Sin tiempo ni para sentarse en el Despacho Oval en su segundo advenimiento, Trump empezó su insufrible mandato firmando a destajo una serie de decretos para revertir las -tímidas- políticas contra el calentamiento global de sus predecesores. No fue casualidad. La retirada de la primera potencia del Acuerdo de París, la reversión de la regulación sobre gases de efecto invernadero, la invitación tontolaba a que los ciudadanos malgasten cuanta más agua mejor mientras se lavan el pelo o la decidida apuesta por los combustibles fósiles, son medidas propias del caricaturesco personaje que califica el cambio climático como «un gran engaño» y «una gran estafa». Los mismos términos empleados tantas veces por émulos trumpianos por estos lares, como Abascal, azote contra el «fanatismo climático».
En el debate público pesa menos lo que pueda aportar un investigador entregado al laboratorio que cualquier zoquete tipo el jugador de la selección Marcos Llorente
Sin tiempo ni para sentarse en el Despacho Oval en su segundo advenimiento, Trump empezó su insufrible mandato firmando a destajo una serie de decretos para revertir las -tímidas- políticas contra el calentamiento global de sus predecesores. No fue casualidad. La retirada de la primera potencia del Acuerdo de París, la reversión de la regulación sobre gases de efecto invernadero, la invitación tontolaba a que los ciudadanos malgasten cuanta más agua mejor mientras se lavan el pelo o la decidida apuesta por los combustibles fósiles, son medidas propias del caricaturesco personaje que califica el cambio climático como «un gran engaño» y «una gran estafa». Los mismos términos empleados tantas veces por émulos trumpianos por estos lares, como Abascal, azote contra el «fanatismo climático».
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