Nunca olvidaré la primera vez que crucé, a pie, el paso fronterizo de Beni Enzar, entre Melilla y Marruecos. Fue allá por julio de 1997, y en aquella época todavía funcionaba a pleno rendimiento el denominado «comercio informal», eufemismo con el que se etiquetaba el contrabando minorista que a lomos de cientos de porteadores —y porteadoras— llevaba toda clase de mercancías desde las tiendas melillenses a los bazares del otro lado. El espectáculo de aquel gentío acarreando sus fardos, y en especial el de las mujeres, nada jóvenes y dobladas bajo el peso, que se afanaban para esquivar a gendarmes y miembros de las fuerzas auxiliares marroquíes, empeñados en arrear a porrazos a sus compatriotas en la tierra de nadie, rompía el corazón.Por aquellos días, la diferencia del PIB per cápita entre el país vecino y España era de 11 a 1, lo que convertía esa línea fronteriza en uno de los mayores abismos socioeconómicos del planeta. Ahora la cosa ha mejorado algo: la diferencia es «sólo» de 8 a 1. Cuando uno afronta un problema, lo primero es tener claros sus datos. Este es el primer dato del problema de Ceuta y Melilla —o, si se quiere, de nuestra relación con Marruecos—, y el que explica lo más atroz de lo acontecido en estos días: que más de siete decenas de personas, entre ellas no pocas que no sabían nadar, se hayan ahogado tratando de llegar a Ceuta.El segundo dato del problema es la geografía. Ceuta se sitúa en uno de los lugares más estratégicos del globo: el estrecho de Gibraltar, paso clave del comercio mundial en un momento en el que esos pasos se han convertido en arma política y aun militar. Por otra parte, ambas, Ceuta y Melilla, se encuentran en suelo africano, encajonadas entre el mar y el territorio marroquí, lo que sustenta una reivindicación de soberanía de la que nuestros vecinos, la ejerzan con mayor o menor ahínco, ni se han apeado ni van a apearse, y que por obra y gracia de ese factor geográfico no dejará de encontrar comprensión en más de uno. No hay más que fijarse en al aluvión de mensajes, de particulares e incluso de representantes políticos, de diversos orígenes e ideologías, que en estos días circulaban por las redes sociales cuestionando qué pintan dos ciudades españolas en África. Gente que no se preguntaría por qué Francia, Estados Unidos o el Reino Unido poseen territorios en otros continentes, y mucho más alejados, pero este doble rasero es también una inexorable realidad.Junto al de la geografía está siempre, sin duda, el dato de la historia: Ceuta fue portuguesa desde 1415 a 1640, año en que se incorporó a España; Melilla es posesión castellana —y luego española—, desde 1497, cuando Pedro de Estopiñán tomó una ciudadela arruinada y abandonada. La posesión ininterrumpida es un argumento de peso, aunque hay entre nosotros quienes lo manejan con cierta ligereza. Decir que esas conquistas son muy anteriores al nacimiento de Marruecos, cifrando este en el año 1956, supone no sólo ignorar que el sultanato con capital en Fez ya era reconocido por potencias exteriores, incluida España, a principios del siglo XVII, sino que para los marroquíes su país es mucho más antiguo, ya que lo remontan a Idrís I, fundador de la dinastía idrisí, a finales del siglo VIII. Antes de menospreciar su razonamiento, pensemos en que España invoca a un coetáneo, el asturiano Pelayo, como primer eslabón de su monarquía. Y hay más: los actuales territorios de Ceuta y Melilla se consolidaron, en la mayor parte de su extensión, con el tratado de Wad-Ras, firmado en 1860 con el sultán de Marruecos tras infligirle una derrota militar y como precio para devolverle Tetuán. No deja por ello de ser un título válido, pero su antigüedad es la que es.Más allá de la geografía y de la historia, y de las siempre controvertidas interpretaciones de la segunda, un cuarto dato insoslayable es que en Ceuta y Melilla viven ciento setenta mil españoles, y que esa realidad humana, y los legítimos intereses y aspiraciones de quienes la forman, determinan el problema de un modo que ni a Marruecos ni a España les cabe ignorar. Los marroquíes saben que su vecino del norte no puede dejar de amparar a sus compatriotas; pero los españoles tenemos que ser conscientes de que la existencia de dos poblaciones encerradas en una angosta porción de tierra plantea retos económicos y de toda índole que sin una cooperación con el país que las rodea se complican mucho. En particular, los relativos a la seguridad y la integridad de una frontera que, lo hemos visto en estos días. puede quedar desbordada con enorme facilidad por la presión de una muchedumbre inerme y desesperada. No parece que los medios de defensa del perímetro hayan sido los adecuados, pero incluso si se aumentaran bastaría con elevar esa presión.El problema tiene más datos, como las actuales tensiones geopolíticas, las diferentes formas de gobierno a ambos lados de la frontera y las relaciones con terceros países de unos y de otros, incluida la pertenencia de España a una Unión Europea que tiene intereses en Marruecos y que nunca, y tampoco ahora, se ha mostrado muy entusiasta —constatémoslo— en punto a defender la españolidad de las dos ciudades norteafricanas; pero bastan los expuestos para hacerse cargo de que esta es una cuestión de primer orden y dificultad máxima, que como poco cabe dudar de que los gobiernos españoles, el actual y los que lo precedieron, hayan afrontado como la seriedad del caso exige. Que todo el mundo vea una ciudad bajo tu soberanía arrollada sin apenas estorbos por una multitud incontrolada, aunque al cabo de las horas la mayoría se vaya, dista de ser un éxito.En algunos medios marroquíes, más o menos independientes, se apunta a una maniobra de grupos islamistas de cara a erosionar la posición española en Ceuta y Melilla Sobre lo que ha sucedido, cómo se gestó el asalto y quiénes están detrás, no es fácil aventurar una hipótesis. No ayuda por cierto la tradicional opacidad del Majzén, el aparato de gobierno ligado al palacio, un entramado secular que tiene su origen en los tiempos del sultanato y que rara vez rinde cuentas, ni aclara hasta dónde está, o no, detrás de los acontecimientos. Lo que parece muy difícil de creer, dado el control que ejerce y teniendo en cuenta sus antenas desplegadas por todo el país, es que no supiera de la gestación de un movimiento de tal envergadura y que se organizó, muy visiblemente, a través de las redes sociales. Por cierto que también parece inverosímil que una maniobra así les pasara inadvertida a los servicios de información españoles . Si alguna instancia gubernamental marroquí alentó o apoyó la operación, en connivencia o no con agentes hostiles a España, y como castigo por el acercamiento a Argelia o por el acuerdo del Congreso que facilita la nacionalidad española a los saharauis, o para lograr que la final del Mundial sea en Casablanca, queda y quedará en el terreno de la especulación. A día de hoy, tantos años después, aún no sabemos bien cómo se montó lo de Perejil. En algunos medios marroquíes, más o menos independientes, se apunta a una maniobra de grupos islamistas de cara a erosionar la posición española en Ceuta y Melilla —que reivindican como musulmanas—, mejorar sus posibilidades en las inminentes elecciones legislativas y dejar en mal lugar al rey y a su círculo: verdad es que la imagen de miles de descamisados tratando de huir del país y varias decenas ahogándose no habla demasiado bien de cara al exterior sobre la efectividad de sus políticas.En todo caso, los vídeos y los testimonios de algunos de los asaltantes, que acreditan la vía libre e incluso las facilidades que recibieron de la gendarmería local para llegar hasta un paso fronterizo desprotegido por su lado, nos invitan a pensar que, ya fuera orquestada por otros o por las autoridades marroquíes, la avalancha se consintió y no se reaccionó para detenerla hasta que ya se había producido y España lo pidió. Y que el efecto que de ella se iba a derivar, que ante el mundo quedaran tocados los títulos de soberanía españoles sobre las ciudades autónomas, no es algo que desagrade al Majzén, como lo confirma el relato que sus medios oficiales han lanzado sin tapujos apenas pasado el incidente: que Ceuta y Melilla son dos anacronismos que más pronto que tarde deben zanjarse entregándolas a Marruecos.MÁS INFORMACIÓN noticia Si Sánchez se abraza a Marruecos y se queda solo en Europa noticia Si El PP lleva meses pidiendo reforzar la frontera de Ceuta con la oposición del PSOE noticia Si El reino del sinsentido noticia Si La vida en Ceuta: la ciudad en la que los militares custodian los supermercados noticia Si La acampada frente al CETI sufre por el hambre: centenares de inmigrantes se pelean por un trozo de panHe aquí la cruda realidad y el crudo problema, con los que hay que lidiar, con cabeza y sin engañarse. Ni declarar a un país vecino como enemigo —nos guste o no, debemos encontrar el modo de entendernos—, ni lanzar balones fuera cargándoles a unas mafias fantasmagóricas un episodio que —también nos guste o no— tiene otras raíces y muchísimas más aristas. Nunca olvidaré la primera vez que crucé, a pie, el paso fronterizo de Beni Enzar, entre Melilla y Marruecos. Fue allá por julio de 1997, y en aquella época todavía funcionaba a pleno rendimiento el denominado «comercio informal», eufemismo con el que se etiquetaba el contrabando minorista que a lomos de cientos de porteadores —y porteadoras— llevaba toda clase de mercancías desde las tiendas melillenses a los bazares del otro lado. El espectáculo de aquel gentío acarreando sus fardos, y en especial el de las mujeres, nada jóvenes y dobladas bajo el peso, que se afanaban para esquivar a gendarmes y miembros de las fuerzas auxiliares marroquíes, empeñados en arrear a porrazos a sus compatriotas en la tierra de nadie, rompía el corazón.Por aquellos días, la diferencia del PIB per cápita entre el país vecino y España era de 11 a 1, lo que convertía esa línea fronteriza en uno de los mayores abismos socioeconómicos del planeta. Ahora la cosa ha mejorado algo: la diferencia es «sólo» de 8 a 1. Cuando uno afronta un problema, lo primero es tener claros sus datos. Este es el primer dato del problema de Ceuta y Melilla —o, si se quiere, de nuestra relación con Marruecos—, y el que explica lo más atroz de lo acontecido en estos días: que más de siete decenas de personas, entre ellas no pocas que no sabían nadar, se hayan ahogado tratando de llegar a Ceuta.El segundo dato del problema es la geografía. Ceuta se sitúa en uno de los lugares más estratégicos del globo: el estrecho de Gibraltar, paso clave del comercio mundial en un momento en el que esos pasos se han convertido en arma política y aun militar. Por otra parte, ambas, Ceuta y Melilla, se encuentran en suelo africano, encajonadas entre el mar y el territorio marroquí, lo que sustenta una reivindicación de soberanía de la que nuestros vecinos, la ejerzan con mayor o menor ahínco, ni se han apeado ni van a apearse, y que por obra y gracia de ese factor geográfico no dejará de encontrar comprensión en más de uno. No hay más que fijarse en al aluvión de mensajes, de particulares e incluso de representantes políticos, de diversos orígenes e ideologías, que en estos días circulaban por las redes sociales cuestionando qué pintan dos ciudades españolas en África. Gente que no se preguntaría por qué Francia, Estados Unidos o el Reino Unido poseen territorios en otros continentes, y mucho más alejados, pero este doble rasero es también una inexorable realidad.Junto al de la geografía está siempre, sin duda, el dato de la historia: Ceuta fue portuguesa desde 1415 a 1640, año en que se incorporó a España; Melilla es posesión castellana —y luego española—, desde 1497, cuando Pedro de Estopiñán tomó una ciudadela arruinada y abandonada. La posesión ininterrumpida es un argumento de peso, aunque hay entre nosotros quienes lo manejan con cierta ligereza. Decir que esas conquistas son muy anteriores al nacimiento de Marruecos, cifrando este en el año 1956, supone no sólo ignorar que el sultanato con capital en Fez ya era reconocido por potencias exteriores, incluida España, a principios del siglo XVII, sino que para los marroquíes su país es mucho más antiguo, ya que lo remontan a Idrís I, fundador de la dinastía idrisí, a finales del siglo VIII. Antes de menospreciar su razonamiento, pensemos en que España invoca a un coetáneo, el asturiano Pelayo, como primer eslabón de su monarquía. Y hay más: los actuales territorios de Ceuta y Melilla se consolidaron, en la mayor parte de su extensión, con el tratado de Wad-Ras, firmado en 1860 con el sultán de Marruecos tras infligirle una derrota militar y como precio para devolverle Tetuán. No deja por ello de ser un título válido, pero su antigüedad es la que es.Más allá de la geografía y de la historia, y de las siempre controvertidas interpretaciones de la segunda, un cuarto dato insoslayable es que en Ceuta y Melilla viven ciento setenta mil españoles, y que esa realidad humana, y los legítimos intereses y aspiraciones de quienes la forman, determinan el problema de un modo que ni a Marruecos ni a España les cabe ignorar. Los marroquíes saben que su vecino del norte no puede dejar de amparar a sus compatriotas; pero los españoles tenemos que ser conscientes de que la existencia de dos poblaciones encerradas en una angosta porción de tierra plantea retos económicos y de toda índole que sin una cooperación con el país que las rodea se complican mucho. En particular, los relativos a la seguridad y la integridad de una frontera que, lo hemos visto en estos días. puede quedar desbordada con enorme facilidad por la presión de una muchedumbre inerme y desesperada. No parece que los medios de defensa del perímetro hayan sido los adecuados, pero incluso si se aumentaran bastaría con elevar esa presión.El problema tiene más datos, como las actuales tensiones geopolíticas, las diferentes formas de gobierno a ambos lados de la frontera y las relaciones con terceros países de unos y de otros, incluida la pertenencia de España a una Unión Europea que tiene intereses en Marruecos y que nunca, y tampoco ahora, se ha mostrado muy entusiasta —constatémoslo— en punto a defender la españolidad de las dos ciudades norteafricanas; pero bastan los expuestos para hacerse cargo de que esta es una cuestión de primer orden y dificultad máxima, que como poco cabe dudar de que los gobiernos españoles, el actual y los que lo precedieron, hayan afrontado como la seriedad del caso exige. Que todo el mundo vea una ciudad bajo tu soberanía arrollada sin apenas estorbos por una multitud incontrolada, aunque al cabo de las horas la mayoría se vaya, dista de ser un éxito.En algunos medios marroquíes, más o menos independientes, se apunta a una maniobra de grupos islamistas de cara a erosionar la posición española en Ceuta y Melilla Sobre lo que ha sucedido, cómo se gestó el asalto y quiénes están detrás, no es fácil aventurar una hipótesis. No ayuda por cierto la tradicional opacidad del Majzén, el aparato de gobierno ligado al palacio, un entramado secular que tiene su origen en los tiempos del sultanato y que rara vez rinde cuentas, ni aclara hasta dónde está, o no, detrás de los acontecimientos. Lo que parece muy difícil de creer, dado el control que ejerce y teniendo en cuenta sus antenas desplegadas por todo el país, es que no supiera de la gestación de un movimiento de tal envergadura y que se organizó, muy visiblemente, a través de las redes sociales. Por cierto que también parece inverosímil que una maniobra así les pasara inadvertida a los servicios de información españoles . Si alguna instancia gubernamental marroquí alentó o apoyó la operación, en connivencia o no con agentes hostiles a España, y como castigo por el acercamiento a Argelia o por el acuerdo del Congreso que facilita la nacionalidad española a los saharauis, o para lograr que la final del Mundial sea en Casablanca, queda y quedará en el terreno de la especulación. A día de hoy, tantos años después, aún no sabemos bien cómo se montó lo de Perejil. En algunos medios marroquíes, más o menos independientes, se apunta a una maniobra de grupos islamistas de cara a erosionar la posición española en Ceuta y Melilla —que reivindican como musulmanas—, mejorar sus posibilidades en las inminentes elecciones legislativas y dejar en mal lugar al rey y a su círculo: verdad es que la imagen de miles de descamisados tratando de huir del país y varias decenas ahogándose no habla demasiado bien de cara al exterior sobre la efectividad de sus políticas.En todo caso, los vídeos y los testimonios de algunos de los asaltantes, que acreditan la vía libre e incluso las facilidades que recibieron de la gendarmería local para llegar hasta un paso fronterizo desprotegido por su lado, nos invitan a pensar que, ya fuera orquestada por otros o por las autoridades marroquíes, la avalancha se consintió y no se reaccionó para detenerla hasta que ya se había producido y España lo pidió. Y que el efecto que de ella se iba a derivar, que ante el mundo quedaran tocados los títulos de soberanía españoles sobre las ciudades autónomas, no es algo que desagrade al Majzén, como lo confirma el relato que sus medios oficiales han lanzado sin tapujos apenas pasado el incidente: que Ceuta y Melilla son dos anacronismos que más pronto que tarde deben zanjarse entregándolas a Marruecos.MÁS INFORMACIÓN noticia Si Sánchez se abraza a Marruecos y se queda solo en Europa noticia Si El PP lleva meses pidiendo reforzar la frontera de Ceuta con la oposición del PSOE noticia Si El reino del sinsentido noticia Si La vida en Ceuta: la ciudad en la que los militares custodian los supermercados noticia Si La acampada frente al CETI sufre por el hambre: centenares de inmigrantes se pelean por un trozo de panHe aquí la cruda realidad y el crudo problema, con los que hay que lidiar, con cabeza y sin engañarse. Ni declarar a un país vecino como enemigo —nos guste o no, debemos encontrar el modo de entendernos—, ni lanzar balones fuera cargándoles a unas mafias fantasmagóricas un episodio que —también nos guste o no— tiene otras raíces y muchísimas más aristas. Nunca olvidaré la primera vez que crucé, a pie, el paso fronterizo de Beni Enzar, entre Melilla y Marruecos. Fue allá por julio de 1997, y en aquella época todavía funcionaba a pleno rendimiento el denominado «comercio informal», eufemismo con el que se etiquetaba el contrabando minorista que a lomos de cientos de porteadores —y porteadoras— llevaba toda clase de mercancías desde las tiendas melillenses a los bazares del otro lado. El espectáculo de aquel gentío acarreando sus fardos, y en especial el de las mujeres, nada jóvenes y dobladas bajo el peso, que se afanaban para esquivar a gendarmes y miembros de las fuerzas auxiliares marroquíes, empeñados en arrear a porrazos a sus compatriotas en la tierra de nadie, rompía el corazón.Por aquellos días, la diferencia del PIB per cápita entre el país vecino y España era de 11 a 1, lo que convertía esa línea fronteriza en uno de los mayores abismos socioeconómicos del planeta. Ahora la cosa ha mejorado algo: la diferencia es «sólo» de 8 a 1. Cuando uno afronta un problema, lo primero es tener claros sus datos. Este es el primer dato del problema de Ceuta y Melilla —o, si se quiere, de nuestra relación con Marruecos—, y el que explica lo más atroz de lo acontecido en estos días: que más de siete decenas de personas, entre ellas no pocas que no sabían nadar, se hayan ahogado tratando de llegar a Ceuta.El segundo dato del problema es la geografía. Ceuta se sitúa en uno de los lugares más estratégicos del globo: el estrecho de Gibraltar, paso clave del comercio mundial en un momento en el que esos pasos se han convertido en arma política y aun militar. Por otra parte, ambas, Ceuta y Melilla, se encuentran en suelo africano, encajonadas entre el mar y el territorio marroquí, lo que sustenta una reivindicación de soberanía de la que nuestros vecinos, la ejerzan con mayor o menor ahínco, ni se han apeado ni van a apearse, y que por obra y gracia de ese factor geográfico no dejará de encontrar comprensión en más de uno. No hay más que fijarse en al aluvión de mensajes, de particulares e incluso de representantes políticos, de diversos orígenes e ideologías, que en estos días circulaban por las redes sociales cuestionando qué pintan dos ciudades españolas en África. Gente que no se preguntaría por qué Francia, Estados Unidos o el Reino Unido poseen territorios en otros continentes, y mucho más alejados, pero este doble rasero es también una inexorable realidad.Junto al de la geografía está siempre, sin duda, el dato de la historia: Ceuta fue portuguesa desde 1415 a 1640, año en que se incorporó a España; Melilla es posesión castellana —y luego española—, desde 1497, cuando Pedro de Estopiñán tomó una ciudadela arruinada y abandonada. La posesión ininterrumpida es un argumento de peso, aunque hay entre nosotros quienes lo manejan con cierta ligereza. Decir que esas conquistas son muy anteriores al nacimiento de Marruecos, cifrando este en el año 1956, supone no sólo ignorar que el sultanato con capital en Fez ya era reconocido por potencias exteriores, incluida España, a principios del siglo XVII, sino que para los marroquíes su país es mucho más antiguo, ya que lo remontan a Idrís I, fundador de la dinastía idrisí, a finales del siglo VIII. Antes de menospreciar su razonamiento, pensemos en que España invoca a un coetáneo, el asturiano Pelayo, como primer eslabón de su monarquía. Y hay más: los actuales territorios de Ceuta y Melilla se consolidaron, en la mayor parte de su extensión, con el tratado de Wad-Ras, firmado en 1860 con el sultán de Marruecos tras infligirle una derrota militar y como precio para devolverle Tetuán. No deja por ello de ser un título válido, pero su antigüedad es la que es.Más allá de la geografía y de la historia, y de las siempre controvertidas interpretaciones de la segunda, un cuarto dato insoslayable es que en Ceuta y Melilla viven ciento setenta mil españoles, y que esa realidad humana, y los legítimos intereses y aspiraciones de quienes la forman, determinan el problema de un modo que ni a Marruecos ni a España les cabe ignorar. Los marroquíes saben que su vecino del norte no puede dejar de amparar a sus compatriotas; pero los españoles tenemos que ser conscientes de que la existencia de dos poblaciones encerradas en una angosta porción de tierra plantea retos económicos y de toda índole que sin una cooperación con el país que las rodea se complican mucho. En particular, los relativos a la seguridad y la integridad de una frontera que, lo hemos visto en estos días. puede quedar desbordada con enorme facilidad por la presión de una muchedumbre inerme y desesperada. No parece que los medios de defensa del perímetro hayan sido los adecuados, pero incluso si se aumentaran bastaría con elevar esa presión.El problema tiene más datos, como las actuales tensiones geopolíticas, las diferentes formas de gobierno a ambos lados de la frontera y las relaciones con terceros países de unos y de otros, incluida la pertenencia de España a una Unión Europea que tiene intereses en Marruecos y que nunca, y tampoco ahora, se ha mostrado muy entusiasta —constatémoslo— en punto a defender la españolidad de las dos ciudades norteafricanas; pero bastan los expuestos para hacerse cargo de que esta es una cuestión de primer orden y dificultad máxima, que como poco cabe dudar de que los gobiernos españoles, el actual y los que lo precedieron, hayan afrontado como la seriedad del caso exige. Que todo el mundo vea una ciudad bajo tu soberanía arrollada sin apenas estorbos por una multitud incontrolada, aunque al cabo de las horas la mayoría se vaya, dista de ser un éxito.En algunos medios marroquíes, más o menos independientes, se apunta a una maniobra de grupos islamistas de cara a erosionar la posición española en Ceuta y Melilla Sobre lo que ha sucedido, cómo se gestó el asalto y quiénes están detrás, no es fácil aventurar una hipótesis. No ayuda por cierto la tradicional opacidad del Majzén, el aparato de gobierno ligado al palacio, un entramado secular que tiene su origen en los tiempos del sultanato y que rara vez rinde cuentas, ni aclara hasta dónde está, o no, detrás de los acontecimientos. Lo que parece muy difícil de creer, dado el control que ejerce y teniendo en cuenta sus antenas desplegadas por todo el país, es que no supiera de la gestación de un movimiento de tal envergadura y que se organizó, muy visiblemente, a través de las redes sociales. Por cierto que también parece inverosímil que una maniobra así les pasara inadvertida a los servicios de información españoles . Si alguna instancia gubernamental marroquí alentó o apoyó la operación, en connivencia o no con agentes hostiles a España, y como castigo por el acercamiento a Argelia o por el acuerdo del Congreso que facilita la nacionalidad española a los saharauis, o para lograr que la final del Mundial sea en Casablanca, queda y quedará en el terreno de la especulación. A día de hoy, tantos años después, aún no sabemos bien cómo se montó lo de Perejil. En algunos medios marroquíes, más o menos independientes, se apunta a una maniobra de grupos islamistas de cara a erosionar la posición española en Ceuta y Melilla —que reivindican como musulmanas—, mejorar sus posibilidades en las inminentes elecciones legislativas y dejar en mal lugar al rey y a su círculo: verdad es que la imagen de miles de descamisados tratando de huir del país y varias decenas ahogándose no habla demasiado bien de cara al exterior sobre la efectividad de sus políticas.En todo caso, los vídeos y los testimonios de algunos de los asaltantes, que acreditan la vía libre e incluso las facilidades que recibieron de la gendarmería local para llegar hasta un paso fronterizo desprotegido por su lado, nos invitan a pensar que, ya fuera orquestada por otros o por las autoridades marroquíes, la avalancha se consintió y no se reaccionó para detenerla hasta que ya se había producido y España lo pidió. Y que el efecto que de ella se iba a derivar, que ante el mundo quedaran tocados los títulos de soberanía españoles sobre las ciudades autónomas, no es algo que desagrade al Majzén, como lo confirma el relato que sus medios oficiales han lanzado sin tapujos apenas pasado el incidente: que Ceuta y Melilla son dos anacronismos que más pronto que tarde deben zanjarse entregándolas a Marruecos.MÁS INFORMACIÓN noticia Si Sánchez se abraza a Marruecos y se queda solo en Europa noticia Si El PP lleva meses pidiendo reforzar la frontera de Ceuta con la oposición del PSOE noticia Si El reino del sinsentido noticia Si La vida en Ceuta: la ciudad en la que los militares custodian los supermercados noticia Si La acampada frente al CETI sufre por el hambre: centenares de inmigrantes se pelean por un trozo de panHe aquí la cruda realidad y el crudo problema, con los que hay que lidiar, con cabeza y sin engañarse. Ni declarar a un país vecino como enemigo —nos guste o no, debemos encontrar el modo de entendernos—, ni lanzar balones fuera cargándoles a unas mafias fantasmagóricas un episodio que —también nos guste o no— tiene otras raíces y muchísimas más aristas. RSS de noticias de espana
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