La cervecita, a poder ser acompañada de patatas fritas, aceitunas, frutos secos o un poco de embutidos, y el vino, con jamón, un buen chorizo o quesos, a poder ser manchegos o curados. Eso sin olvidar que es difícil hacerle un feo a las frituras y otras tapas típicas de la gastronomía española cuando hay una copa con alcohol de por medio. Muchos pensarán que esta escena es algo cultural , y sobre todo en España, pero lo cierto es que un grupo de investigadores han destapado la biología que existe detrás de estos hábitos.Así, investigadores del Centro Charles Perkins de la Universidad de Sídney (Australia) han confirmado que el consumo de alcohol puede llevar a consumir en exceso alimentos salados ultraprocesados , lo que incita directamente a una ingesta excesiva de calorías y al consiguiente aumento de peso. El estudio, publicado ahora en la revista ‘Obesity Reviews’, ahonda en cómo acabamos ‘picando’ por inercia cuando hay una copa por delante.Muchos pensaban que esto se debía únicamente a la sed que produce el alcohol y a que estimula el apetito por la sal y también que engordábamos básicamente porque hinchaban y por los dulces que incluyen. Los investigadores han concluido que este tipo de bebidas pueden despertar vías biológicas que aumentan los niveles de la hormona FGF21 , que está relacionada con las proteínas y el apetito, especialmente por los sabores salados. Al activarse, este sistema puede desviar los antojos hacia alimentos con sabor umami, ese intenso y sabroso gusto que tanto engancha. Tomates maduros, quesos curados, carne y pescado o setas lo tienen, pero también existe como aditivo artificial para potenciar el sabor umami en snacks o salsas.El estudio reveló que estos alimentos salados, de fácil acceso y con saborizantes artificiales, pueden actuar como « señuelos proteicos », engañando al sistema de hambre de proteínas para que busque alimentos con sabor a proteína pero que no la aporten. Todo ello acaba derivando en una mayor ingesta total de grasas, carbohidratos y energía, como los típicos atracones que uno puede haber sentido, por ejemplo, al acabar una noche de fiesta (y con cubatas de por medio).«Dinámica hormonal entendida»«Hemos podido comprender mejor la dinámica hormonal que entra en juego y que podría estar impulsando el consumo excesivo de alimentos ultraprocesados», expone la doctora Amanda Grech, una de las autoras del estudio. «Los antojos de una bolsa de patatas fritas con una bebida, una pizza al final de una noche de fiesta o un desayuno inglés completo a la mañana siguiente pueden estar motivados por la forma en que el alcohol altera la regulación del apetito del cuerpo, en particular en lo que respecta a las proteínas», añade el autor principal, el profesor David Raubenheimer.Los investigadores analizaron datos de la encuesta dietética nacional australiana para examinar patrones de ingesta junto al consumo de alcohol y vieron que las personas consumían más salado los días que bebían que los días que no. Esos días se comía menos dulce y había más atracones si había menos alimentos ultraprocesados bajos en proteínas.El estudio sugiere, como los investigadores destacan, que cuando la proteína de la dieta se diluye, las personas compensan comiendo más en general para satisfacer el aumento del apetito proteico inducido por el alcohol. De esta manera, el alcohol puede contribuir a comer en exceso, especialmente cuando hay alimentos salados ultraprocesados y bajos en proteínas fácilmente disponibles.El estudio ve que el consumo de alcohol juega en contra de los dulces: no se comen tantos alimentos azucarados , que sería otro de los efectos conocidos de la hormona FGF21. Paralelamente, los investigadores han observado que «el alcohol tiene efectos diferentes sobre la ingesta total de energía según el entorno alimentario, en particular si la dieta se basa principalmente en alimentos mínimamente procesados o en alimentos salados ultraprocesados», como apunta uno de los coautores, el profesor Stephen Simpson. MÁS INFORMACIÓN noticia Si Gabriel Rubio, psiquiatra: «Un adicto al alcohol tiene que aprender que la curación no existe» noticia Si La nueva moda de fiestas sin alcohol y de día noticia Si El potencial de la soja y las legumbres contra la hipertensión arterialPor todo ello, y sin olvidar la recomendación de un consumo responsable, los expertos aconsejan tener a mano refrigerios saciantes elaborados con alimentos integrales. Raubenheimer cree que «disponer cerca alimentos integrales ricos en proteínas puede ayudar a evitar los alimentos ultraprocesados. Garbanzos tostados, salmón ahumado, embutidos magros, gambas u ostras, son algunas opciones interesantes». La cervecita, a poder ser acompañada de patatas fritas, aceitunas, frutos secos o un poco de embutidos, y el vino, con jamón, un buen chorizo o quesos, a poder ser manchegos o curados. Eso sin olvidar que es difícil hacerle un feo a las frituras y otras tapas típicas de la gastronomía española cuando hay una copa con alcohol de por medio. Muchos pensarán que esta escena es algo cultural , y sobre todo en España, pero lo cierto es que un grupo de investigadores han destapado la biología que existe detrás de estos hábitos.Así, investigadores del Centro Charles Perkins de la Universidad de Sídney (Australia) han confirmado que el consumo de alcohol puede llevar a consumir en exceso alimentos salados ultraprocesados , lo que incita directamente a una ingesta excesiva de calorías y al consiguiente aumento de peso. El estudio, publicado ahora en la revista ‘Obesity Reviews’, ahonda en cómo acabamos ‘picando’ por inercia cuando hay una copa por delante.Muchos pensaban que esto se debía únicamente a la sed que produce el alcohol y a que estimula el apetito por la sal y también que engordábamos básicamente porque hinchaban y por los dulces que incluyen. Los investigadores han concluido que este tipo de bebidas pueden despertar vías biológicas que aumentan los niveles de la hormona FGF21 , que está relacionada con las proteínas y el apetito, especialmente por los sabores salados. Al activarse, este sistema puede desviar los antojos hacia alimentos con sabor umami, ese intenso y sabroso gusto que tanto engancha. Tomates maduros, quesos curados, carne y pescado o setas lo tienen, pero también existe como aditivo artificial para potenciar el sabor umami en snacks o salsas.El estudio reveló que estos alimentos salados, de fácil acceso y con saborizantes artificiales, pueden actuar como « señuelos proteicos », engañando al sistema de hambre de proteínas para que busque alimentos con sabor a proteína pero que no la aporten. Todo ello acaba derivando en una mayor ingesta total de grasas, carbohidratos y energía, como los típicos atracones que uno puede haber sentido, por ejemplo, al acabar una noche de fiesta (y con cubatas de por medio).«Dinámica hormonal entendida»«Hemos podido comprender mejor la dinámica hormonal que entra en juego y que podría estar impulsando el consumo excesivo de alimentos ultraprocesados», expone la doctora Amanda Grech, una de las autoras del estudio. «Los antojos de una bolsa de patatas fritas con una bebida, una pizza al final de una noche de fiesta o un desayuno inglés completo a la mañana siguiente pueden estar motivados por la forma en que el alcohol altera la regulación del apetito del cuerpo, en particular en lo que respecta a las proteínas», añade el autor principal, el profesor David Raubenheimer.Los investigadores analizaron datos de la encuesta dietética nacional australiana para examinar patrones de ingesta junto al consumo de alcohol y vieron que las personas consumían más salado los días que bebían que los días que no. Esos días se comía menos dulce y había más atracones si había menos alimentos ultraprocesados bajos en proteínas.El estudio sugiere, como los investigadores destacan, que cuando la proteína de la dieta se diluye, las personas compensan comiendo más en general para satisfacer el aumento del apetito proteico inducido por el alcohol. De esta manera, el alcohol puede contribuir a comer en exceso, especialmente cuando hay alimentos salados ultraprocesados y bajos en proteínas fácilmente disponibles.El estudio ve que el consumo de alcohol juega en contra de los dulces: no se comen tantos alimentos azucarados , que sería otro de los efectos conocidos de la hormona FGF21. Paralelamente, los investigadores han observado que «el alcohol tiene efectos diferentes sobre la ingesta total de energía según el entorno alimentario, en particular si la dieta se basa principalmente en alimentos mínimamente procesados o en alimentos salados ultraprocesados», como apunta uno de los coautores, el profesor Stephen Simpson. MÁS INFORMACIÓN noticia Si Gabriel Rubio, psiquiatra: «Un adicto al alcohol tiene que aprender que la curación no existe» noticia Si La nueva moda de fiestas sin alcohol y de día noticia Si El potencial de la soja y las legumbres contra la hipertensión arterialPor todo ello, y sin olvidar la recomendación de un consumo responsable, los expertos aconsejan tener a mano refrigerios saciantes elaborados con alimentos integrales. Raubenheimer cree que «disponer cerca alimentos integrales ricos en proteínas puede ayudar a evitar los alimentos ultraprocesados. Garbanzos tostados, salmón ahumado, embutidos magros, gambas u ostras, son algunas opciones interesantes». La cervecita, a poder ser acompañada de patatas fritas, aceitunas, frutos secos o un poco de embutidos, y el vino, con jamón, un buen chorizo o quesos, a poder ser manchegos o curados. Eso sin olvidar que es difícil hacerle un feo a las frituras y otras tapas típicas de la gastronomía española cuando hay una copa con alcohol de por medio. Muchos pensarán que esta escena es algo cultural , y sobre todo en España, pero lo cierto es que un grupo de investigadores han destapado la biología que existe detrás de estos hábitos.Así, investigadores del Centro Charles Perkins de la Universidad de Sídney (Australia) han confirmado que el consumo de alcohol puede llevar a consumir en exceso alimentos salados ultraprocesados , lo que incita directamente a una ingesta excesiva de calorías y al consiguiente aumento de peso. El estudio, publicado ahora en la revista ‘Obesity Reviews’, ahonda en cómo acabamos ‘picando’ por inercia cuando hay una copa por delante.Muchos pensaban que esto se debía únicamente a la sed que produce el alcohol y a que estimula el apetito por la sal y también que engordábamos básicamente porque hinchaban y por los dulces que incluyen. Los investigadores han concluido que este tipo de bebidas pueden despertar vías biológicas que aumentan los niveles de la hormona FGF21 , que está relacionada con las proteínas y el apetito, especialmente por los sabores salados. Al activarse, este sistema puede desviar los antojos hacia alimentos con sabor umami, ese intenso y sabroso gusto que tanto engancha. Tomates maduros, quesos curados, carne y pescado o setas lo tienen, pero también existe como aditivo artificial para potenciar el sabor umami en snacks o salsas.El estudio reveló que estos alimentos salados, de fácil acceso y con saborizantes artificiales, pueden actuar como « señuelos proteicos », engañando al sistema de hambre de proteínas para que busque alimentos con sabor a proteína pero que no la aporten. Todo ello acaba derivando en una mayor ingesta total de grasas, carbohidratos y energía, como los típicos atracones que uno puede haber sentido, por ejemplo, al acabar una noche de fiesta (y con cubatas de por medio).«Dinámica hormonal entendida»«Hemos podido comprender mejor la dinámica hormonal que entra en juego y que podría estar impulsando el consumo excesivo de alimentos ultraprocesados», expone la doctora Amanda Grech, una de las autoras del estudio. «Los antojos de una bolsa de patatas fritas con una bebida, una pizza al final de una noche de fiesta o un desayuno inglés completo a la mañana siguiente pueden estar motivados por la forma en que el alcohol altera la regulación del apetito del cuerpo, en particular en lo que respecta a las proteínas», añade el autor principal, el profesor David Raubenheimer.Los investigadores analizaron datos de la encuesta dietética nacional australiana para examinar patrones de ingesta junto al consumo de alcohol y vieron que las personas consumían más salado los días que bebían que los días que no. Esos días se comía menos dulce y había más atracones si había menos alimentos ultraprocesados bajos en proteínas.El estudio sugiere, como los investigadores destacan, que cuando la proteína de la dieta se diluye, las personas compensan comiendo más en general para satisfacer el aumento del apetito proteico inducido por el alcohol. De esta manera, el alcohol puede contribuir a comer en exceso, especialmente cuando hay alimentos salados ultraprocesados y bajos en proteínas fácilmente disponibles.El estudio ve que el consumo de alcohol juega en contra de los dulces: no se comen tantos alimentos azucarados , que sería otro de los efectos conocidos de la hormona FGF21. Paralelamente, los investigadores han observado que «el alcohol tiene efectos diferentes sobre la ingesta total de energía según el entorno alimentario, en particular si la dieta se basa principalmente en alimentos mínimamente procesados o en alimentos salados ultraprocesados», como apunta uno de los coautores, el profesor Stephen Simpson. MÁS INFORMACIÓN noticia Si Gabriel Rubio, psiquiatra: «Un adicto al alcohol tiene que aprender que la curación no existe» noticia Si La nueva moda de fiestas sin alcohol y de día noticia Si El potencial de la soja y las legumbres contra la hipertensión arterialPor todo ello, y sin olvidar la recomendación de un consumo responsable, los expertos aconsejan tener a mano refrigerios saciantes elaborados con alimentos integrales. Raubenheimer cree que «disponer cerca alimentos integrales ricos en proteínas puede ayudar a evitar los alimentos ultraprocesados. Garbanzos tostados, salmón ahumado, embutidos magros, gambas u ostras, son algunas opciones interesantes». RSS de noticias de bienestar
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