Hace ya casi ocho años que me vine a vivir a Málaga , huyendo de los inviernos parisinos como quien huye de sí mismo, solo para descubrir que odio el verano. Lo odio con cada poro oleaginoso de mi piel. Cada año me digo que el próximo agosto me marcharé a Asturias. O que voy a reunir dinero para instalar en casa un aire acondicionado y poder cubrir la factura de la electricidad para estar dos meses de estivación, encerrado en mi apartamento. Pero siempre llega el mes de julio y no he preparado nada. El año pasado intenté asumirlo con resignación y entregarme al sufrimiento. Aceptar el pegoste, el aturdimiento de la luz y el vapor en las calles, como una Pasión solar . No sirvió de mucho. La imitación de Cristo no es un juego y está reservada para la enfermedad, la muerte y los momentos graves de la vida. Y el verano no es ninguna de estas cosas. Pero, ¿qué es?Quizás el enigma que nos plantea el verano es de la excesiva conciencia. El de una lucidez aterradora. La desesperante nitidez de los contornos de los seres, de los objetos, del paisaje, como una luz que amenaza con no apagarse nunca. El mundo revelándose en su total (su totalitaria) exterioridad. Un mundo sin sombras, sin matices, sin secretos. Los últimos charquitos del misterio a punto de secarse. Y es entonces, después de despertar en la madrugada con la camiseta empapada de sudor, cuando se hace inevitable preguntarse qué está haciendo uno con su vida. Esta es una cuestión que, en mi caso, se ha hecho particularmente aguda desde que llegué a España y me acogí al estatus fiscal de «autónomo». Se dice que hay que pagar un precio por la libertad. Yo pago ahora unos 300 euros mensuales más impuestos para que el estado me deje andar a mi antojo por mi oficina, que también es mi casa. Una oficina-casa que, durante mucho tiempo, fue más bien como una pecera donde yo iba de un lado para otro, sin saber bien qué buscaba entre las cuatro paredes de cristal. Ser autónomo y trabajar desde casa es, para quien no esté preparado, construirse un laberinto cuyos muros y recovecos están hechos de tiempo. Sin un horario fijo, ni un jefe que te esté vigilando, ni colegas con quienes coordinar una tarea común, lo más fácil es extraviarse en ese lote de tiempo no compartimentado.Cuando tomé consciencia de esta situación, me enfoqué en construir una rutina para dotarme de la estructura que me faltaba. Para ello, era necesario incorporar nuevos hábitos . Y para incorporar nuevos hábitos era necesaria nueva información. Fue así que me inicié en el mundo de la autoayuda y el bienestar, a través de libros, canales de YouTube y pódcasts, que me han servido muchísimo. Esto, por supuesto, no lo saben esos escritores que, para cumplir con la columna de la semana, escogen la autoayuda (otras veces es el fitness) como diana para sus dardos de gatos gordos, sin tener idea de lo que hablan. El consumo constante de este tipo de información es parte de los nuevos hábitos porque los humanos construimos sobre arena y necesitamos reforzar cada día lo aprendido y lo que queremos aprender. Y así, después de varios años de metamorfosis, dejando viejos y malos hábitos y sustituyéndolos por otros nuevos y buenos, finalmente tuve, con respecto a mi vida y con respecto al verano, una epifanía . El verano (mi vida) no es un camino de resignación sino de perfección. Y han sido estas semanas de verano de las mejores de mi vida pues finalmente he logrado poner en marcha una rutina que, en tan solo pocas semanas, me está dando resultados muy satisfactorios. No voy a entrar en detalles, pero el logro principal ha sido el de modificar mi horario. Tal vez para restarle unas horas de luz al día, tal vez para ganarle algunas de oscuridad, ahora me acuesto a dormir a las 8 y 30 p.m. y me levanto a las 3 y 30 a.m. Esto cambia por completo mi relación con el clima. Me ha permitido encontrar en mí, en medio del verano, un invencible invierno. Hace ya casi ocho años que me vine a vivir a Málaga , huyendo de los inviernos parisinos como quien huye de sí mismo, solo para descubrir que odio el verano. Lo odio con cada poro oleaginoso de mi piel. Cada año me digo que el próximo agosto me marcharé a Asturias. O que voy a reunir dinero para instalar en casa un aire acondicionado y poder cubrir la factura de la electricidad para estar dos meses de estivación, encerrado en mi apartamento. Pero siempre llega el mes de julio y no he preparado nada. El año pasado intenté asumirlo con resignación y entregarme al sufrimiento. Aceptar el pegoste, el aturdimiento de la luz y el vapor en las calles, como una Pasión solar . No sirvió de mucho. La imitación de Cristo no es un juego y está reservada para la enfermedad, la muerte y los momentos graves de la vida. Y el verano no es ninguna de estas cosas. Pero, ¿qué es?Quizás el enigma que nos plantea el verano es de la excesiva conciencia. El de una lucidez aterradora. La desesperante nitidez de los contornos de los seres, de los objetos, del paisaje, como una luz que amenaza con no apagarse nunca. El mundo revelándose en su total (su totalitaria) exterioridad. Un mundo sin sombras, sin matices, sin secretos. Los últimos charquitos del misterio a punto de secarse. Y es entonces, después de despertar en la madrugada con la camiseta empapada de sudor, cuando se hace inevitable preguntarse qué está haciendo uno con su vida. Esta es una cuestión que, en mi caso, se ha hecho particularmente aguda desde que llegué a España y me acogí al estatus fiscal de «autónomo». Se dice que hay que pagar un precio por la libertad. Yo pago ahora unos 300 euros mensuales más impuestos para que el estado me deje andar a mi antojo por mi oficina, que también es mi casa. Una oficina-casa que, durante mucho tiempo, fue más bien como una pecera donde yo iba de un lado para otro, sin saber bien qué buscaba entre las cuatro paredes de cristal. Ser autónomo y trabajar desde casa es, para quien no esté preparado, construirse un laberinto cuyos muros y recovecos están hechos de tiempo. Sin un horario fijo, ni un jefe que te esté vigilando, ni colegas con quienes coordinar una tarea común, lo más fácil es extraviarse en ese lote de tiempo no compartimentado.Cuando tomé consciencia de esta situación, me enfoqué en construir una rutina para dotarme de la estructura que me faltaba. Para ello, era necesario incorporar nuevos hábitos . Y para incorporar nuevos hábitos era necesaria nueva información. Fue así que me inicié en el mundo de la autoayuda y el bienestar, a través de libros, canales de YouTube y pódcasts, que me han servido muchísimo. Esto, por supuesto, no lo saben esos escritores que, para cumplir con la columna de la semana, escogen la autoayuda (otras veces es el fitness) como diana para sus dardos de gatos gordos, sin tener idea de lo que hablan. El consumo constante de este tipo de información es parte de los nuevos hábitos porque los humanos construimos sobre arena y necesitamos reforzar cada día lo aprendido y lo que queremos aprender. Y así, después de varios años de metamorfosis, dejando viejos y malos hábitos y sustituyéndolos por otros nuevos y buenos, finalmente tuve, con respecto a mi vida y con respecto al verano, una epifanía . El verano (mi vida) no es un camino de resignación sino de perfección. Y han sido estas semanas de verano de las mejores de mi vida pues finalmente he logrado poner en marcha una rutina que, en tan solo pocas semanas, me está dando resultados muy satisfactorios. No voy a entrar en detalles, pero el logro principal ha sido el de modificar mi horario. Tal vez para restarle unas horas de luz al día, tal vez para ganarle algunas de oscuridad, ahora me acuesto a dormir a las 8 y 30 p.m. y me levanto a las 3 y 30 a.m. Esto cambia por completo mi relación con el clima. Me ha permitido encontrar en mí, en medio del verano, un invencible invierno. Hace ya casi ocho años que me vine a vivir a Málaga , huyendo de los inviernos parisinos como quien huye de sí mismo, solo para descubrir que odio el verano. Lo odio con cada poro oleaginoso de mi piel. Cada año me digo que el próximo agosto me marcharé a Asturias. O que voy a reunir dinero para instalar en casa un aire acondicionado y poder cubrir la factura de la electricidad para estar dos meses de estivación, encerrado en mi apartamento. Pero siempre llega el mes de julio y no he preparado nada. El año pasado intenté asumirlo con resignación y entregarme al sufrimiento. Aceptar el pegoste, el aturdimiento de la luz y el vapor en las calles, como una Pasión solar . No sirvió de mucho. La imitación de Cristo no es un juego y está reservada para la enfermedad, la muerte y los momentos graves de la vida. Y el verano no es ninguna de estas cosas. Pero, ¿qué es?Quizás el enigma que nos plantea el verano es de la excesiva conciencia. El de una lucidez aterradora. La desesperante nitidez de los contornos de los seres, de los objetos, del paisaje, como una luz que amenaza con no apagarse nunca. El mundo revelándose en su total (su totalitaria) exterioridad. Un mundo sin sombras, sin matices, sin secretos. Los últimos charquitos del misterio a punto de secarse. Y es entonces, después de despertar en la madrugada con la camiseta empapada de sudor, cuando se hace inevitable preguntarse qué está haciendo uno con su vida. Esta es una cuestión que, en mi caso, se ha hecho particularmente aguda desde que llegué a España y me acogí al estatus fiscal de «autónomo». Se dice que hay que pagar un precio por la libertad. Yo pago ahora unos 300 euros mensuales más impuestos para que el estado me deje andar a mi antojo por mi oficina, que también es mi casa. Una oficina-casa que, durante mucho tiempo, fue más bien como una pecera donde yo iba de un lado para otro, sin saber bien qué buscaba entre las cuatro paredes de cristal. Ser autónomo y trabajar desde casa es, para quien no esté preparado, construirse un laberinto cuyos muros y recovecos están hechos de tiempo. Sin un horario fijo, ni un jefe que te esté vigilando, ni colegas con quienes coordinar una tarea común, lo más fácil es extraviarse en ese lote de tiempo no compartimentado.Cuando tomé consciencia de esta situación, me enfoqué en construir una rutina para dotarme de la estructura que me faltaba. Para ello, era necesario incorporar nuevos hábitos . Y para incorporar nuevos hábitos era necesaria nueva información. Fue así que me inicié en el mundo de la autoayuda y el bienestar, a través de libros, canales de YouTube y pódcasts, que me han servido muchísimo. Esto, por supuesto, no lo saben esos escritores que, para cumplir con la columna de la semana, escogen la autoayuda (otras veces es el fitness) como diana para sus dardos de gatos gordos, sin tener idea de lo que hablan. El consumo constante de este tipo de información es parte de los nuevos hábitos porque los humanos construimos sobre arena y necesitamos reforzar cada día lo aprendido y lo que queremos aprender. Y así, después de varios años de metamorfosis, dejando viejos y malos hábitos y sustituyéndolos por otros nuevos y buenos, finalmente tuve, con respecto a mi vida y con respecto al verano, una epifanía . El verano (mi vida) no es un camino de resignación sino de perfección. Y han sido estas semanas de verano de las mejores de mi vida pues finalmente he logrado poner en marcha una rutina que, en tan solo pocas semanas, me está dando resultados muy satisfactorios. No voy a entrar en detalles, pero el logro principal ha sido el de modificar mi horario. Tal vez para restarle unas horas de luz al día, tal vez para ganarle algunas de oscuridad, ahora me acuesto a dormir a las 8 y 30 p.m. y me levanto a las 3 y 30 a.m. Esto cambia por completo mi relación con el clima. Me ha permitido encontrar en mí, en medio del verano, un invencible invierno. RSS de noticias de cultura
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