«Cada domingo subimos al río, ponemos los pies en el agua y desde el primer momento en que coges la cubeta, la llenas de grava y la agitas con agua, sientes unas cosquillas maravillosas por dentro». Así es Carles, un abogado de 54 años que los fines de semana sube a la comarca de la Noguera, en Lérida a buscar oro. Bien preparado con sus botas de agua, se mete dentro del río Segre y empieza la prospección. No es un pionero del viejo oeste, pero dice que la emoción debe ser muy similar. Claro que no lo hace para enriquecerse, desde luego, ni para descubrir un nuevo mundo, pero la experiencia, afirma, le limpia por dentro. Entra en contacto con la tierra después de una dura semana más presente en la vida digital que en la real, y por unas horas consigue evadirse de todo.A los nuevos buscadores de oro ya no les mueve la codicia, ni la avidez. No protagonizarían nunca películas como ‘El tesoro de sierra madre’ . ‘El jinete pálido’ o ‘La quimera del oro’. No son Walter Houston, ni Humphrey Bogart, gente rauda, desesperada, con barba de cuatro días, aspecto desaliñado y mal color. Son más bien gente sana, amante de la naturaleza, que buscan una distracción familiar y una aventura que les evada del estrés de la semana. «Nunca pensé que esto se siguiese haciendo, y menos a una hora y media de casa, pero lo vimos en la tele y decidimos probar», asegura Ester, pareja de Carles. Está claro que nadie se va a hacer rico en busca de oro en un río. Se calcula que para agrupar un gramo de este metal dorado se necesitaría mover más de 500 toneladas de tierra . Si tenemos en cuenta que podemos limpiar un poco más de 5 kilogramos de grava y arena por batea, necesitaríamos más de mil días de trabajo sin descanso sólo para agrupar un gramo. «Lo más grande que hemos encontrado nunca fue una partícula alargada de 3 milímetros de largo. Lo normal es encontrar una especie de purpurina, pero ese día la impresión entre los aficionados fue grande, sobre todo cuando lo miraban con la lupa y se veía como un tubo, una forma de barquillo», comenta Mireia Subirada, técnica del Centro de Investigación del Oro del Segre.Este pequeña maravilla apareció tras el derrumbe de un árbol en la ribera y estaba entre las piedras alrededor de las raíces. No es lo más habitual. El Segre es un río aluvial, que arrastra desde el Pirineo los rastros del oro erosionados del cuarzo y la pizarra de la montaña. A la altura de Balaguer , la corriente pierde fuerza y existen barreras de roca que frenan el caudal. El oro, material pesado, queda atrapado y ya no puede ser arrastrado. Los sitios clave son las curvas de los ríos y las grietas de las piedras. «Los aficionados no siempre encuentran esas partículas, hay que tener paciencia, pero sólo encontrar una de estos puntos como de purpurina emociona mucho», asegura Subirada. Este Centro de Investigación del Oro del Segre es uno de los espacios pioneros en estudiar la historia de la extracción de este metal en ríos. En la zona del Segre, nos remontamos a la época de la Antigua Roma, cuando mujeres y niños llegaban al río en busca de oro ante la ausencia de la figura paterna por guerras o incursiones en el extranjero. Así podían tener algo de dinero con el que asegurar su sustento. La búsqueda de oro ha pasado de un trabajo de intrépidos a una aventura familiar ABCUno de los episodios más célebres de la captura del oro en España fue la extracción masiva en el Bierzo en el siglo I d.C . El emperador Octavio Augusto ordenó abrir galerías dentro de las montañas y drenarlas con fuerza con millones de litros de agua. Pretendía reventar la piedra y lavar el sedimento. Para ello construyeron hasta 800 kilómetros de canales. Se calcula que se movieron 200 millones de toneladas de tierra, lo que acabó por variar para siempre el relieve natural del paisaje. Eso sí, pudieron enviar cerca de cinco toneladas de oro a Roma, secando prácticamente la región.En este caso, hablamos de minería a cielo abierto, pero el agua tuvo una importancia capital. Los romanos también explotaron a conciencia el río Sil, en Galicia , el más aurífero de toda la península. Llegaron a excavar el famoso túnel de Montefurado, atravesando la montaña para desviar el río. Hoy en día, los aficionados que quieran probar suerte en busca de estas partículas tan llamativas pueden ir a varios puntos de la península. En Asturias, está el llamado ‘Valle del oro’ alrededor de los ríos Navelgas y Bárcena. Allí se encuentra el Museo del Oro de Asturias. Y en esta zona se llegó a encontrar en 2001 la pepita de oro más grande encontrada en el último siglo. Pesaba 27,2 gramos, lo que tendría un valor actual de cerca de 3.200 euros.«Lo más grande que hemos encontrado nunca es una partícula alargada de oro de 3 milímetros de largo»Pero el dinero no es ni mucho menos la motivación de estos nuevos aventureros. En el Centro de Investigación del Oro del Segre, primero ofrecen una exhaustiva clase teórica sobre la historia del fenómeno y después se pasa a la práctica, que en los meses de julio y agosto acaba con los pies en el río. «Los fines de semana sí que hay más aficionados. Muchos se acercan a nuestro centro sólo para preguntarnos las mejores zonas del río donde ir. No es una práctica muy extendida y no está regulada, así que se puede realizar sin restricciones», reconoce Subirada.No ocurre así en Francia, donde la práctica está muy controlada para no dar paso a abusos. Según los expertos, si esta práctica se extendiese y se removiese masivamente los sedimentos de los ríos se acabaría por destruir los ecosistemas fluviales de forma permanente. «El objetivo de transiciones rápidas o la fiebre de minerales pone en serio riesgo la salud global del agua», destaca Agathe Euzen, directora adjunta del Instituto Ecológico y Medio Ambiente del CNRS de Francia.Los buscadores de oro siempre repitenEn nuestro país, los practicantes de esta técnica de extracción todavía son escasos. En realidad, la razón para batear en busca de oro es una excusa para disfrutar de la naturaleza. «Nuestros visitantes quedan tan maravillados ante las partículas de oro como cuando ven los pequeños cangrejos americanos. Y ésta sí que es una especie invasora que ha acabado con la población autóctona. El contacto con la naturaleza es la pieza clave de la experiencia», señala Subirada.Los que han probado esta práctica repiten. Tiene algo de adictivo . En el fin de semana, suele ser un público familiar. Entre semana, se acercan colectivos de gente mayor y escuelas. Lo que está claro es que poder tocar la tierra con las manos, llenar la batea de agua y remover esperando que las partículas de oro caigan al fondo es una experiencia casi primitiva que nos acerca algo así como una verdad enterrada en el pasado. «Ver ese pequeño destello te cambia la cara», concluye Carles. «Cada domingo subimos al río, ponemos los pies en el agua y desde el primer momento en que coges la cubeta, la llenas de grava y la agitas con agua, sientes unas cosquillas maravillosas por dentro». Así es Carles, un abogado de 54 años que los fines de semana sube a la comarca de la Noguera, en Lérida a buscar oro. Bien preparado con sus botas de agua, se mete dentro del río Segre y empieza la prospección. No es un pionero del viejo oeste, pero dice que la emoción debe ser muy similar. Claro que no lo hace para enriquecerse, desde luego, ni para descubrir un nuevo mundo, pero la experiencia, afirma, le limpia por dentro. Entra en contacto con la tierra después de una dura semana más presente en la vida digital que en la real, y por unas horas consigue evadirse de todo.A los nuevos buscadores de oro ya no les mueve la codicia, ni la avidez. No protagonizarían nunca películas como ‘El tesoro de sierra madre’ . ‘El jinete pálido’ o ‘La quimera del oro’. No son Walter Houston, ni Humphrey Bogart, gente rauda, desesperada, con barba de cuatro días, aspecto desaliñado y mal color. Son más bien gente sana, amante de la naturaleza, que buscan una distracción familiar y una aventura que les evada del estrés de la semana. «Nunca pensé que esto se siguiese haciendo, y menos a una hora y media de casa, pero lo vimos en la tele y decidimos probar», asegura Ester, pareja de Carles. Está claro que nadie se va a hacer rico en busca de oro en un río. Se calcula que para agrupar un gramo de este metal dorado se necesitaría mover más de 500 toneladas de tierra . Si tenemos en cuenta que podemos limpiar un poco más de 5 kilogramos de grava y arena por batea, necesitaríamos más de mil días de trabajo sin descanso sólo para agrupar un gramo. «Lo más grande que hemos encontrado nunca fue una partícula alargada de 3 milímetros de largo. Lo normal es encontrar una especie de purpurina, pero ese día la impresión entre los aficionados fue grande, sobre todo cuando lo miraban con la lupa y se veía como un tubo, una forma de barquillo», comenta Mireia Subirada, técnica del Centro de Investigación del Oro del Segre.Este pequeña maravilla apareció tras el derrumbe de un árbol en la ribera y estaba entre las piedras alrededor de las raíces. No es lo más habitual. El Segre es un río aluvial, que arrastra desde el Pirineo los rastros del oro erosionados del cuarzo y la pizarra de la montaña. A la altura de Balaguer , la corriente pierde fuerza y existen barreras de roca que frenan el caudal. El oro, material pesado, queda atrapado y ya no puede ser arrastrado. Los sitios clave son las curvas de los ríos y las grietas de las piedras. «Los aficionados no siempre encuentran esas partículas, hay que tener paciencia, pero sólo encontrar una de estos puntos como de purpurina emociona mucho», asegura Subirada. Este Centro de Investigación del Oro del Segre es uno de los espacios pioneros en estudiar la historia de la extracción de este metal en ríos. En la zona del Segre, nos remontamos a la época de la Antigua Roma, cuando mujeres y niños llegaban al río en busca de oro ante la ausencia de la figura paterna por guerras o incursiones en el extranjero. Así podían tener algo de dinero con el que asegurar su sustento. La búsqueda de oro ha pasado de un trabajo de intrépidos a una aventura familiar ABCUno de los episodios más célebres de la captura del oro en España fue la extracción masiva en el Bierzo en el siglo I d.C . El emperador Octavio Augusto ordenó abrir galerías dentro de las montañas y drenarlas con fuerza con millones de litros de agua. Pretendía reventar la piedra y lavar el sedimento. Para ello construyeron hasta 800 kilómetros de canales. Se calcula que se movieron 200 millones de toneladas de tierra, lo que acabó por variar para siempre el relieve natural del paisaje. Eso sí, pudieron enviar cerca de cinco toneladas de oro a Roma, secando prácticamente la región.En este caso, hablamos de minería a cielo abierto, pero el agua tuvo una importancia capital. Los romanos también explotaron a conciencia el río Sil, en Galicia , el más aurífero de toda la península. Llegaron a excavar el famoso túnel de Montefurado, atravesando la montaña para desviar el río. Hoy en día, los aficionados que quieran probar suerte en busca de estas partículas tan llamativas pueden ir a varios puntos de la península. En Asturias, está el llamado ‘Valle del oro’ alrededor de los ríos Navelgas y Bárcena. Allí se encuentra el Museo del Oro de Asturias. Y en esta zona se llegó a encontrar en 2001 la pepita de oro más grande encontrada en el último siglo. Pesaba 27,2 gramos, lo que tendría un valor actual de cerca de 3.200 euros.«Lo más grande que hemos encontrado nunca es una partícula alargada de oro de 3 milímetros de largo»Pero el dinero no es ni mucho menos la motivación de estos nuevos aventureros. En el Centro de Investigación del Oro del Segre, primero ofrecen una exhaustiva clase teórica sobre la historia del fenómeno y después se pasa a la práctica, que en los meses de julio y agosto acaba con los pies en el río. «Los fines de semana sí que hay más aficionados. Muchos se acercan a nuestro centro sólo para preguntarnos las mejores zonas del río donde ir. No es una práctica muy extendida y no está regulada, así que se puede realizar sin restricciones», reconoce Subirada.No ocurre así en Francia, donde la práctica está muy controlada para no dar paso a abusos. Según los expertos, si esta práctica se extendiese y se removiese masivamente los sedimentos de los ríos se acabaría por destruir los ecosistemas fluviales de forma permanente. «El objetivo de transiciones rápidas o la fiebre de minerales pone en serio riesgo la salud global del agua», destaca Agathe Euzen, directora adjunta del Instituto Ecológico y Medio Ambiente del CNRS de Francia.Los buscadores de oro siempre repitenEn nuestro país, los practicantes de esta técnica de extracción todavía son escasos. En realidad, la razón para batear en busca de oro es una excusa para disfrutar de la naturaleza. «Nuestros visitantes quedan tan maravillados ante las partículas de oro como cuando ven los pequeños cangrejos americanos. Y ésta sí que es una especie invasora que ha acabado con la población autóctona. El contacto con la naturaleza es la pieza clave de la experiencia», señala Subirada.Los que han probado esta práctica repiten. Tiene algo de adictivo . En el fin de semana, suele ser un público familiar. Entre semana, se acercan colectivos de gente mayor y escuelas. Lo que está claro es que poder tocar la tierra con las manos, llenar la batea de agua y remover esperando que las partículas de oro caigan al fondo es una experiencia casi primitiva que nos acerca algo así como una verdad enterrada en el pasado. «Ver ese pequeño destello te cambia la cara», concluye Carles. «Cada domingo subimos al río, ponemos los pies en el agua y desde el primer momento en que coges la cubeta, la llenas de grava y la agitas con agua, sientes unas cosquillas maravillosas por dentro». Así es Carles, un abogado de 54 años que los fines de semana sube a la comarca de la Noguera, en Lérida a buscar oro. Bien preparado con sus botas de agua, se mete dentro del río Segre y empieza la prospección. No es un pionero del viejo oeste, pero dice que la emoción debe ser muy similar. Claro que no lo hace para enriquecerse, desde luego, ni para descubrir un nuevo mundo, pero la experiencia, afirma, le limpia por dentro. Entra en contacto con la tierra después de una dura semana más presente en la vida digital que en la real, y por unas horas consigue evadirse de todo.A los nuevos buscadores de oro ya no les mueve la codicia, ni la avidez. No protagonizarían nunca películas como ‘El tesoro de sierra madre’ . ‘El jinete pálido’ o ‘La quimera del oro’. No son Walter Houston, ni Humphrey Bogart, gente rauda, desesperada, con barba de cuatro días, aspecto desaliñado y mal color. Son más bien gente sana, amante de la naturaleza, que buscan una distracción familiar y una aventura que les evada del estrés de la semana. «Nunca pensé que esto se siguiese haciendo, y menos a una hora y media de casa, pero lo vimos en la tele y decidimos probar», asegura Ester, pareja de Carles. Está claro que nadie se va a hacer rico en busca de oro en un río. Se calcula que para agrupar un gramo de este metal dorado se necesitaría mover más de 500 toneladas de tierra . Si tenemos en cuenta que podemos limpiar un poco más de 5 kilogramos de grava y arena por batea, necesitaríamos más de mil días de trabajo sin descanso sólo para agrupar un gramo. «Lo más grande que hemos encontrado nunca fue una partícula alargada de 3 milímetros de largo. Lo normal es encontrar una especie de purpurina, pero ese día la impresión entre los aficionados fue grande, sobre todo cuando lo miraban con la lupa y se veía como un tubo, una forma de barquillo», comenta Mireia Subirada, técnica del Centro de Investigación del Oro del Segre.Este pequeña maravilla apareció tras el derrumbe de un árbol en la ribera y estaba entre las piedras alrededor de las raíces. No es lo más habitual. El Segre es un río aluvial, que arrastra desde el Pirineo los rastros del oro erosionados del cuarzo y la pizarra de la montaña. A la altura de Balaguer , la corriente pierde fuerza y existen barreras de roca que frenan el caudal. El oro, material pesado, queda atrapado y ya no puede ser arrastrado. Los sitios clave son las curvas de los ríos y las grietas de las piedras. «Los aficionados no siempre encuentran esas partículas, hay que tener paciencia, pero sólo encontrar una de estos puntos como de purpurina emociona mucho», asegura Subirada. Este Centro de Investigación del Oro del Segre es uno de los espacios pioneros en estudiar la historia de la extracción de este metal en ríos. En la zona del Segre, nos remontamos a la época de la Antigua Roma, cuando mujeres y niños llegaban al río en busca de oro ante la ausencia de la figura paterna por guerras o incursiones en el extranjero. Así podían tener algo de dinero con el que asegurar su sustento. La búsqueda de oro ha pasado de un trabajo de intrépidos a una aventura familiar ABCUno de los episodios más célebres de la captura del oro en España fue la extracción masiva en el Bierzo en el siglo I d.C . El emperador Octavio Augusto ordenó abrir galerías dentro de las montañas y drenarlas con fuerza con millones de litros de agua. Pretendía reventar la piedra y lavar el sedimento. Para ello construyeron hasta 800 kilómetros de canales. Se calcula que se movieron 200 millones de toneladas de tierra, lo que acabó por variar para siempre el relieve natural del paisaje. Eso sí, pudieron enviar cerca de cinco toneladas de oro a Roma, secando prácticamente la región.En este caso, hablamos de minería a cielo abierto, pero el agua tuvo una importancia capital. Los romanos también explotaron a conciencia el río Sil, en Galicia , el más aurífero de toda la península. Llegaron a excavar el famoso túnel de Montefurado, atravesando la montaña para desviar el río. Hoy en día, los aficionados que quieran probar suerte en busca de estas partículas tan llamativas pueden ir a varios puntos de la península. En Asturias, está el llamado ‘Valle del oro’ alrededor de los ríos Navelgas y Bárcena. Allí se encuentra el Museo del Oro de Asturias. Y en esta zona se llegó a encontrar en 2001 la pepita de oro más grande encontrada en el último siglo. Pesaba 27,2 gramos, lo que tendría un valor actual de cerca de 3.200 euros.«Lo más grande que hemos encontrado nunca es una partícula alargada de oro de 3 milímetros de largo»Pero el dinero no es ni mucho menos la motivación de estos nuevos aventureros. En el Centro de Investigación del Oro del Segre, primero ofrecen una exhaustiva clase teórica sobre la historia del fenómeno y después se pasa a la práctica, que en los meses de julio y agosto acaba con los pies en el río. «Los fines de semana sí que hay más aficionados. Muchos se acercan a nuestro centro sólo para preguntarnos las mejores zonas del río donde ir. No es una práctica muy extendida y no está regulada, así que se puede realizar sin restricciones», reconoce Subirada.No ocurre así en Francia, donde la práctica está muy controlada para no dar paso a abusos. Según los expertos, si esta práctica se extendiese y se removiese masivamente los sedimentos de los ríos se acabaría por destruir los ecosistemas fluviales de forma permanente. «El objetivo de transiciones rápidas o la fiebre de minerales pone en serio riesgo la salud global del agua», destaca Agathe Euzen, directora adjunta del Instituto Ecológico y Medio Ambiente del CNRS de Francia.Los buscadores de oro siempre repitenEn nuestro país, los practicantes de esta técnica de extracción todavía son escasos. En realidad, la razón para batear en busca de oro es una excusa para disfrutar de la naturaleza. «Nuestros visitantes quedan tan maravillados ante las partículas de oro como cuando ven los pequeños cangrejos americanos. Y ésta sí que es una especie invasora que ha acabado con la población autóctona. El contacto con la naturaleza es la pieza clave de la experiencia», señala Subirada.Los que han probado esta práctica repiten. Tiene algo de adictivo . En el fin de semana, suele ser un público familiar. Entre semana, se acercan colectivos de gente mayor y escuelas. Lo que está claro es que poder tocar la tierra con las manos, llenar la batea de agua y remover esperando que las partículas de oro caigan al fondo es una experiencia casi primitiva que nos acerca algo así como una verdad enterrada en el pasado. «Ver ese pequeño destello te cambia la cara», concluye Carles. RSS de noticias de cultura
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