España tiene estos días tres campamentos. Dos son de la vergüenza. Uno, en Ceuta, donde las tiendas de los migrantes recuerdan a diario el fracaso de una frontera y de quienes deberían gobernarla. Otro, en la Puerta del Sol de la capital de España, donde acampan los defensores del ‘caso Maricarmen’ instalados ante la indiferencia administrativa. Y luego está el tercero. El único al que uno entra esperanzado y del que suele salir más feliz: el campamento ambulante de los libreros de viejo.Llega cada año cuando el equinoccio marca el otoño y empieza a refrescar. De pronto aparecen las casetas en el Paseo de Recoletos, en Madrid; en la Plaza de los Celedones de Oro de Vitoria, en la de San Francisco de Sevilla; en Alcalá de Henares, y en tantas ciudades españolas. Tiendas de contrachapado atiborradas de estanterías que duran unas semanas y después desaparecen para reaparecer en otra parte. Una tribu nómada que viaja cargada de muertos ilustres, ediciones agotadas, mapas, grabados, tebeos, postales y libros que alguien leyó antes que nosotros.Hay una melancolía dura, sin concesiones, en el librero de viejo. Un tipo baqueteado por los catálogos y el polvo que contempla el circo de las novedades con la sonrisa cínica del cirujano militar. Sabe perfectamente que el superventas del año, el que hoy llena portadas y firmas, terminará en menos de una década en su cajón de saldos a tres euros, devorado por las polillas. El librero de lance es un arqueólogo de frontera que no despacha papel: rescata náufragos. Maneja con manos firmes primeras ediciones salvadas de la quema, novelas descatalogadas que las editoriales cobardes trituraron para hacer sitio en el almacén, y dedicatorias de puño y letra escritas por fantasmas que ya nadie recuerda.Por eso me gustan esos campamentos. Porque mientras unos recuerdan todo lo que este país no sabe resolver, estos atesoran lo que tampoco supimos conservar. Basta revolver un cajón y encontrar un libro que llevaba décadas esperándonos. Luego uno paga unos pocos euros, se lo mete bajo el brazo y vuelve a casa pensando que, entre tanta tienda de campaña de la España de hoy, todavía queda alguna donde refugiarse. España tiene estos días tres campamentos. Dos son de la vergüenza. Uno, en Ceuta, donde las tiendas de los migrantes recuerdan a diario el fracaso de una frontera y de quienes deberían gobernarla. Otro, en la Puerta del Sol de la capital de España, donde acampan los defensores del ‘caso Maricarmen’ instalados ante la indiferencia administrativa. Y luego está el tercero. El único al que uno entra esperanzado y del que suele salir más feliz: el campamento ambulante de los libreros de viejo.Llega cada año cuando el equinoccio marca el otoño y empieza a refrescar. De pronto aparecen las casetas en el Paseo de Recoletos, en Madrid; en la Plaza de los Celedones de Oro de Vitoria, en la de San Francisco de Sevilla; en Alcalá de Henares, y en tantas ciudades españolas. Tiendas de contrachapado atiborradas de estanterías que duran unas semanas y después desaparecen para reaparecer en otra parte. Una tribu nómada que viaja cargada de muertos ilustres, ediciones agotadas, mapas, grabados, tebeos, postales y libros que alguien leyó antes que nosotros.Hay una melancolía dura, sin concesiones, en el librero de viejo. Un tipo baqueteado por los catálogos y el polvo que contempla el circo de las novedades con la sonrisa cínica del cirujano militar. Sabe perfectamente que el superventas del año, el que hoy llena portadas y firmas, terminará en menos de una década en su cajón de saldos a tres euros, devorado por las polillas. El librero de lance es un arqueólogo de frontera que no despacha papel: rescata náufragos. Maneja con manos firmes primeras ediciones salvadas de la quema, novelas descatalogadas que las editoriales cobardes trituraron para hacer sitio en el almacén, y dedicatorias de puño y letra escritas por fantasmas que ya nadie recuerda.Por eso me gustan esos campamentos. Porque mientras unos recuerdan todo lo que este país no sabe resolver, estos atesoran lo que tampoco supimos conservar. Basta revolver un cajón y encontrar un libro que llevaba décadas esperándonos. Luego uno paga unos pocos euros, se lo mete bajo el brazo y vuelve a casa pensando que, entre tanta tienda de campaña de la España de hoy, todavía queda alguna donde refugiarse. España tiene estos días tres campamentos. Dos son de la vergüenza. Uno, en Ceuta, donde las tiendas de los migrantes recuerdan a diario el fracaso de una frontera y de quienes deberían gobernarla. Otro, en la Puerta del Sol de la capital de España, donde acampan los defensores del ‘caso Maricarmen’ instalados ante la indiferencia administrativa. Y luego está el tercero. El único al que uno entra esperanzado y del que suele salir más feliz: el campamento ambulante de los libreros de viejo.Llega cada año cuando el equinoccio marca el otoño y empieza a refrescar. De pronto aparecen las casetas en el Paseo de Recoletos, en Madrid; en la Plaza de los Celedones de Oro de Vitoria, en la de San Francisco de Sevilla; en Alcalá de Henares, y en tantas ciudades españolas. Tiendas de contrachapado atiborradas de estanterías que duran unas semanas y después desaparecen para reaparecer en otra parte. Una tribu nómada que viaja cargada de muertos ilustres, ediciones agotadas, mapas, grabados, tebeos, postales y libros que alguien leyó antes que nosotros.Hay una melancolía dura, sin concesiones, en el librero de viejo. Un tipo baqueteado por los catálogos y el polvo que contempla el circo de las novedades con la sonrisa cínica del cirujano militar. Sabe perfectamente que el superventas del año, el que hoy llena portadas y firmas, terminará en menos de una década en su cajón de saldos a tres euros, devorado por las polillas. El librero de lance es un arqueólogo de frontera que no despacha papel: rescata náufragos. Maneja con manos firmes primeras ediciones salvadas de la quema, novelas descatalogadas que las editoriales cobardes trituraron para hacer sitio en el almacén, y dedicatorias de puño y letra escritas por fantasmas que ya nadie recuerda.Por eso me gustan esos campamentos. Porque mientras unos recuerdan todo lo que este país no sabe resolver, estos atesoran lo que tampoco supimos conservar. Basta revolver un cajón y encontrar un libro que llevaba décadas esperándonos. Luego uno paga unos pocos euros, se lo mete bajo el brazo y vuelve a casa pensando que, entre tanta tienda de campaña de la España de hoy, todavía queda alguna donde refugiarse. RSS de noticias de cultura
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