Cayó en la arena Samuel Navalón con una paliza en lo alto. Avisaba y avisaba Dragarios, que no le perdonó en un circular invertido. Prendió al de Ayora y lo pisoteó con sus 592 kilos a cuestas. Sin aire dejó al torero, al que rápidamente echaron agua por la cabeza y la espalda mientras le ayudaban a despojarse de la chaquetilla. Jodo con este tercero, el único cuatreño de la corrida del Torero, de más lavada expresión pero muy voluminoso. Había hecho un siete al rematar contra las tablas y no se entregó en el capote. Qué suerte la de Navalón de contar con Curro Javier en sus filas: con qué maestría le abrió los caminos por abajo. Estrepitosamente derribó luego al picador y sudaron tinta los monosabios para incorporar al caballo. De más intención que cosecha fue el quite de Urdiales, con el animal apretando. El torero de Ayora sale a hombros del coso valenciano Espacios NautaliaPoco había agradado Dragarios, pero Navalón, con la yerba en la boca, brindó y se postró de rodillas en un emocionante prólogo, pulseando fenomenalmente la embestida. Exigía una barbaridad el astado gaditano, con ese genio que enviaba arreones y que le partió el estaquillador con violencia. Se tragaba los muletazos a regañadientes y, en cuanto tocaba las telas, se descomponía. Tiró de arrestos el pupilo de Amador en una vibrante serie, con el toro respondiendo con transmisión. Siempre sabía lo que se dejaba atrás: mentirosete animal y sincero torero, con la ambición de las primaveras en la veintena. El valenciano abusó de su propia confianza y no se escapó de la voltereta. Visiblemente dolorido, regresó a la guerra con unos molinetes antes de tirarse a matar o morir, tanto que la espada cayó contraria. «¡Torero, torero!», gritaban sus paisanos. De ley una oreja que valía una vida, la que había puesto en juego durante diez minutos. Cuando el reloj rondaba las nueve y media de la noche, se marchó a la puerta de chiqueros, se arrodilló, se santiguó cuatro veces y dio orden de que saliera el sexto. Imponente. Qué seriedad portaba el tal Fulanillo, que era ‘azo’. Y qué vivo era. Se desmonteró Curro Javier antes del solo de trompeta del Soro. El pase cambiado por la espalda dio la bienvenida al alegre galope del encastado Torero, que se encontró con otro bravo torero. Todo por abajo lo demandaba, con mejor embroque que finales, siempre con emoción, aunque con el defecto de faltarle ese tranco de más, de empuje en definitiva. Aunque se echó en falta alguna serie más de tela a rastras, el valor de Samuel fue incuestionable, aguantando no solo parones en las cercanías, sino esa marcha atrás en la que Fulanito olisqueó el fajín. Tremendo el de Ayora, que otra vez sufrió una dramática cogida y durísimos pisotones. Intacto su orgullo cuando se quitase el terno, con el cuerpo colmado de magulladuras, pero con el compromiso más que cumplido. Otro arreón se llevó en las bernadinas: de tener más empuje, el del Torero lo hubiese destrozado. Y a la carga volvió: crecidísimo y con una determinación a prueba de balas, tumbó al toro de un sopapo y paseó las dos orejas entre la locura de los tendidos, con una entrada mucho más triste que el día anterior y, de nuevo, con un bochorno infernal. Navalón volvió a ser profeta en su tierra: de triunfador de Fallas a triunfador de la Feria de Julio, donde en dos corridas se ha visto mucho más que diez días de sanfermines (con permiso de Rufo y Jandilla). Una oreja cortó Daniel Luque al segundo, de finas hechuras y con sus puntas negras. Sabedor de que no andaba sobrado de fortaleza, lo midió en el peto. Qué bien anduvo la cuadrilla. Y bonito su gesto de brindar a José Luis Benlloch, que seguro deletrearía magistralmente ese prólogo en el que enseñó el camino a Granadino. A su privilegiada técnica sumó su garbo, todo con ligazón, con sentido y sentimiento, aprovechando las bondades del Torero, descolgado y con su entrega, pese a alguna paradiña. Apabulló su quietud, con el toro rendido, con Luque descarándose y dejándose lamer la femorales. «¡Está muerto, está muerto!», decía a sus hombres de plata el de Gerena tras enterrar la estocada, pasaporte al trofeo. Feria de Julio Plaza de toros de Valencia Sábado, 18 de julio de 2026. Un cuarto de entrada. Toros del Torero, cinqueños, salvo el 3º, bien presentados, algunos con mucho trapío; una corrida con seriedad y casta, en sus distintos grados, en la que todo tuvo importancia. Diego Urdiales, de tabaco rubio y oro: pinchazo y estocada delanterita atravesada y seis descabellos (silencio tras aviso); estocada corta delantera desprendida (saludos). Daniel Luque, de celeste y oro: estocada (oreja); pinchazo y estocada (saludos). Samuel Navalón, de frambuesa y oro: estocada contraria (oreja tras aviso); estocada (dos orejas). Un señor trapío el del quinto, con su cara viejuna y aires condesos. Empujó con los riñones en el peto, donde Luque lo puso toreramente. A las firmes tafalleras de Navalón -no perdonó un quite- replicó el sevillano con el lance más bello: la verónica. Cómo esperó Egipcio con los palos: tras el meritísimo par de Arruga, se le apareció la Virgen a Contreras tras quedar a merced del cinqueño, al que le costaba un mundo humillar. Con seguridad y oficio extrajo Daniel los muletazos, con meritorios naturales, por donde el noblote viaje era más boyante. Un desplante a cuerpo limpio caldeó los ánimos, que se enfriaron con el pinchazo. Con torería anduvo Diego Urdiales en el jabonero primero, obediente pero con esa exigencia que incomodaba. Tuvieron sabor aquellos doblones y esos naturales de uno en uno, pero el descabello los emborronó. No regaló nada el serio cuarto, al que dio matarile con habilidad, en una corrida en la que nadie comió pipas. Cayó en la arena Samuel Navalón con una paliza en lo alto. Avisaba y avisaba Dragarios, que no le perdonó en un circular invertido. Prendió al de Ayora y lo pisoteó con sus 592 kilos a cuestas. Sin aire dejó al torero, al que rápidamente echaron agua por la cabeza y la espalda mientras le ayudaban a despojarse de la chaquetilla. Jodo con este tercero, el único cuatreño de la corrida del Torero, de más lavada expresión pero muy voluminoso. Había hecho un siete al rematar contra las tablas y no se entregó en el capote. Qué suerte la de Navalón de contar con Curro Javier en sus filas: con qué maestría le abrió los caminos por abajo. Estrepitosamente derribó luego al picador y sudaron tinta los monosabios para incorporar al caballo. De más intención que cosecha fue el quite de Urdiales, con el animal apretando. El torero de Ayora sale a hombros del coso valenciano Espacios NautaliaPoco había agradado Dragarios, pero Navalón, con la yerba en la boca, brindó y se postró de rodillas en un emocionante prólogo, pulseando fenomenalmente la embestida. Exigía una barbaridad el astado gaditano, con ese genio que enviaba arreones y que le partió el estaquillador con violencia. Se tragaba los muletazos a regañadientes y, en cuanto tocaba las telas, se descomponía. Tiró de arrestos el pupilo de Amador en una vibrante serie, con el toro respondiendo con transmisión. Siempre sabía lo que se dejaba atrás: mentirosete animal y sincero torero, con la ambición de las primaveras en la veintena. El valenciano abusó de su propia confianza y no se escapó de la voltereta. Visiblemente dolorido, regresó a la guerra con unos molinetes antes de tirarse a matar o morir, tanto que la espada cayó contraria. «¡Torero, torero!», gritaban sus paisanos. De ley una oreja que valía una vida, la que había puesto en juego durante diez minutos. Cuando el reloj rondaba las nueve y media de la noche, se marchó a la puerta de chiqueros, se arrodilló, se santiguó cuatro veces y dio orden de que saliera el sexto. Imponente. Qué seriedad portaba el tal Fulanillo, que era ‘azo’. Y qué vivo era. Se desmonteró Curro Javier antes del solo de trompeta del Soro. El pase cambiado por la espalda dio la bienvenida al alegre galope del encastado Torero, que se encontró con otro bravo torero. Todo por abajo lo demandaba, con mejor embroque que finales, siempre con emoción, aunque con el defecto de faltarle ese tranco de más, de empuje en definitiva. Aunque se echó en falta alguna serie más de tela a rastras, el valor de Samuel fue incuestionable, aguantando no solo parones en las cercanías, sino esa marcha atrás en la que Fulanito olisqueó el fajín. Tremendo el de Ayora, que otra vez sufrió una dramática cogida y durísimos pisotones. Intacto su orgullo cuando se quitase el terno, con el cuerpo colmado de magulladuras, pero con el compromiso más que cumplido. Otro arreón se llevó en las bernadinas: de tener más empuje, el del Torero lo hubiese destrozado. Y a la carga volvió: crecidísimo y con una determinación a prueba de balas, tumbó al toro de un sopapo y paseó las dos orejas entre la locura de los tendidos, con una entrada mucho más triste que el día anterior y, de nuevo, con un bochorno infernal. Navalón volvió a ser profeta en su tierra: de triunfador de Fallas a triunfador de la Feria de Julio, donde en dos corridas se ha visto mucho más que diez días de sanfermines (con permiso de Rufo y Jandilla). Una oreja cortó Daniel Luque al segundo, de finas hechuras y con sus puntas negras. Sabedor de que no andaba sobrado de fortaleza, lo midió en el peto. Qué bien anduvo la cuadrilla. Y bonito su gesto de brindar a José Luis Benlloch, que seguro deletrearía magistralmente ese prólogo en el que enseñó el camino a Granadino. A su privilegiada técnica sumó su garbo, todo con ligazón, con sentido y sentimiento, aprovechando las bondades del Torero, descolgado y con su entrega, pese a alguna paradiña. Apabulló su quietud, con el toro rendido, con Luque descarándose y dejándose lamer la femorales. «¡Está muerto, está muerto!», decía a sus hombres de plata el de Gerena tras enterrar la estocada, pasaporte al trofeo. Feria de Julio Plaza de toros de Valencia Sábado, 18 de julio de 2026. Un cuarto de entrada. Toros del Torero, cinqueños, salvo el 3º, bien presentados, algunos con mucho trapío; una corrida con seriedad y casta, en sus distintos grados, en la que todo tuvo importancia. Diego Urdiales, de tabaco rubio y oro: pinchazo y estocada delanterita atravesada y seis descabellos (silencio tras aviso); estocada corta delantera desprendida (saludos). Daniel Luque, de celeste y oro: estocada (oreja); pinchazo y estocada (saludos). Samuel Navalón, de frambuesa y oro: estocada contraria (oreja tras aviso); estocada (dos orejas). Un señor trapío el del quinto, con su cara viejuna y aires condesos. Empujó con los riñones en el peto, donde Luque lo puso toreramente. A las firmes tafalleras de Navalón -no perdonó un quite- replicó el sevillano con el lance más bello: la verónica. Cómo esperó Egipcio con los palos: tras el meritísimo par de Arruga, se le apareció la Virgen a Contreras tras quedar a merced del cinqueño, al que le costaba un mundo humillar. Con seguridad y oficio extrajo Daniel los muletazos, con meritorios naturales, por donde el noblote viaje era más boyante. Un desplante a cuerpo limpio caldeó los ánimos, que se enfriaron con el pinchazo. Con torería anduvo Diego Urdiales en el jabonero primero, obediente pero con esa exigencia que incomodaba. Tuvieron sabor aquellos doblones y esos naturales de uno en uno, pero el descabello los emborronó. No regaló nada el serio cuarto, al que dio matarile con habilidad, en una corrida en la que nadie comió pipas. Cayó en la arena Samuel Navalón con una paliza en lo alto. Avisaba y avisaba Dragarios, que no le perdonó en un circular invertido. Prendió al de Ayora y lo pisoteó con sus 592 kilos a cuestas. Sin aire dejó al torero, al que rápidamente echaron agua por la cabeza y la espalda mientras le ayudaban a despojarse de la chaquetilla. Jodo con este tercero, el único cuatreño de la corrida del Torero, de más lavada expresión pero muy voluminoso. Había hecho un siete al rematar contra las tablas y no se entregó en el capote. Qué suerte la de Navalón de contar con Curro Javier en sus filas: con qué maestría le abrió los caminos por abajo. Estrepitosamente derribó luego al picador y sudaron tinta los monosabios para incorporar al caballo. De más intención que cosecha fue el quite de Urdiales, con el animal apretando. El torero de Ayora sale a hombros del coso valenciano Espacios NautaliaPoco había agradado Dragarios, pero Navalón, con la yerba en la boca, brindó y se postró de rodillas en un emocionante prólogo, pulseando fenomenalmente la embestida. Exigía una barbaridad el astado gaditano, con ese genio que enviaba arreones y que le partió el estaquillador con violencia. Se tragaba los muletazos a regañadientes y, en cuanto tocaba las telas, se descomponía. Tiró de arrestos el pupilo de Amador en una vibrante serie, con el toro respondiendo con transmisión. Siempre sabía lo que se dejaba atrás: mentirosete animal y sincero torero, con la ambición de las primaveras en la veintena. El valenciano abusó de su propia confianza y no se escapó de la voltereta. Visiblemente dolorido, regresó a la guerra con unos molinetes antes de tirarse a matar o morir, tanto que la espada cayó contraria. «¡Torero, torero!», gritaban sus paisanos. De ley una oreja que valía una vida, la que había puesto en juego durante diez minutos. Cuando el reloj rondaba las nueve y media de la noche, se marchó a la puerta de chiqueros, se arrodilló, se santiguó cuatro veces y dio orden de que saliera el sexto. Imponente. Qué seriedad portaba el tal Fulanillo, que era ‘azo’. Y qué vivo era. Se desmonteró Curro Javier antes del solo de trompeta del Soro. El pase cambiado por la espalda dio la bienvenida al alegre galope del encastado Torero, que se encontró con otro bravo torero. Todo por abajo lo demandaba, con mejor embroque que finales, siempre con emoción, aunque con el defecto de faltarle ese tranco de más, de empuje en definitiva. Aunque se echó en falta alguna serie más de tela a rastras, el valor de Samuel fue incuestionable, aguantando no solo parones en las cercanías, sino esa marcha atrás en la que Fulanito olisqueó el fajín. Tremendo el de Ayora, que otra vez sufrió una dramática cogida y durísimos pisotones. Intacto su orgullo cuando se quitase el terno, con el cuerpo colmado de magulladuras, pero con el compromiso más que cumplido. Otro arreón se llevó en las bernadinas: de tener más empuje, el del Torero lo hubiese destrozado. Y a la carga volvió: crecidísimo y con una determinación a prueba de balas, tumbó al toro de un sopapo y paseó las dos orejas entre la locura de los tendidos, con una entrada mucho más triste que el día anterior y, de nuevo, con un bochorno infernal. Navalón volvió a ser profeta en su tierra: de triunfador de Fallas a triunfador de la Feria de Julio, donde en dos corridas se ha visto mucho más que diez días de sanfermines (con permiso de Rufo y Jandilla). Una oreja cortó Daniel Luque al segundo, de finas hechuras y con sus puntas negras. Sabedor de que no andaba sobrado de fortaleza, lo midió en el peto. Qué bien anduvo la cuadrilla. Y bonito su gesto de brindar a José Luis Benlloch, que seguro deletrearía magistralmente ese prólogo en el que enseñó el camino a Granadino. A su privilegiada técnica sumó su garbo, todo con ligazón, con sentido y sentimiento, aprovechando las bondades del Torero, descolgado y con su entrega, pese a alguna paradiña. Apabulló su quietud, con el toro rendido, con Luque descarándose y dejándose lamer la femorales. «¡Está muerto, está muerto!», decía a sus hombres de plata el de Gerena tras enterrar la estocada, pasaporte al trofeo. Feria de Julio Plaza de toros de Valencia Sábado, 18 de julio de 2026. Un cuarto de entrada. Toros del Torero, cinqueños, salvo el 3º, bien presentados, algunos con mucho trapío; una corrida con seriedad y casta, en sus distintos grados, en la que todo tuvo importancia. Diego Urdiales, de tabaco rubio y oro: pinchazo y estocada delanterita atravesada y seis descabellos (silencio tras aviso); estocada corta delantera desprendida (saludos). Daniel Luque, de celeste y oro: estocada (oreja); pinchazo y estocada (saludos). Samuel Navalón, de frambuesa y oro: estocada contraria (oreja tras aviso); estocada (dos orejas). Un señor trapío el del quinto, con su cara viejuna y aires condesos. Empujó con los riñones en el peto, donde Luque lo puso toreramente. A las firmes tafalleras de Navalón -no perdonó un quite- replicó el sevillano con el lance más bello: la verónica. Cómo esperó Egipcio con los palos: tras el meritísimo par de Arruga, se le apareció la Virgen a Contreras tras quedar a merced del cinqueño, al que le costaba un mundo humillar. Con seguridad y oficio extrajo Daniel los muletazos, con meritorios naturales, por donde el noblote viaje era más boyante. Un desplante a cuerpo limpio caldeó los ánimos, que se enfriaron con el pinchazo. Con torería anduvo Diego Urdiales en el jabonero primero, obediente pero con esa exigencia que incomodaba. Tuvieron sabor aquellos doblones y esos naturales de uno en uno, pero el descabello los emborronó. No regaló nada el serio cuarto, al que dio matarile con habilidad, en una corrida en la que nadie comió pipas. RSS de noticias de cultura
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