Miguel era el líder de los muchachos del pueblo, el que fundó la tradición de bañarse en el río helado por Navidad, el que cada año robaba la oveja-mascota del equipo del pueblo vecino, y además tenía de mejor amigo a Eduardo, mucho más tímido y temeroso, y en contraste el atrevimiento de Miguel se notaba mucho más. Iba con ellos siempre Silvia, que aunque era una chica muy hermosa, no se comportaba como tal y por eso la aceptaban y la trataban como a un igual.Al terminar el COU, sin aprobarlo, Miguel dejó los estudios y empezó a trabajar, y para salir de noche era el único que tenía dinero y eso disparó todavía más su éxito. Aquel verano fue el rey, y aunque continuaron siendo tres, Silvia se enamoró de él y empezaron su romance.Eduardo tampoco tuvo que soportar demasiado a los enamorados, porque la mayor parte de las noches se quedaba en casa estudiando para el examen de admisión en Cambridge. Antes la élite era mucho más Inglaterra que los Estados Unidos. Miguel era el príncipe callejero, el carismático, el gamberro pero todo el mundo le quería. El padre de Eduardo era el dueño de la embotelladora más importante de España. A Eduardo, retraído y torpe socialmente, lo tomaban por mucho más borde de lo que era por la penalización que siempre sufren los ricos. No es que tuviera un gran interés en esto o aquello, pero sus padres habían trazado un camino muy preciso y formaba parte de su personalidad seguirlo sin protestar.El verano terminó, Miguel y Silvia se quedaron como siempre en el pueblo y Eduardo se fue a Cambridge. Regresó en Navidad, Silvia estaba embarazada y a Miguel le habían echado de la fábrica y en cada conversación con Eduardo acababa ofendido porque se sentía tratado con arrogancia. Eduardo primero le ofreció dinero, y al no aceptarlo Miguel, «yo no necesito tu caridad», pidió permiso a su padre para ofrecerle un puesto de trabajo en la embotelladora, que aunque estaba a una hora de distancia en coche, era un trabajo seguro y por ser él, muy bien pagado. Cada ofrecimiento acentuaba la amargura de Miguel y la distancia entre ambos.Eduardo no dejó de querer ayudarle pero dejó de insistir porque las conversaciones se volvían todas desagradables. Contactó con Silvia como pudo y quedaron fuera del pueblo para que nadie los viera. Silvia le explicó que Miguel se había vuelto turbio, brusco, hosco, que ya nunca salía y que se había desvanecido la luz de la que se había enamorado. Eduardo le preguntó si era consciente de que aquella era la vida que le esperaba a su lado. Se lo preguntó de pie, cerca el uno del otro, y como respuesta Silvia tomó con una mano la mejilla de Eduardo para acercarse a su boca y besarlo.Eduardo preguntó a sus padres si estaban dispuestos a querer a la hija de Silvia como a una nieta, le dijeron que sí, y la nueva pareja se instaló en Cambridge mientras los estudios de Eduardo duraron. Todavía hoy continúan juntos y enamorados, y además de aquella niña tuvieron dos más. No volvieron nunca más al pueblo.En cuanto a Miguel, al principio, que quiere decir las dos primeras semanas, iba diciendo que se lo habían robado todo y la gente del pueblo se solidarizó con él y estaban dispuestos a ayudarle. Pero no tuvo que pasar ni un mes para que empezara a beber todo el día, a rechazar cada trabajo que se le ofrecía, y a los que aceptaba acababa por no presentarse. Pasaron los años y nunca reclamó a su hija. Vivía en un piso desastroso y comía gracias a lo que cada semana le mandaba Josefa, la dueña del súper, que era su tía. Al verle pasar, alguien contaba a veces historias de cuando fue el rey, hasta que ya no quedó en el pueblo nadie que las recordara. Miguel era el líder de los muchachos del pueblo, el que fundó la tradición de bañarse en el río helado por Navidad, el que cada año robaba la oveja-mascota del equipo del pueblo vecino, y además tenía de mejor amigo a Eduardo, mucho más tímido y temeroso, y en contraste el atrevimiento de Miguel se notaba mucho más. Iba con ellos siempre Silvia, que aunque era una chica muy hermosa, no se comportaba como tal y por eso la aceptaban y la trataban como a un igual.Al terminar el COU, sin aprobarlo, Miguel dejó los estudios y empezó a trabajar, y para salir de noche era el único que tenía dinero y eso disparó todavía más su éxito. Aquel verano fue el rey, y aunque continuaron siendo tres, Silvia se enamoró de él y empezaron su romance.Eduardo tampoco tuvo que soportar demasiado a los enamorados, porque la mayor parte de las noches se quedaba en casa estudiando para el examen de admisión en Cambridge. Antes la élite era mucho más Inglaterra que los Estados Unidos. Miguel era el príncipe callejero, el carismático, el gamberro pero todo el mundo le quería. El padre de Eduardo era el dueño de la embotelladora más importante de España. A Eduardo, retraído y torpe socialmente, lo tomaban por mucho más borde de lo que era por la penalización que siempre sufren los ricos. No es que tuviera un gran interés en esto o aquello, pero sus padres habían trazado un camino muy preciso y formaba parte de su personalidad seguirlo sin protestar.El verano terminó, Miguel y Silvia se quedaron como siempre en el pueblo y Eduardo se fue a Cambridge. Regresó en Navidad, Silvia estaba embarazada y a Miguel le habían echado de la fábrica y en cada conversación con Eduardo acababa ofendido porque se sentía tratado con arrogancia. Eduardo primero le ofreció dinero, y al no aceptarlo Miguel, «yo no necesito tu caridad», pidió permiso a su padre para ofrecerle un puesto de trabajo en la embotelladora, que aunque estaba a una hora de distancia en coche, era un trabajo seguro y por ser él, muy bien pagado. Cada ofrecimiento acentuaba la amargura de Miguel y la distancia entre ambos.Eduardo no dejó de querer ayudarle pero dejó de insistir porque las conversaciones se volvían todas desagradables. Contactó con Silvia como pudo y quedaron fuera del pueblo para que nadie los viera. Silvia le explicó que Miguel se había vuelto turbio, brusco, hosco, que ya nunca salía y que se había desvanecido la luz de la que se había enamorado. Eduardo le preguntó si era consciente de que aquella era la vida que le esperaba a su lado. Se lo preguntó de pie, cerca el uno del otro, y como respuesta Silvia tomó con una mano la mejilla de Eduardo para acercarse a su boca y besarlo.Eduardo preguntó a sus padres si estaban dispuestos a querer a la hija de Silvia como a una nieta, le dijeron que sí, y la nueva pareja se instaló en Cambridge mientras los estudios de Eduardo duraron. Todavía hoy continúan juntos y enamorados, y además de aquella niña tuvieron dos más. No volvieron nunca más al pueblo.En cuanto a Miguel, al principio, que quiere decir las dos primeras semanas, iba diciendo que se lo habían robado todo y la gente del pueblo se solidarizó con él y estaban dispuestos a ayudarle. Pero no tuvo que pasar ni un mes para que empezara a beber todo el día, a rechazar cada trabajo que se le ofrecía, y a los que aceptaba acababa por no presentarse. Pasaron los años y nunca reclamó a su hija. Vivía en un piso desastroso y comía gracias a lo que cada semana le mandaba Josefa, la dueña del súper, que era su tía. Al verle pasar, alguien contaba a veces historias de cuando fue el rey, hasta que ya no quedó en el pueblo nadie que las recordara. Miguel era el líder de los muchachos del pueblo, el que fundó la tradición de bañarse en el río helado por Navidad, el que cada año robaba la oveja-mascota del equipo del pueblo vecino, y además tenía de mejor amigo a Eduardo, mucho más tímido y temeroso, y en contraste el atrevimiento de Miguel se notaba mucho más. Iba con ellos siempre Silvia, que aunque era una chica muy hermosa, no se comportaba como tal y por eso la aceptaban y la trataban como a un igual.Al terminar el COU, sin aprobarlo, Miguel dejó los estudios y empezó a trabajar, y para salir de noche era el único que tenía dinero y eso disparó todavía más su éxito. Aquel verano fue el rey, y aunque continuaron siendo tres, Silvia se enamoró de él y empezaron su romance.Eduardo tampoco tuvo que soportar demasiado a los enamorados, porque la mayor parte de las noches se quedaba en casa estudiando para el examen de admisión en Cambridge. Antes la élite era mucho más Inglaterra que los Estados Unidos. Miguel era el príncipe callejero, el carismático, el gamberro pero todo el mundo le quería. El padre de Eduardo era el dueño de la embotelladora más importante de España. A Eduardo, retraído y torpe socialmente, lo tomaban por mucho más borde de lo que era por la penalización que siempre sufren los ricos. No es que tuviera un gran interés en esto o aquello, pero sus padres habían trazado un camino muy preciso y formaba parte de su personalidad seguirlo sin protestar.El verano terminó, Miguel y Silvia se quedaron como siempre en el pueblo y Eduardo se fue a Cambridge. Regresó en Navidad, Silvia estaba embarazada y a Miguel le habían echado de la fábrica y en cada conversación con Eduardo acababa ofendido porque se sentía tratado con arrogancia. Eduardo primero le ofreció dinero, y al no aceptarlo Miguel, «yo no necesito tu caridad», pidió permiso a su padre para ofrecerle un puesto de trabajo en la embotelladora, que aunque estaba a una hora de distancia en coche, era un trabajo seguro y por ser él, muy bien pagado. Cada ofrecimiento acentuaba la amargura de Miguel y la distancia entre ambos.Eduardo no dejó de querer ayudarle pero dejó de insistir porque las conversaciones se volvían todas desagradables. Contactó con Silvia como pudo y quedaron fuera del pueblo para que nadie los viera. Silvia le explicó que Miguel se había vuelto turbio, brusco, hosco, que ya nunca salía y que se había desvanecido la luz de la que se había enamorado. Eduardo le preguntó si era consciente de que aquella era la vida que le esperaba a su lado. Se lo preguntó de pie, cerca el uno del otro, y como respuesta Silvia tomó con una mano la mejilla de Eduardo para acercarse a su boca y besarlo.Eduardo preguntó a sus padres si estaban dispuestos a querer a la hija de Silvia como a una nieta, le dijeron que sí, y la nueva pareja se instaló en Cambridge mientras los estudios de Eduardo duraron. Todavía hoy continúan juntos y enamorados, y además de aquella niña tuvieron dos más. No volvieron nunca más al pueblo.En cuanto a Miguel, al principio, que quiere decir las dos primeras semanas, iba diciendo que se lo habían robado todo y la gente del pueblo se solidarizó con él y estaban dispuestos a ayudarle. Pero no tuvo que pasar ni un mes para que empezara a beber todo el día, a rechazar cada trabajo que se le ofrecía, y a los que aceptaba acababa por no presentarse. Pasaron los años y nunca reclamó a su hija. Vivía en un piso desastroso y comía gracias a lo que cada semana le mandaba Josefa, la dueña del súper, que era su tía. Al verle pasar, alguien contaba a veces historias de cuando fue el rey, hasta que ya no quedó en el pueblo nadie que las recordara. RSS de noticias de cultura
Noticias Similares
