Una vez, el arquitecto Renzo Piano (Génova, 1937) dijo que la belleza es difícil de identificar. Suele estar taimada, manipulada por la publicidad, y eso hace que el cuadro no sea del todo nítido. En esos casos es necesario un ojo clínico, adelantado y sensible para despojar los legajos que, amalgamados, solo hacen bulto. No aportan nada, en realidad. La conversación con ABC gira precisamente en torno a eso. Dónde encontrar luz en un mundo repleto de sombras pantagruélicas. Nadie mejor que el premio Pritzker, seleccionado por la revista ‘Time’ (2006) como una de las cien personas más influyentes en el mundo. Además, célebre por su proyecto y construcción del Centro Pompidou, junto a Richard Rogers. Un artefacto divino que, aunque hoy está siendo restaurado (se prevé la reapertura en 2030; mientras, dispone de sedes temporales entre Europa, América Latina y Asia), sigue representando un manifiesto total de cómo se entremezclan la artesanía y el high-tech. Precisamente, este es el gran legado que deja el maestro. Las migas de pan que gritan libertad radical -como Sartre- para no perder el rumbo en los laberínticos meandros de la existencia. —Usted vive a caballo entre Génova y París. Su estudio está justo enfrente del Georges Pompidou. Quiero decir, lo ve todos los días. ¿Eso produce monotonía?—Cada día, cuando me dirijo al estudio desde casa (vive a pocos metros de allí, también) me detengo a mirarlo. Me sigue sorprendiendo diariamente. Descubro siempre cosas nuevas. «Richard Rogers y yo siempre comentábamos que cada veinticinco o cincuenta años el Pompidou tenía que parar para adaptarse a los tiempos»—Cerrado durante cinco años, ahora, al asomarse, verá andamios y más andamios. ¿Qué siente?—Cinco son muchos, sí. Por lo demás, le digo que Richard Rogers y yo siempre comentábamos que cada veinticinco o cincuenta años ese edificio tenía que parar para adaptarse a los tiempos. La cultura es una proeza que, inevitablemente, debe cambiar. Cuando lo concebimos éramos muy jóvenes e ingenuos. Eran los años setenta, una época extraordinaria. —Justo después del 68 en la Sorbona.—Mayo en París. Periodo interesante, ya lo creo. El ministro de Cultura era André Malraux. Estuvo bajo el Gobierno de Charles de Gaulle (primer presidente de la quinta República), guiado por los ‘premier’ Georges Pompidou y Maurice Couve de Murville. La idea era que cada ciudad francesa tuviera una especie de ‘maison’ capaz de aunar todas las formas de arte y saber. Cine, música, fotografía, literatura… Todo debía estar recogido a esa nueva idea de casa, al alcance de cualquiera. En Londres también había mucha riqueza cultural en aquel periodo… No se olvide de los Beatles. —Años de adrenalina y cambio. Yoga, sexo libre, masonería, drogas… También en Roma, donde Pasolini criticó ferozmente los incidentes de Valle Giulia entre, como subrayó encolerizado, «estudiantes hijos de papá (Universidad Sapienza) y los pobres policías». Pero volvamos a París. Esa Francia servía de inspiración al mundo. De hecho, en los años setenta surgió la New Hollywood (Robert Altman, Coppola, Scorsese…) que bebió de la Nouvelle Vague, con Truffaut o Godard, entre otros.—Exacto. Esta idea de la gran ‘maison’ era para que la cultura no intimidara. Con el Pompidou queríamos crear una maquinaria urbana, resultado de nuestra desobediencia. Creamos este edificio desnudo y libre. Casi indomable, diría yo. Ascensores, baños… Todo está fuera del mismo. Era una revolución. Así liberamos mucho más espacio para la cultura, que debía cambiar cada cincuenta años, como dije antes. Así, durante los próximos mil años… ¿Sabe que desde hace poco tiempo se ha convertido en monumento nacional?»El Pompidou focalizó un acto de anticultura y rebelión. No quisimos hacer un monumento sólido o histórico»—¿Esto qué supone?—Es extraño que así sea. En su día, focalizó un acto de anticultura y rebelión. Una manifestación deforme, de alguna manera. Ojo, porque deforme no es algo peyorativo. Es lo contrario de conforme, que viene de conformismo. Se creó con la idea de convertirlo en algo mutable, siempre de acuerdo a los nuevos tiempos. No quisimos hacer un monumento sólido o histórico. Lo expliqué… Eso no lo queremos. —¿Qué?—Pues que en Japón hay personas que, en sí, son portadoras de un monumento histórico. Son monumentos históricos en sí mismas, sí. Se lo juro. —¿Su vida sigue girando en torno a la libertad del Pompidou?—Sí. La libertad es importante, de ahí que este reconocimiento me pillara por sorpresa. No era algo formal, sino muy profundo. Una reflexión interesante. Tengo 88 años, pero soy el mismo que, con 33, construyó aquello. Sigo siendo curioso, moderno. He crecido de esta manera. —Le preguntaron esto desde el Gobierno de Francia: «¿Qué cree que se puede cambiar en el Pompidou dentro de mil años?» ¿Cierto?— Sí, y dije que todo. Está hecho a posta para modificarse entero, para transitar sobre sí mismo y más allá. Una y otra vez hasta el fin de los días. Luego me sugirieron que si aquí o allí se podía introducir esto o aquello… Entonces cambié de opinión y dije que no, no se podía modificar nada. Esta es un poco la vida. —El lado oscuro de la libertad es que, a veces, muta en prisión. ¿Está de acuerdo?—No sé. ¿Miedo? Tampoco estoy haciendo apología de una libertad absoluta. En nuestras profesiones… Verá, Vargas Llosa y Octavio Paz eran amigos míos… Me decían siempre que la libertad es un timo. La mirada es tan amplia que llega un momento en que no entiendes nada. Faltan las certezas… Pero yo hablo de otra libertad. La misma de muchos cantautores, pintores… El compositor Pierre Boulez, por ejemplo, adoraba la geometría, las matemáticas. Necesitaba certezas para después destruirlas. Pero sí, a veces es necesario algo sólido. Yo hablaba de la libertad de espíritu. La de resistir, decir que no cuando sea necesario…—La libertad es múltiple. ¿Sabía que Bobby Fischer amaba el jazz y la música rock?—(Risas) Todo tiene que partir siempre desde conceptos sólidos. Es bueno comenzar en contextos ricos de posibles puntos de inspiración, sea física o climática. Esto te ayuda a evitar el ansia de la página en blanco. —El síndrome del escritor. También del pintor. Pollock crujía el lienzo.—Yo no tengo miedo de la página en blanco, pero prefiero lo otro. La apariencia de condiciones precisas de control para no perderme. ¿Mejor 360º que 180º? No sé. Es conveniente ir al terreno para entender muchas cosas mediante la observación. Ahí nunca aparece el papel en blanco, y si es así se rellena enseguida. La página en blanco da miedo si te dejas llevar por la tentación pseudo artística. En mi caso, necesito concretizar. De ahí hacia afuera. Poseo la ética, aunque el ‘pathos’ es más complicado para mí. «La fantasía es como la mermelada. Si la untas en un buen pan está mucho más buena» —¿Por qué?—A él se llega despacio. Desde lo riguroso a lo amplio, representado esto en forma de luz, transparencia, planos múltiples, la concepción de los espacios… Verás, la fantasía es como la mermelada. Quiero decir, si la untas en un buen pan está mucho más buena. Comerla sola, sin nada, no sé… —La rebanada de pan es la realidad, en su caso. Necesaria para la magia. Quiero añadir dos apreciaciones finales del Pompidou: me recuerda, de alguna manera, esos monumentos de la antigua Roma que -reutilizados- han llegado hasta hoy, en parte gracias a eso. El Coliseo, por ejemplo, fue una cuadra-hogar durante la Edad Media. La otra es que me imagino a usted en su estudio, mirando por la ventana el Pompidou lleno de andamios… Y me viene a la cabeza Don Quijote divagando con los molinos de viento.—Soy como Don Quijote, aunque prefiero a Quasimodo. Su mujer era Esmeralda. Verá, yo al Pompidou voy todos los domingos, incluso si está cerrado. Voy como quien va a comer a una trattoria. Para cerrar el tema, cinco años de obras son muchos. Piense que es lo mismo que tardamos en hacerlo. Lo que sí me gusta es la reflexión durante, el reposo, el cambio de libros… —¿A qué se refiere con reflexión?—A nivel cultural. Tomemos como ejemplo la Biblioteca Pública del Pompidou (tótem ubicado en el barrio de Marais, con el horario de apertura más largo de toda Francia). Propusimos una especie de sacrilegio. Pusimos los libros muchos más accesibles para la gente, de tal manera que las personas fueran autónomas en la búsqueda. No era solo una cuestión de comodidad o no, sino ofrecer la posibilidad -aunque en forma implícita- para poder encontrar dos o tres interesantes y llamativos que en realidad no se estaban buscando inicialmente. O sí, quién sabe. Igual en el subconsciente. Esa es la magia, esa es la espontaneidad. —La sede temporal está ahora en el inmueble de Lumière (este de París). Durante los trabajos ha abandonado el célebre Beaubourg, su histórico lugar. El gran complejo arquitectónico donde se aúnan cultura y vanguardias. El Centro Pompidou, en definitiva. Los Molinos de viento que ve desde la ventana. Quién sabe si gigantes, también.—No, verá… Acercamos la riqueza a la gente. Me gustan los libros. Los tengo por todas partes. Me gusta vivir esa sensación de buscar un ejemplar y, mientras, encontrar otro que me interesa mucho más. Lo ojeo durante treinta minutos, y después lo pongo en su sitio. Tienen que estar cerca de la gente… Los libros, sí. En la biblioteca pública, recuerdo, por la noche con todo cerrado entraba un arsenal de jóvenes, aproximadamente cincuenta, para ir colocándolos en su sitio nuevamente. Pretendíamos evitar ese paso de pedir un ejemplar a un asistente para que te lo busque y te lo ponga en la mano. ¿Entiende? Esa inmediatez. —Le criticaron por esto.—Me dijeron que, de esta manera, tan accesible todo, la gente robaría los libros. Les dije que no me importaba. Esto no era un problema. Además, ni siquiera era verdad. Solo los cleptómanos roban libros. Nadie más. —La libertad implica riesgos.—Claro. Había una mujer que llegaba, leía y todos los días se marchaba con un libro robado, metido en el bolso. Afuera, los de seguridad, la paraban y se lo requisaban. Ella, plácidamente, lo dejaba y se despedía hasta el día siguiente. En serio, a lo largo de un año los textos robados son mínimos. No entiendo por qué estamos hablando de todo esto, la verdad. «La alegría, la magia deben siempre compartirse. Esta es la esencia del Pompidou»—Es la metáfora de su vida. ¿No? Libre albedrío. Las bibliotecas le gustan. También los hospitales y las plazas.—Hace algunos meses estuvimos en Atenas trabajando para la Biblioteca de Estado. Estaba llena de jóvenes. Me acerqué al bibliotecario y le di la enhorabuena. Me dijo que la mitad iba a leer, y la otra se acercaba simplemente porque se estaba bien. Esto es un éxito rotundo. Es un lugar de agregación. Es la magia de los lugares públicos. También para los conciertos en salas… Tú puedes escuchar una maravillosa sinfonía en casa, solo, porque desde el punto de vista acústico es perfecto… Pero no es lo mismo. La alegría, la magia deben siempre compartirse. Esta es la esencia del Pompidou. —Siempre construyó lugares -públicos o privados- para la gente: el Centro Botín (Santander), el Auditorium Parco della Musica (Roma), la Morgan Library (Nueva York), el Centro Paul Klee (Berna), el Santuario Santa Maria delle Grazie en el sur de Italia… ¿Cómo encajar esto en un mundo individualista?—Hasta que existamos seguiremos relacionándonos, y para eso necesitamos espacios, recintos para celebrar estas ceremonias. Construyo lugares públicos porque representan la paz. Salas de cine, museos, bibliotecas, conciertos…—La gente cada vez va menos al cine. Se quedan en casa porque están abonados a mil plataformas. Una vez me dijo un filósofo y antropólogo esto: «La competencia de Netflix no es Amazon, sino el sueño del ser humano. Le encantaría que ni siquiera durmiera para seguir engullendo». Los contenidos están fragmentados, y esto produce un efecto hipnótico en el espectador. No ve series, sino que pasa horas decidiendo cual ver. Muy confuso todo.—Nada acabará con el sentido y necesidad, el deseo de la gente para compartir todo. Emociones, sensaciones, contacto físico… Todo. «Los hospitales son lugares donde desaparecen las diversidades. Todos somos iguales allí»—¿Por qué le gustan los hospitales? Ha trabajado en muchos (a destacar los de Grecia), siempre bajo el paraguas de arquitectura sostenible, en perfecta inmersión y armonía con el verde.—Son lugares, como los citados antes, donde desaparecen las diversidades. Todos somos iguales allí. Esto es poesía, esto es belleza. — A nivel arquitectónico, yo la encuentro en otras celebridades, además de usted. Son Pierluigi Nervi y ese influjo que tuvo de Le Corbusier… O, por ejemplo, Niemeyer en esa ciudad-capital-artefacto que es Brasilia. Mi favorito, de todas formas, es Van der Rohe, con esa estética minimalista y racional. También aprecio seda en el brutalismo de Belgrado, en la arquitectura colmena de la Unión Soviética, en la Fascista del EUR Roma… Zaha Hadid en el Líbano…—Sabe que en Italia lo bello es y está bueno, también. Cuando, especialmente en el sur, te comes un plato de pasta dices esto: «Un bel piatto di spaghetti». No dices que está bueno, sino que es bonito, bello, que también es grande, por cierto. «Belleza no es solo una arquitectura estéticamente bonita. Eso no es belleza, sino un adulterio publicitario»—En España no es así.—Belleza no es solo una arquitectura estéticamente bonita. Eso no es belleza, sino un adulterio publicitario. Una manipulación, en definitiva. Es una vergüenza, una frivolidad. Hay que profundizar, mirar adentro. La película ‘Una mente maravillosa’ se refiere, en este caso, a una belleza invisible. A mí me encanta la ciencia, la gente que estudia el universo… Esto es poesía. También el mundo de la solidaridad. —Hábleme de la Iglesia construida para el Padre Pío, famoso por los estigmas y las llagas de Cristo. Es San Giovanni Rotondo, donde Abel Ferrara rodó hace años una película sobre sus milagros.—La Chiesa San Pio di Pietralcina. No solo el edificio en sí, sino la historia de los franciscanos. Muy interesante. Fue una experiencia complicada. Hay mucho ‘business’ detrás, y esto no me gusta. También hice un pequeño monasterio paras las monjas Clarisas, descendientes de Santa Clara. Están en Asís, como San Francisco. Ya sabe, predican silencio, trabajo y oración. Construimos el Ronchamp Gatehouse and Monastery. De alguna manera, los cánones replican los de Le Corbusier y su Chapelle de Ronchamp. Las Clarisas están iluminadas por la luz blanca. Me reconforta esto. Están en una colina, en medio del bosque. La luz penetra a través de las hojas. Hay ligereza, que no es superficialidad, sino todo lo contrario. Mi respeto a esos lugares es total. —Hace poco estuve en Génova, pero no pude ver su estudio, pese a su invitación. Se asoma al mar. Una amalgama de naturaleza, mar, montaña, confluencia de culturas, fútbol y cantautores como De André.—Él, Gino Paoli… Todos eran amigos. Hay silencio y trabajo. Lentitud, tranquilidad… Me centré en todo eso. Así como en París me encuentro en el centro, mi estudio en Génova casi bebe del mar. Es la metáfora de la reflexión, la meditación… Después, está el agua salada… ¿Sabe lo que dijo el poeta ruso Joseph Brodsky de Venecia y el agua? Pues muy simple: «El agua dota de belleza a cualquier cosa». Es verdad, porque vibra y duplica, con el reflejo, todo. También la belleza, lógicamente. Esto es el Mediterráneo, que no supone solo un mar sino un crisol de culturas. Tiene sonidos, luces, historias… Creo que lo dijo Melville… «La magia, las ideas, deben pescarse en el fondo del mar». —A veces, como en ‘La perla’ (John Steinbeck), hay riesgos.—Ha citado un escritor-guía. Lo leía cuando era joven. Me quedo con ‘Furor’ por encima de todos. Él pescaba las ideas en lo más profundo del mar. Luego, hay que tener el valor de sacarlas afuera. Es lo que hicieron muchos cineastas (De Sica o Rossellini, por ejemplo) con el Neorrealismo italiano. Cogían la mano de Anna Magnani para convertirla en poesía. Se agarraban a una realidad de las cosas. No se detenían en la palabra academia. Por eso sigo contrariado con el nombramiento del Pompidou. No quiero entrar en la academia, sino permanecer eternamente fuera. —No quiere ser sistema.—Tampoco ser un santito de pacotilla. No me quiero separar de la realidad para, después, dotarla de poesía. «A mi edad debo dosificar la energía, saber dónde la pongo para no malgastarla en lo efímero y artificial. No es arrogancia, sino necesidad»—En su caso es casi imposible. El sistema se apropia de las celebridades. Es difícil huir de estas garzas. Pasolini murió, quizás para evitar ver este desagradable panorama.—Sí, pero hay que ser avispado. Hay que estar muy atento a los premios, por ejemplo. Como termines acumulándolos en un mueble-bar, mal asunto. Te conviertes en un santito, una postal. Mi instrumento de trabajo es lápiz y papel. Con esto nadie puede matarme, poseerme. Lo más difícil del mundo es eliminar lo superfluo. A mi edad, que tengo menos energía que usted, la debo dosificar mejor, saber dónde la pongo para no malgastarla en lo efímero y artificial. No es arrogancia, sino necesidad. Es para tutelarme y seguir con proyectos interesantes. —¿En qué está trabajando ahora?—En una Universidad de Bangladés. Para jóvenes mujeres que huyen de otros países como Afganistán, Irán, Irak… Allí no tienen acceso a la escuela. ¿Sabe lo que demandan? Ventanas. Piensa que jamás las tuvieron. Me lo dijo una chica. Increíble lo que encierra esto. Tenía 16 años… Vivió en una caja negra, oscura… Me ocupo de estos proyectos, porque me gustan. Quedo completamente absorbido de estas declaraciones. Me obligan a actuar. «Me considero un constructor de paz. Me siento inadecuado en este mundo terrible. Todo es rápido, veloz… Hace falta tranquilidad, lentitud, calma»—Usted nunca trabajó en los campos de fútbol, como Nervi.—No es verdad. Trabajé en un estadio en Bari para el Mundial de 1990. El San Nicola. Tiene una forma icónica de 26 grandes pétalos, es decir, módulos estructurales con esta forma en el anillo superior. No soy un gran apasionado de fútbol, lo admito. Sí lo era Peter Rice, ingeniero holandés con quien colaboré allí. Son lugares públicos también… ¿Sabe? Recientemente, en Los Ángeles, construimos una Academy Award… Lo mismo con Auditórium de Roma… Son contenedores, todos, de fraternidad y conmoción. Esto es belleza, y estoy contento porque me considero un constructor de paz. Lugares para la diversidad, concebida como oportunidad y no como problema. Al final, la victoria es el deseo de estar juntos. Es la consolación a mi vida. No se lo he dicho, pero me siento inadecuado en este mundo terrible. Todo es rápido, veloz… La política, la escritura… Hace falta tranquilidad, lentitud, calma. Estamos construyendo otras universidades en América, China… Siempre con este sentido de convivencia. —Alguna vez tenemos que hablar de los monumentos romanos que cambiaron piel. El Mausoleo de Augusto con las corridas, después. El icónico Coliseo, por ejemplo: arena para gladiadores, cementerio, establo para las bestias, sala de conciertos, lugar masificado de turistas… ¿Le gustaría que sucediera eso con sus obras? Insuflarles prácticamente un aura camaleónica.—Me encantaría. Es la esencia de Simone de Beauvoir. Cuando nos reunimos la primera vez con Pompidou nos dijo que este edificio debía durar medio siglo. Insistió en que tuviéramos en cuenta la semejante obra que habíamos creado. Algo histórico, también por su longevidad. Le respondimos esto: «Jamás creamos nada que durara más de seis meses». Estábamos locos, porque éramos jóvenes. Luego Richard y yo nos marchamos y, mirándonos a la cara, pronunciamos la misma frase: «¿Por qué solo quinientos años?». —El ‘inside-out’ que expone exteriormente todos los elementos estructurales, desnudándolos, dejando el interior libre y flexible… Uso sofisticado de acero, cristal, cemento armado, aluminio y plástico. El rojo para marcar la circulación de la gente… Pompidou, principio y fin de todo. En la próxima entrevista hablaremos de su proyecto para la cárcel de mujeres de Rebibbia (Roma).—Será un placer. Lo haremos con libertad, como siempre. En una continua búsqueda de la belleza. Una vez, el arquitecto Renzo Piano (Génova, 1937) dijo que la belleza es difícil de identificar. Suele estar taimada, manipulada por la publicidad, y eso hace que el cuadro no sea del todo nítido. En esos casos es necesario un ojo clínico, adelantado y sensible para despojar los legajos que, amalgamados, solo hacen bulto. No aportan nada, en realidad. La conversación con ABC gira precisamente en torno a eso. Dónde encontrar luz en un mundo repleto de sombras pantagruélicas. Nadie mejor que el premio Pritzker, seleccionado por la revista ‘Time’ (2006) como una de las cien personas más influyentes en el mundo. Además, célebre por su proyecto y construcción del Centro Pompidou, junto a Richard Rogers. Un artefacto divino que, aunque hoy está siendo restaurado (se prevé la reapertura en 2030; mientras, dispone de sedes temporales entre Europa, América Latina y Asia), sigue representando un manifiesto total de cómo se entremezclan la artesanía y el high-tech. Precisamente, este es el gran legado que deja el maestro. Las migas de pan que gritan libertad radical -como Sartre- para no perder el rumbo en los laberínticos meandros de la existencia. —Usted vive a caballo entre Génova y París. Su estudio está justo enfrente del Georges Pompidou. Quiero decir, lo ve todos los días. ¿Eso produce monotonía?—Cada día, cuando me dirijo al estudio desde casa (vive a pocos metros de allí, también) me detengo a mirarlo. Me sigue sorprendiendo diariamente. Descubro siempre cosas nuevas. «Richard Rogers y yo siempre comentábamos que cada veinticinco o cincuenta años el Pompidou tenía que parar para adaptarse a los tiempos»—Cerrado durante cinco años, ahora, al asomarse, verá andamios y más andamios. ¿Qué siente?—Cinco son muchos, sí. Por lo demás, le digo que Richard Rogers y yo siempre comentábamos que cada veinticinco o cincuenta años ese edificio tenía que parar para adaptarse a los tiempos. La cultura es una proeza que, inevitablemente, debe cambiar. Cuando lo concebimos éramos muy jóvenes e ingenuos. Eran los años setenta, una época extraordinaria. —Justo después del 68 en la Sorbona.—Mayo en París. Periodo interesante, ya lo creo. El ministro de Cultura era André Malraux. Estuvo bajo el Gobierno de Charles de Gaulle (primer presidente de la quinta República), guiado por los ‘premier’ Georges Pompidou y Maurice Couve de Murville. La idea era que cada ciudad francesa tuviera una especie de ‘maison’ capaz de aunar todas las formas de arte y saber. Cine, música, fotografía, literatura… Todo debía estar recogido a esa nueva idea de casa, al alcance de cualquiera. En Londres también había mucha riqueza cultural en aquel periodo… No se olvide de los Beatles. —Años de adrenalina y cambio. Yoga, sexo libre, masonería, drogas… También en Roma, donde Pasolini criticó ferozmente los incidentes de Valle Giulia entre, como subrayó encolerizado, «estudiantes hijos de papá (Universidad Sapienza) y los pobres policías». Pero volvamos a París. Esa Francia servía de inspiración al mundo. De hecho, en los años setenta surgió la New Hollywood (Robert Altman, Coppola, Scorsese…) que bebió de la Nouvelle Vague, con Truffaut o Godard, entre otros.—Exacto. Esta idea de la gran ‘maison’ era para que la cultura no intimidara. Con el Pompidou queríamos crear una maquinaria urbana, resultado de nuestra desobediencia. Creamos este edificio desnudo y libre. Casi indomable, diría yo. Ascensores, baños… Todo está fuera del mismo. Era una revolución. Así liberamos mucho más espacio para la cultura, que debía cambiar cada cincuenta años, como dije antes. Así, durante los próximos mil años… ¿Sabe que desde hace poco tiempo se ha convertido en monumento nacional?»El Pompidou focalizó un acto de anticultura y rebelión. No quisimos hacer un monumento sólido o histórico»—¿Esto qué supone?—Es extraño que así sea. En su día, focalizó un acto de anticultura y rebelión. Una manifestación deforme, de alguna manera. Ojo, porque deforme no es algo peyorativo. Es lo contrario de conforme, que viene de conformismo. Se creó con la idea de convertirlo en algo mutable, siempre de acuerdo a los nuevos tiempos. No quisimos hacer un monumento sólido o histórico. Lo expliqué… Eso no lo queremos. —¿Qué?—Pues que en Japón hay personas que, en sí, son portadoras de un monumento histórico. Son monumentos históricos en sí mismas, sí. Se lo juro. —¿Su vida sigue girando en torno a la libertad del Pompidou?—Sí. La libertad es importante, de ahí que este reconocimiento me pillara por sorpresa. No era algo formal, sino muy profundo. Una reflexión interesante. Tengo 88 años, pero soy el mismo que, con 33, construyó aquello. Sigo siendo curioso, moderno. He crecido de esta manera. —Le preguntaron esto desde el Gobierno de Francia: «¿Qué cree que se puede cambiar en el Pompidou dentro de mil años?» ¿Cierto?— Sí, y dije que todo. Está hecho a posta para modificarse entero, para transitar sobre sí mismo y más allá. Una y otra vez hasta el fin de los días. Luego me sugirieron que si aquí o allí se podía introducir esto o aquello… Entonces cambié de opinión y dije que no, no se podía modificar nada. Esta es un poco la vida. —El lado oscuro de la libertad es que, a veces, muta en prisión. ¿Está de acuerdo?—No sé. ¿Miedo? Tampoco estoy haciendo apología de una libertad absoluta. En nuestras profesiones… Verá, Vargas Llosa y Octavio Paz eran amigos míos… Me decían siempre que la libertad es un timo. La mirada es tan amplia que llega un momento en que no entiendes nada. Faltan las certezas… Pero yo hablo de otra libertad. La misma de muchos cantautores, pintores… El compositor Pierre Boulez, por ejemplo, adoraba la geometría, las matemáticas. Necesitaba certezas para después destruirlas. Pero sí, a veces es necesario algo sólido. Yo hablaba de la libertad de espíritu. La de resistir, decir que no cuando sea necesario…—La libertad es múltiple. ¿Sabía que Bobby Fischer amaba el jazz y la música rock?—(Risas) Todo tiene que partir siempre desde conceptos sólidos. Es bueno comenzar en contextos ricos de posibles puntos de inspiración, sea física o climática. Esto te ayuda a evitar el ansia de la página en blanco. —El síndrome del escritor. También del pintor. Pollock crujía el lienzo.—Yo no tengo miedo de la página en blanco, pero prefiero lo otro. La apariencia de condiciones precisas de control para no perderme. ¿Mejor 360º que 180º? No sé. Es conveniente ir al terreno para entender muchas cosas mediante la observación. Ahí nunca aparece el papel en blanco, y si es así se rellena enseguida. La página en blanco da miedo si te dejas llevar por la tentación pseudo artística. En mi caso, necesito concretizar. De ahí hacia afuera. Poseo la ética, aunque el ‘pathos’ es más complicado para mí. «La fantasía es como la mermelada. Si la untas en un buen pan está mucho más buena» —¿Por qué?—A él se llega despacio. Desde lo riguroso a lo amplio, representado esto en forma de luz, transparencia, planos múltiples, la concepción de los espacios… Verás, la fantasía es como la mermelada. Quiero decir, si la untas en un buen pan está mucho más buena. Comerla sola, sin nada, no sé… —La rebanada de pan es la realidad, en su caso. Necesaria para la magia. Quiero añadir dos apreciaciones finales del Pompidou: me recuerda, de alguna manera, esos monumentos de la antigua Roma que -reutilizados- han llegado hasta hoy, en parte gracias a eso. El Coliseo, por ejemplo, fue una cuadra-hogar durante la Edad Media. La otra es que me imagino a usted en su estudio, mirando por la ventana el Pompidou lleno de andamios… Y me viene a la cabeza Don Quijote divagando con los molinos de viento.—Soy como Don Quijote, aunque prefiero a Quasimodo. Su mujer era Esmeralda. Verá, yo al Pompidou voy todos los domingos, incluso si está cerrado. Voy como quien va a comer a una trattoria. Para cerrar el tema, cinco años de obras son muchos. Piense que es lo mismo que tardamos en hacerlo. Lo que sí me gusta es la reflexión durante, el reposo, el cambio de libros… —¿A qué se refiere con reflexión?—A nivel cultural. Tomemos como ejemplo la Biblioteca Pública del Pompidou (tótem ubicado en el barrio de Marais, con el horario de apertura más largo de toda Francia). Propusimos una especie de sacrilegio. Pusimos los libros muchos más accesibles para la gente, de tal manera que las personas fueran autónomas en la búsqueda. No era solo una cuestión de comodidad o no, sino ofrecer la posibilidad -aunque en forma implícita- para poder encontrar dos o tres interesantes y llamativos que en realidad no se estaban buscando inicialmente. O sí, quién sabe. Igual en el subconsciente. Esa es la magia, esa es la espontaneidad. —La sede temporal está ahora en el inmueble de Lumière (este de París). Durante los trabajos ha abandonado el célebre Beaubourg, su histórico lugar. El gran complejo arquitectónico donde se aúnan cultura y vanguardias. El Centro Pompidou, en definitiva. Los Molinos de viento que ve desde la ventana. Quién sabe si gigantes, también.—No, verá… Acercamos la riqueza a la gente. Me gustan los libros. Los tengo por todas partes. Me gusta vivir esa sensación de buscar un ejemplar y, mientras, encontrar otro que me interesa mucho más. Lo ojeo durante treinta minutos, y después lo pongo en su sitio. Tienen que estar cerca de la gente… Los libros, sí. En la biblioteca pública, recuerdo, por la noche con todo cerrado entraba un arsenal de jóvenes, aproximadamente cincuenta, para ir colocándolos en su sitio nuevamente. Pretendíamos evitar ese paso de pedir un ejemplar a un asistente para que te lo busque y te lo ponga en la mano. ¿Entiende? Esa inmediatez. —Le criticaron por esto.—Me dijeron que, de esta manera, tan accesible todo, la gente robaría los libros. Les dije que no me importaba. Esto no era un problema. Además, ni siquiera era verdad. Solo los cleptómanos roban libros. Nadie más. —La libertad implica riesgos.—Claro. Había una mujer que llegaba, leía y todos los días se marchaba con un libro robado, metido en el bolso. Afuera, los de seguridad, la paraban y se lo requisaban. Ella, plácidamente, lo dejaba y se despedía hasta el día siguiente. En serio, a lo largo de un año los textos robados son mínimos. No entiendo por qué estamos hablando de todo esto, la verdad. «La alegría, la magia deben siempre compartirse. Esta es la esencia del Pompidou»—Es la metáfora de su vida. ¿No? Libre albedrío. Las bibliotecas le gustan. También los hospitales y las plazas.—Hace algunos meses estuvimos en Atenas trabajando para la Biblioteca de Estado. Estaba llena de jóvenes. Me acerqué al bibliotecario y le di la enhorabuena. Me dijo que la mitad iba a leer, y la otra se acercaba simplemente porque se estaba bien. Esto es un éxito rotundo. Es un lugar de agregación. Es la magia de los lugares públicos. También para los conciertos en salas… Tú puedes escuchar una maravillosa sinfonía en casa, solo, porque desde el punto de vista acústico es perfecto… Pero no es lo mismo. La alegría, la magia deben siempre compartirse. Esta es la esencia del Pompidou. —Siempre construyó lugares -públicos o privados- para la gente: el Centro Botín (Santander), el Auditorium Parco della Musica (Roma), la Morgan Library (Nueva York), el Centro Paul Klee (Berna), el Santuario Santa Maria delle Grazie en el sur de Italia… ¿Cómo encajar esto en un mundo individualista?—Hasta que existamos seguiremos relacionándonos, y para eso necesitamos espacios, recintos para celebrar estas ceremonias. Construyo lugares públicos porque representan la paz. Salas de cine, museos, bibliotecas, conciertos…—La gente cada vez va menos al cine. Se quedan en casa porque están abonados a mil plataformas. Una vez me dijo un filósofo y antropólogo esto: «La competencia de Netflix no es Amazon, sino el sueño del ser humano. Le encantaría que ni siquiera durmiera para seguir engullendo». Los contenidos están fragmentados, y esto produce un efecto hipnótico en el espectador. No ve series, sino que pasa horas decidiendo cual ver. Muy confuso todo.—Nada acabará con el sentido y necesidad, el deseo de la gente para compartir todo. Emociones, sensaciones, contacto físico… Todo. «Los hospitales son lugares donde desaparecen las diversidades. Todos somos iguales allí»—¿Por qué le gustan los hospitales? Ha trabajado en muchos (a destacar los de Grecia), siempre bajo el paraguas de arquitectura sostenible, en perfecta inmersión y armonía con el verde.—Son lugares, como los citados antes, donde desaparecen las diversidades. Todos somos iguales allí. Esto es poesía, esto es belleza. — A nivel arquitectónico, yo la encuentro en otras celebridades, además de usted. Son Pierluigi Nervi y ese influjo que tuvo de Le Corbusier… O, por ejemplo, Niemeyer en esa ciudad-capital-artefacto que es Brasilia. Mi favorito, de todas formas, es Van der Rohe, con esa estética minimalista y racional. También aprecio seda en el brutalismo de Belgrado, en la arquitectura colmena de la Unión Soviética, en la Fascista del EUR Roma… Zaha Hadid en el Líbano…—Sabe que en Italia lo bello es y está bueno, también. Cuando, especialmente en el sur, te comes un plato de pasta dices esto: «Un bel piatto di spaghetti». No dices que está bueno, sino que es bonito, bello, que también es grande, por cierto. «Belleza no es solo una arquitectura estéticamente bonita. Eso no es belleza, sino un adulterio publicitario»—En España no es así.—Belleza no es solo una arquitectura estéticamente bonita. Eso no es belleza, sino un adulterio publicitario. Una manipulación, en definitiva. Es una vergüenza, una frivolidad. Hay que profundizar, mirar adentro. La película ‘Una mente maravillosa’ se refiere, en este caso, a una belleza invisible. A mí me encanta la ciencia, la gente que estudia el universo… Esto es poesía. También el mundo de la solidaridad. —Hábleme de la Iglesia construida para el Padre Pío, famoso por los estigmas y las llagas de Cristo. Es San Giovanni Rotondo, donde Abel Ferrara rodó hace años una película sobre sus milagros.—La Chiesa San Pio di Pietralcina. No solo el edificio en sí, sino la historia de los franciscanos. Muy interesante. Fue una experiencia complicada. Hay mucho ‘business’ detrás, y esto no me gusta. También hice un pequeño monasterio paras las monjas Clarisas, descendientes de Santa Clara. Están en Asís, como San Francisco. Ya sabe, predican silencio, trabajo y oración. Construimos el Ronchamp Gatehouse and Monastery. De alguna manera, los cánones replican los de Le Corbusier y su Chapelle de Ronchamp. Las Clarisas están iluminadas por la luz blanca. Me reconforta esto. Están en una colina, en medio del bosque. La luz penetra a través de las hojas. Hay ligereza, que no es superficialidad, sino todo lo contrario. Mi respeto a esos lugares es total. —Hace poco estuve en Génova, pero no pude ver su estudio, pese a su invitación. Se asoma al mar. Una amalgama de naturaleza, mar, montaña, confluencia de culturas, fútbol y cantautores como De André.—Él, Gino Paoli… Todos eran amigos. Hay silencio y trabajo. Lentitud, tranquilidad… Me centré en todo eso. Así como en París me encuentro en el centro, mi estudio en Génova casi bebe del mar. Es la metáfora de la reflexión, la meditación… Después, está el agua salada… ¿Sabe lo que dijo el poeta ruso Joseph Brodsky de Venecia y el agua? Pues muy simple: «El agua dota de belleza a cualquier cosa». Es verdad, porque vibra y duplica, con el reflejo, todo. También la belleza, lógicamente. Esto es el Mediterráneo, que no supone solo un mar sino un crisol de culturas. Tiene sonidos, luces, historias… Creo que lo dijo Melville… «La magia, las ideas, deben pescarse en el fondo del mar». —A veces, como en ‘La perla’ (John Steinbeck), hay riesgos.—Ha citado un escritor-guía. Lo leía cuando era joven. Me quedo con ‘Furor’ por encima de todos. Él pescaba las ideas en lo más profundo del mar. Luego, hay que tener el valor de sacarlas afuera. Es lo que hicieron muchos cineastas (De Sica o Rossellini, por ejemplo) con el Neorrealismo italiano. Cogían la mano de Anna Magnani para convertirla en poesía. Se agarraban a una realidad de las cosas. No se detenían en la palabra academia. Por eso sigo contrariado con el nombramiento del Pompidou. No quiero entrar en la academia, sino permanecer eternamente fuera. —No quiere ser sistema.—Tampoco ser un santito de pacotilla. No me quiero separar de la realidad para, después, dotarla de poesía. «A mi edad debo dosificar la energía, saber dónde la pongo para no malgastarla en lo efímero y artificial. No es arrogancia, sino necesidad»—En su caso es casi imposible. El sistema se apropia de las celebridades. Es difícil huir de estas garzas. Pasolini murió, quizás para evitar ver este desagradable panorama.—Sí, pero hay que ser avispado. Hay que estar muy atento a los premios, por ejemplo. Como termines acumulándolos en un mueble-bar, mal asunto. Te conviertes en un santito, una postal. Mi instrumento de trabajo es lápiz y papel. Con esto nadie puede matarme, poseerme. Lo más difícil del mundo es eliminar lo superfluo. A mi edad, que tengo menos energía que usted, la debo dosificar mejor, saber dónde la pongo para no malgastarla en lo efímero y artificial. No es arrogancia, sino necesidad. Es para tutelarme y seguir con proyectos interesantes. —¿En qué está trabajando ahora?—En una Universidad de Bangladés. Para jóvenes mujeres que huyen de otros países como Afganistán, Irán, Irak… Allí no tienen acceso a la escuela. ¿Sabe lo que demandan? Ventanas. Piensa que jamás las tuvieron. Me lo dijo una chica. Increíble lo que encierra esto. Tenía 16 años… Vivió en una caja negra, oscura… Me ocupo de estos proyectos, porque me gustan. Quedo completamente absorbido de estas declaraciones. Me obligan a actuar. «Me considero un constructor de paz. Me siento inadecuado en este mundo terrible. Todo es rápido, veloz… Hace falta tranquilidad, lentitud, calma»—Usted nunca trabajó en los campos de fútbol, como Nervi.—No es verdad. Trabajé en un estadio en Bari para el Mundial de 1990. El San Nicola. Tiene una forma icónica de 26 grandes pétalos, es decir, módulos estructurales con esta forma en el anillo superior. No soy un gran apasionado de fútbol, lo admito. Sí lo era Peter Rice, ingeniero holandés con quien colaboré allí. Son lugares públicos también… ¿Sabe? Recientemente, en Los Ángeles, construimos una Academy Award… Lo mismo con Auditórium de Roma… Son contenedores, todos, de fraternidad y conmoción. Esto es belleza, y estoy contento porque me considero un constructor de paz. Lugares para la diversidad, concebida como oportunidad y no como problema. Al final, la victoria es el deseo de estar juntos. Es la consolación a mi vida. No se lo he dicho, pero me siento inadecuado en este mundo terrible. Todo es rápido, veloz… La política, la escritura… Hace falta tranquilidad, lentitud, calma. Estamos construyendo otras universidades en América, China… Siempre con este sentido de convivencia. —Alguna vez tenemos que hablar de los monumentos romanos que cambiaron piel. El Mausoleo de Augusto con las corridas, después. El icónico Coliseo, por ejemplo: arena para gladiadores, cementerio, establo para las bestias, sala de conciertos, lugar masificado de turistas… ¿Le gustaría que sucediera eso con sus obras? Insuflarles prácticamente un aura camaleónica.—Me encantaría. Es la esencia de Simone de Beauvoir. Cuando nos reunimos la primera vez con Pompidou nos dijo que este edificio debía durar medio siglo. Insistió en que tuviéramos en cuenta la semejante obra que habíamos creado. Algo histórico, también por su longevidad. Le respondimos esto: «Jamás creamos nada que durara más de seis meses». Estábamos locos, porque éramos jóvenes. Luego Richard y yo nos marchamos y, mirándonos a la cara, pronunciamos la misma frase: «¿Por qué solo quinientos años?». —El ‘inside-out’ que expone exteriormente todos los elementos estructurales, desnudándolos, dejando el interior libre y flexible… Uso sofisticado de acero, cristal, cemento armado, aluminio y plástico. El rojo para marcar la circulación de la gente… Pompidou, principio y fin de todo. En la próxima entrevista hablaremos de su proyecto para la cárcel de mujeres de Rebibbia (Roma).—Será un placer. Lo haremos con libertad, como siempre. En una continua búsqueda de la belleza. Una vez, el arquitecto Renzo Piano (Génova, 1937) dijo que la belleza es difícil de identificar. Suele estar taimada, manipulada por la publicidad, y eso hace que el cuadro no sea del todo nítido. En esos casos es necesario un ojo clínico, adelantado y sensible para despojar los legajos que, amalgamados, solo hacen bulto. No aportan nada, en realidad. La conversación con ABC gira precisamente en torno a eso. Dónde encontrar luz en un mundo repleto de sombras pantagruélicas. Nadie mejor que el premio Pritzker, seleccionado por la revista ‘Time’ (2006) como una de las cien personas más influyentes en el mundo. Además, célebre por su proyecto y construcción del Centro Pompidou, junto a Richard Rogers. Un artefacto divino que, aunque hoy está siendo restaurado (se prevé la reapertura en 2030; mientras, dispone de sedes temporales entre Europa, América Latina y Asia), sigue representando un manifiesto total de cómo se entremezclan la artesanía y el high-tech. Precisamente, este es el gran legado que deja el maestro. Las migas de pan que gritan libertad radical -como Sartre- para no perder el rumbo en los laberínticos meandros de la existencia. —Usted vive a caballo entre Génova y París. Su estudio está justo enfrente del Georges Pompidou. Quiero decir, lo ve todos los días. ¿Eso produce monotonía?—Cada día, cuando me dirijo al estudio desde casa (vive a pocos metros de allí, también) me detengo a mirarlo. Me sigue sorprendiendo diariamente. Descubro siempre cosas nuevas. «Richard Rogers y yo siempre comentábamos que cada veinticinco o cincuenta años el Pompidou tenía que parar para adaptarse a los tiempos»—Cerrado durante cinco años, ahora, al asomarse, verá andamios y más andamios. ¿Qué siente?—Cinco son muchos, sí. Por lo demás, le digo que Richard Rogers y yo siempre comentábamos que cada veinticinco o cincuenta años ese edificio tenía que parar para adaptarse a los tiempos. La cultura es una proeza que, inevitablemente, debe cambiar. Cuando lo concebimos éramos muy jóvenes e ingenuos. Eran los años setenta, una época extraordinaria. —Justo después del 68 en la Sorbona.—Mayo en París. Periodo interesante, ya lo creo. El ministro de Cultura era André Malraux. Estuvo bajo el Gobierno de Charles de Gaulle (primer presidente de la quinta República), guiado por los ‘premier’ Georges Pompidou y Maurice Couve de Murville. La idea era que cada ciudad francesa tuviera una especie de ‘maison’ capaz de aunar todas las formas de arte y saber. Cine, música, fotografía, literatura… Todo debía estar recogido a esa nueva idea de casa, al alcance de cualquiera. En Londres también había mucha riqueza cultural en aquel periodo… No se olvide de los Beatles. —Años de adrenalina y cambio. Yoga, sexo libre, masonería, drogas… También en Roma, donde Pasolini criticó ferozmente los incidentes de Valle Giulia entre, como subrayó encolerizado, «estudiantes hijos de papá (Universidad Sapienza) y los pobres policías». Pero volvamos a París. Esa Francia servía de inspiración al mundo. De hecho, en los años setenta surgió la New Hollywood (Robert Altman, Coppola, Scorsese…) que bebió de la Nouvelle Vague, con Truffaut o Godard, entre otros.—Exacto. Esta idea de la gran ‘maison’ era para que la cultura no intimidara. Con el Pompidou queríamos crear una maquinaria urbana, resultado de nuestra desobediencia. Creamos este edificio desnudo y libre. Casi indomable, diría yo. Ascensores, baños… Todo está fuera del mismo. Era una revolución. Así liberamos mucho más espacio para la cultura, que debía cambiar cada cincuenta años, como dije antes. Así, durante los próximos mil años… ¿Sabe que desde hace poco tiempo se ha convertido en monumento nacional?»El Pompidou focalizó un acto de anticultura y rebelión. No quisimos hacer un monumento sólido o histórico»—¿Esto qué supone?—Es extraño que así sea. En su día, focalizó un acto de anticultura y rebelión. Una manifestación deforme, de alguna manera. Ojo, porque deforme no es algo peyorativo. Es lo contrario de conforme, que viene de conformismo. Se creó con la idea de convertirlo en algo mutable, siempre de acuerdo a los nuevos tiempos. No quisimos hacer un monumento sólido o histórico. Lo expliqué… Eso no lo queremos. —¿Qué?—Pues que en Japón hay personas que, en sí, son portadoras de un monumento histórico. Son monumentos históricos en sí mismas, sí. Se lo juro. —¿Su vida sigue girando en torno a la libertad del Pompidou?—Sí. La libertad es importante, de ahí que este reconocimiento me pillara por sorpresa. No era algo formal, sino muy profundo. Una reflexión interesante. Tengo 88 años, pero soy el mismo que, con 33, construyó aquello. Sigo siendo curioso, moderno. He crecido de esta manera. —Le preguntaron esto desde el Gobierno de Francia: «¿Qué cree que se puede cambiar en el Pompidou dentro de mil años?» ¿Cierto?— Sí, y dije que todo. Está hecho a posta para modificarse entero, para transitar sobre sí mismo y más allá. Una y otra vez hasta el fin de los días. Luego me sugirieron que si aquí o allí se podía introducir esto o aquello… Entonces cambié de opinión y dije que no, no se podía modificar nada. Esta es un poco la vida. —El lado oscuro de la libertad es que, a veces, muta en prisión. ¿Está de acuerdo?—No sé. ¿Miedo? Tampoco estoy haciendo apología de una libertad absoluta. En nuestras profesiones… Verá, Vargas Llosa y Octavio Paz eran amigos míos… Me decían siempre que la libertad es un timo. La mirada es tan amplia que llega un momento en que no entiendes nada. Faltan las certezas… Pero yo hablo de otra libertad. La misma de muchos cantautores, pintores… El compositor Pierre Boulez, por ejemplo, adoraba la geometría, las matemáticas. Necesitaba certezas para después destruirlas. Pero sí, a veces es necesario algo sólido. Yo hablaba de la libertad de espíritu. La de resistir, decir que no cuando sea necesario…—La libertad es múltiple. ¿Sabía que Bobby Fischer amaba el jazz y la música rock?—(Risas) Todo tiene que partir siempre desde conceptos sólidos. Es bueno comenzar en contextos ricos de posibles puntos de inspiración, sea física o climática. Esto te ayuda a evitar el ansia de la página en blanco. —El síndrome del escritor. También del pintor. Pollock crujía el lienzo.—Yo no tengo miedo de la página en blanco, pero prefiero lo otro. La apariencia de condiciones precisas de control para no perderme. ¿Mejor 360º que 180º? No sé. Es conveniente ir al terreno para entender muchas cosas mediante la observación. Ahí nunca aparece el papel en blanco, y si es así se rellena enseguida. La página en blanco da miedo si te dejas llevar por la tentación pseudo artística. En mi caso, necesito concretizar. De ahí hacia afuera. Poseo la ética, aunque el ‘pathos’ es más complicado para mí. «La fantasía es como la mermelada. Si la untas en un buen pan está mucho más buena» —¿Por qué?—A él se llega despacio. Desde lo riguroso a lo amplio, representado esto en forma de luz, transparencia, planos múltiples, la concepción de los espacios… Verás, la fantasía es como la mermelada. Quiero decir, si la untas en un buen pan está mucho más buena. Comerla sola, sin nada, no sé… —La rebanada de pan es la realidad, en su caso. Necesaria para la magia. Quiero añadir dos apreciaciones finales del Pompidou: me recuerda, de alguna manera, esos monumentos de la antigua Roma que -reutilizados- han llegado hasta hoy, en parte gracias a eso. El Coliseo, por ejemplo, fue una cuadra-hogar durante la Edad Media. La otra es que me imagino a usted en su estudio, mirando por la ventana el Pompidou lleno de andamios… Y me viene a la cabeza Don Quijote divagando con los molinos de viento.—Soy como Don Quijote, aunque prefiero a Quasimodo. Su mujer era Esmeralda. Verá, yo al Pompidou voy todos los domingos, incluso si está cerrado. Voy como quien va a comer a una trattoria. Para cerrar el tema, cinco años de obras son muchos. Piense que es lo mismo que tardamos en hacerlo. Lo que sí me gusta es la reflexión durante, el reposo, el cambio de libros… —¿A qué se refiere con reflexión?—A nivel cultural. Tomemos como ejemplo la Biblioteca Pública del Pompidou (tótem ubicado en el barrio de Marais, con el horario de apertura más largo de toda Francia). Propusimos una especie de sacrilegio. Pusimos los libros muchos más accesibles para la gente, de tal manera que las personas fueran autónomas en la búsqueda. No era solo una cuestión de comodidad o no, sino ofrecer la posibilidad -aunque en forma implícita- para poder encontrar dos o tres interesantes y llamativos que en realidad no se estaban buscando inicialmente. O sí, quién sabe. Igual en el subconsciente. Esa es la magia, esa es la espontaneidad. —La sede temporal está ahora en el inmueble de Lumière (este de París). Durante los trabajos ha abandonado el célebre Beaubourg, su histórico lugar. El gran complejo arquitectónico donde se aúnan cultura y vanguardias. El Centro Pompidou, en definitiva. Los Molinos de viento que ve desde la ventana. Quién sabe si gigantes, también.—No, verá… Acercamos la riqueza a la gente. Me gustan los libros. Los tengo por todas partes. Me gusta vivir esa sensación de buscar un ejemplar y, mientras, encontrar otro que me interesa mucho más. Lo ojeo durante treinta minutos, y después lo pongo en su sitio. Tienen que estar cerca de la gente… Los libros, sí. En la biblioteca pública, recuerdo, por la noche con todo cerrado entraba un arsenal de jóvenes, aproximadamente cincuenta, para ir colocándolos en su sitio nuevamente. Pretendíamos evitar ese paso de pedir un ejemplar a un asistente para que te lo busque y te lo ponga en la mano. ¿Entiende? Esa inmediatez. —Le criticaron por esto.—Me dijeron que, de esta manera, tan accesible todo, la gente robaría los libros. Les dije que no me importaba. Esto no era un problema. Además, ni siquiera era verdad. Solo los cleptómanos roban libros. Nadie más. —La libertad implica riesgos.—Claro. Había una mujer que llegaba, leía y todos los días se marchaba con un libro robado, metido en el bolso. Afuera, los de seguridad, la paraban y se lo requisaban. Ella, plácidamente, lo dejaba y se despedía hasta el día siguiente. En serio, a lo largo de un año los textos robados son mínimos. No entiendo por qué estamos hablando de todo esto, la verdad. «La alegría, la magia deben siempre compartirse. Esta es la esencia del Pompidou»—Es la metáfora de su vida. ¿No? Libre albedrío. Las bibliotecas le gustan. También los hospitales y las plazas.—Hace algunos meses estuvimos en Atenas trabajando para la Biblioteca de Estado. Estaba llena de jóvenes. Me acerqué al bibliotecario y le di la enhorabuena. Me dijo que la mitad iba a leer, y la otra se acercaba simplemente porque se estaba bien. Esto es un éxito rotundo. Es un lugar de agregación. Es la magia de los lugares públicos. También para los conciertos en salas… Tú puedes escuchar una maravillosa sinfonía en casa, solo, porque desde el punto de vista acústico es perfecto… Pero no es lo mismo. La alegría, la magia deben siempre compartirse. Esta es la esencia del Pompidou. —Siempre construyó lugares -públicos o privados- para la gente: el Centro Botín (Santander), el Auditorium Parco della Musica (Roma), la Morgan Library (Nueva York), el Centro Paul Klee (Berna), el Santuario Santa Maria delle Grazie en el sur de Italia… ¿Cómo encajar esto en un mundo individualista?—Hasta que existamos seguiremos relacionándonos, y para eso necesitamos espacios, recintos para celebrar estas ceremonias. Construyo lugares públicos porque representan la paz. Salas de cine, museos, bibliotecas, conciertos…—La gente cada vez va menos al cine. Se quedan en casa porque están abonados a mil plataformas. Una vez me dijo un filósofo y antropólogo esto: «La competencia de Netflix no es Amazon, sino el sueño del ser humano. Le encantaría que ni siquiera durmiera para seguir engullendo». Los contenidos están fragmentados, y esto produce un efecto hipnótico en el espectador. No ve series, sino que pasa horas decidiendo cual ver. Muy confuso todo.—Nada acabará con el sentido y necesidad, el deseo de la gente para compartir todo. Emociones, sensaciones, contacto físico… Todo. «Los hospitales son lugares donde desaparecen las diversidades. Todos somos iguales allí»—¿Por qué le gustan los hospitales? Ha trabajado en muchos (a destacar los de Grecia), siempre bajo el paraguas de arquitectura sostenible, en perfecta inmersión y armonía con el verde.—Son lugares, como los citados antes, donde desaparecen las diversidades. Todos somos iguales allí. Esto es poesía, esto es belleza. — A nivel arquitectónico, yo la encuentro en otras celebridades, además de usted. Son Pierluigi Nervi y ese influjo que tuvo de Le Corbusier… O, por ejemplo, Niemeyer en esa ciudad-capital-artefacto que es Brasilia. Mi favorito, de todas formas, es Van der Rohe, con esa estética minimalista y racional. También aprecio seda en el brutalismo de Belgrado, en la arquitectura colmena de la Unión Soviética, en la Fascista del EUR Roma… Zaha Hadid en el Líbano…—Sabe que en Italia lo bello es y está bueno, también. Cuando, especialmente en el sur, te comes un plato de pasta dices esto: «Un bel piatto di spaghetti». No dices que está bueno, sino que es bonito, bello, que también es grande, por cierto. «Belleza no es solo una arquitectura estéticamente bonita. Eso no es belleza, sino un adulterio publicitario»—En España no es así.—Belleza no es solo una arquitectura estéticamente bonita. Eso no es belleza, sino un adulterio publicitario. Una manipulación, en definitiva. Es una vergüenza, una frivolidad. Hay que profundizar, mirar adentro. La película ‘Una mente maravillosa’ se refiere, en este caso, a una belleza invisible. A mí me encanta la ciencia, la gente que estudia el universo… Esto es poesía. También el mundo de la solidaridad. —Hábleme de la Iglesia construida para el Padre Pío, famoso por los estigmas y las llagas de Cristo. Es San Giovanni Rotondo, donde Abel Ferrara rodó hace años una película sobre sus milagros.—La Chiesa San Pio di Pietralcina. No solo el edificio en sí, sino la historia de los franciscanos. Muy interesante. Fue una experiencia complicada. Hay mucho ‘business’ detrás, y esto no me gusta. También hice un pequeño monasterio paras las monjas Clarisas, descendientes de Santa Clara. Están en Asís, como San Francisco. Ya sabe, predican silencio, trabajo y oración. Construimos el Ronchamp Gatehouse and Monastery. De alguna manera, los cánones replican los de Le Corbusier y su Chapelle de Ronchamp. Las Clarisas están iluminadas por la luz blanca. Me reconforta esto. Están en una colina, en medio del bosque. La luz penetra a través de las hojas. Hay ligereza, que no es superficialidad, sino todo lo contrario. Mi respeto a esos lugares es total. —Hace poco estuve en Génova, pero no pude ver su estudio, pese a su invitación. Se asoma al mar. Una amalgama de naturaleza, mar, montaña, confluencia de culturas, fútbol y cantautores como De André.—Él, Gino Paoli… Todos eran amigos. Hay silencio y trabajo. Lentitud, tranquilidad… Me centré en todo eso. Así como en París me encuentro en el centro, mi estudio en Génova casi bebe del mar. Es la metáfora de la reflexión, la meditación… Después, está el agua salada… ¿Sabe lo que dijo el poeta ruso Joseph Brodsky de Venecia y el agua? Pues muy simple: «El agua dota de belleza a cualquier cosa». Es verdad, porque vibra y duplica, con el reflejo, todo. También la belleza, lógicamente. Esto es el Mediterráneo, que no supone solo un mar sino un crisol de culturas. Tiene sonidos, luces, historias… Creo que lo dijo Melville… «La magia, las ideas, deben pescarse en el fondo del mar». —A veces, como en ‘La perla’ (John Steinbeck), hay riesgos.—Ha citado un escritor-guía. Lo leía cuando era joven. Me quedo con ‘Furor’ por encima de todos. Él pescaba las ideas en lo más profundo del mar. Luego, hay que tener el valor de sacarlas afuera. Es lo que hicieron muchos cineastas (De Sica o Rossellini, por ejemplo) con el Neorrealismo italiano. Cogían la mano de Anna Magnani para convertirla en poesía. Se agarraban a una realidad de las cosas. No se detenían en la palabra academia. Por eso sigo contrariado con el nombramiento del Pompidou. No quiero entrar en la academia, sino permanecer eternamente fuera. —No quiere ser sistema.—Tampoco ser un santito de pacotilla. No me quiero separar de la realidad para, después, dotarla de poesía. «A mi edad debo dosificar la energía, saber dónde la pongo para no malgastarla en lo efímero y artificial. No es arrogancia, sino necesidad»—En su caso es casi imposible. El sistema se apropia de las celebridades. Es difícil huir de estas garzas. Pasolini murió, quizás para evitar ver este desagradable panorama.—Sí, pero hay que ser avispado. Hay que estar muy atento a los premios, por ejemplo. Como termines acumulándolos en un mueble-bar, mal asunto. Te conviertes en un santito, una postal. Mi instrumento de trabajo es lápiz y papel. Con esto nadie puede matarme, poseerme. Lo más difícil del mundo es eliminar lo superfluo. A mi edad, que tengo menos energía que usted, la debo dosificar mejor, saber dónde la pongo para no malgastarla en lo efímero y artificial. No es arrogancia, sino necesidad. Es para tutelarme y seguir con proyectos interesantes. —¿En qué está trabajando ahora?—En una Universidad de Bangladés. Para jóvenes mujeres que huyen de otros países como Afganistán, Irán, Irak… Allí no tienen acceso a la escuela. ¿Sabe lo que demandan? Ventanas. Piensa que jamás las tuvieron. Me lo dijo una chica. Increíble lo que encierra esto. Tenía 16 años… Vivió en una caja negra, oscura… Me ocupo de estos proyectos, porque me gustan. Quedo completamente absorbido de estas declaraciones. Me obligan a actuar. «Me considero un constructor de paz. Me siento inadecuado en este mundo terrible. Todo es rápido, veloz… Hace falta tranquilidad, lentitud, calma»—Usted nunca trabajó en los campos de fútbol, como Nervi.—No es verdad. Trabajé en un estadio en Bari para el Mundial de 1990. El San Nicola. Tiene una forma icónica de 26 grandes pétalos, es decir, módulos estructurales con esta forma en el anillo superior. No soy un gran apasionado de fútbol, lo admito. Sí lo era Peter Rice, ingeniero holandés con quien colaboré allí. Son lugares públicos también… ¿Sabe? Recientemente, en Los Ángeles, construimos una Academy Award… Lo mismo con Auditórium de Roma… Son contenedores, todos, de fraternidad y conmoción. Esto es belleza, y estoy contento porque me considero un constructor de paz. Lugares para la diversidad, concebida como oportunidad y no como problema. Al final, la victoria es el deseo de estar juntos. Es la consolación a mi vida. No se lo he dicho, pero me siento inadecuado en este mundo terrible. Todo es rápido, veloz… La política, la escritura… Hace falta tranquilidad, lentitud, calma. Estamos construyendo otras universidades en América, China… Siempre con este sentido de convivencia. —Alguna vez tenemos que hablar de los monumentos romanos que cambiaron piel. El Mausoleo de Augusto con las corridas, después. El icónico Coliseo, por ejemplo: arena para gladiadores, cementerio, establo para las bestias, sala de conciertos, lugar masificado de turistas… ¿Le gustaría que sucediera eso con sus obras? Insuflarles prácticamente un aura camaleónica.—Me encantaría. Es la esencia de Simone de Beauvoir. Cuando nos reunimos la primera vez con Pompidou nos dijo que este edificio debía durar medio siglo. Insistió en que tuviéramos en cuenta la semejante obra que habíamos creado. Algo histórico, también por su longevidad. Le respondimos esto: «Jamás creamos nada que durara más de seis meses». Estábamos locos, porque éramos jóvenes. Luego Richard y yo nos marchamos y, mirándonos a la cara, pronunciamos la misma frase: «¿Por qué solo quinientos años?». —El ‘inside-out’ que expone exteriormente todos los elementos estructurales, desnudándolos, dejando el interior libre y flexible… Uso sofisticado de acero, cristal, cemento armado, aluminio y plástico. El rojo para marcar la circulación de la gente… Pompidou, principio y fin de todo. En la próxima entrevista hablaremos de su proyecto para la cárcel de mujeres de Rebibbia (Roma).—Será un placer. Lo haremos con libertad, como siempre. En una continua búsqueda de la belleza. RSS de noticias de cultura
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