A la sombra de las Cinco Torres, a un lado de la Castellana , se encuentra el mercado de San Cristóbal, presentado como el primero que también es escuela de Europa, impulsado por el Ayuntamiento de Madrid y gestionado por la ONG Cesal . Entre los mostradores de carnicería, pescadería y charcutería, y las mesas del restaurante, jóvenes y adultos en situación de vulnerabilidad encuentran una oportunidad para aprender un oficio y acceder al mercado laboral. Pero la formación no consiste únicamente en aprender a cocinar, cortar jamón y limpiar pescado. El proyecto también busca proporcionarles una rutina, acompañamiento y herramientas para afrontar una nueva etapa, a la vez que se familiarizan con oficios tradicionales que durante décadas han dado vida a los mercados municipales y que hoy encuentran dificultades para garantizar su continuidad. La historia del mercado es la de una oportunidad para empezar de nuevo. Inaugurado en 1974, San Cristóbal fue durante décadas un punto de encuentro para los vecinos de la colonia conocida como Las Ochocientas. Sin embargo, hace unos años su continuidad estuvo en peligro. El relevo generacional amenazaba con dejar vacíos los puestos y los hijos de muchos comerciantes no querían continuar con los negocios familiares. Fue entonces cuando la ONG Cesal vio en el edificio la oportunidad de desarrollar uno de sus proyectos de formación hostelera en un entorno diferente. Tras más de dos años de obra, el mercado reabrió el 14 de octubre de 2024 con una propuesta que combina comercio, restauración y formación para el empleo. La iniciativa busca mantener viva la actividad comercial mientras ofrece una salida laboral a personas que encuentran dificultades para acceder al mercado de trabajo. Uno de ellos es Abdoul Samadou, de 17 años, que trabaja como camarero mientras se forma en el mercado. Llegó a España desde Mauritania hace dos años en situación irregular y, después de pasar por Canarias, fue trasladado a Madrid, donde vive en un centro de menores. Hace cuatro meses se incorporó al proyecto después de recibir un contrato de Cesal. Ahora, mientras aprende las tareas propias del servicio de sala, quiere seguir formándose y descubrir otros oficios tradicionales del mercado, incluida la cocina. Explica a ABC que en estas jornadas laborales ha encontrado un lugar en el que sentirse acompañado y cuidado, una familia cerca mientras la suya está lejos: «Me siento como en casa».«Lo importante, aunque el edificio es muy bonito y se come muy bien, es el proyecto formativo que hay dentro», explica Ana Alé, gerente del mercado. Los participantes llegan derivados de centros de menores, pisos tutelados, albergues, administraciones públicas y entidades sociales. Otros conocen el programa a través de amigos o familiares. La formación habitual dura cuatro meses y, durante ese tiempo, los alumnos rotan por los diferentes puestos de San Cristóbal para conocer distintas tareas y descubrir cuáles encajan mejor con sus intereses. El objetivo es que conozcan el funcionamiento de estos negocios desde dentro y adquieran las competencias necesarias para poder trabajar en ellos. Después, realizan un mes de prácticas en algunas de las empresas colaboradoras con la entidad, con la posibilidad de acceder a un contrato si surge la oportunidad. Así, la escuela no solo prepara profesionales para restaurantes, sino que también contribuye a mantener los oficios tradicionales de estos espacios. «He aprendido muchas cosas y sigo aprendiendo» Foucal Boucata Alumno del mercado-escuelaCada año pasan por el proyecto entre 160 y 200 personas, según Ana Alé. La red de colaboración supera los 200 restaurantes, que pueden acoger a los alumnos en prácticas y facilitar su entrada en el sector. La gerente cifra en un 93% la proporción de estudiantes con permiso de trabajo que al finalizar la formación consiguen un puesto, según los datos que maneja el proyecto. Algunos incluso deciden continuar con un itinerario de inserción más largo, como Foucal Boucata, de 20 años, que participa en un programa de tres años. Llegó a España desde Argelia en 2021 y pasó una temporada en Francia antes de regresar en busca de trabajo y de una vía para regularizar su situación. Tras realizar un curso con Cesal en la Quinta de los Molinos, la entidad ayudó a encontrar empleo y más tarde le ofreció incorporarse al mercado. Lleva alrededor de dos años y medio trabajando en el mercado mientras completa su itinerario de inserción. «He aprendido muchas cosas y sigo aprendiendo», cuenta. Entre lo que más valora están sus compañeros y el trato que recibe. Uno de los puestos del mercado de San Cristóbal; Ángel Jiménez, jefe de cocina; Miguel López, tutor de formación, y Ana Alé, gerente; Interior del mercado. Isabel Permuy Pero entre aprender un oficio y construir un futuro hay un camino que no siempre resulta sencillo. Miguel López, tutor de formación del mercado-escuela, acompaña a los alumnos durante el aprendizaje y trabaja con ellos competencias que van más allá de las tareas propias de la hostelería, como la responsabilidad, la empatía y el trabajo en equipo. Al inicio de cada jornada, López plantea una pregunta o una reflexión compartida con la que busca crear un espacio de confianza y conocer mejor a los participantes. Durante las primeras nueve semanas, las clases incluyen también contenidos sobre comunicación, resolución de conflictos y trabajo en equipo. «Intentamos acercarlos a la educación en cuanto a la responsabilidad y el esfuerzo», explica López. El objetivo es que aprendan un oficio, pero también que adquieran los hábitos necesarios para mantener una rutina de trabajo. «Aquí somos todos un equipo» Ana Alé Gerente del mercado de San CristóbalEntre los fogones, Ángel Jiménez, jefe de cocina, aporta treinta años de experiencia en la hostelería. Cuando se incorporó al proyecto, no conocía el trabajo con personas en situación de vulnerabilidad. Ahora coordina a los profesionales que forman a los alumnos y acompañan a quienes continúan en el programa de inserción. La enseñanza es eminentemente práctica: preparar una salsa, hacer unas croquetas, cortar patatas y sacar adelante un servicio. Los alumnos aprenden junto a profesionales y se familiarizan con los ritmos y las exigencias de un entorno laboral real. Jiménez intenta que ese primer contacto con el sector no se convierta en una barrera: «Intentamos hacer una hostelería un poco más amable que la que a lo mejor se encuentran fuera». Muchos jóvenes llegan después de abandonar sus países y separarse de sus familias, cuenta Jiménez, así que, cuando cogen confianza comienzan a compartir sus dudas y preocupaciones. «Al final, somos casi su familia», resume. Para él una de las mayores satisfacciones es encontrarse meses después con antiguos alumnos que regresan para contar que han encontrado trabajo. El proyecto no garantiza que todos sus participantes encuentren empleo ni puede resolver por sí solo los problemas de vivienda, económicos o administrativos que condicionan sus vidas. La inserción depende también de las oportunidades que existan fuera del mercado y de que cada persona pueda sostener el proceso. Karima Etouarsi, de 45 años, encontró en el proyecto la oportunidad de continuar formándose en la cocina, lo que realmente le gusta. Llegó a España desde Marruecos hace nueve años y ya había trabajado en hostelería cuando descubrió el proyecto. En el mercado ha aprendido nuevas técnicas y valora especialmente la relación con sus compañeros y profesores. «Esto no tiene nada que ver con los otros sitios, estoy muy contenta». Mientras los alumnos se preparan para incorporarse al mercado laboral, San Cristóbal trata de consolidarse como punto de encuentro del barrio. A los puestos tradicionales, se le suman el restaurante, los eventos y la música en directo algunos jueves. La actividad comercial convive con el objetivo social y mantiene conectados a comerciantes, formadores y alumnos. «Aquí somos todos un equipo», resume Ana Alé. El reto del mercado es doble: ofrecer una oportunidad a quienes necesitan incorporarse al mercado laboral y conseguir que los oficios que han sostenido sus puestos durante décadas no desaparezcan por falta de relevo. A la sombra de las Cinco Torres, a un lado de la Castellana , se encuentra el mercado de San Cristóbal, presentado como el primero que también es escuela de Europa, impulsado por el Ayuntamiento de Madrid y gestionado por la ONG Cesal . Entre los mostradores de carnicería, pescadería y charcutería, y las mesas del restaurante, jóvenes y adultos en situación de vulnerabilidad encuentran una oportunidad para aprender un oficio y acceder al mercado laboral. Pero la formación no consiste únicamente en aprender a cocinar, cortar jamón y limpiar pescado. El proyecto también busca proporcionarles una rutina, acompañamiento y herramientas para afrontar una nueva etapa, a la vez que se familiarizan con oficios tradicionales que durante décadas han dado vida a los mercados municipales y que hoy encuentran dificultades para garantizar su continuidad. La historia del mercado es la de una oportunidad para empezar de nuevo. Inaugurado en 1974, San Cristóbal fue durante décadas un punto de encuentro para los vecinos de la colonia conocida como Las Ochocientas. Sin embargo, hace unos años su continuidad estuvo en peligro. El relevo generacional amenazaba con dejar vacíos los puestos y los hijos de muchos comerciantes no querían continuar con los negocios familiares. Fue entonces cuando la ONG Cesal vio en el edificio la oportunidad de desarrollar uno de sus proyectos de formación hostelera en un entorno diferente. Tras más de dos años de obra, el mercado reabrió el 14 de octubre de 2024 con una propuesta que combina comercio, restauración y formación para el empleo. La iniciativa busca mantener viva la actividad comercial mientras ofrece una salida laboral a personas que encuentran dificultades para acceder al mercado de trabajo. Uno de ellos es Abdoul Samadou, de 17 años, que trabaja como camarero mientras se forma en el mercado. Llegó a España desde Mauritania hace dos años en situación irregular y, después de pasar por Canarias, fue trasladado a Madrid, donde vive en un centro de menores. Hace cuatro meses se incorporó al proyecto después de recibir un contrato de Cesal. Ahora, mientras aprende las tareas propias del servicio de sala, quiere seguir formándose y descubrir otros oficios tradicionales del mercado, incluida la cocina. Explica a ABC que en estas jornadas laborales ha encontrado un lugar en el que sentirse acompañado y cuidado, una familia cerca mientras la suya está lejos: «Me siento como en casa».«Lo importante, aunque el edificio es muy bonito y se come muy bien, es el proyecto formativo que hay dentro», explica Ana Alé, gerente del mercado. Los participantes llegan derivados de centros de menores, pisos tutelados, albergues, administraciones públicas y entidades sociales. Otros conocen el programa a través de amigos o familiares. La formación habitual dura cuatro meses y, durante ese tiempo, los alumnos rotan por los diferentes puestos de San Cristóbal para conocer distintas tareas y descubrir cuáles encajan mejor con sus intereses. El objetivo es que conozcan el funcionamiento de estos negocios desde dentro y adquieran las competencias necesarias para poder trabajar en ellos. Después, realizan un mes de prácticas en algunas de las empresas colaboradoras con la entidad, con la posibilidad de acceder a un contrato si surge la oportunidad. Así, la escuela no solo prepara profesionales para restaurantes, sino que también contribuye a mantener los oficios tradicionales de estos espacios. «He aprendido muchas cosas y sigo aprendiendo» Foucal Boucata Alumno del mercado-escuelaCada año pasan por el proyecto entre 160 y 200 personas, según Ana Alé. La red de colaboración supera los 200 restaurantes, que pueden acoger a los alumnos en prácticas y facilitar su entrada en el sector. La gerente cifra en un 93% la proporción de estudiantes con permiso de trabajo que al finalizar la formación consiguen un puesto, según los datos que maneja el proyecto. Algunos incluso deciden continuar con un itinerario de inserción más largo, como Foucal Boucata, de 20 años, que participa en un programa de tres años. Llegó a España desde Argelia en 2021 y pasó una temporada en Francia antes de regresar en busca de trabajo y de una vía para regularizar su situación. Tras realizar un curso con Cesal en la Quinta de los Molinos, la entidad ayudó a encontrar empleo y más tarde le ofreció incorporarse al mercado. Lleva alrededor de dos años y medio trabajando en el mercado mientras completa su itinerario de inserción. «He aprendido muchas cosas y sigo aprendiendo», cuenta. Entre lo que más valora están sus compañeros y el trato que recibe. Uno de los puestos del mercado de San Cristóbal; Ángel Jiménez, jefe de cocina; Miguel López, tutor de formación, y Ana Alé, gerente; Interior del mercado. Isabel Permuy Pero entre aprender un oficio y construir un futuro hay un camino que no siempre resulta sencillo. Miguel López, tutor de formación del mercado-escuela, acompaña a los alumnos durante el aprendizaje y trabaja con ellos competencias que van más allá de las tareas propias de la hostelería, como la responsabilidad, la empatía y el trabajo en equipo. Al inicio de cada jornada, López plantea una pregunta o una reflexión compartida con la que busca crear un espacio de confianza y conocer mejor a los participantes. Durante las primeras nueve semanas, las clases incluyen también contenidos sobre comunicación, resolución de conflictos y trabajo en equipo. «Intentamos acercarlos a la educación en cuanto a la responsabilidad y el esfuerzo», explica López. El objetivo es que aprendan un oficio, pero también que adquieran los hábitos necesarios para mantener una rutina de trabajo. «Aquí somos todos un equipo» Ana Alé Gerente del mercado de San CristóbalEntre los fogones, Ángel Jiménez, jefe de cocina, aporta treinta años de experiencia en la hostelería. Cuando se incorporó al proyecto, no conocía el trabajo con personas en situación de vulnerabilidad. Ahora coordina a los profesionales que forman a los alumnos y acompañan a quienes continúan en el programa de inserción. La enseñanza es eminentemente práctica: preparar una salsa, hacer unas croquetas, cortar patatas y sacar adelante un servicio. Los alumnos aprenden junto a profesionales y se familiarizan con los ritmos y las exigencias de un entorno laboral real. Jiménez intenta que ese primer contacto con el sector no se convierta en una barrera: «Intentamos hacer una hostelería un poco más amable que la que a lo mejor se encuentran fuera». Muchos jóvenes llegan después de abandonar sus países y separarse de sus familias, cuenta Jiménez, así que, cuando cogen confianza comienzan a compartir sus dudas y preocupaciones. «Al final, somos casi su familia», resume. Para él una de las mayores satisfacciones es encontrarse meses después con antiguos alumnos que regresan para contar que han encontrado trabajo. El proyecto no garantiza que todos sus participantes encuentren empleo ni puede resolver por sí solo los problemas de vivienda, económicos o administrativos que condicionan sus vidas. La inserción depende también de las oportunidades que existan fuera del mercado y de que cada persona pueda sostener el proceso. Karima Etouarsi, de 45 años, encontró en el proyecto la oportunidad de continuar formándose en la cocina, lo que realmente le gusta. Llegó a España desde Marruecos hace nueve años y ya había trabajado en hostelería cuando descubrió el proyecto. En el mercado ha aprendido nuevas técnicas y valora especialmente la relación con sus compañeros y profesores. «Esto no tiene nada que ver con los otros sitios, estoy muy contenta». Mientras los alumnos se preparan para incorporarse al mercado laboral, San Cristóbal trata de consolidarse como punto de encuentro del barrio. A los puestos tradicionales, se le suman el restaurante, los eventos y la música en directo algunos jueves. La actividad comercial convive con el objetivo social y mantiene conectados a comerciantes, formadores y alumnos. «Aquí somos todos un equipo», resume Ana Alé. El reto del mercado es doble: ofrecer una oportunidad a quienes necesitan incorporarse al mercado laboral y conseguir que los oficios que han sostenido sus puestos durante décadas no desaparezcan por falta de relevo. A la sombra de las Cinco Torres, a un lado de la Castellana , se encuentra el mercado de San Cristóbal, presentado como el primero que también es escuela de Europa, impulsado por el Ayuntamiento de Madrid y gestionado por la ONG Cesal . Entre los mostradores de carnicería, pescadería y charcutería, y las mesas del restaurante, jóvenes y adultos en situación de vulnerabilidad encuentran una oportunidad para aprender un oficio y acceder al mercado laboral. Pero la formación no consiste únicamente en aprender a cocinar, cortar jamón y limpiar pescado. El proyecto también busca proporcionarles una rutina, acompañamiento y herramientas para afrontar una nueva etapa, a la vez que se familiarizan con oficios tradicionales que durante décadas han dado vida a los mercados municipales y que hoy encuentran dificultades para garantizar su continuidad. La historia del mercado es la de una oportunidad para empezar de nuevo. Inaugurado en 1974, San Cristóbal fue durante décadas un punto de encuentro para los vecinos de la colonia conocida como Las Ochocientas. Sin embargo, hace unos años su continuidad estuvo en peligro. El relevo generacional amenazaba con dejar vacíos los puestos y los hijos de muchos comerciantes no querían continuar con los negocios familiares. Fue entonces cuando la ONG Cesal vio en el edificio la oportunidad de desarrollar uno de sus proyectos de formación hostelera en un entorno diferente. Tras más de dos años de obra, el mercado reabrió el 14 de octubre de 2024 con una propuesta que combina comercio, restauración y formación para el empleo. La iniciativa busca mantener viva la actividad comercial mientras ofrece una salida laboral a personas que encuentran dificultades para acceder al mercado de trabajo. Uno de ellos es Abdoul Samadou, de 17 años, que trabaja como camarero mientras se forma en el mercado. Llegó a España desde Mauritania hace dos años en situación irregular y, después de pasar por Canarias, fue trasladado a Madrid, donde vive en un centro de menores. Hace cuatro meses se incorporó al proyecto después de recibir un contrato de Cesal. Ahora, mientras aprende las tareas propias del servicio de sala, quiere seguir formándose y descubrir otros oficios tradicionales del mercado, incluida la cocina. Explica a ABC que en estas jornadas laborales ha encontrado un lugar en el que sentirse acompañado y cuidado, una familia cerca mientras la suya está lejos: «Me siento como en casa».«Lo importante, aunque el edificio es muy bonito y se come muy bien, es el proyecto formativo que hay dentro», explica Ana Alé, gerente del mercado. Los participantes llegan derivados de centros de menores, pisos tutelados, albergues, administraciones públicas y entidades sociales. Otros conocen el programa a través de amigos o familiares. La formación habitual dura cuatro meses y, durante ese tiempo, los alumnos rotan por los diferentes puestos de San Cristóbal para conocer distintas tareas y descubrir cuáles encajan mejor con sus intereses. El objetivo es que conozcan el funcionamiento de estos negocios desde dentro y adquieran las competencias necesarias para poder trabajar en ellos. Después, realizan un mes de prácticas en algunas de las empresas colaboradoras con la entidad, con la posibilidad de acceder a un contrato si surge la oportunidad. Así, la escuela no solo prepara profesionales para restaurantes, sino que también contribuye a mantener los oficios tradicionales de estos espacios. «He aprendido muchas cosas y sigo aprendiendo» Foucal Boucata Alumno del mercado-escuelaCada año pasan por el proyecto entre 160 y 200 personas, según Ana Alé. La red de colaboración supera los 200 restaurantes, que pueden acoger a los alumnos en prácticas y facilitar su entrada en el sector. La gerente cifra en un 93% la proporción de estudiantes con permiso de trabajo que al finalizar la formación consiguen un puesto, según los datos que maneja el proyecto. Algunos incluso deciden continuar con un itinerario de inserción más largo, como Foucal Boucata, de 20 años, que participa en un programa de tres años. Llegó a España desde Argelia en 2021 y pasó una temporada en Francia antes de regresar en busca de trabajo y de una vía para regularizar su situación. Tras realizar un curso con Cesal en la Quinta de los Molinos, la entidad ayudó a encontrar empleo y más tarde le ofreció incorporarse al mercado. Lleva alrededor de dos años y medio trabajando en el mercado mientras completa su itinerario de inserción. «He aprendido muchas cosas y sigo aprendiendo», cuenta. Entre lo que más valora están sus compañeros y el trato que recibe. Uno de los puestos del mercado de San Cristóbal; Ángel Jiménez, jefe de cocina; Miguel López, tutor de formación, y Ana Alé, gerente; Interior del mercado. Isabel Permuy Pero entre aprender un oficio y construir un futuro hay un camino que no siempre resulta sencillo. Miguel López, tutor de formación del mercado-escuela, acompaña a los alumnos durante el aprendizaje y trabaja con ellos competencias que van más allá de las tareas propias de la hostelería, como la responsabilidad, la empatía y el trabajo en equipo. Al inicio de cada jornada, López plantea una pregunta o una reflexión compartida con la que busca crear un espacio de confianza y conocer mejor a los participantes. Durante las primeras nueve semanas, las clases incluyen también contenidos sobre comunicación, resolución de conflictos y trabajo en equipo. «Intentamos acercarlos a la educación en cuanto a la responsabilidad y el esfuerzo», explica López. El objetivo es que aprendan un oficio, pero también que adquieran los hábitos necesarios para mantener una rutina de trabajo. «Aquí somos todos un equipo» Ana Alé Gerente del mercado de San CristóbalEntre los fogones, Ángel Jiménez, jefe de cocina, aporta treinta años de experiencia en la hostelería. Cuando se incorporó al proyecto, no conocía el trabajo con personas en situación de vulnerabilidad. Ahora coordina a los profesionales que forman a los alumnos y acompañan a quienes continúan en el programa de inserción. La enseñanza es eminentemente práctica: preparar una salsa, hacer unas croquetas, cortar patatas y sacar adelante un servicio. Los alumnos aprenden junto a profesionales y se familiarizan con los ritmos y las exigencias de un entorno laboral real. Jiménez intenta que ese primer contacto con el sector no se convierta en una barrera: «Intentamos hacer una hostelería un poco más amable que la que a lo mejor se encuentran fuera». Muchos jóvenes llegan después de abandonar sus países y separarse de sus familias, cuenta Jiménez, así que, cuando cogen confianza comienzan a compartir sus dudas y preocupaciones. «Al final, somos casi su familia», resume. Para él una de las mayores satisfacciones es encontrarse meses después con antiguos alumnos que regresan para contar que han encontrado trabajo. El proyecto no garantiza que todos sus participantes encuentren empleo ni puede resolver por sí solo los problemas de vivienda, económicos o administrativos que condicionan sus vidas. La inserción depende también de las oportunidades que existan fuera del mercado y de que cada persona pueda sostener el proceso. Karima Etouarsi, de 45 años, encontró en el proyecto la oportunidad de continuar formándose en la cocina, lo que realmente le gusta. Llegó a España desde Marruecos hace nueve años y ya había trabajado en hostelería cuando descubrió el proyecto. En el mercado ha aprendido nuevas técnicas y valora especialmente la relación con sus compañeros y profesores. «Esto no tiene nada que ver con los otros sitios, estoy muy contenta». Mientras los alumnos se preparan para incorporarse al mercado laboral, San Cristóbal trata de consolidarse como punto de encuentro del barrio. A los puestos tradicionales, se le suman el restaurante, los eventos y la música en directo algunos jueves. La actividad comercial convive con el objetivo social y mantiene conectados a comerciantes, formadores y alumnos. «Aquí somos todos un equipo», resume Ana Alé. El reto del mercado es doble: ofrecer una oportunidad a quienes necesitan incorporarse al mercado laboral y conseguir que los oficios que han sostenido sus puestos durante décadas no desaparezcan por falta de relevo. RSS de noticias de espana
Noticias Similares
