Es de madrugada, la casa está en silencio y alguien se encuentra delante de la nevera abierta . Durante el día apenas ha tenido hambre, la cena fue ligera y ahora, casi por inercia, el cuerpo decide que necesita comer a la hora que sea. Al día siguiente amanece sin apetito, y vuelta a empezar. Puede que te suene familiar y tiene nombre.El síndrome del comedor nocturno fue descrito en 1955 por el psiquiatra Albert Stunkard y hoy sigue siendo uno de los patrones alimentarios poco conocidos y de los que peor se diagnostican. No se trata de un capricho puntual, ni es una cuestión de falta de voluntad. Es un cuadro con criterios clínicos definidos y hay que diferenciarlo bien del picoteo ocasional.Para hablar de síndrome y no de una mala noche puntual, los criterios actuales establecen un patrón concreto. —Que al menos el 25% de lo que comes en el día caiga después de la cena, o que te despiertes a comer al menos dos veces por semana.—Que el patrón dure como mínimo tres meses.—Que genere malestar.—Que sea algo de lo que eres consciente.Además, que por la mañana no se tenga nada de hambre es bastante habitual, pero no un hecho que defina el síndrome.Tampoco se debe confundir con el trastorno por atracón . En el atracón se produce una pérdida de control, se come mucho en poco tiempo y aparecen la vergüenza o la angustia. Mientras que en el síndrome del comedor nocturno no siempre se come en grandes cantidades, pero sí se vive con culpa la sensación de que ha vuelto a pasar.Saber qué hay detrás alivia porque deja de parecer algo que tú estás haciendo mal. Y lo que hay detrás es una base fisiológica, ligada al ritmo circadiano y a cómo el cuerpo reparte el hambre a lo largo del día.Por la noche, la leptina (que es la hormona de la saciedad) aumenta y frena el apetito mientras dormimos. En un estudio de JAMA de 1999, ese aumento nocturno de leptina y de melatonina estaba mucho más apagado en las personas con el síndrome del comedor nocturno, y sin embargo su cortisol era más alto a lo largo del día. La muestra era pequeña, solo 12 personas con el síndrome y 21 controles, así que es una pista más que una prueba cerrada. Pero encaja con lo que solemos ver en consulta.Y no es solo una cuestión hormonal. Por la noche es también cuando más bajamos la guardia, cuando el estrés del día se refleja en nuestro cuerpo y muchas veces este recae en la comida.Cómo salir del buclePara salir de este bucle podemos trabajar en tres áreas.Ordenar las comidas del día: Saltarse el desayuno o comer poco al mediodía es una llamada directa a que el cuerpo reclame la energía que le falta por la noche. Así que repartir mejor la comida es el primer paso y suele cambiar mucho sin necesidad de hacer grandes cambios.Mirar qué pasa a última hora: Muchas veces el hambre nocturna no es hambre, es la forma de gestionar un estrés que llevamos acumulado todo el día y ahí la pauta de repartir mejor las comidas a lo largo del día no es suficiente, por lo que podría hacer falta trabajar con apoyo psicólogo.Cuidar la calidad del sueño: Dormir poco sube la grelina (que es la hormona del hambre) y baja la leptina (la de la saciedad). Así que si tenemos un sueño de mala calidad, al día siguiente comemos más, llegamos a la noche más cansados y con menos recursos, y el bucle se refuerza.No es que la dieta resuelva el problema por sí sola, pero es una de las patas para comenzar a atacar esta situación. Lo importante en estos casos es identificar el patrón, entender que está pasando y solicitar ayuda profesional para romper este ciclo que crea malestar físico y psicológico.. Es de madrugada, la casa está en silencio y alguien se encuentra delante de la nevera abierta . Durante el día apenas ha tenido hambre, la cena fue ligera y ahora, casi por inercia, el cuerpo decide que necesita comer a la hora que sea. Al día siguiente amanece sin apetito, y vuelta a empezar. Puede que te suene familiar y tiene nombre.El síndrome del comedor nocturno fue descrito en 1955 por el psiquiatra Albert Stunkard y hoy sigue siendo uno de los patrones alimentarios poco conocidos y de los que peor se diagnostican. No se trata de un capricho puntual, ni es una cuestión de falta de voluntad. Es un cuadro con criterios clínicos definidos y hay que diferenciarlo bien del picoteo ocasional.Para hablar de síndrome y no de una mala noche puntual, los criterios actuales establecen un patrón concreto. —Que al menos el 25% de lo que comes en el día caiga después de la cena, o que te despiertes a comer al menos dos veces por semana.—Que el patrón dure como mínimo tres meses.—Que genere malestar.—Que sea algo de lo que eres consciente.Además, que por la mañana no se tenga nada de hambre es bastante habitual, pero no un hecho que defina el síndrome.Tampoco se debe confundir con el trastorno por atracón . En el atracón se produce una pérdida de control, se come mucho en poco tiempo y aparecen la vergüenza o la angustia. Mientras que en el síndrome del comedor nocturno no siempre se come en grandes cantidades, pero sí se vive con culpa la sensación de que ha vuelto a pasar.Saber qué hay detrás alivia porque deja de parecer algo que tú estás haciendo mal. Y lo que hay detrás es una base fisiológica, ligada al ritmo circadiano y a cómo el cuerpo reparte el hambre a lo largo del día.Por la noche, la leptina (que es la hormona de la saciedad) aumenta y frena el apetito mientras dormimos. En un estudio de JAMA de 1999, ese aumento nocturno de leptina y de melatonina estaba mucho más apagado en las personas con el síndrome del comedor nocturno, y sin embargo su cortisol era más alto a lo largo del día. La muestra era pequeña, solo 12 personas con el síndrome y 21 controles, así que es una pista más que una prueba cerrada. Pero encaja con lo que solemos ver en consulta.Y no es solo una cuestión hormonal. Por la noche es también cuando más bajamos la guardia, cuando el estrés del día se refleja en nuestro cuerpo y muchas veces este recae en la comida.Cómo salir del buclePara salir de este bucle podemos trabajar en tres áreas.Ordenar las comidas del día: Saltarse el desayuno o comer poco al mediodía es una llamada directa a que el cuerpo reclame la energía que le falta por la noche. Así que repartir mejor la comida es el primer paso y suele cambiar mucho sin necesidad de hacer grandes cambios.Mirar qué pasa a última hora: Muchas veces el hambre nocturna no es hambre, es la forma de gestionar un estrés que llevamos acumulado todo el día y ahí la pauta de repartir mejor las comidas a lo largo del día no es suficiente, por lo que podría hacer falta trabajar con apoyo psicólogo.Cuidar la calidad del sueño: Dormir poco sube la grelina (que es la hormona del hambre) y baja la leptina (la de la saciedad). Así que si tenemos un sueño de mala calidad, al día siguiente comemos más, llegamos a la noche más cansados y con menos recursos, y el bucle se refuerza.No es que la dieta resuelva el problema por sí sola, pero es una de las patas para comenzar a atacar esta situación. Lo importante en estos casos es identificar el patrón, entender que está pasando y solicitar ayuda profesional para romper este ciclo que crea malestar físico y psicológico.. Es de madrugada, la casa está en silencio y alguien se encuentra delante de la nevera abierta . Durante el día apenas ha tenido hambre, la cena fue ligera y ahora, casi por inercia, el cuerpo decide que necesita comer a la hora que sea. Al día siguiente amanece sin apetito, y vuelta a empezar. Puede que te suene familiar y tiene nombre.El síndrome del comedor nocturno fue descrito en 1955 por el psiquiatra Albert Stunkard y hoy sigue siendo uno de los patrones alimentarios poco conocidos y de los que peor se diagnostican. No se trata de un capricho puntual, ni es una cuestión de falta de voluntad. Es un cuadro con criterios clínicos definidos y hay que diferenciarlo bien del picoteo ocasional.Para hablar de síndrome y no de una mala noche puntual, los criterios actuales establecen un patrón concreto. —Que al menos el 25% de lo que comes en el día caiga después de la cena, o que te despiertes a comer al menos dos veces por semana.—Que el patrón dure como mínimo tres meses.—Que genere malestar.—Que sea algo de lo que eres consciente.Además, que por la mañana no se tenga nada de hambre es bastante habitual, pero no un hecho que defina el síndrome.Tampoco se debe confundir con el trastorno por atracón . En el atracón se produce una pérdida de control, se come mucho en poco tiempo y aparecen la vergüenza o la angustia. Mientras que en el síndrome del comedor nocturno no siempre se come en grandes cantidades, pero sí se vive con culpa la sensación de que ha vuelto a pasar.Saber qué hay detrás alivia porque deja de parecer algo que tú estás haciendo mal. Y lo que hay detrás es una base fisiológica, ligada al ritmo circadiano y a cómo el cuerpo reparte el hambre a lo largo del día.Por la noche, la leptina (que es la hormona de la saciedad) aumenta y frena el apetito mientras dormimos. En un estudio de JAMA de 1999, ese aumento nocturno de leptina y de melatonina estaba mucho más apagado en las personas con el síndrome del comedor nocturno, y sin embargo su cortisol era más alto a lo largo del día. La muestra era pequeña, solo 12 personas con el síndrome y 21 controles, así que es una pista más que una prueba cerrada. Pero encaja con lo que solemos ver en consulta.Y no es solo una cuestión hormonal. Por la noche es también cuando más bajamos la guardia, cuando el estrés del día se refleja en nuestro cuerpo y muchas veces este recae en la comida.Cómo salir del buclePara salir de este bucle podemos trabajar en tres áreas.Ordenar las comidas del día: Saltarse el desayuno o comer poco al mediodía es una llamada directa a que el cuerpo reclame la energía que le falta por la noche. Así que repartir mejor la comida es el primer paso y suele cambiar mucho sin necesidad de hacer grandes cambios.Mirar qué pasa a última hora: Muchas veces el hambre nocturna no es hambre, es la forma de gestionar un estrés que llevamos acumulado todo el día y ahí la pauta de repartir mejor las comidas a lo largo del día no es suficiente, por lo que podría hacer falta trabajar con apoyo psicólogo.Cuidar la calidad del sueño: Dormir poco sube la grelina (que es la hormona del hambre) y baja la leptina (la de la saciedad). Así que si tenemos un sueño de mala calidad, al día siguiente comemos más, llegamos a la noche más cansados y con menos recursos, y el bucle se refuerza.No es que la dieta resuelva el problema por sí sola, pero es una de las patas para comenzar a atacar esta situación. Lo importante en estos casos es identificar el patrón, entender que está pasando y solicitar ayuda profesional para romper este ciclo que crea malestar físico y psicológico.. RSS de noticias de bienestar
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