No se puede decir que el aficionado sevillista acuda en los tiempos que corren al estadio Ramón Sánchez-Pizjuán con ilusión. No es quizás esa la sensación que recorre su cuerpo cuando tras el verano se reencuentra con su equipo. Sin embargo, fiel y leal como es el hincha del club nervionense, aunque sea consciente de que la debilidad deportiva de su equipo ha provocado que el Ramón Sánchez-Pizjuán no sea el fortín de años atrás, acude a la llamada del corazón, llega a su asiento y no para de animar. Sabe que ahora cuesta mucho más ganar un partido, y que si su aliento tiene la más mínima capacidad de ayudar a que su equipo sume, contará con ello. Así, con la ‘obligación’ de quien acude a una reunión de comunidad y con el compromiso de quien asiste a la boda de un pariente lejano con el que apenas tiene contacto, acudía el aficionado al estadio en un sábado 15 de agosto. Cavilando con qué se encontrarían, pues en los últimos años ya han visto de todo. Y para empezar, nada más arrancar la temporada, ya se reencontraron con una condena que no logran dejar atrás: los groseros errores defensivos. El Sangante que durante la pretemporada invitaba a pensar en los desconocidos fichajes de Monchi que acababan saliendo bien, cometió un error ‘sangante’ (ruego me disculpen) que ya puso todo cuesta arriba. Para colmo, el que no solía fallar, Vlachodimos, también tuvo su cuota de responsabilidad en el gol. O no entendió la jugada o no se hizo entender. Otra vez a pelear contra el marcador. Otra vez a pelear contra el reloj. Otra vez a pelear contra si mismo. La losa anímica que supone empezar de esta manera un partido y una temporada viniendo de donde viene el club no es fácil de levantar. Y, obviamente, no lo fue para el Sevilla en su encuentro ante el Rayo.Con mucho partido por delante, la reacción sevillista no llegaba, y en varias ocasiones se temió el sevillista que la desventaja se viera ampliada. «¿Para esto me he venido yo de la playa? Si es que lo sabía…», pensó más de uno. La grada se dirigió al consejo de administración presidido por Del Nido Carrasco, aunque poco importaba entonces que el Sevilla fuera perdiendo. Quizás -y tienen motivos más que de sobra- también lo habrían hecho en la victoria. A las primeras de cambio el manicomio de Nervión se había vuelto en un infierno para sus propios residentes.Baja la temperaturaEl necesario descanso atemperó al público y, lo que es más importante, a los jugadores. García Plaza, que no esconde la evidencia y cada vez que puede reclama fichajes y comparte su deseo de que lleguen cuanto antes, consiguió recomponer a su equipo para que la segunda parte fuera bien distinta. En los primeros 45 minutos al Sevilla apenas le duraba el balón en sus pies, las bandas que defendían Suazo y Juan Iglesias eran auténticos coladeros y no lograba ni siquiera acercarse al área rival más allá del penalti sobre Isaac invalidado y de un cabezazo del lebrijano que no encontró portería. Todo cambió en el segundo tiempo. Peque le dio algo de criterio a la fase ofensiva del equipo y Guridi fue recolocado en una posición que apunta a serle más cómoda que esa especie de mediapunta que ocupó en el primer tiempo. Además, Robbie Ure evidenció que, a poco que haga, será titular. Pero es que, además, hizo mucho. Demostró su buen juego de espaldas y también manifestó su olfato goleador. El Sevilla fue en la segunda parte lo que tanto su entrenador como su afición quieren: un equipo que, siendo consciente de sus limitaciones, trata de vivir en campo contrario. Le sigue costando ser dominante en las dos áreas, algo que suele venir acompañado de la falta de calidad técnica, pero, empujando al rival hacia su propia área encontró el empate. Buscando un segundo gol que no llegaba y tratando de contener la reacción obligada del Rayo, muchos se temían lo peor. No pocas veces este Sevilla del declive deportivo e institucional ha nadado y ha llegado a la orilla para acabar ser llevado de vuelta al mar por una ola. La expulsión de Kike Salas asustaba al miedo, pero la victoria -muy de la idiosincracia sevillista- (a última hora con dos penaltis y un gol anulado al rival) espantó a los fantasmas que vivieron en el Ramón Sánchez-Pizjuán con Almeyda, García Pimienta y compañía. No se puede decir que el aficionado sevillista acuda en los tiempos que corren al estadio Ramón Sánchez-Pizjuán con ilusión. No es quizás esa la sensación que recorre su cuerpo cuando tras el verano se reencuentra con su equipo. Sin embargo, fiel y leal como es el hincha del club nervionense, aunque sea consciente de que la debilidad deportiva de su equipo ha provocado que el Ramón Sánchez-Pizjuán no sea el fortín de años atrás, acude a la llamada del corazón, llega a su asiento y no para de animar. Sabe que ahora cuesta mucho más ganar un partido, y que si su aliento tiene la más mínima capacidad de ayudar a que su equipo sume, contará con ello. Así, con la ‘obligación’ de quien acude a una reunión de comunidad y con el compromiso de quien asiste a la boda de un pariente lejano con el que apenas tiene contacto, acudía el aficionado al estadio en un sábado 15 de agosto. Cavilando con qué se encontrarían, pues en los últimos años ya han visto de todo. Y para empezar, nada más arrancar la temporada, ya se reencontraron con una condena que no logran dejar atrás: los groseros errores defensivos. El Sangante que durante la pretemporada invitaba a pensar en los desconocidos fichajes de Monchi que acababan saliendo bien, cometió un error ‘sangante’ (ruego me disculpen) que ya puso todo cuesta arriba. Para colmo, el que no solía fallar, Vlachodimos, también tuvo su cuota de responsabilidad en el gol. O no entendió la jugada o no se hizo entender. Otra vez a pelear contra el marcador. Otra vez a pelear contra el reloj. Otra vez a pelear contra si mismo. La losa anímica que supone empezar de esta manera un partido y una temporada viniendo de donde viene el club no es fácil de levantar. Y, obviamente, no lo fue para el Sevilla en su encuentro ante el Rayo.Con mucho partido por delante, la reacción sevillista no llegaba, y en varias ocasiones se temió el sevillista que la desventaja se viera ampliada. «¿Para esto me he venido yo de la playa? Si es que lo sabía…», pensó más de uno. La grada se dirigió al consejo de administración presidido por Del Nido Carrasco, aunque poco importaba entonces que el Sevilla fuera perdiendo. Quizás -y tienen motivos más que de sobra- también lo habrían hecho en la victoria. A las primeras de cambio el manicomio de Nervión se había vuelto en un infierno para sus propios residentes.Baja la temperaturaEl necesario descanso atemperó al público y, lo que es más importante, a los jugadores. García Plaza, que no esconde la evidencia y cada vez que puede reclama fichajes y comparte su deseo de que lleguen cuanto antes, consiguió recomponer a su equipo para que la segunda parte fuera bien distinta. En los primeros 45 minutos al Sevilla apenas le duraba el balón en sus pies, las bandas que defendían Suazo y Juan Iglesias eran auténticos coladeros y no lograba ni siquiera acercarse al área rival más allá del penalti sobre Isaac invalidado y de un cabezazo del lebrijano que no encontró portería. Todo cambió en el segundo tiempo. Peque le dio algo de criterio a la fase ofensiva del equipo y Guridi fue recolocado en una posición que apunta a serle más cómoda que esa especie de mediapunta que ocupó en el primer tiempo. Además, Robbie Ure evidenció que, a poco que haga, será titular. Pero es que, además, hizo mucho. Demostró su buen juego de espaldas y también manifestó su olfato goleador. El Sevilla fue en la segunda parte lo que tanto su entrenador como su afición quieren: un equipo que, siendo consciente de sus limitaciones, trata de vivir en campo contrario. Le sigue costando ser dominante en las dos áreas, algo que suele venir acompañado de la falta de calidad técnica, pero, empujando al rival hacia su propia área encontró el empate. Buscando un segundo gol que no llegaba y tratando de contener la reacción obligada del Rayo, muchos se temían lo peor. No pocas veces este Sevilla del declive deportivo e institucional ha nadado y ha llegado a la orilla para acabar ser llevado de vuelta al mar por una ola. La expulsión de Kike Salas asustaba al miedo, pero la victoria -muy de la idiosincracia sevillista- (a última hora con dos penaltis y un gol anulado al rival) espantó a los fantasmas que vivieron en el Ramón Sánchez-Pizjuán con Almeyda, García Pimienta y compañía. No se puede decir que el aficionado sevillista acuda en los tiempos que corren al estadio Ramón Sánchez-Pizjuán con ilusión. No es quizás esa la sensación que recorre su cuerpo cuando tras el verano se reencuentra con su equipo. Sin embargo, fiel y leal como es el hincha del club nervionense, aunque sea consciente de que la debilidad deportiva de su equipo ha provocado que el Ramón Sánchez-Pizjuán no sea el fortín de años atrás, acude a la llamada del corazón, llega a su asiento y no para de animar. Sabe que ahora cuesta mucho más ganar un partido, y que si su aliento tiene la más mínima capacidad de ayudar a que su equipo sume, contará con ello. Así, con la ‘obligación’ de quien acude a una reunión de comunidad y con el compromiso de quien asiste a la boda de un pariente lejano con el que apenas tiene contacto, acudía el aficionado al estadio en un sábado 15 de agosto. Cavilando con qué se encontrarían, pues en los últimos años ya han visto de todo. Y para empezar, nada más arrancar la temporada, ya se reencontraron con una condena que no logran dejar atrás: los groseros errores defensivos. El Sangante que durante la pretemporada invitaba a pensar en los desconocidos fichajes de Monchi que acababan saliendo bien, cometió un error ‘sangante’ (ruego me disculpen) que ya puso todo cuesta arriba. Para colmo, el que no solía fallar, Vlachodimos, también tuvo su cuota de responsabilidad en el gol. O no entendió la jugada o no se hizo entender. Otra vez a pelear contra el marcador. Otra vez a pelear contra el reloj. Otra vez a pelear contra si mismo. La losa anímica que supone empezar de esta manera un partido y una temporada viniendo de donde viene el club no es fácil de levantar. Y, obviamente, no lo fue para el Sevilla en su encuentro ante el Rayo.Con mucho partido por delante, la reacción sevillista no llegaba, y en varias ocasiones se temió el sevillista que la desventaja se viera ampliada. «¿Para esto me he venido yo de la playa? Si es que lo sabía…», pensó más de uno. La grada se dirigió al consejo de administración presidido por Del Nido Carrasco, aunque poco importaba entonces que el Sevilla fuera perdiendo. Quizás -y tienen motivos más que de sobra- también lo habrían hecho en la victoria. A las primeras de cambio el manicomio de Nervión se había vuelto en un infierno para sus propios residentes.Baja la temperaturaEl necesario descanso atemperó al público y, lo que es más importante, a los jugadores. García Plaza, que no esconde la evidencia y cada vez que puede reclama fichajes y comparte su deseo de que lleguen cuanto antes, consiguió recomponer a su equipo para que la segunda parte fuera bien distinta. En los primeros 45 minutos al Sevilla apenas le duraba el balón en sus pies, las bandas que defendían Suazo y Juan Iglesias eran auténticos coladeros y no lograba ni siquiera acercarse al área rival más allá del penalti sobre Isaac invalidado y de un cabezazo del lebrijano que no encontró portería. Todo cambió en el segundo tiempo. Peque le dio algo de criterio a la fase ofensiva del equipo y Guridi fue recolocado en una posición que apunta a serle más cómoda que esa especie de mediapunta que ocupó en el primer tiempo. Además, Robbie Ure evidenció que, a poco que haga, será titular. Pero es que, además, hizo mucho. Demostró su buen juego de espaldas y también manifestó su olfato goleador. El Sevilla fue en la segunda parte lo que tanto su entrenador como su afición quieren: un equipo que, siendo consciente de sus limitaciones, trata de vivir en campo contrario. Le sigue costando ser dominante en las dos áreas, algo que suele venir acompañado de la falta de calidad técnica, pero, empujando al rival hacia su propia área encontró el empate. Buscando un segundo gol que no llegaba y tratando de contener la reacción obligada del Rayo, muchos se temían lo peor. No pocas veces este Sevilla del declive deportivo e institucional ha nadado y ha llegado a la orilla para acabar ser llevado de vuelta al mar por una ola. La expulsión de Kike Salas asustaba al miedo, pero la victoria -muy de la idiosincracia sevillista- (a última hora con dos penaltis y un gol anulado al rival) espantó a los fantasmas que vivieron en el Ramón Sánchez-Pizjuán con Almeyda, García Pimienta y compañía. RSS de noticias de deportes
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