Al mediodía corriendo, tras haber pasado un intenso día en el trabajo o a primera hora del día, cuando muchos todavía estarán remoloneando en la cama o apurando los últimos minutos antes de que suene el despertador. Para millones de personas acudir al gimnasio a hacer ejercicio es una prioridad, una motivación, una obligación, incluso una alegría. Nada que ver con una necesidad ni una cuestión de supervivencia.Históricamente, esto no era así: la actividad física era crucial para sobrevivir , tanto para conseguir alimento como para desplazarnos o realizar tareas cotidianas. Ahora este ejercicio es voluntario, ya que podemos pasar gran parte del día apenas sin movernos. Conscientes de esto, un equipo de investigadores del grupo AstuRES de la Universidad de Oviedo, con la participación de las universidades de Rennes (Francia) y Basilea (Suiza), ha analizado, desde un punto de vista antropológico, por qué seguimos sudando la gota gorda, y ahora con horarios, rutinas y ejercicios fijados, aunque ya no lo necesitemos para sobrevivir.Su estudio, cuyos resultados acaban de ser publicados en la revista científica ‘Evolutionary Anthropology’, aporta nuevas claves para entender cómo funciona nuestro cerebro. «Muchas de esas necesidades han desaparecido: tenemos transporte, trabajos sedentarios y un acceso mucho más fácil a todo tipo de recursos», incide Miguel Ángel Rodríguez, investigador del grupo AstuRES y primer firmante del artículo, que recuerda que entonces «el cerebro disponía de mecanismos para valorar si el esfuerzo físico que íbamos a realizar merecía la pena».Así, los investigadores plantean que el cerebro podría reutilizar circuitos neuronales que originalmente regulaban la actividad física necesaria para sobrevivir y que a día de hoy el esfuerzo físico se sigue premiando incluso cuando no existe una necesidad real del entorno. El estudio evidencia que entrenar con regularidad va modificando paulatinamente la forma en que el cerebro valora ese esfuerzo, y quienes practican ejercicio de forma habitual tienden a percibirlo como menos costoso con el paso del tiempo.Tres hipótesis que expliquen que el esfuerzo físico sigue teniendo valorLos investigadores barajan tres hipótesis que explicarían cómo seguimos enganchados a ir al gimnasio. Estos tres mecanismos serían la compensación homeostática, la señalización costosa y la recodificación de la recompensa. Compensación homeostática: el ejercicio contribuye al mantenimiento del propio organismo, es una forma de trabajar el cuidado y reparación Señalización costosa: el ejercicio es una forma honesta de mostrar a los demás nuestra condición física, tiene un punto de ‘recompensa social’ Recodificación de la recompensa: el ejercicio nos resulta gratificante por sí mismo, se puede percibir como algo valioso a nivel personalLas tres hipótesis, expone Rodríguez, «no tienen todavía el mismo respaldo científico, y algunas requieren ser comprobadas experimentalmente, pero consideramos que este marco puede ayudarnos a entender algo importante: que las dificultades para empezar a hacer ejercicio no dependen únicamente de nuestra fuerza de voluntad, sino también de cómo nuestro cerebro valora el esfuerzo y de las experiencias que tenemos con él». «Son al menos tres potenciales teorías para que otros puedan profundizar en ello», expone a ABC Hugo Olmedillas, investigador del Departamento de Biología Funcional de la Universidad de Oviedo. Él ejemplifica con la satisfacción que produce pasar de empezar a correr a completar cinco o diez kilómetros, acabar un triatlón o asistir a una clase dirigida y comprobar que se obtienen resultados físicos y que uno se siente más a gusto al mirarse al espejo.Olmedillas también destaca el papel que desempeña sentirse parte de una comunidad. «Si te das cuenta, una de las formas en las que funciona hoy en día es que personas más sedentarias tienen a alguien de su entorno social que empieza a hacer este tipo de actividades y acaban enganchándose también», ejemplifica.En una línea similar, los autores se atreven a decir que el ejercicio no depende solo de la fuerza de voluntad , como tantas veces se ha dicho. Defienden que este planteamiento recuerda al debate sobre la obesidad y la idea de que basta con ‘cerrar la boca’, una simplificación que se escucha a menudo. «Si el ejercicio físico tratara solamente de voluntad sería poco creíble que, con las facilidades de hoy en día, se hiciera tanto ejercicio, porque no lo necesitaríamos», reconoce Olmedillas, poniendo como ejemplo de ello la existencia de ascensores, móviles o incluso mandos a distancia que hace que uno no se tenga que levantar del sofá ni para cambiar de cadena.MÁS INFORMACIÓN noticia Si Consumir hasta cinco tazas de café el día puede ser saludable para el corazón noticia Si Sí, la astenia otoñal también existe y afecta más a las mujeres: así puedes combatirla noticia Si Cómo tomar el magnesio para que tu cuerpo lo absorbaEste estudio se enmarca dentro de un trabajo que pretende explicar por qué hay gente que hace mucho ejercicio y por qué otra hace tan poco y qué características psicológicas influyen en ello. De hecho, los mismos autores avanzaron hace unos meses que los deportistas de alto rendimiento parece que tienen algo más que un buen físico para tener tantos buenos resultados. Al mediodía corriendo, tras haber pasado un intenso día en el trabajo o a primera hora del día, cuando muchos todavía estarán remoloneando en la cama o apurando los últimos minutos antes de que suene el despertador. Para millones de personas acudir al gimnasio a hacer ejercicio es una prioridad, una motivación, una obligación, incluso una alegría. Nada que ver con una necesidad ni una cuestión de supervivencia.Históricamente, esto no era así: la actividad física era crucial para sobrevivir , tanto para conseguir alimento como para desplazarnos o realizar tareas cotidianas. Ahora este ejercicio es voluntario, ya que podemos pasar gran parte del día apenas sin movernos. Conscientes de esto, un equipo de investigadores del grupo AstuRES de la Universidad de Oviedo, con la participación de las universidades de Rennes (Francia) y Basilea (Suiza), ha analizado, desde un punto de vista antropológico, por qué seguimos sudando la gota gorda, y ahora con horarios, rutinas y ejercicios fijados, aunque ya no lo necesitemos para sobrevivir.Su estudio, cuyos resultados acaban de ser publicados en la revista científica ‘Evolutionary Anthropology’, aporta nuevas claves para entender cómo funciona nuestro cerebro. «Muchas de esas necesidades han desaparecido: tenemos transporte, trabajos sedentarios y un acceso mucho más fácil a todo tipo de recursos», incide Miguel Ángel Rodríguez, investigador del grupo AstuRES y primer firmante del artículo, que recuerda que entonces «el cerebro disponía de mecanismos para valorar si el esfuerzo físico que íbamos a realizar merecía la pena».Así, los investigadores plantean que el cerebro podría reutilizar circuitos neuronales que originalmente regulaban la actividad física necesaria para sobrevivir y que a día de hoy el esfuerzo físico se sigue premiando incluso cuando no existe una necesidad real del entorno. El estudio evidencia que entrenar con regularidad va modificando paulatinamente la forma en que el cerebro valora ese esfuerzo, y quienes practican ejercicio de forma habitual tienden a percibirlo como menos costoso con el paso del tiempo.Tres hipótesis que expliquen que el esfuerzo físico sigue teniendo valorLos investigadores barajan tres hipótesis que explicarían cómo seguimos enganchados a ir al gimnasio. Estos tres mecanismos serían la compensación homeostática, la señalización costosa y la recodificación de la recompensa. Compensación homeostática: el ejercicio contribuye al mantenimiento del propio organismo, es una forma de trabajar el cuidado y reparación Señalización costosa: el ejercicio es una forma honesta de mostrar a los demás nuestra condición física, tiene un punto de ‘recompensa social’ Recodificación de la recompensa: el ejercicio nos resulta gratificante por sí mismo, se puede percibir como algo valioso a nivel personalLas tres hipótesis, expone Rodríguez, «no tienen todavía el mismo respaldo científico, y algunas requieren ser comprobadas experimentalmente, pero consideramos que este marco puede ayudarnos a entender algo importante: que las dificultades para empezar a hacer ejercicio no dependen únicamente de nuestra fuerza de voluntad, sino también de cómo nuestro cerebro valora el esfuerzo y de las experiencias que tenemos con él». «Son al menos tres potenciales teorías para que otros puedan profundizar en ello», expone a ABC Hugo Olmedillas, investigador del Departamento de Biología Funcional de la Universidad de Oviedo. Él ejemplifica con la satisfacción que produce pasar de empezar a correr a completar cinco o diez kilómetros, acabar un triatlón o asistir a una clase dirigida y comprobar que se obtienen resultados físicos y que uno se siente más a gusto al mirarse al espejo.Olmedillas también destaca el papel que desempeña sentirse parte de una comunidad. «Si te das cuenta, una de las formas en las que funciona hoy en día es que personas más sedentarias tienen a alguien de su entorno social que empieza a hacer este tipo de actividades y acaban enganchándose también», ejemplifica.En una línea similar, los autores se atreven a decir que el ejercicio no depende solo de la fuerza de voluntad , como tantas veces se ha dicho. Defienden que este planteamiento recuerda al debate sobre la obesidad y la idea de que basta con ‘cerrar la boca’, una simplificación que se escucha a menudo. «Si el ejercicio físico tratara solamente de voluntad sería poco creíble que, con las facilidades de hoy en día, se hiciera tanto ejercicio, porque no lo necesitaríamos», reconoce Olmedillas, poniendo como ejemplo de ello la existencia de ascensores, móviles o incluso mandos a distancia que hace que uno no se tenga que levantar del sofá ni para cambiar de cadena.MÁS INFORMACIÓN noticia Si Consumir hasta cinco tazas de café el día puede ser saludable para el corazón noticia Si Sí, la astenia otoñal también existe y afecta más a las mujeres: así puedes combatirla noticia Si Cómo tomar el magnesio para que tu cuerpo lo absorbaEste estudio se enmarca dentro de un trabajo que pretende explicar por qué hay gente que hace mucho ejercicio y por qué otra hace tan poco y qué características psicológicas influyen en ello. De hecho, los mismos autores avanzaron hace unos meses que los deportistas de alto rendimiento parece que tienen algo más que un buen físico para tener tantos buenos resultados. Al mediodía corriendo, tras haber pasado un intenso día en el trabajo o a primera hora del día, cuando muchos todavía estarán remoloneando en la cama o apurando los últimos minutos antes de que suene el despertador. Para millones de personas acudir al gimnasio a hacer ejercicio es una prioridad, una motivación, una obligación, incluso una alegría. Nada que ver con una necesidad ni una cuestión de supervivencia.Históricamente, esto no era así: la actividad física era crucial para sobrevivir , tanto para conseguir alimento como para desplazarnos o realizar tareas cotidianas. Ahora este ejercicio es voluntario, ya que podemos pasar gran parte del día apenas sin movernos. Conscientes de esto, un equipo de investigadores del grupo AstuRES de la Universidad de Oviedo, con la participación de las universidades de Rennes (Francia) y Basilea (Suiza), ha analizado, desde un punto de vista antropológico, por qué seguimos sudando la gota gorda, y ahora con horarios, rutinas y ejercicios fijados, aunque ya no lo necesitemos para sobrevivir.Su estudio, cuyos resultados acaban de ser publicados en la revista científica ‘Evolutionary Anthropology’, aporta nuevas claves para entender cómo funciona nuestro cerebro. «Muchas de esas necesidades han desaparecido: tenemos transporte, trabajos sedentarios y un acceso mucho más fácil a todo tipo de recursos», incide Miguel Ángel Rodríguez, investigador del grupo AstuRES y primer firmante del artículo, que recuerda que entonces «el cerebro disponía de mecanismos para valorar si el esfuerzo físico que íbamos a realizar merecía la pena».Así, los investigadores plantean que el cerebro podría reutilizar circuitos neuronales que originalmente regulaban la actividad física necesaria para sobrevivir y que a día de hoy el esfuerzo físico se sigue premiando incluso cuando no existe una necesidad real del entorno. El estudio evidencia que entrenar con regularidad va modificando paulatinamente la forma en que el cerebro valora ese esfuerzo, y quienes practican ejercicio de forma habitual tienden a percibirlo como menos costoso con el paso del tiempo.Tres hipótesis que expliquen que el esfuerzo físico sigue teniendo valorLos investigadores barajan tres hipótesis que explicarían cómo seguimos enganchados a ir al gimnasio. Estos tres mecanismos serían la compensación homeostática, la señalización costosa y la recodificación de la recompensa. Compensación homeostática: el ejercicio contribuye al mantenimiento del propio organismo, es una forma de trabajar el cuidado y reparación Señalización costosa: el ejercicio es una forma honesta de mostrar a los demás nuestra condición física, tiene un punto de ‘recompensa social’ Recodificación de la recompensa: el ejercicio nos resulta gratificante por sí mismo, se puede percibir como algo valioso a nivel personalLas tres hipótesis, expone Rodríguez, «no tienen todavía el mismo respaldo científico, y algunas requieren ser comprobadas experimentalmente, pero consideramos que este marco puede ayudarnos a entender algo importante: que las dificultades para empezar a hacer ejercicio no dependen únicamente de nuestra fuerza de voluntad, sino también de cómo nuestro cerebro valora el esfuerzo y de las experiencias que tenemos con él». «Son al menos tres potenciales teorías para que otros puedan profundizar en ello», expone a ABC Hugo Olmedillas, investigador del Departamento de Biología Funcional de la Universidad de Oviedo. Él ejemplifica con la satisfacción que produce pasar de empezar a correr a completar cinco o diez kilómetros, acabar un triatlón o asistir a una clase dirigida y comprobar que se obtienen resultados físicos y que uno se siente más a gusto al mirarse al espejo.Olmedillas también destaca el papel que desempeña sentirse parte de una comunidad. «Si te das cuenta, una de las formas en las que funciona hoy en día es que personas más sedentarias tienen a alguien de su entorno social que empieza a hacer este tipo de actividades y acaban enganchándose también», ejemplifica.En una línea similar, los autores se atreven a decir que el ejercicio no depende solo de la fuerza de voluntad , como tantas veces se ha dicho. Defienden que este planteamiento recuerda al debate sobre la obesidad y la idea de que basta con ‘cerrar la boca’, una simplificación que se escucha a menudo. «Si el ejercicio físico tratara solamente de voluntad sería poco creíble que, con las facilidades de hoy en día, se hiciera tanto ejercicio, porque no lo necesitaríamos», reconoce Olmedillas, poniendo como ejemplo de ello la existencia de ascensores, móviles o incluso mandos a distancia que hace que uno no se tenga que levantar del sofá ni para cambiar de cadena.MÁS INFORMACIÓN noticia Si Consumir hasta cinco tazas de café el día puede ser saludable para el corazón noticia Si Sí, la astenia otoñal también existe y afecta más a las mujeres: así puedes combatirla noticia Si Cómo tomar el magnesio para que tu cuerpo lo absorbaEste estudio se enmarca dentro de un trabajo que pretende explicar por qué hay gente que hace mucho ejercicio y por qué otra hace tan poco y qué características psicológicas influyen en ello. De hecho, los mismos autores avanzaron hace unos meses que los deportistas de alto rendimiento parece que tienen algo más que un buen físico para tener tantos buenos resultados. RSS de noticias de bienestar
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