A las cinco y media de la mañana Madrid todavía no existe . En el centro se escuchan voces que se apagan de golpe al entrar en los portales, algunos bares echan el cierre y se mezclan con otros que abren al son de una manguera que limpia las pruebas de otra noche alborotada. Los semáforos marcan un compás que no sigue nadie y las persianas se quedan casi cerradas con un resquicio abierto que permite que sople un poco de aire fresco antes de que el aire se consuma bajo el sol . La ciudad que conocemos empieza un poco más tarde, con esas primeras personas que sostienen al resto y que nos recuerdan que todo funciona. Nadie conoce sus nombres, pero sin ellos nada sería igual. Algún panadero resiste la moda del supermercado y lleva horas amasando pan y sueño. Los repartidores de prensa van de quiosco en quiosco mientras los pescaderos de esta ciudad sin muelle llegan al puerto de Mercamadrid con las escamas entre cajas de hielo, delantales de plástico y botas de agua. Comienzan a sonar las cafeteras y el vapor que calienta la leche en el tubo de las máquinas. Se cruzan en los andenes conductores de bus y metro que van moviendo a otros que también empiezan su jornada, antes de que sean miles los que recorran las arterias del subsuelo. Los policías cambian de turno y se cruzan en El Brillante de Atocha y en el Iberia de Chamberí, con los primeros que van y los últimos que vienen. Muchos sanitarios cambian la guardia de noche y aún puedes toparte con los que no tienen donde dormir porque la ciudad no termina de admitirlos. Quizá durante estas noches de verano el aire fresco también acaricia las mejillas curtidas de los que viven en la intemperie. Madrid no mide su grandeza por los rascacielos ni por los turistas que la fotografían, sino por todas esas personas que se despiertan antes que la ciudad para ponerla en marcha. Por aquellos que ven salir el sol desde la cabina de un camión, agarrando una escoba, sujetando una manguera o contando el cambio desde el asiento de conductor de un autobús. Madrid presume de no dormir nunca, pero la verdad es que lo nunca duerme es la dignidad de quienes se levantan antes que ella para encenderla. Todas estas personas hacen que todo parezca igual, familiar, discreto y su trabajo es lo que nos permite a los demás hacer nuestra vida como si no pasara nada.Es muy difícil escuchar en Madrid el canto de los gallos al alba, pero tampoco nos hacen falta porque la ciudad lleva décadas despertándose con otra clase de sonidos. En esa hora en la que la ciudad pertenece a los que la trabajan y no a los que la pasean, las plazas dejan de ser un escenario de terrazas para convertirse en lugares de paso. Hay quienes se conocen en esas primeras luces del amanecer y se echan un cigarro comentando la actualidad vieja del día anterior; un portero con un barrendero; un repartidor con un quiosquero; un taxista con quien le pone el café. Poco a poco aparecen los primeros vecinos con prisa, los que llevan años viendo un Madrid que la mayoría desconoce. Y así, cuando la mayoría de las personas abren los ojos la ciudad ya funciona. No sucede por casualidad. Hay miles de personas que llevan horas trabajando sin hacer ruido para que el resto siga durmiendo. Porque Madrid no amanece por sí sola. Lo hace gracias a todos aquellos que dedican su sueño para que nuestra vida funcione y que van susurrando, sin apenas hacer ruido, ese ruido de calle que nos acompaña cuando los demás abrimos los ojos. Esta ciudad, con sus costumbres y manías, se suele olvidar de quienes la despiertan. En realidad, simplemente cambia de guardianes pero los primeros no suelen buscar reconocimiento alguno. Saben que su oficio consiste en conseguir que la ciudad parezca haberse despertado sola. Y cuando horas después, millones de personas salgan a la calle convencidas de que Madrid siempre estuvo ahí, limpia, abierta y en marcha, ellos ya habrán desaparecido de la multitud hasta la madrugada siguiente. A las cinco y media de la mañana Madrid todavía no existe . En el centro se escuchan voces que se apagan de golpe al entrar en los portales, algunos bares echan el cierre y se mezclan con otros que abren al son de una manguera que limpia las pruebas de otra noche alborotada. Los semáforos marcan un compás que no sigue nadie y las persianas se quedan casi cerradas con un resquicio abierto que permite que sople un poco de aire fresco antes de que el aire se consuma bajo el sol . La ciudad que conocemos empieza un poco más tarde, con esas primeras personas que sostienen al resto y que nos recuerdan que todo funciona. Nadie conoce sus nombres, pero sin ellos nada sería igual. Algún panadero resiste la moda del supermercado y lleva horas amasando pan y sueño. Los repartidores de prensa van de quiosco en quiosco mientras los pescaderos de esta ciudad sin muelle llegan al puerto de Mercamadrid con las escamas entre cajas de hielo, delantales de plástico y botas de agua. Comienzan a sonar las cafeteras y el vapor que calienta la leche en el tubo de las máquinas. Se cruzan en los andenes conductores de bus y metro que van moviendo a otros que también empiezan su jornada, antes de que sean miles los que recorran las arterias del subsuelo. Los policías cambian de turno y se cruzan en El Brillante de Atocha y en el Iberia de Chamberí, con los primeros que van y los últimos que vienen. Muchos sanitarios cambian la guardia de noche y aún puedes toparte con los que no tienen donde dormir porque la ciudad no termina de admitirlos. Quizá durante estas noches de verano el aire fresco también acaricia las mejillas curtidas de los que viven en la intemperie. Madrid no mide su grandeza por los rascacielos ni por los turistas que la fotografían, sino por todas esas personas que se despiertan antes que la ciudad para ponerla en marcha. Por aquellos que ven salir el sol desde la cabina de un camión, agarrando una escoba, sujetando una manguera o contando el cambio desde el asiento de conductor de un autobús. Madrid presume de no dormir nunca, pero la verdad es que lo nunca duerme es la dignidad de quienes se levantan antes que ella para encenderla. Todas estas personas hacen que todo parezca igual, familiar, discreto y su trabajo es lo que nos permite a los demás hacer nuestra vida como si no pasara nada.Es muy difícil escuchar en Madrid el canto de los gallos al alba, pero tampoco nos hacen falta porque la ciudad lleva décadas despertándose con otra clase de sonidos. En esa hora en la que la ciudad pertenece a los que la trabajan y no a los que la pasean, las plazas dejan de ser un escenario de terrazas para convertirse en lugares de paso. Hay quienes se conocen en esas primeras luces del amanecer y se echan un cigarro comentando la actualidad vieja del día anterior; un portero con un barrendero; un repartidor con un quiosquero; un taxista con quien le pone el café. Poco a poco aparecen los primeros vecinos con prisa, los que llevan años viendo un Madrid que la mayoría desconoce. Y así, cuando la mayoría de las personas abren los ojos la ciudad ya funciona. No sucede por casualidad. Hay miles de personas que llevan horas trabajando sin hacer ruido para que el resto siga durmiendo. Porque Madrid no amanece por sí sola. Lo hace gracias a todos aquellos que dedican su sueño para que nuestra vida funcione y que van susurrando, sin apenas hacer ruido, ese ruido de calle que nos acompaña cuando los demás abrimos los ojos. Esta ciudad, con sus costumbres y manías, se suele olvidar de quienes la despiertan. En realidad, simplemente cambia de guardianes pero los primeros no suelen buscar reconocimiento alguno. Saben que su oficio consiste en conseguir que la ciudad parezca haberse despertado sola. Y cuando horas después, millones de personas salgan a la calle convencidas de que Madrid siempre estuvo ahí, limpia, abierta y en marcha, ellos ya habrán desaparecido de la multitud hasta la madrugada siguiente. A las cinco y media de la mañana Madrid todavía no existe . En el centro se escuchan voces que se apagan de golpe al entrar en los portales, algunos bares echan el cierre y se mezclan con otros que abren al son de una manguera que limpia las pruebas de otra noche alborotada. Los semáforos marcan un compás que no sigue nadie y las persianas se quedan casi cerradas con un resquicio abierto que permite que sople un poco de aire fresco antes de que el aire se consuma bajo el sol . La ciudad que conocemos empieza un poco más tarde, con esas primeras personas que sostienen al resto y que nos recuerdan que todo funciona. Nadie conoce sus nombres, pero sin ellos nada sería igual. Algún panadero resiste la moda del supermercado y lleva horas amasando pan y sueño. Los repartidores de prensa van de quiosco en quiosco mientras los pescaderos de esta ciudad sin muelle llegan al puerto de Mercamadrid con las escamas entre cajas de hielo, delantales de plástico y botas de agua. Comienzan a sonar las cafeteras y el vapor que calienta la leche en el tubo de las máquinas. Se cruzan en los andenes conductores de bus y metro que van moviendo a otros que también empiezan su jornada, antes de que sean miles los que recorran las arterias del subsuelo. Los policías cambian de turno y se cruzan en El Brillante de Atocha y en el Iberia de Chamberí, con los primeros que van y los últimos que vienen. Muchos sanitarios cambian la guardia de noche y aún puedes toparte con los que no tienen donde dormir porque la ciudad no termina de admitirlos. Quizá durante estas noches de verano el aire fresco también acaricia las mejillas curtidas de los que viven en la intemperie. Madrid no mide su grandeza por los rascacielos ni por los turistas que la fotografían, sino por todas esas personas que se despiertan antes que la ciudad para ponerla en marcha. Por aquellos que ven salir el sol desde la cabina de un camión, agarrando una escoba, sujetando una manguera o contando el cambio desde el asiento de conductor de un autobús. Madrid presume de no dormir nunca, pero la verdad es que lo nunca duerme es la dignidad de quienes se levantan antes que ella para encenderla. Todas estas personas hacen que todo parezca igual, familiar, discreto y su trabajo es lo que nos permite a los demás hacer nuestra vida como si no pasara nada.Es muy difícil escuchar en Madrid el canto de los gallos al alba, pero tampoco nos hacen falta porque la ciudad lleva décadas despertándose con otra clase de sonidos. En esa hora en la que la ciudad pertenece a los que la trabajan y no a los que la pasean, las plazas dejan de ser un escenario de terrazas para convertirse en lugares de paso. Hay quienes se conocen en esas primeras luces del amanecer y se echan un cigarro comentando la actualidad vieja del día anterior; un portero con un barrendero; un repartidor con un quiosquero; un taxista con quien le pone el café. Poco a poco aparecen los primeros vecinos con prisa, los que llevan años viendo un Madrid que la mayoría desconoce. Y así, cuando la mayoría de las personas abren los ojos la ciudad ya funciona. No sucede por casualidad. Hay miles de personas que llevan horas trabajando sin hacer ruido para que el resto siga durmiendo. Porque Madrid no amanece por sí sola. Lo hace gracias a todos aquellos que dedican su sueño para que nuestra vida funcione y que van susurrando, sin apenas hacer ruido, ese ruido de calle que nos acompaña cuando los demás abrimos los ojos. Esta ciudad, con sus costumbres y manías, se suele olvidar de quienes la despiertan. En realidad, simplemente cambia de guardianes pero los primeros no suelen buscar reconocimiento alguno. Saben que su oficio consiste en conseguir que la ciudad parezca haberse despertado sola. Y cuando horas después, millones de personas salgan a la calle convencidas de que Madrid siempre estuvo ahí, limpia, abierta y en marcha, ellos ya habrán desaparecido de la multitud hasta la madrugada siguiente. RSS de noticias de espana
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