos de seguridad más desarrollados de la región, capaz de mantener durante décadas un gigantesco dispositivo militar en el Sáhara Occidental, sea incapaz de controlar trece kilómetros de frontera terrestre cuando realmente decide hacerlo. Las entradas masivas aparecen y desaparecen en momentos políticamente significativos. La vigilancia se endurece cuando Rabat necesita demostrar que es un socio indispensable de Europa y se relaja cuando necesita recordar cuál sería el precio de dejar de serlo. España termina atrapada en una relación en la que quien posee la capacidad de generar el problema se ofrece periódicamente como garante de la solución.Ya ocurrió en 2021, cuando miles de personas, entre ellas numerosos menores, entraron en Ceuta en plena crisis diplomática provocada por la hospitalización en España del presidente saharaui Brahim Ghali. La Unión Europea llegó entonces a denunciar la utilización de la migración y de menores como instrumento de presión política. Cinco años después resulta difícil alegar sorpresa. Cuando el mecanismo se repite deja de ser un accidente fronterizo y pasa a formar parte de un patrón de comportamiento estatal. El error español consiste en responder a cada episodio como si fuera autónomo, negociando la vuelta a la normalidad y celebrando después esa normalidad como una victoria diplomática. Pero en una relación construida sobre crisis sucesivas, la normalidad puede ser simplemente el intervalo durante el cual se prepara la siguiente presión.Europa, mirada retóricaArgelia comprendió hace décadas una dimensión del conflicto saharaui que Europa continúa mirando casi exclusivamente desde la retórica humanitaria. La defensa del derecho del pueblo saharaui a la autodeterminación tiene una dimensión jurídica evidente, respaldada por la naturaleza internacional del territorio y por décadas de resoluciones de Naciones Unidas, pero posee también una dimensión geopolítica que ningún Estado serio del norte de África puede ignorar. Una República Saharaui independiente representa un límite territorial y político a la expansión marroquí hacia el sur y modifica profundamente el equilibrio regional. Para Argelia, la existencia de ese dique estratégico afecta directamente a su propia seguridad nacional. Para los saharauis, que llevamos medio siglo sufriendo las consecuencias del expansionismo marroquí, esto no constituye una hipótesis académica. Conocemos el método porque lo hemos padecido antes.España termina atrapada en una relación en la que quien posee la capacidad de generar el problema se ofrece periódicamente como garante de la solución.España debería comprender que la cuestión saharaui tampoco está tan lejos de su propia seguridad como algunos gobiernos han querido creer. Durante años se presentó el abandono progresivo de la posición tradicional española como el precio necesario para comprar estabilidad con Marruecos. La experiencia está demostrando exactamente lo contrario. España cedió en la cuestión que Rabat consideraba prioritaria y las reivindicaciones no desaparecieron. Se desplazaron. El Sáhara Occidental no era el final de la política territorial marroquí y quienes llevamos décadas estudiando el nacionalismo marroquí nunca tuvimos demasiadas dudas al respecto. Si una potencia descubre que la presión modifica las posiciones de su vecino, la conclusión racional desde su perspectiva consiste en aumentar la presión, no en renunciar a sus siguientes objetivos.Ceuta y Melilla entran así en una fase especialmente delicada. El peligro inmediato no consiste necesariamente en una acción militar ni en una anexión repentina. Consiste en acostumbrar a España, a Europa y a la opinión pública internacional a hablar de ambas ciudades como un contencioso pendiente. Una crisis migratoria hoy, una declaración ministerial mañana, una controversia comercial después, mapas, campañas mediáticas, reivindicaciones históricas, incidentes fronterizos y períodos calculados de distensión pueden terminar creando en unos años un marco político que hoy España rechazaría frontalmente. El tiempo es una herramienta de poder cuando uno de los actores posee una estrategia de décadas y el otro gobierna pendiente del próximo ciclo electoral.Ante semejante escenario, la respuesta del Gobierno español resulta difícil de justificar.Ante semejante escenario, la respuesta del Gobierno español resulta difícil de justificar. La política seguida desde 2022 ha confundido estabilidad con concesión y cooperación con dependencia. Se ha querido evitar cada crisis aceptando progresivamente el marco impuesto por quien dispone de los instrumentos para provocarla. Mientras Rabat piensa en términos históricos, España responde administrativamente a cada episodio. Mientras Marruecos acumula posiciones, Madrid intenta recuperar la fotografía de normalidad. Y mientras se habla de una relación excelente entre ambos países, desde el otro lado de la frontera altos responsables políticos reivindican abiertamente dos ciudades españolas y explican que su país sabe tener paciencia.España está asistiendo a uno de los desafíos más graves contra su soberanía e integridad territorial de las últimas décadas mientras una parte de su clase política continúa comportándose como si reconocer la naturaleza del problema pudiera resultar más peligroso que el propio problema. La presión procede de Rabat, pero su eficacia depende de la debilidad que encuentre enfrente. El expansionismo marroquí ha demostrado durante medio siglo que sabe esperar, presionar y aprovechar cada retroceso de sus adversarios. Después del Sahara llegaron las palabras sobre Ceuta y Melilla. España debería preguntarse cuánto territorio político está dispuesta a ceder antes de comprender que, para quien interpreta cada concesión como una victoria, la última concesión nunca es realmente la última.Taleb Alisalem Es analista y activista saharaui. La crisis de Ceuta no comenzó este agosto, ni puede explicarse atendiendo únicamente a las imágenes de miles de personas concentrándose frente a una frontera que Marruecos abre y cierra según sus necesidades políticas. El verdadero punto de inflexión hay que buscarlo cuatro años atrás, en marzo de 2022, cuando Pedro Sánchez decidió respaldar el plan marroquí de autonomía para el Sahara Occidental y rompió una posición española mantenida durante décadas. Aquella decisión produjo consecuencias que todavía no hemos terminado de medir. Rabat obtuvo algo mucho más valioso que una carta diplomática favorable a sus tesis sobre el Sahara. Obtuvo la confirmación de que la presión funciona, de que España puede modificar posiciones estratégicas cuando el coste de mantenerlas aumenta y de que una política suficientemente persistente de hechos consumados acaba encontrando interlocutores dispuestos a convertir la cesión en pragmatismo. Desde entonces Marruecos se ha sentido envalentonado, porque cada concesión española ha sido interpretada en Rabat de acuerdo con una lógica de poder bastante elemental. Quien cede bajo presión demuestra hasta dónde puede volver a ser presionado.Para comprender lo que está ocurriendo conviene abandonar durante unos minutos la mirada española y observar el mapa desde Rabat. El expansionismo marroquí tiene una historia, una doctrina y una construcción ideológica que preceden ampliamente al actual monarca. El proyecto del llamado Gran Marruecos, formulado por Allal el Fassi y el nacionalismo del Istiqlal, dibujaba unas fronteras que desbordaban ampliamente las internacionalmente reconocidas y alcanzaban territorios de sus vecinos. Aquella cartografía maximalista no se convirtió íntegramente en política oficial del Estado, pero parte de su lógica territorial sobrevivió y encontró expresiones sucesivas en la política exterior marroquí. La ocupación del Sáhara Occidental en 1975 constituye su manifestación más evidente. Ceuta y Melilla permanecen dentro del imaginario reivindicativo marroquí y determinados discursos nacionalistas extienden incluso sus fantasías territoriales hacia otros espacios. Cambian las circunstancias, cambian los instrumentos y cambia el lenguaje diplomático, pero permanece una concepción según la cual las fronteras actuales todavía pueden ser revisadas si las condiciones históricas y las correlaciones de fuerza lo permiten.Alianza con EE.UU.Por eso tienen especial importancia las recientes palabras del ministro de Justicia marroquí cuando habla de la paciencia de Marruecos respecto a Ceuta y Melilla. La palabra paciencia describe bastante bien el método. Marruecos sabe esperar. Sabe acumular posiciones, fabricar dependencias, explotar vulnerabilidades y escoger el momento en el que una reivindicación que ayer parecía imposible comienza a presentarse como una cuestión susceptible de discusión. Pensar que Rabat pretende ocupar militarmente Ceuta mañana sería caricaturizar su estrategia y, precisamente por eso, no comprenderla. La presión contemporánea sobre un territorio puede ejercerse mediante la demografía, la economía, la migración, la diplomacia, la información, las relaciones comerciales y la creación progresiva de una percepción de conflicto. Antes de discutir quién tiene razón sobre un territorio hay que conseguir que alguien acepte que existe algo que discutir. Ahí reside uno de los peligros que el Gobierno de España parece empeñada en ignorar.La palabra paciencia describe bastante bien el método. Marruecos sabe esperar.Marruecos lleva años construyendo pacientemente las condiciones internacionales que necesita. Reforzó su alianza estratégica y militar con Estados Unidos, profundizó extraordinariamente su cooperación con Israel y obtuvo en diciembre de 2020 el reconocimiento estadounidense de su pretendida soberanía sobre el Sahara Occidental. Después dedicó enormes recursos diplomáticos a intentar ampliar ese reconocimiento y a presentar su plan de autonomía como única salida posible a un conflicto cuya naturaleza jurídica continúa siendo la de un territorio pendiente de descolonización. El objetivo prioritario era cerrar el frente saharaui en las mejores condiciones posibles para Rabat.Resulta difícil olvidar, a la luz de los acontecimientos actuales, las palabras pronunciadas en 2020 por Saadeddine El Othmani, entonces jefe del Gobierno marroquí, cuando afirmó que Ceuta y Melilla eran territorio marroquí. Aquello fue tratado por muchos como una salida de tono, una declaración inoportuna de un primer ministro que había ido demasiado lejos. Pero hace apenas unos días El Othmani volvió sobre la cuestión durante una entrevista en la televisión libanesa Al Ghad. El prestigioso periodista libanés Sami Kleib le recordó aquellas declaraciones y le preguntó si mantenía «esa controvertida opinión que expresó en 2020» sobre Ceuta y Melilla. La reacción de El Othmani fue particularmente reveladora. Rechazó de inmediato que aquello pudiera calificarse de opinión. «No es una cuestión de opinión», respondió, antes de afirmar que Ceuta y Melilla están «ocupadas de hecho» y que esa consideración cuenta con un consenso nacional en Marruecos.«No es una cuestión de opinión», respondió, antes de afirmar que Ceuta y Melilla están «ocupadas de hecho»La política marroquí avanza mediante etapas y sabe adaptarse a la resistencia que encuentra. Primero consolida una posición, después eleva el coste de discutirla y finalmente desplaza el centro de gravedad hacia el siguiente objetivo. En ese contexto debe analizarse la utilización de la migración en la frontera española. Resulta poco creíble sostener que un Estado con uno de los aparatos de seguridad más desarrollados de la región, capaz de mantener durante décadas un gigantesco dispositivo militar en el Sáhara Occidental, sea incapaz de controlar trece kilómetros de frontera terrestre cuando realmente decide hacerlo. Las entradas masivas aparecen y desaparecen en momentos políticamente significativos. La vigilancia se endurece cuando Rabat necesita demostrar que es un socio indispensable de Europa y se relaja cuando necesita recordar cuál sería el precio de dejar de serlo. España termina atrapada en una relación en la que quien posee la capacidad de generar el problema se ofrece periódicamente como garante de la solución.Ya ocurrió en 2021, cuando miles de personas, entre ellas numerosos menores, entraron en Ceuta en plena crisis diplomática provocada por la hospitalización en España del presidente saharaui Brahim Ghali. La Unión Europea llegó entonces a denunciar la utilización de la migración y de menores como instrumento de presión política. Cinco años después resulta difícil alegar sorpresa. Cuando el mecanismo se repite deja de ser un accidente fronterizo y pasa a formar parte de un patrón de comportamiento estatal. El error español consiste en responder a cada episodio como si fuera autónomo, negociando la vuelta a la normalidad y celebrando después esa normalidad como una victoria diplomática. Pero en una relación construida sobre crisis sucesivas, la normalidad puede ser simplemente el intervalo durante el cual se prepara la siguiente presión.Europa, mirada retóricaArgelia comprendió hace décadas una dimensión del conflicto saharaui que Europa continúa mirando casi exclusivamente desde la retórica humanitaria. La defensa del derecho del pueblo saharaui a la autodeterminación tiene una dimensión jurídica evidente, respaldada por la naturaleza internacional del territorio y por décadas de resoluciones de Naciones Unidas, pero posee también una dimensión geopolítica que ningún Estado serio del norte de África puede ignorar. Una República Saharaui independiente representa un límite territorial y político a la expansión marroquí hacia el sur y modifica profundamente el equilibrio regional. Para Argelia, la existencia de ese dique estratégico afecta directamente a su propia seguridad nacional. Para los saharauis, que llevamos medio siglo sufriendo las consecuencias del expansionismo marroquí, esto no constituye una hipótesis académica. Conocemos el método porque lo hemos padecido antes.España termina atrapada en una relación en la que quien posee la capacidad de generar el problema se ofrece periódicamente como garante de la solución.España debería comprender que la cuestión saharaui tampoco está tan lejos de su propia seguridad como algunos gobiernos han querido creer. Durante años se presentó el abandono progresivo de la posición tradicional española como el precio necesario para comprar estabilidad con Marruecos. La experiencia está demostrando exactamente lo contrario. España cedió en la cuestión que Rabat consideraba prioritaria y las reivindicaciones no desaparecieron. Se desplazaron. El Sáhara Occidental no era el final de la política territorial marroquí y quienes llevamos décadas estudiando el nacionalismo marroquí nunca tuvimos demasiadas dudas al respecto. Si una potencia descubre que la presión modifica las posiciones de su vecino, la conclusión racional desde su perspectiva consiste en aumentar la presión, no en renunciar a sus siguientes objetivos.Ceuta y Melilla entran así en una fase especialmente delicada. El peligro inmediato no consiste necesariamente en una acción militar ni en una anexión repentina. Consiste en acostumbrar a España, a Europa y a la opinión pública internacional a hablar de ambas ciudades como un contencioso pendiente. Una crisis migratoria hoy, una declaración ministerial mañana, una controversia comercial después, mapas, campañas mediáticas, reivindicaciones históricas, incidentes fronterizos y períodos calculados de distensión pueden terminar creando en unos años un marco político que hoy España rechazaría frontalmente. El tiempo es una herramienta de poder cuando uno de los actores posee una estrategia de décadas y el otro gobierna pendiente del próximo ciclo electoral.Ante semejante escenario, la respuesta del Gobierno español resulta difícil de justificar.Ante semejante escenario, la respuesta del Gobierno español resulta difícil de justificar. La política seguida desde 2022 ha confundido estabilidad con concesión y cooperación con dependencia. Se ha querido evitar cada crisis aceptando progresivamente el marco impuesto por quien dispone de los instrumentos para provocarla. Mientras Rabat piensa en términos históricos, España responde administrativamente a cada episodio. Mientras Marruecos acumula posiciones, Madrid intenta recuperar la fotografía de normalidad. Y mientras se habla de una relación excelente entre ambos países, desde el otro lado de la frontera altos responsables políticos reivindican abiertamente dos ciudades españolas y explican que su país sabe tener paciencia.España está asistiendo a uno de los desafíos más graves contra su soberanía e integridad territorial de las últimas décadas mientras una parte de su clase política continúa comportándose como si reconocer la naturaleza del problema pudiera resultar más peligroso que el propio problema. La presión procede de Rabat, pero su eficacia depende de la debilidad que encuentre enfrente. El expansionismo marroquí ha demostrado durante medio siglo que sabe esperar, presionar y aprovechar cada retroceso de sus adversarios. Después del Sahara llegaron las palabras sobre Ceuta y Melilla. España debería preguntarse cuánto territorio político está dispuesta a ceder antes de comprender que, para quien interpreta cada concesión como una victoria, la última concesión nunca es realmente la última.Taleb Alisalem Es analista y activista saharaui. RSS de noticias de espana
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